sábado, 14 de noviembre de 2015

Roberta Iannamico



Roberta Iannamico (Bahía Blanca/Villa Ventana, Buenos Aires), Qué lindo, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015.

















De El zorro blanco, el zorro gris, el zorro rojo (1997)



Bicicleta

El pueblo es mío en bicicleta.
Las orejas se tiran para atrás.
Puedo inventar el viento si pedaleo.
Cuando llueve ando más fuerte
y la lluvia me escribe telegramas húmedos.
Me dibuja en el cuerpo un mapa.
Se parece al de mi pueblo
pero es infinitamente mayor.






De Mamushkas (1999)



III

Las mamushkas en las plazas
se pierden en el vaivén de las hamacas
encienden cigarrillos
para disimularse tras el humo
de la calesita
eligen los animales simples.






De Tendal (2000)



Tarde

El color del parque
a las cinco de la tarde
cuando es invierno
hace sospechar
cualquier cosa
tomo mate con mi hija
llamamos a los perros
moviendo los cuatro dedos
de una mano
no hay mejor compañía
todos los perros
se han vuelto
amarillos
se mueven como hojas
vuelan bajísimo
nosotras quisiéramos atarlos de las colas
hacer barriletes
antes de que se enciendan los faroles
y taza taza
cada cual para su casa
viene empujando la noche
no quiero saber
qué sucederá.






De El collar de fideos (2001)



Debajo de los pinos
el caballo de hule
verde
con lunares blancos
tumbado
duerme
la panza hinchada
las agujas del pino caen lentas
lo cubren
ligeramente
del frío.






De Muchos poemas (2008)



Como gepetto

En la panza de la ballena
enciendo una vela para escribir
las costillas son
un arcoiris sin color
un templo
donde escucho
mi propia voz
afuera el mar
baila solo.






De ris-ras (2015)



El pescador

Tiraste la red al mar
con tus amigos
sacabas peces y peces sin parar
peces de plata
se te regalaban
la red era muy pesada
era para compartir
también hubo veces
en que no pescabas nada
o enfrentabas una tempestad
y la calmabas
te dormías acunado por las olas
mirabas las estrellas
te reías de algún chiste
así es la vida
de los pescadores. 






De Nomeolvides (2015)



mientras va pasando el tiempo
en tanto que viento es que nos despeina
siempre que
como el aire nos dejamos llevar
adonde no sabemos
ahora que te miro bien
tenes algo acuático alrededor del iris
hoy que contabas
los hechos de tu vida
yo veía la costa
del mar cuando atardece
el planeta tierra
visto desde lejos






De Animales



Animales pintados

Con un pincel de pelo de camello
pinté un pájaro.
Soplé tres veces al aire
y el pájaro salió volando.
Lo sorprendió el verano:
picoteaba el corazón de todas las frutas.
Con un pincel de pluma de pájaro
pinté un camello.
Di tres golpes en la tierra
y el camello salió andando.
Lo sorprendió el invierno:
nevaba sobre la punta de su joroba.






De Inéditos

me entristecí con todas las palabras
que nombran cosas del hospital
no pude encontrar nada alegre
salvo los moños
rosas y celestes
de la maternidad
abrí la ventana
quisiera que una luz curativa
se posara sobre cada cuerpo
y los fluidos
corran como ríos limpios
pero sí hay algo para amar
en el hospital
los seres humanos
despojados









viernes, 13 de noviembre de 2015

Marta Ortiz






Marta Ortiz (Rosario, Santa Fe), Casa de viento, Alción, Córdoba, 2015.
























Umbral


I

A tientas lo atravieso: umbral de olvido al cascarón desierto.

Grumos escuálidos / arena / en el cuenco de mi mano.

Solfeo de tablillas desmenuzadas:
bajo continuo / debajo de mis pies
a ras de agua /  a ras de pozo.

Sopla un viento lunar dobla / los pasillos de la noche.
Silencio de telaraña.
Hilachas,
la cortina de cretona floreada
piezamaster de mi madre al pedal de la Singer.

Sin parpadeos absorto / en el recorte irregular
–astillas de vidrio esmerilado–
resiste
el rumor sepia del paisaje / hasta secarme los ojos.


II

Nítidas
las florecitas rehílan blanco el patio de ladrillos,
su antigua nevisca de ciruelo en primavera.

Pétalos de cerezo caen: / ¿es belleza o ilusión?*

Cifra de infancia y juventud,
gotea  / el árbol
la breve vía láctea
cubre el piso.


* Saigyo (Kioto, Japón, 1118-1190).










Cruzo descalza la huerta familiar

sube una luz de noche y humo

brillan /tropiezan
mis pies de niña
cacareos
gallinas desveladas
bajo cielo espeso de glicinas.

Vaga solitaria la sombra del sembrador
–la cara enmascarada–
cosecha calabazas
sacude follajes como sábanas

–pero no se puede tocar a los muertos–.

Salta sin embargo una moneda
de su mano a la mía
revive la ruta del deseo:

el palito helado Laponia
hacía agua en mi boca:

la antigua dulzura
disuelve frutillas.









