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martes, 18 de julio de 2017

Elena Anníbali



Elena Anníbali (Córdoba), Curva de remanso, Caballo Negro, Córdoba, 2017.


















se deshace, en agua, la niebla

¿así, mi palabra?
¿así la boca desdentada
la antigua boca oscura
hacia donde toda lumbre de mí
apunta?

lumbre, ramita prendida,
palito de estrella
para el río hormigueante
de la noche?

¿te alcanzó el cuerpo, el grito,
los faros del auto,
el conocimiento de la sangre y los caminos
para entrar a la cueva y decir
Aquí el hombre
Aquí la mano del hombre
Aquí el desespero de ver?

¿entraste?

chiquito, agachado, siendo
de a ratos
mono ángel lagarto

pero
entraste?

te esperaban tus muertos
tu Eurídice
los carteles equívocos
el seco parloteo de tus sueños?

tus sueños
con su encendida serpiente
con las ruinas del dios de tus ideas
el pasto quemado, la leche
del tiempo derramado
en el azul del azul?

pero
entraste?

como si nada, empuñando
por toda llave la niebla
la ceguera, corrompido porque
el habla precede al habla en la mentira
el engaño?

qué ha sido la poesía sino
una larga pregunta, desgarro?

nacemos a ella como la húmeda cría para las hambres
del tigre

insignificancias, rastros de un grito viejo,
eco de las luces que emanan
los pantanos

¿y qué viste allí, más
que el contorno del cuerpo
viniendo de la noche
a la noche?

cuerpo solito, imperfección
de la imagen
gólem

no se puede abrir una puerta

no se puede abrir una ventana

sin pagar el precio



















estoy seca, padre? dejé de amarte o la muerte es
un soltadero de manos?

te amé alguna vez? esperé de vos, esperé
con alegría que llegaras del trabajo, o ya tenía, de nena,
el corazón seco como una rama?

me viste flotar, crecer en una miseria chiquita, me viste
ejercer, con determinación, la tristeza la mugre
el piojo, y nada se partió en luz hacia mí? nada
vino, fue mío, no fui
tu honra, padre?

desperdiciaste tu sangre? esas horas frente
al sol de noche, conmigo, a solas, las perdiste?
sentís que las perdiste? que yo era una cosa, digamos,
una cosita? como una maceta, un yuyito, el fantasma
que en fuegos, de noche, arrancaba en las lagunas
y se perdía, etéreo, en las cortinas,
en el alto y negro laurel donde posaban
las bandadas

alguna vez, mirándote a los ojos, me ofrecía a vos, te llamaba
desde lejos, diciéndote papá, papito, mírame, levantame
de este plato hondo de la amargura, dejá que sea
la criatura de tus sueños, el jardín de las delicias,
la flor de los cerezos en la boca del monstruo

algo no cuajaba en tu amor, se iba o era débil:
me penabas al rincón cuando, en el verano, me asoleaba,
buscaba bichitos, tropezaba en las latas
me hacía amiga de la sombra


estoy seca? nací seca para vos, por vos?

cómo hubiera sido encontrarte, llamarte
como un fuego en la noche y que vinieras
donde yo alzaba mi corazón entre los trapos

padre dormido, ves cómo soy?
padre dormido, estoy acá, ves cómo soy?
ves, ahora, cómo soy, si te amé o cuánto o cómo?
lo ves, lo ves,
papá,
papito?
























jueves, 8 de octubre de 2015

Elena Anníbali




Elena Anníbali (Córdoba), La casa de la niebla, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2015.


























I

señor, vos le diste a mi hermano un ford falcon rojo
para llegar a la casa de la niebla

y después qué

le dijiste?
le explicaste que el camino estaba cortado?
¿que el motor estaba roto?
¿que todo estaba roto?
¿que no había vuelta?

¿qué hiciste, cómo
para convencerlo?

para que te diera la mano
se sentara en la sillita de mentira
dejara que la oscura hostia de tu nombre
le llegara a la boca

¿o le metiste una piedra?
o una moneda, un gancho,
un papelito

de dónde lo enmudeciste, lo hiciste
olvidar
olvidarnos

qué señas le habrás hecho para que en vez de volver a casa
apagara el motor del falcon
se escurriera de la sedosa perfección del cuero
de la música en la radio
del ronroneo cachondo del auto
y se bajara con vos
para ir adónde

¿a cazar pajaritos?
¿a ver el dorado pasto extinguirse tras el fuego del invierno?
¿a romper el cristal del agua para que beban las crías?

o era verano, quizá por entonces
y le diste el agua peligrosa de tu cielo

entradora, el agüita, sí
clarita, el agua, bueno
pero detrás de eso vos sabés que un agua así da más sed
uno se entierra más en el pozo
y más
hasta echarse tierra en el lomo

y ni el ángel constante y poderoso de los molinos de viento
puede salvarte
no

¿sabías que mi hermano iba a decir sí?
cuando viste el polvito que levantaba el falcon rojo en el camino
no pensaste dejarlo ir?

aunque sea, señor, porque él era toda belleza
a esa edad,
toda alegría
toda
razón de ser






II

plantamos un árbol en la casa de la niebla

se doraban al sol los girasoles
moría otro día
otra noche

el árbol creció, arraigó
en la penumbra

modelaba con hueso su estatura

cada pájaro que probó los frutos
caía en somnoliencia
en ausencia de vida

en la radical ceguera de los muertos






III

Epumer el cobrizo, el glorioso,
te prestó la escopeta, y el galgo
que no temía hundirse en el agua

en la laguna espejeaba, todavía, la luna

no sabías matar, hasta entonces,
y mataste
esa mañana
mataste

dos o tres sirirís, en pleno vuelo

no conociste el arco glorioso del sexo practicado
no viajaste más allá de ese campo y la colonia
no le viste la mueca al diablo
y su diente de oro

pero aprendiste que la muerte entra en cada
pequeña
grande carne

que el incendio del cañaveral te tocaría
taparía las entradas
mustiaría el paraíso y su flor






IV

he visto a ese hombre pintando
la casa de la virgen

yo viajaba
mordida en toda mí
por la Alta Sombra

¿puedo estirar la mano y tocarte
el vestidito,
Señora?

