domingo, 8 de febrero de 2015

Víctor López Zumelzu




Víctor López Zumelzu (Curacaví, Chile/Buenos Aires), Mi hermano, Vox, Bahía Blanca, 2014.





 






Sobre la forma de las hojas nuevas



¿Acaso debo mover las cortinas de la pieza
para que la densidad de la luz
vuelva a crear el tiempo?


¿Acaso debo guardar tu ropa una a una,
doblar los minutos, acicalar el aire
para que no sea atraído este por la palidez?


¿Podrá aquello repararlo?
¿Podrá aquello restituirlo?


Un cielo oscuro proyectándose en diferido
sobre la tela de la conciencia
que lentamente descubre el ojo
hacia lo visible


Un lugar en que todos los días termina algo,
los abedules estrenan pequeños brotes verdes
casi imperceptibles


Un pajarillo se rompe un ala en el asfalto
si quieres puedes tomarlo entre tus manos
pero eso es lo único que hay,
un leve movimiento, un roce,
quizás un gesto de amor
Te digo esto para que no pienses que los surcos
que desgarran la corteza de aquel árbol
es lo único “real”


Los pobres que cruzan esta ciudad
cada mañana con anuncios de supermercados
en sus cuerpos también son reales
Inclusive los peces girando en círculos en el estanque
antes de que la piedra caiga, se hunda
& cambie para siempre el curso de sus vidas
hacen lo necesario para no perder
su estatuto en lo imaginario
avanzan, retroceden en la corriente
envolviéndose en elipsis, en memorias,
reverberaciones
Es que cada idioma está salpicado de referencias
de metáforas absolutas


Es por eso & no por otra cosa
que esta mañana solo podemos ver
lo que creemos que es “real”
para las demás cosas
no hemos concedido ningún centímetro
en nuestra mente
Las hojas de los abedules & sus raíces en cambio
fueron pensadas aunque no las viéramos
sabíamos que estaban ahí
coagulándose llenas de estratos, de cenizas
a diferencia del tráfico siempre envuelto
en su propio flujo,
el cual creó pensamientos
que confundimos con nuestros pensamientos


esto es lo tuyo, esto es lo mío


Viajando hasta el final del tallo,
allá abajo donde los huesos,
la piedra caliza
sobrevive en el estancamiento,
en la sedimentación
nos tendimos como se tiende la gente común
en el pasto verde
dejando al cuerpo ceder a su natural elasticidad
a su falta de tensión gramatical
& tras ellos un collar completo de deseos
troquelado en la esperanza & la carencia


Si te has dado cuenta
lejos de aquí el espacio se dobla
los cercos de madera se están pudriendo,
las noticias zumban en el aire nos tocan
& luego se van


Si lo piensas por un minuto incluso
en estas hojas la realidad
teje sus hilos de polvo, sus estalactitas


¿entonces será nuestro cuerpo
un garabato de dolor?


¿el amor un ensayo de lo deseado
por lo no deseado?


Qué diferente se ve la cárcel
vista desde la ventanilla de un avión
que ha empezado a descender
& en breve tocará la pista
Al pajarillo le pusimos vendas
e intentamos que vuelva al aire
pero el tiempo es rencoroso
& no perdona las separaciones
A medida que nos acercamos
la distancia nos hace volver
a rectificar nuestra noción de tamaño


Julio se demora,
las nubes van & vienen sin pasado
son blancas como líneas de cocaína
Las hojas de los abedules nacen
& nada saben del frío
que las antecede








sábado, 7 de febrero de 2015

Jacobo Regen





Jacobo Regen (Salta), Umbroso mundo, ed. de Keko Ferro y Silvia Katz, Fondo Editorial de la Provincia de Salta, Salta, 2013.

Jacobo Regen (1935) es autor de Seis poemas (1962), Canción del ángel (1964), Umbroso mundo (1971), Canción del ángel y otros poemas (edición aumentada, 1971), El Vendedor de tierra (1981), Poemas reunidos (1992), Antología poética (1996). A fines de 2013, se reedita Umbroso mundo, que reúne la totalidad de sus libros publicados más algunos poemas inéditos y secciones especiales.
Colaboración de El Vendedor de Tierra.












Serenamente, digo: “Soy un ángel”.
Y me debes creer.
Ningún platillo de la balanza sube,
o baja,
bajo mi peso.

Incorpóreo,
ligero,
desnudo,
como la luz…
Y sin embargo, toda
mi trayectoria es una sombra,
mi corazón es una sombra,
una moneda oscura,
destruida
por el tiempo, sin tiempo y sin memoria. 



(Del Canción del ángel, 1964) 










Despedida


Han llorado
mi perro y su cadena. 


Junto al ciruelo de hojas
y de frutas bermejas
ha llorado mi perro
porque lo acaricié con todas mi ausencias. 


