Algo de la poesía publicada recientemente en la Argentina.
sábado, 17 de diciembre de 2016
Franco Rivero
Franco Rivero (Corrientes/Chaco), Ud. no viaja asegurado, Deacá, Villa Mercedes, 2016.
psykhé
de chico decía para mí
por qué será
que a donde vaya yo
se traslada la vida
también me preguntaba
qué era eso de despertarme
y sentir
algo que se despierta conmigo
como dentro de mí
sentía el alma
lo supe cuando el tío basilio
me enseñó la palabra
espíritu
y yo le pregunté qué era
y me dijo
es el alma hijo
todos la tenemos
y cómo es
como aire
dijo
como aire
entonces respiraba con miedo
cada vez que me daba cuenta
de que respiraba
tenés que tomar aire antes
de zambullirte
me decían
para tener más alma
pensaba yo
y era lindo andar
por debajo del agua
con un alma
más grande
gurisada
de niño el miedo invita
al coraje
yo trepaba árboles
afinando el oído
era el ruido
la advertencia
del quiebre
hacía silencio
la atención
aligeraba mi peso
y podía subir
sin que se enteren
las ramas
iba hacia arriba
como una lagartija
tenía esa seguridad
que da
hacer pie en el aire
y allá
donde el árbol
terminaba
le ponía el pecho
al viento
y miraba hacia el suelo
con ojos de pájaro
el día que más te extrañé estaba cocinando
el día que más te extrañé
estaba cocinando
el tiempo había cambiado
cayó viento
y empezó a llover
abrí la ventana
para sentir
el olor de la lluvia
pelaba una papa y
el corazón
me pelaba el rostro
pelaba otra papa y el corazón
me seguía pelando el rostro
así que dejé
todo como estaba
me saqué la ropa
fui a la lluvia
jugué como se juega cuando se quiere llorar
salté el tiempo suficiente
para que el corazón bajara
del cuello
no hizo falta que llore
la lluvia
me había desahogado
volví y mi piel olía a mal tiempo
me sequé apenas
seguí cocinando
en absoluta coherencia
pelaba el corazón en las papas
que quedaban
y tu rostro me ocupaba
el lugar del corazón
naufragio
el mar es el mar
el naufragio
es el naufragio
escuchen
la gente no entiende
no existen héroes
mentira
no me ayudó una tabla
no me llevó
hacia la costa
un delfín
pude morirme
o no
pero siempre
tuve que nadar
mentira
no pasé por distintas islas
no por naufragar
me esperaron
grandes proezas
el naufragio
es puro naufragio
y punto
es puro miedo de ahogarse
es puro miedo
por qué será que buscan
en el infierno la luz
acaso no sería más fácil
correr
no sería más fácil
vivir
en la superficie
sepan que no puedo
descender
naufragio
al infierno
si ya nací
allí
ya nací
allí
y andá a saber
si me enteré
que existe
un afuera
un más allá
de las curiosas
convertidas
en rocas
otro lado
del castigo
algo más
que brasas
que hombres
sufriendo
hambre y sed
eternamente
por robar ambrosía
por seguir a su amante
por dejar
que el corazón
sea la medida
del mundo
sepan que aquél
sacó de allí el fuego
aunque conocía
el hambre
de ese cuervo
que apetecía
su hígado
y sepan también
que es el cuervo
quien come antes
de que él pudiese
cocer su alimento
o forjarse
una espada
para no ser supersticioso
tengo un gato negro
pero la verdad es que a veces
me gustaría usar como respuesta
a la mala suerte
los miedos tienen
el tamaño de los cíclopes
es ahí
cuando me siento
sólo un hombre
y si el miedo es el mar
tiene el tamaño del mar
es ahí
que me siento
sólo un hombre
sé que la vida
es el mar
y no reconoce
tipos de embarcación
mi vida
es mi barca
siento
de qué estoy hecho
al naufragar
esta isla me sirve
de isla
mientras no pienso
que se hace agua
por todas partes
sé que si no espero
el abrazo
no me siento
desprotegido
sé que si naufrago
me recomiendo
que lo asuma
sin preguntar porqué
el mar es el mar
y hace cosas de mar
caminar
sobre las aguas
es el mito inevitable
la vida
es el mar que me obliga
cada tanto hacerlo
para que pruebe
ahogarme
y ejercite
el miedo
si me hundo
me recomiendo
que lo asuma
no me demoro
en preguntar
el porqué
doy las brazadas
nado de perrito
hago
lo que puedo
el tiempo
que soporto
por si nadie
me espera
por si no recupero
mi barca
no habrá brujas ni hechizos
que me salven
de esta tierra de este mar
de sus naufragios
de este ser
hombre
ni tampoco habrán
dioses piadosos
que me den
la forma
más oportuna
para burlar
mi muerte
sé que el naufragio
es el sueño
con que ulises
se salvó de ser
sólo ulises
sé que yo
también me soñé
más de alguna vez
como héroe
porque fui gente
y la gente
no entiende
necesita héroes
no quiere
ni tristes
ni hombres comunes
corrientes
miércoles, 7 de diciembre de 2016
Paz Garberoglio
Paz Garberoglio (Villa Ramallo, Buenos Aires), Máquinas de enseñanza, El Ojo del Mármol, La Tablada, 2016.
