Algo de la poesía publicada recientemente en la Argentina.
miércoles, 4 de enero de 2017
Lucas Gómez
Lucas Gómez (Buenos Aires), Para dejar constancia, Qué diría Victor Hugo?, Buenos Aires, 2016.
2
Antes de subirla en la ambulancia
mamá me pide
–¿No me podés desarmar
y armar de nuevo?–
Mis hermanos corren a la perra
que se escapó en la confusión.
El médico busca alguna vena
que no esté finita y me pregunta
si soy consciente
de que es terminal.
Me miro las manos,
avanzamos,
pienso en un reloj,
en un juguete roto,
engranajes, piezas
que se mueven.
Afuera la noche es cálida, parece
que va a llover mañana.
Dicen que nada
persiste en su ser,
que no hay esencia.
Como si sólo quedara
salir a la calle,
ver a las personas
desarmarse mientras la noche
nos resume.
Pero afuera
hay un fresno, una
de sus ramas divide
el cielo en múltiples fragmentos.
El contorno de los árboles sobre el cielo
el inusual marco, la forma incierta.
La brisa desarma las copas,
el cielo se desdibuja
¿Cuál es límite de todas las cosas?
Podría decirse
que lejos de mí
el árbol,
o que el cielo siempre
lejos de todo,
pero en el borde
algo más
que no se nombra.
Nada queda de ese sol
en este suelo donde siembro
grietas para que mañana
la distancia
no parezca miedo,
sea el fruto
merecido del esfuerzo.
martes, 27 de diciembre de 2016
Leandro Llul
Leandro Llul (Santa Fe), Maratón, 27 Pulqui, Buenos Aires, 2016.
Limpio de toda retórica
el epitafio de Esquilo sólo menciona
su pelea en Maratón.
No hay entre sus líneas una palabra
que nos hable del poeta,
sólo el recuerdo de sus manos
apoyadas en los árboles,
o el destello de la luz
entre los cabellos de los bárbaros.
Seco en la piedra que se gasta
el fragmento resplandece,
y se lee: “Aquí yace Esquilo,
de cuyas proezas son testigos
los bosques de Maratón
y los persas de largos cabellos,
que las conocieron bien.”
BALLENAS PILOTO
Doscientas ballenas varadas
sobre la arena y su honda pregunta
en franjas de luz contra los lomos
intentan descifrar el rayo hirviente.
Cada una de esas carnes y el recuerdo
—la sal, el roce de los otros
en lo profundo atravesando el tiempo
detrás del piloto— serán tomados.
Un líder confundido y doscientas
masas bajo el sol se desvisten
en la virtud de la especie, un paradigma:
el jefe aturdido y sus hermanos
que lo elevan hasta el límite
del amor, el nadar en lo pesado
con el resto, que son lo mismo
de tanto impulso por llegar a uno.
îLE BONAVENTURE
Los alcatraces anidan sobre la falda
en las rocas de la Isla de Buenaventura.
A lo lejos parecen pequeños moluscos
adheridos al lomo de la ballena,
pero de cerca semejan muchachas
tendidas en la playa después de zambullirse.
En el sol las plumas brillan,
blancas, radiantes, livianas como la espuma.
Y cuando llega el hambre ellos se elevan
en flechas de punta al cielo y se clavan entre las olas,
perforan el azul precioso igual que las imperfecciones
flotan irredentas en el corazón de la piedra turquesa.
Ahí se inflan de burbujas y se los ve perderse
como sirenas de escamas plateadas
huyendo hacia lo hondo.
MANITOS
Si se pudiesen limpiar las caras con palabras,
las manitos pegoteadas, las cabezas
de los pibes que se acercan con los ojos llenos
de preguntas, seríamos buenos,
santos, sabios, pero
sólo existe el agua, el frotar
con los propios dedos los brazos bajo el chorro
de las canillas y dejar
una sílaba apoyada sobre el labio
como una semilla del otoño desprendida.
miércoles, 21 de diciembre de 2016
Diego Brando
Diego Brando (Córdoba), Frontera, Vilnius, Córdoba, 2016.
1
El aromo deja
una hoja más
en la oscuridad
de la mañana.
¿Puede discernir
quien contempla
entre el cielo
y el suelo
correctamente?
Mis ojos recorren
la posible línea
de separación,
tratan de percibirla
y de trazarla.
La madrugada
puede ser eso:
una hoja que cae,
alguien
que intenta comprenderla.
3
Un vaso de vino tinto
en medio de la noche
y la tormenta allá afuera
me traen cierta calma,
un hormigueo eléctrico
que corre por mi piel.
Me acuerdo del árbol
que corté aquella tarde
en el patio de mi casa,
de la resina fresca
en mis manos
cuando lo acomodaba
y del movimiento brusco
de mi cuerpo
al golpearlo con un hacha.
Se estará mojando ahora,
y quizá la tierra
lo esté envolviendo
con frescura.
Pienso y concluyo:
soy ese árbol cortado
y mutilado que recibe el embate
de los vientos y la lluvia,
con placer.
4
Mi gata es una mancha blanca
en la oscuridad del jardín,
la electricidad, que desde ayer
falta en el pueblo, está en las estrellas.
Sentado en la vieja reposera de mi abuelo,
siento el calor y el humo de los espirales
que se filtra por las ventanas.
Podría encender un cigarrillo o destapar
un viejo vino regalado,
volver a los tiempos de antaño, de la falta de luz
y de los pequeños placeres domésticos.