Violeta africana

                                                                    para Cande


Por eso quedó / quedé allí,
en el macetero con flores pintadas

anidando el hueco propicio
entre tus objetos cotidianos
como si no supiese que soy tu más antigua costumbre

–primer recuerdo que de tan próximo se olvida entre los primeros–

y aún así se pierde / me pierdo
en los pliegues de la seda,
mucho antes ceñido el moño a la mujer translúcida
que llevo cosida a mi espalda

piedra lunar
alfa       omega
mi genealogía muerde tu geología

subsumida
respiro tu nuevo hábitat:

el violeta intenso de las flores pequeñas.









Frases desiertas


Dije,
entre otras frases desiertas:
no permitas que tu jardín se seque.

(Recuperar las rositas rococó
la mata de lavandas
los agapantos
el malvón)

Una picardía el abandono:
pasto crecido
hormigas al rayo de sol.

Abrí la canilla
conectada a la manguera

en realidad
yo quería reverdecer tu historia
regar tus manías
tu inapetencia
tu desgano.

Que se escurrieran con el agua.









Dimensiones


Incluso comenté un tópico que afinaba la Física:
las dimensiones
no las cuatro conocidas
otras, por lo menos hay diez,
lo dijo un físico en televisión
invocaba la no menos lúcida teoría de las cuerdas
aunque quizá fueran once dimensiones
no retuve el dato preciso.

Quién sabe
–arriesgué– 
ahora mismo una mujer agoniza
en un cuarto idéntico a éste
a escasos centímetros de tu cama
tu misma cama pero otra,
–aventuremos–
otra dimensión podría caber en el espesor de un papel
de gramaje suficiente, quizá granulado
o en el espacio que ocupa el volumen de un corcho
y cabría allí, comprimido
–tal vez–
el prodigio del universo paralelo
donde una mujer agoniza
y otra a su lado le habla incansable de la física:
existen diez dimensiones,
quién sabe si no once…




























jueves, 12 de noviembre de 2015

Mariana López



Mariana López (CABA), Velorio y velódromo, Vox, Bahía Blanca, 2015.





















1


A veces le digo algo a alguien y escucho el ruido de un trapo que se rompe.
Coincide con alguna frase, como ser: “ayer, al final, les conté de tu enfermedad”.
Entonces escucho el ruido de un trapo que se rompe.
Cuando me peleo con alguien no siento olor a quemado, ni se me pone la cara colorada, pero sí escucho el ruido de un trapo que se rompe.


Hay algo que me va a salir de adentro de la oreja.


Veo mi futuro reflejado en el picaporte de la puerta:
voy a estar leyendo en un bar, pelada.


Para evitarlo tengo que volcar en la cama tendida:


jugo de naranja,


tierra.



En la mesa del bar se cae una maceta,


queda la forma cilíndrica.


Apreté fuerte la tierra, me acordé de mi padre. Todavía latía, o era un terremoto muy suave, de grado bajo, como el que hubo esa vez que decidí no llamarte, y vos tampoco me llamaste, y no nos vimos más.


Cuando vuelan los pájaros arman la forma de otro animal:


seis gorriones arman un rinoceronte y
ocho gorriones arman un león y


mis pulmones son estuches de guitarra.



Es bailarín y tiene cáncer,
me lo contó en la primera cita.
Fue la primera cita más extraña de mi vida,
porque había de esas lucecitas que son como una nieve en los boliches.



Yo quería comprarme un colectivo
y atropellarlo para no tener más problemas.


El tiempo estaba suspendido como una nieve.

Un cáncer inoperable. Fuimos a un bar que ya conocíamos, que tenía todos los bancos de madera: llevamos un destornillador para tallar nuestras iniciales en todas partes. No nos habíamos besado todavía y ya estábamos tallando nuestros nombres en todas partes.




En la estación de las alergias hay que cambiarlo.
En le estación de la sandía hay que cambiarlo.
Cuando el murciélago hiberna hay que cambiarlo.



No hay un sentido,
sólo ese gesto que hacen las telas cuando
las traspasa el viento, que
no es ni un sí ni un no.



Vio a dos mendigos que dormían juntos en un colchón en la calle,
cada uno orientado hacia un lado como la figura de un naipe.



En la estación que en sentido figurado representa la vejez
como la caída, el ocaso,
esa transición entre la vida y la muerte,
hay que cambiarlo.
Entonces pensó “cuando me diagnostiquen las verrugas
me voy a vivir con ellos”.



2


A él sólo le importa mi cara.
Mete mi nariz en su boca,
mete su nariz en mi boca.
Del resto de mi cuerpo, nada.

Hay una fina línea de luz que se ve debajo de la puerta como un párpado.


Estoy sentada esperando a que salgas de la tomografía,


pendiente de lo que sucede al otro lado de la puerta: los pasos, los golpes,
el ruido del tomógrafo


es una pintura.



