Herbario, Córdoba, Dínamo poético, 2017.
Uno
cómo iba a ser mi amado.
Algo de la poesía publicada recientemente en la Argentina.
Arte japonés de reparar fracturas de la cerámicacon barniz de resina espolvoreado o mezcladocon polvo de oro, plata o platino.
Por activa y pasiva es mi tormento,pues padezco en querer y en ser querida.Sor Juana Inés de la Cruz
Ya en el barco
de cara al agua
funde la beba en su pecho
y respira hondo
iluminada por el acero del cuchillo
que imagina él lleva entre los dientes
agazapado en la maleza
a la espera de sus mujeres
O no, quizás
no fue así
Madre soltera en la Siria del 1900
mi abuela huye de noche con mi tía en brazos
Sube al barco y llora
la beba la acompaña y ambas
a su modo
rezan
O no
quizás no
Lo único cierto es que una mujer
sube a un barco en medio de la noche
puede que llore, puede que no
Lo único cierto es que esa mujer toma
a su hija en brazos y corre
por las calles oscuras de su Leselja natal
hacia un barco que es
tiene que ser
destino
Saltó de un montón de piedras
se hizo grande
se sentó a mi mesa
y comió de mi mano
–hermanito–
fue su primera palabra
y después
no abandonó los diminutivos
así que no lo pisen
cuídenlo
es lo más pequeño de este mundo
y los necesita
hay cazuelos con agua
y migas de pan
por toda la casa.
Entonces si sos un gato
deberías tener bigotes de cuerda de
guitarra
y cantar como un violín
que es lo más hermoso que se oye
en la vereda del sol
todas las tardes al caer la luna.
¿Y si corremos en la dirección opuesta?
Y de tan minúsculo el molusco
alimenta a una ballena.
¿Y si fueras una ballena?
O acaso si fueras una botella
que vacía lleva un barquito
en la panza
y de tan vacía y tan llena
navega de costado
todas las tardes
al caer la luna.
No en la bandera de este mástil
estás
más allá
como una semilla de sésamo
perdida bajo la mesada
donde suceden cosas
que solo los ojos de los chinos pueden
ver.
¡Ay hermanito, desde que viniste al sol
te buscamos!
Cuando vi mi primer murciélago
era como vos, la semilla de otra semilla
el encanto de una flor naranja
los murciélagos son ángeles fruteros
soy pastor de murciélagos
y en las galerías de la noche los oigo
dormir
ya les pedí de rodillas
y aceptaron gustosos
buscarte en el corazón de las manzanas.
¿Y si sos un murciélago?
¿Si se mancha tu radar de fruta fresca?
¿Si sabés la dirección de los naranjos
y de los tigres con sus cabezotas llenas
de azahares?
¿Y del amor entre tus alas de insecto?
¿Si en la caída del sol está tu vida?
¿Siempre tu vida lunar
atestada de peligros?
Anoche me visitaron los murciélagos
traían mandarinas y flores
están tristes
dicen que la colonia está enferma
sabés
sobre los campos pasan aviones
plateados
y rojos
aviones
los aviones arrojan la peste sobre los
campos
y el murciélago frutero muere.
Y con el murciélago el fruto, el árbol.
Hoy en la colonia había murmullo, inquietud.
Todos los hombres y las mujeres
me temen
dicen que te busco demasiado
pero si te pisan me muero
yo alfombré la casa con papel de arroz
para que vinieras
te vi saltar
y hacerte grande
sentarte a mi mesa
comer de mi mano
y escuché tu voz como el rumor en las
colonias.
Ana María Grandoso (Carmen de Patagones, 1946)
La naturaleza de las horas, Comodoro Rivadavia, Vela al Viento Ediciones Patagónicas, 2018.
Lo que se ve a través del vidrio
parece un cuadro.
También ella
sentada de este lado
en la maqueta de su casa
puesta con una pinza, con cuidado
para que no se mueva lo de alrededor.
De este lado, ella
es el cuadro.
No hay calma asegurada.
Con una sola chispa
se incendiarían
las maderas resecas
del cuadro.
No sé de dónde viene
esta contentura diminuta,
tan privada.
Un envión y al sentarme
me sorprendo, otra vez
mirando mi pie descalzo.
No sé por qué
justo cuando sale entre las sábanas
a punto de apoyarse
en el suelo tibio
de madera.
Cuando paso por una “situación” emocional del entorno familiar,
aunque solo yo la viva; dibujo florcitas, dibujo florcitas.
Todos queremos tocar el cielo –dice una canción–.
La contradicción
alimentada en la belleza de los jardines,
el estallido de las flores
sus estambres y pistilos.
Paso por los jardines
quiero mirar, correr las cortinas.
Se mueve un reptil
entre hojas agitadas
en la vida de sus habitantes.
¿Más bello es el jardín
más desdicha humana?
¿Qué hay en las piscinas del nadador –John Cheever–
de aguas siempre “color zafiro”?
Verde, verde,
oloroso el césped
amenaza de la belleza.
Corto todas la flores hoy,
una a una
las tiro al río.
Finas mariposas del otoño
que está llegando
traen un aire celeste
la siesta de marzo.
Las flores color de la sangre
bajo la parra
aprietan el vuelo del colibrí
con su parte de arco iris
en el pecho.
¿Acaso tiene
una isla de poesía
en la cabeza
imposible de decir?
¿Quién sería si no pudiera aislarse
con este lápiz en la mano de escribir?
Las palabras ruedan
bichos bolitas
ruedan por la siesta
todavía.
Con una mota de polen
para el jugo que viene a buscar,
espero al colibrí.
Quiere atravesar
la ventana.
¿Qué o quién me dice
cómo vivir el instante?
¿Qué Tao, Buda, Zen
me lo aconseja?
Entro al vacío de la contemplación
son milagros de la naturaleza de las horas.
Un momento entre dos interrupciones,
un momento estanco.
Vuela el alguacil celeste
rebota contra la ventana
y se abre.