Luego me fui ladrando,
perro del perro mío. De mi perra. 



(De El vendedor de tierra, 1981) 












                              a Carlos Hugo Aparicio 


¿En qué cabeza reclinar el pecho?
¿Con qué latido acompasar este latido solo?
¡Ah, desterrar tanta tiniebla,
y levantar, y levantar los ojos
sin miedo de morir en una estrella;
y alzar la voz a dúo, a trío, a coro,
en la alborada del amor, que siempre
soñé y que siempre me ocultó tu rostro! 



(Del Canción del ángel, 1964) 










Manco


                               a Holver Martínez Borelli 



El manco lleva el aire de su mano
como una piedra en el bolsillo. 


(De Umbroso mundo, 1971) 














viernes, 6 de febrero de 2015

Pablo Gabo Moreno




Pablo Gabo Moreno (Santa Cruz/Jujuy/Buenos Aires), Tu rito, Ediciones Marfil Seda, Buenos Aires, 2014.

















Tu rito

El latín desnuda la palabra missio,
la liturgia para la comunión
te baja línea,
te transforma en rompeviento
para la amnistía semanal.


Iremos al paredón
por consecuentes,
iremos al paredón desnudos,
sin mencionar la palabra misión.







Girri

Nadie te enseña a ser vaca,
tampoco a suspenderte en el terror.
La autojustificación arde
en este cuerpo infante
y la palabra no tiene la culpa
de que nadie pronuncie mi nombre.







Comarca

Entre mi lecho y el tuyo
la distancia no exagera
la estructura
para construir dialectos y máscaras.
Se puede apreciar a lo lejos
un territorio precario de entendimiento,
ojos que estiran
las formas de los cuerpos.











jueves, 5 de febrero de 2015

Rita Kratsman



Rita Kratsman (CABA), Giverny, El jardín de las delicias, Buenos Aires, 2014.


















hablando de sauces no es sino la inclinación servil
de sus ramas 


también me da tristeza
que con la lluvia se haya ido el tiempo
aparezco ante el color
con qué alegría ladrona de arco iris 


después de los velos la cadencia es de pájaros
el lugar
alberga la casa y el jardín donde
también hay gatos y quién sabe hurones aunque
ésta no es la casa de Neauphle
una sola cosmogonía: casa jardín bosque 

el rumor de un tren en el girasol de las orejas
activa el ritmo de una idea
la noche
está para dejarla reposar
instante en que el color también se tiende 













cuando miro las hojas caer
y rodar por el pasto
no me da miedo el paso de la luz, aunque
el miedo no va a frenar la noche, todo va
hacia una fábrica silenciosa de palabras 


a veces descubro
una escama luminosa en alguna de ellas
¿tengo la obligación de hacer otra cosa? 


un sepia baña las estatuas dei bambini, el musgo del estanque
se oscurece y el agua
forma trenzas blandas y movedizas 


escribir también es aullar sin ruido dice Duras
después de recorrer los senderos que creí haber explorado
el poema avanza hacia su lugar o
en busca tal vez
de una nota perdida 


acá se produce de verdad el conticinio
hasta los estúpidos abejorros
dejan de zumbar durante el azul-ceniza
una frase apaisada contrastaría con el pasillo de la noche


















miércoles, 4 de febrero de 2015

Carlos Battilana







Carlos Battilana (Corrientes/Buenos Aires), Velocidad crucero y otros libros, Editorial Conejos, Buenos Aires, 2014.


























El orden
nos ha herido
hasta
petrificarnos
pregunto
entonces
por la fuerza
que el cuerpo
puede
dar; si tomo un manojo
de pasto
¿las cosas
cambiarán?
Aislado
del cielo
espero de él
muchas más cosas
de las que di. ¿Será
eso posible
entre
tanta petrificación?
Reduzco
el movimiento
del cuerpo
a velocidad
crucero
encierro
mis deseos
en una habitación
y descubro
al cabo de los años
que no pude
comunicar
una especie de daño
biológico
que el tiempo
alojó
en la memoria
el daño
acaso
lo que no pude
de ningún modo
fue escribir
con distinción
el efecto espeso
de los otros
el movimiento de amor.





* *





Inclinado
el cuerpo
observando la procesión
de insectos y alimañas
descuidé
el jardín
y otros seres
han hecho con él
lo que ahora
es: matas de pasto
manchones de color
marrón
canteros
destrozados, plantas
raquíticas.
El viento
cruza el terreno
pero no es viento,
es brisa fría.
Me mojo
la cara
y veo
los papeles acumulados
las cicatrices o las marcas
concentradas
en el cuerpo
y sin detener el tiempo
recuerdo
que la vida existe
corre por algún lugar.
Celebrar
es también
inclinar el cuerpo
saber
que el día
acontece
en un plano
distante
a la retórica
de lo vital.