Lo que espero se da
como un árbol.
Contra lo previsto
en el aire
(que estaba escrito), contra
el viaje o en mitad
de este pájaro donde
ustedes no harán una casa.
Nuboso, inconsolable
día desechado
en extraños viajes.
A comprar
lo que permite reflejar
que se compra un poder:
el que me diste, silencioso,
jardín.
Tu historia
si pasara
por un anillo diminuto
dejaría escapar el agua
y sin embargo
tomaríamos
en familia
pastillas de dureza
para darte cuerpo
de nosotros
alzarte
para volver con vos
todo
en esta máquina
que detuvo niñez
se inclina
ante tu voz lactal.
Hasta aquí
se prepara mi paz.
Célebre te bienvení,
padre, a un encierro
donde se escriben
muchas músicas.
Ilusión que pagan no lejos
del accidente
las enanas de todos
que es la tierra limpita.
Momento en que me tuve,
aparté una a una
las mafias que se reunían
en nuestra ruta del honor.
Azar de este alistarnos
para correr hasta tu velocidad.
A tiempo nos descubrieron
haciéndonos los muertos,
cuando quise imitarte,
ser la que pasa más tiempo
sin respirar. En vano
se hizo obvio este juego
de amparos, el duelo
de los que miran como gatos.
Sé de otro que escribe,
de quien sea que me haya
encomendado la tarea que cumplí:
lo que no importará cuando
agarres la hoja por el lado
en blanco, es ahora
lo que importa: ganar
las habilidades, sobrevivirte,
rápido como un párpado.
Víctima de un rumbo
por incertezas,
por probar de los gustos.
El precio
de lo recién venido.
Verano de las formas
en que la luz
se puede tomar,
conociéndola.
Entonces,
a nuevo
la conciencia del dar.
El fruto
de lo que dejamos
juntos en un papel,
libro de excursiones
al Tiempo, su creencia.
Como el cuerpo que se hizo
de pequeñas fortunas.
Lo festejamos
y lo hacemos palabras.
lunes, 5 de diciembre de 2016
Joaquín Valenzuela
Joaquín Valenzuela (Dolores/San Clemente del Tuyú, Buenos Aires), La caracolera, ilustraciones de Adrián Garaguso, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2016.
1
un caballo se para y tira el mundo
el carro las macetas
un caballo hace temblar el patio
donde la octava maravilla
es un pollo con programa de puchero
ahí la caracolera abre otra fauna
da nombre y peso corta
bigotes de escoba las orejas
de cartón son hojas idas en
tu banco de azulejos
estudio mayor
mesa
de operaciones calcáreas
3
bucear en el fondo del cantero
huesos del agua llovida son
los restos bivalvos
la macetilla plaga de base a los malvones
la veredita del fondo
senda tropical da ritmo
entre el charco y las chinelas
a veinte cuadras de la orilla
la casa
es costa y correntada
9
porque le va a poner nombre a la ropa
nombres de hombres y mujeres
así víctor con ariel uno encima del
otro si refresca y las griseldas y
marías no tres más bien siete y siete
robertitos de lana que con carmen
apenas se traspase
la puntilla de matías
11
caballo trepaparedes o es la sombra
de la higuera en el galpón
y el palo de la soga de la ropa
y la palangana de los tordos
que pican
bosta al pie del siempreverde
un arenal de pechos se le asoma
y ve por la ventana
como campo ajeno
el propio patio
domingo, 4 de diciembre de 2016
Carlos Battilana
Carlos Battilana (Corrientes/Buenos Aires), La demora [2003], 2a ed., Deshielo, Buenos Aires, 2016.
I
Por mí,
o por vos, o por
la clemencia que el tiempo otorga
esa perfección
se ha vuelto costumbre,
descanso en la sombra,
tranquilidad
de estos muros
verdes y transparentes.
Vicio horroroso,
los días prometen algo
de lo que no estamos seguros.
III
Para no decir
que esto
es esto otro,
para no usar palabras
que los escribas cansados
se permiten
sin acertar,
retomo aquella huella,
este minúsculo aire
que el bosque
con su razón
reclama. Voces,
ruina cuyo origen
no es un hecho
sino la hiedra preciosa de la
Constancia.
Formas
En el círculo cerrado
que el viento atrae
en esta pequeña habitación
protegida de tumultos y escarcha
¿por qué será
que ese duro sonido de la ciudad
separa
como una ínfima línea
la materia
de sus palabras?
Si las palabras
derivan de las cosas,
si las letras
–como signos helados–
provienen de una plena
sustancia
¿qué será ese mínimo indicio
de los objetos, de las formas,
de esa materia
que se resiste?
Letras
Para no alejarme
de la tenue presencia
de la fe
descuido lo real
y me hago un sitio
para mí. Para las Letras.