3


Preguntaste por mi árbol de quinotos
que da frutos
en invierno.























miércoles, 11 de noviembre de 2015

Emiliano Herrera



Emiliano Herrera (Monte Grande, Buenos Aires), Herramienta suave, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015.

























Rampa

repetición
constante

y días
después

hacia atrás
miramos
para adelante
y hacia adentro

adentro las olas duermen
adentro las ciudades rompen

pájaros eléctricos

la jaula
bien adentro









Y

hay tantas cosas
que no puedo
saber
ni imaginar

el aire
desdibuja
los árboles
en otoño

y yo tan quieto










Herramienta suave

Un sueño me quita el sueño y sueño.

Miro a los pájaros en la voz del viento.

Desvelado, me pierdo en lo que encuentro.

Todo lo que huye trabaja por dentro.



























martes, 10 de noviembre de 2015

Mariano Massone



Mariano Massone (Luján, Buenos Aires/CABA), El gaucho celeste, Club Hem, La Plata, 2015. 




























La llanura

El campo que no quisimos arar es la huella
que nos deja a la intemperie de esos vientos,
que el gaucho celeste ve correr, inesperados.
Ya no es más la taumaturgia lo que exaspera
a la muchedumbre sino la costumbre
de guiar a todos por la misma senda.
El gaucho celeste recorre el cielo
como un diablo que, por viejo,
encuentra la corriente de su devaneo.

El testimonio floral que la bruja deja
sobre el campanario destruido,
debajo de ese ciprés que se mueve levemente
bajo la brisa del otoño,
es la contrapartida exacta
de las trenzas
que doña Bárbara le hace a su hija
para ir a la escuela.

En puntas de pie danza el gaucho celeste,
santo de su virtud una zamba ultraterrena y llana,
que deja en banda la bandada
de pájaros que se acercan.
Buitre que se esconde es la valentona nube
que ahora se arrastra
sobre la raya azul del río, cruel, instantánea.

El cielo está despejado, cueva de ese gaucho celeste
que volando con dos codornices,
una en cada mano, atraviesa el campo arado,
fiel camino de los que todavía siguen teniendo
miedo al llano.

Mañana volverá la mburucuyá a sentir
el sabor aterciopelado en la boca
alimento del criollo que pastando se acerca
al campo arado,
 y volando con recelo,
girando sobre su eje hace zumbar
el rebenque sobre las alas para que las codornices
se eleven sobre la tierra y encuentren el fruto primaveral.

El aterrizaje es lento, devastador,
el campo trata de recomponer
un lugar,
un territorio que cerque al gaucho heterodoxo pero él,
con un facón y una gramática,
perro revirado se vuelve y pechea el alambrado
se agarra a sotes con el palenque y se enrieda con las púas.

Gana el criollo y eleva el trono de su salvación,
que no resguarda
cuando el cielo se ensombrece y llega la tormenta.
En un segundo se llena de piedras lo arado y, con terror
la naturaleza golpea
los hombros del gaucho místico que, hecho bola,
como si estuviese nuevamente en la panza de Casilda,
protegido en brazos por su madre,
rechaza los golpes de las piedras de hielo.


Casilda, vieja misionera
yegua guaraní
risotada mañanera que despierta hasta los patos.
Se levanta,
y en su hacer tecnológico del dulce de membrillo,
canta chacareras mesopotámicas,
llenas de acordeones y de fuelles.
Ayer gritaba el sapucay apasionada,
hoy es torcacita de la lágrima
mientras vuelca el agua jabonosa
en las rosas de su jardín.
Con las manos destiñe alpargatas, bombachas,
refriega con el jabón blanco sobre la tabla
derruida por los años, los lavados.
La viene a visitar de vez en cuando el gaucho,
la bruja también se aparece con él.
Se sientan a la sombra del laurel
y ponen sobre el tablón de madera
hirviendo la pava
mientras charlan del ritmo de las cosechas.
El tranco sobre la pampa, la leva de la tierra 
es ver el horizonte como promesa llana.

El gaucho que tras el armado se despereza,
echando humo como locomotora,
-quizás lleve la cosecha
o quizás mejor ni hablodice
el gaucho
movilizando el pensamiento.
¿Será una promesa o el néctar de la locura?

Se extienden las vías
Sobre la planicie desértica de la pampa.
-Dos paralelas se unen en el infinitodice
la bruja suave al oído del gaucho relativista
y le alcanza, sin mirar, otro mate amargo.
Con ese grano particular
el sol desciende levemente.
Y en la garganta una voz
entona vidalita suave.

El granero de la estación se convirtió en fiesta,
los farolitos de colores juegan con el viento,
la señora que come pastelitos
habla con un nene,
le consulta problemas de la vida que seguramente
nadie podrá resolver.

Un perro olfatea a los que pasan caminando por la feria.
Doña Luisa vende dulces y especias.
El gaucho toca con las puntas de los dedos la pimienta
negra, la hace rodar sobre sus yemas
sintiendo la leve picazón,
mira a la bruja y asiente.
Así se entienden.