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jueves, 26 de noviembre de 2020

Carina Sedevich

 

Carina Sedevich
(Santa Fe de la Vera Cruz, 1972 / vive en Villa María)


Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder, Neuquén, Tanta Ceniza Editora, 2020.














To my brother Leo


Hermano, cómo pasan los días. Le contabas por teléfono
acerca del calor aquí en el sur a tu amigo de New York.
El sol, seis minutos más tarde que la mañana en que llegaste,
asoma y quema. Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder, lo hizo
dentro de su casa. Pero su hogar fueron sus películas. Creía
que rodar sobre un tema absoluto, sin final, era la única
manera decente de vivir. El sol saldrá mañana siete
minutos más tarde. En el lugar en que estés habrá un refugio.

 







Kárhozat o La condena



El hombre conoce el filo del cuchillo que le raspa la cara
por el sonido espeso y gris. Cae la lluvia sobre el bar
y la mujer que canta dentro tiene el pelo húmedo.
Cada película del húngaro es una caja de música.
Los diálogos son innecesarios, pero en un momento
alguien dice: “todas las historias son de desintegración”.
El protagonista vacía la copa de un trago y yo me ahogo.

 

                       




                                                                    1996


Las imágenes visuales son de una verdad a veces vana.
La mesa de la biblioteca en la que leía por las tardes
era del color del vino tinto, pero el lugar olía a papel seco.
Y el hombre que olía como el barro entre los sauces del río
llegaba siempre hacia las tres. Se parecía a Werner Herzog,
quien afirmó alguna vez que los hechos no pueden dar la clase
de iluminación, el flash extático del que emerge la verdad.

 














 


lunes, 21 de diciembre de 2015

Carina Sedevich


Carina Sedevich (Santa Fe/Córdoba), Klimt, Club Hem, La Plata, 2015.





















Canción de cuna

Escuché los latidos en el vientre de mi hermana.
Fueron corcheas, apenas: do, do, do.

Afuera ya se dormían los tordos entre los álamos.
Dormía el calor de mayo. Pero nuestra sangre no.

Un silencio rodó lento, como ruedan los destinos.
Rodó como rueda un canto: sol, sol, sol.







Los chinos saben matar un pez
con varas de bambú
en la garganta.
El pez no cierra los ojos
ni se aquieta
mientras desprenden
sus escamas.
Los chinos saben
de las emociones
que estanca la muerte
en cada víspera.

*

Deseo a veces
la suerte de los peces.
Algún destino útil,
de alimento.
Ya lo he comprendido,
sin embargo:
hay veneno también
en mi deseo.







Acuarela

Hay un ardor brevísimo, fatuo,
ante la pena.
La gota de vino se desliza,
enturbia el cristal.
Luego se seca.
De agua son los frutos
del invierno.
De agua
son los años por venir.
















martes, 24 de noviembre de 2015

Carina Sedevich



Carina Sedevich (Villa María, Córdoba), Gibraltar, Dínamo Poético, Córdoba, 2015.






















Unas láminas de sarro se desprenden 
y golpean las paredes de mi jarra. 

Pienso en brillantes filamentos de mica
ocultos en la arena de los ríos.

Pienso en las mangas mojadas 
que los poetas chinos
prefieren nombrar para no hablar 
de sus lágrimas.











Voy a nadar y cae la tarde.
Pienso en las lámparas
que penden sobre el agua
y que en la calle, los faros, 
platearán los árboles
después.
Todo está lejos
y lo que escriba no será muy bueno.
Pero persisten estas luces
entrañables.
¿Por qué?

*

Me sumerjo en el agua y rezo: “agua”.
Permite, Señor, que sean mis vísceras
aquellas que aprendan a rezar. 











Dispongo una manta a los pies de la cama.

El fulgor de la luna en la ventana 
se disipa cuando cierro los postigos.

Escucho a mi gata mientras bebe
de una taza olvidada en la cocina. 

La noche entre las dos es agua dulce.
El corazón no se recoge ni desborda. 

Comprendo que la soledad, como el amor,
trascurre mejor para un espíritu austero.











Mi hijo llama por la madrugada desde Gibraltar
donde hay mucha bruma sobre el mar, me dice.

Aquí se escuchan los teros sobre el campo.

El eco de la bomba de mi corazón 
podría percibirse con las manos. 
Quizás como una soga áspera y mojada 
bajando la roldana de un aljibe.

¿Es posible el frío que sube desde el agua?
Tal vez el frío, hijo, nos perviva. 

























viernes, 24 de enero de 2014

Carina Sedevich




Carina Sedevich (Córdoba), Incombustible, Alción, 2013.
















Escribir es mi única osadía:

bien vale dorar un cebolla,
un pedacito de cebolla morada,
desteñido en la manteca
para olerlo.

La soledad es mi única osadía:

bien vale estirar el mantel
sobre la mesa
preparar el plato azul
y los cubietos

y masticar mirando la ventana.












La gata me habla como un bebé.
Y me lame las manos
como un perro.
Y monta guardia mientras duermo
como un planeta.
Cuando escribo
se acomoda sobre los papeles.
Y me mira.
Sólo para que sepa
que ella está.

El peor momento es la mañana.
Ella lo sabe.
Cuando sé que no puedo dormir
más.
Y confirmo que estoy mejor así
sola y despierta
pero recuerdo vagamente
las trazas de algún hombre
y me entristezco.

Pienso
si el amor apagado puede
servir para algo.
Si es como una ceniza
para mezclar con arcilla
o con agua
o con savia
y hacer una cataplasma
un ungüento
un bálsamo.

¿De qué puede servir
todo el amor apagado?
Lo pongo fuera de mí.
Pienso en alguna cosa
que con el paso del tiempo
consiga cada vez
una hoja más tibia
más azul
más lenta para surgir
más rápida de aplacar.
Una hoja
donde se haya escrito
la idea del amor
alguna vez.
Una idea
tal vez como una pera.
La pera guarda
la forma del amor.
Cuando se pone azul
ya no parece una pera.
Pero quizás
con el tiempo
uno se acostumbre.

De todas formas
me entristece
el papel, las cenizas,
las peras, el azul,
la idea, la costumbre.
Mi gata se da cuenta.
Me lame los dedos.
Me llama como un niño.
Me mira.
Sólo para que sepa.