¿podés ser mi mamá
en la casa de la niebla?

encerrarías en su cajón a los muertos
sazonarías esta carne
levantarías mi corazón del sueño
de la fiebre

¿y qué de todo ese amor?
¿dónde?






V

no, mi casa no se derrumbó
no temblaron los vidrios
ni la araña cayó de la amapola del infierno

todo vino, empezó adentro:
nos tragaba un ojo

éramos o somos
el pan corruptible

por cada hueso hubo una boca
un diente
un hambre distinto

feroz, el ojo eligió
al imprescindible
al Dulce
al que sigue cantando

somos tan tristes sin él
a veces no hay de qué hablar, ¿sabe?
no hay fuerza para decir las cosas de la vida

pero llega la lluvia, a veces,
que es mansa y hace música en las canaletas
llega la lluvia por el este para ungir la herida
para hacer grandes las flores de carne

de ángel se pone el patio

detrás del ligustro, el Dulce renace
me dice: poné, hermanita, tu mano
en mi corazón

hace el mismo ruido que los caballos
¿viste?
¿no es un milagro?






VI

muchas veces fuimos pobres
no había dinero para ropa o música, pero
el taladro magnífico de dios
caía contra la mañana

las palomas se desbandaban
como si vieran
la comadreja o el halcón

un pedazo de mí entraba en la amargura
como en el pozo del molino
donde la serpiente infectaba
el agua de beber

yo tenía pocos años y ya era
rigurosamente anciana

sabía que el altísimo podía aplastarme la cabeza
enfermar nuestras ovejas
quitarnos el verano, la poca dicha

pero igual miraba siempre para arriba
y bajito decía
que sí, señor, venga a mí la destrucción
lo que deba venir
soy tu surco, señor,
soy tu surco






VII

como lázaro, el de betania, estuve o estoy
dormida
muerta

en esta cueva umbría cultivo la orquídea salvaje
y en la húmeda pared, la palabra que cuenta
los días que faltan
los que han pasado

él debe venir: quizá me lo anuncie
su tacto robusto tocando la piedra
o la voz, el estigma

hace mucho que espero

este pueblo es lejos: hay
médanos al norte
niebla al sur
caballos ciegos en la llanura
trigos amargos

puede que hayan perdido el camino
o que el camino haya sido una ilusión

quizá la palabra ya fue pronunciada
pero no la escuché, era distinta
a la esperada
o fue corrompida en el camino
de la vida hacia la muerte

no hubo milagro, o ya se produjo
y es esta suave penumbra
este tremendo paraíso
















viernes, 17 de enero de 2014

Elena Anníbali





Elena Anníbali (Córdoba), La casa de la niebla, libro "liberado" por la autora en formato pdf en 2013.
















I

señor, vos le diste a mi hermano un ford falcon rojo
para llegar a la casa de la niebla


y después qué


le dijiste?
le explicaste que el camino estaba cortado?
¿que el motor estaba roto?
¿que todo estaba roto?
¿que no había vuelta?


¿qué hiciste, cómo
para convencerlo?


para que te diera la mano
se sentara en la sillita de mentira
dejara que la oscura hostia de tu nombre
le llegara a la boca


¿o le metiste una piedra?
o una moneda, un gancho,
un papelito


de dónde lo enmudeciste, lo hiciste
olvidar
olvidarnos


qué señas le habrás hecho para que en vez de volver a casa
apagara el motor del falcon
se escurriera de la sedosa perfección del cuero
de la música en la radio
del ronroneo cachondo del auto
y se bajara con vos
para ir adónde


¿a cazar pajaritos?
¿a ver el dorado pasto extinguirse tras el fuego del invierno?
¿a romper el cristal del agua para que beban las crías?


o era verano, quizá, por entonces
y le diste el agua peligrosa de tu cielo


entradora, el aguita, sí
clarita, el agua, bueno
pero detrás de eso vos sabés que un agua así da más sed
uno se entierra más en el pozo


y más
hasta echarse tierra en el lomo


y ni el ángel constante y poderoso de los molinos de viento
puede salvarte
no


¿sabías que mi hermano iba a decir sí?


cuando viste el polvito que levantaba el falcon rojo en el camino
no pensaste dejarlo ir?


aunque sea, señor, porque él era toda belleza,
a esa edad,
toda alegría
toda
razón de ser








V

no, mi casa no se derrumbó,
no temblaron los vidrios
ni la araña cayó de la amapola del infierno


todo vino, empezó adentro:
nos tragaba un ojo


éramos o somos
el pan corruptible


por cada hueso hubo una boca
un diente
un hambre distinto


feroz, el ojo eligió
al Imprescindible
al Dulce
al que sigue cantando


somos tan tristes sin él
a veces no hay de qué hablar, ¿sabe?
no hay fuerza para decir las cosas de la vida


pero llega la lluvia, a veces,
que es mansa y hace música en las canaletas


llega la lluvia por el este para ungir la herida
para hacer grandes las flores de carne


de ángel se pone el patio


detrás del ligustro, el Dulce renace
me dice: poné, hermanita, tu mano
en mi corazón


hace el mismo ruido que los caballos
¿viste?
¿no es un milagro?