Mostrando entradas con la etiqueta Peces de Ciudad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Peces de Ciudad. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de diciembre de 2021

Virginia Caresani

 

Virginia Caresani (Buenos Aires, 1973)

Formas de ser el río, Peces de Ciudad, 2020.

















De "Árboles"


V

Hay un árbol sin nombre que crece
en el corazón del parque.
La piel del árbol es picante.
Crece hacia los cuatro puntos cardinales.
De lejos parece un viejo que espera una visita;
de cerca es una habitación con la estufa encendida
y las cortinas abiertas.
Una rama crece al oeste y va formando penínsulas;
otra rama crece al sur y explota en hojas verdes
que subiendo se hacen plata.
El este del árbol es un hueco que detiene el tiempo
como el guiso de una madre.
Me quedo parada mirando hacia arriba
ese árbol tiene lo que yo no:
un cielo propio al que escapar en días
como hoy.





De "Lluvias"


III

Dejá que la lluvia caiga
y lo empape todo
con su olor a recién nacido.

Ese olor tibio que se bifurca.
Cae y asciende.
Cae y asciende.

Dejá que la lluvia caiga
y nos eche su sonido
de manos aplaudiendo
tímidamente
desde el fondo
como si hubiéramos hecho
algo bien.

Dejá que la lluvia caiga
y nos engrose
porque no hay nada
más triste
que el lecho
seco y partido
de algo que
alguna vez
fue un río.





De "Pájaros"


III

Lo vi moverse solo un segundo.  
Y la gracia de su azul brillante
se me quedó pegada en los ojos.

Inmóvil sobre sus aletas
suspendido en el tiempo y el espacio del agua
todo el día atravesado en la rosa china.

Me gustaría, solamente por una vez,
permanecer así de quieta.





De "Memorias"


II

Entendí cómo partir almendras
en el galpón de la casa grande
cuando ya no sabía en qué lugar
de la alacena estaba el azúcar.

Papá ponía la almendra limpia
de su funda verde
que parecía el carozo de un durazno
en el centro de la morsa
y con el oído del martillo
me enseño a escuchar
el sonido hueco
que habla del centro
en el que la semilla
 no se quiebra.

Mis primeros intentos
desparramaron la semilla
por los cuatro puntos cardinales.
Mis últimos intentos dejaron
sobre la mesa una semilla perfecta
con la cáscara arrugada
y color de chocolate.
Su forma de gota de agua
me dejó impresionada y triste

¿Cuántas cáscaras rompí
para tener cierta perfección
en el centro de mi mano?












martes, 9 de noviembre de 2021

Malu Kruk

 

Malu Kruk
(Lanús, 1985)

Punto de encuentro, Buenos Aires, Peces de Ciudad, 2021.




















Pedraza al 3900

adentro y afuera
del barrio
las primaveras
no traen flores
a mí no me dejaban jugar en la calle
y, sin embargo,
todas las esquinas
cornisas de humo
tetra mordisqueado
perros sobrevivientes
bingos clandestinos
pasillos ajenos
la cumbia al palo
los vecinos que no conocí
el 9
Warnes y Obon
mis amigas de Caraza, Ilaza o del tercero
aunque ya no viva ahí
aquel rancho de Pedraza
donde fui feliz
con mis hermanos
con mis abuelos
con Teresa y Juan
aquel jardín de árboles inmensos
sigue sugiriéndome poemas
de madrugada
cuando no puedo dormir











huir de mi mamá
de todo lo compartido
escarbar el lugar común
desfondarlo con una cuchara y mientras
estoy acá sentada, esta silla gira
una tómbola o un reloj o un planeta
enfrente, mi jefa que no sabe
¿qué son estas formas difuminadas?
mamá prende un cigarrillo
es joven
yo juego en la terraza
me asombra un monstruoso árbol del baldío
mi abuela me llama para tomar el té
crecí entre grandes relatos de mujeres
entre Chile y Tucumán
crecí sometiéndome
¿qué clase de curvas te deja eso en el cuerpo?
¿qué tipo de espalda?
tengo que terminar un trabajo para la oficina
contesto un mail y pienso
cuándo será viernes, cuánto falta
mamá prende otro cigarrillo
después de comer
a veces su juventud implacable y salvaje no me deja concentrar
¿quién acaso podrá escapar de aquello a lo que pertenece? 











tuve un sueño
una zanja de agua dulce
atravesaba el barrio
mi papá me señalaba
a dos de mis hermanos
jugando, mientras
el río subía
me zambullí
sin pensarlo
y nadé

Nicolás era muy chico
Carolina tenía 17 años
cuando estaba por alcanzarlos
una ola me empujaba hacia atrás
ellos seguían jugando
ignoraban mis esfuerzos
mi papá frenético los señalaba
allá están, andá
yo obedecía y seguía el rastro
de sus ojos

aún hoy
distingo esa distancia sostengo
la mirada de mi viejo no
puedo alcanzarlos
y ya no estoy dormida