Mi madre cambia las velas,
sintoniza frecuencias en la radio
que hablen de la tormenta, del viento desatado.
No hay noticias, quizá también
las emisoras hayan volado,
o al menos suspendido sus actividades.
Lo pienso y lo digo en voz alta,
la paz es un lugar en medio de un patio.
7
Me doy vuelta y veo detrás de mí
la sombra enorme de un atrapasueños
proyectada por una luz portátil
que cuelga de una soga al ritmo
de un viento leve pero preciso.
Es primavera, estoy en el patio
y trabajo noche a noche la madera.
Con una gubia tallo cuidadosamente,
busco formas como un escritor ansía
la palabra o un músico un nuevo sonido.
¿Será en vano tanto sacrificio,
dará frutos la búsqueda?
La duda me carcome durante el día,
trato de creer, de tener fe.
Cuando me acuesto a dormir en el césped
—soy un hombre de la naturaleza—,
confío en que el adminículo
de madera de sauce, piedra y plumas
filtre los malos sueños, para después
quemarse con el primer rayo del amanecer.
A la noche siguiente tomo mi herramienta
y vuelvo liviano al trabajo, busco
la paz y una obra que hable por mí.
martes, 20 de diciembre de 2016
Lucía Hourest
Lucía Hourest (CABA), Temporada de armas, Deshielo, Buenos Aires, 2016.
25
“Vos sos
la que agita en el aire
los huesos de mamá.”
Grita y me espera.
Toda la vida con la sensación
de no dar en el blanco.
33
Sólo la montaña conoce
lo que se dijo acá.
Cualquier soldado de la nieve sabe
que pase lo que pase
su peor enemigo
es el silencio.
42
¿Así que me despertaste
sólo para contarme
cómo después de la guerra
algunos entusiastas armaron
réplicas exactas de sus ciudades destruidas
a kilómetros de las originales?
49
Esto lo perdimos para siempre
a veces hay que sacrificar
una pieza para ganar el juego.
lunes, 19 de diciembre de 2016
Paula Giglio
Paula Giglio (Córdoba/Buenos Aires), En el cuerpo, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2016.
Puntos de vista
1
En este paisaje
las nubes van
quedando abajo.
Aparece y
desaparece
una vida en
miniatura.
Si me lo propongo,
este espacio puede
ser mi hogar.
La calidez no se
pierde
a pesar de los
roles.
Hasta podría
cuidar una planta
de interior
presurizado
a diez mil metros
de altura.
Viviría más tiempo
que las plantas de
la tierra;
el viento le
resultaría un monstruo.
2
Me traslado a lo
que podría ser
una miga de pan en
el mapa.
Viaje de un
espacio a otro
pero viaje en el
tiempo: todo es colonial.
El mar será el
elemento uniforme,
una pizca de “soy
siempre la misma”.
No se puede fumar
con tanto sol.
Todo es verde y
gotea,
inunda los ojos que
se agrandan
con cada insecto
que aparece.
Paseamos y te
cuento
de la vez que
alimenté cangrejos
con galletitas Toddy.
Terreno extremo,
con altibajos
y vegetación
rarísima.
Por fuera de esta
mole
nos acecha el mar.
Al pie de las olas
se respira distinto:
he aquí el
corazón, pero
¿cuál es la sangre
de una isla?
3
A veces, una
persona
es un cuerpo lleno
de arena
que adquiere el
gesto
de la preocupación
y no logra salir
de ahí.
¿Qué forma tomar,
ahora
que ya no tengo
bronca?
No se distingue
entre el nublado
y este color de
cielo atardecido.
Se ha dicho: lo
más difícil
de ser feliz es
darse cuenta.
De a ratos, soy la
carne
que el mar sala a
cachetazos.
El viento parece
escupido
por la boca de un
dragón.
4
Tender la ropa
como quien se alza
políticamente.
Colgar las
sábanas, plantar bandera.
Ser la nueva, la
recién llegada,
asentarse;
delimitar espacios
con paredes
blancas que mueve el viento.
5
Viene y enseguida
se va
trayendo caracoles:
huesos, en cierta
forma.
Pienso en la
última vez
que me fui de
viaje.
Cuando volví
todo estaba muerto
y roto.
Al instante se cortó
la luz:
las plantas, el
escalón, tu sombra,
nada de eso
existía.
6
Dos manos
con un puñado de
agua
se dicen dueñas
del mar
en una forma
minúscula
que también
excede.
7
Nos permiten
acampar
en la zona
inhabitada.
Cocino, preparo un
hechizo
y musitamos cosas.
Pero toda palabra
relacionada con el
fuego
se extingue.
Una coma mal dicha
también deforma el
sentido.
Será mejor no
decir nada,
comer en
penumbras,
aflojar la tierra
con el dedo.
8
Me vuelvo con la sensación
de haber dejado de
creer.
No es único ni
absoluto:
el mar se confunde
con cualquier cosa
capaz de romper y
expandirse.
Gravedad
Pareciera que respondemos
a los vicios de la naturaleza.
Algo se cae y alguien lo levanta:
es un instante.
De lo contrario, la gravedad se ensaña
con el vaso de vidrio,
aunque después se arrepiente
y nos deja pegar los zapatos al piso
también la escoba
y todos los vidriecitos quietos
a la espera de las leyes de movimiento.
Principio antrópico
Una palabra más
y se rompe el equilibrio.
El agua líquida no es casual;
tampoco la distancia
entre el Sol y la Tierra:
un poco más acá, y seríamos vapor;
un poco más allá, y seríamos de hielo.
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