Eso sería
el único hecho
del que Dios procede
y del que
también
procede
–sin rayas, sin ruidos,
sin devaneos–
lo más real de mí. Por mí.
Objetos
En esta playa mis pies reposan. El agua recubre con espuma el hueco de los dedos. Como una caligrafía sin voz, recojo este poco de arena, y razono, con cierta calma, sobre los objetos. Entre este punto y el otro, entre esta cosa y el polvo que la recubre, ¿qué transparencia resiste?
Leyenda
Hay muros que los vientos han deshecho. Un hombre observa por sobre los árboles lo que separa el bosque de la ciudad. Si tocara el camino, sabe que se volvería impuro.
La brisa recorre el lugar. En el círculo ardiente, su indecisión es una forma de la memoria: la forma en la que trabajan sus ancestros. Domina el paisaje, silenciosamente, y sus ojos asienten sin ver.
sábado, 3 de diciembre de 2016
Enrique Solinas
Enrique Solinas (CABA), Barcas sobre la zarza ardiente, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2016.
Sentir sobre esta tierra
“No hay abandono más grande en este mundo
ni crimen imposible
que la indiferencia sobre nuestra condición”,
dijiste,
mientras el sol comenzaba su caída sinfín
y nada podíamos hacer para salvarlo.
Tu mirada brillaba con la luz
o eran tus ojos que iluminaban el paisaje:
dos barcas atadas en el muelle,
el agua mansa
y nosotros a la orilla
del río que parece canción.
De repente un pájaro,
un pájaro en busca de comida
y el sol cayendo detrás del horizonte,
yo mismo era el sol furioso que caía
con todo el peso de su ley,
me sumergía en el silencio de la tarde
para apagarme en el rio inmenso.
Los peces me rodeaban,
me hablaban,
yo los comprendía,
hablaban en tu lengua,
expresaban tu pasión.
No hay conversación aquí.
Sólo hay palabras
que alguien ejecuta
y que el otro desea no oír.
Mientras tanto,
éste es el comienzo del instante
cuando con el padre
nos preparamos para pescar
y contemplamos la vida
desde lo opuesto.
El viento nos pasa por la cara,
como pasan las noches,
los días, las estrellas.
Y toda la belleza del mundo a nuestros pies,
el abandono más grande
que alguien pueda sentir sobre esta tierra.
Huye la luz
Huye la luz y ahora
es una heroína trágica
que se dirige hacia su tumba.
Las sombras aparecen
en este atardecer y nada,
nada de lo que podamos decir
puede ser cierto.
Porque decir lo que se debe
es igual a engañar,
a no decir,
entonces
dejémosle
su lugar de ofrenda
al silencio,
que se exprese en nosotros,
padre e hijo,
tan extraños;
un padre que piensa
que la vida es
caña, tanza, anzuelo y carnada
para poder vivir;
un hijo que ha guardado
en su corazón
preguntas
y más preguntas.
La noche es una pantera hambrienta
que persigue a una joven
a punto de morir.
El padre continúa inmóvil
sobre el muelle
y piensa,
“perdónalo, no sabe lo que hace”.
El hijo
cierra los ojos
y escucha.
Tengo sed
En el centro del río
hay una barca perdida
mientras
el sonido del agua me adormece.
El padre es una figura quieta
bajo la luna y las estrellas,
y parece haber olvidado
el tiempo y el espacio
al que pertenece.
Nado desnudo bajo la misma noche
que me vio nacer,
nado desnudo hasta el centro del rio.
Voy en busca de la barca,
de mí,
del padre,
del sol.
Los peces rozan mis pies y el frio
es una lámpara mágica
que restaura el dolor.
¿Cuántos muertos hay en este río?,
pienso
y cuando nado,
sé que los muertos
me llevan hasta la madre ausente.
“Mujer, este es tu hijo”,
dicen,
y su cuerpo de agua
me protege.
¿Pero cuántos muertos habrá
en el fondo del río?
Subo a la barca y regreso
al muelle donde el padre
continúa eterno.
Cuando lo miro,
parece un hombre frágil,
terco,
inconsciente.
Un espejo de luz
donde las palabras
no alcanzan.
Un reflejo irreal,
un sueño.
Un arquetipo al que le exijo lo que soy.
En la zarza ardiente
Desde esta absoluta oscuridad
veo a mi padre despedirse
con esa dignidad propia
de quien conoció
el mundo y lo habitó.
Acompaño a mi padre
en el gesto de su despedida,
en esta vida de hospitales
donde todo pasado es presente
y el futuro
es nada más
que una conversación.
Atrás quedan
los días de la noche,
las palabras
que debían madurar
para ser ciertas;
queda en el camino
la expectativa
de lo que no sucedió,
la verdad de la belleza,
su cuerpo inaccesible.
Pero ahora es el silencio,
el silencio que grita
el silencio
en la voz del bosque.
Pero ahora es el deseo,
el deseo de que el tiempo
vuelva hacia atrás,
cuando el invierno todavía joven
encendía
su lámpara mágica
y alumbraba el camino
de nuestro alegre porvenir.
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