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lunes, 8 de mayo de 2017

Flavia Soldano



Flavia Soldano (CABA), Pampa Stalingrado, Lamás Médula, Buenos Aires, 2017.


















POEMA DE FONDO




oigo las hembras de la tierra
su cosecha de muertos en combate
a pasos entre mimbres
juntan zapatos
siegan ojales
con guadañas
y palas de punta
 a voces
abren el suelo

–qué ves Undertierra?–
Stalingrado
nada












MALONES




así algunas noches Undertierra     pampa se guareció en mí que no
tenía guarida
cataratas de viento partían raíces de álamos     antes de caer
resbalaban despidiéndose
sicomoros fresnos paraísos higueras
ni talas y tampoco espinillos pero sí nogales hundieron su entraña

ese fue el tiempo del naufragio






a veces pampa
a veces húmeda
monta
de yegua oscura enramada tupían álamos plateados la noche
pelo poncho cuero
nos seguían severos y ánimas

ardidas nos abrazamos
             la marca de una lengua fue vendaval en mi espalda






zaina que potra raspa su cuero de espino
abrepuño
desflora raíces del agua
             –caímos en desmadre–

tanto llovió que atravesamos charcos hasta llegar al mar y lo cruzamos
             –oscuras yeguas empujando–

volví sola a la ciudad seca donde lija el buen aire












DESIERTOS




                                                                                               “golpea el polvo de la tierra”
                                                                                                                          Éxodo 8:18


cuántas versiones hay?

archivo de letras caracoles caravanas espejismos sicomoros
errantes arameos caminan hacia los ásperos confines de la lente
túneles de catalejo enfocan destellos zarzas voces adelfas almas
del desierto donde anidan aguas muertas allí beben dromedarios
náufragos nómades siluetas sin sombra

golpes de vara en el polvo y avanzan langostas golpes al cielo
engendran tinieblas plagas pueblos primogénitos calan camellos en
las cavernas del viento

por la orilla del cierzo traman pieles
siroco seca la estaca
Stalingrado cruje la nieve
astillas de artilleros tapan la tierra un manto de saurios tajos entre
pampas áridas se precipita por saturadas trincheras
filtra una guerra esteparia en pingües planicies violentas

                                                                              hay otros desiertos







                                      “y a la reunión de las aguas llamó mares y vio que era bueno”
                                                                                                                                     Génesis 1:6


a la reunión de tierras llamó pampa y vio que era bueno
reunió pampas y mares
lo llamó ciénaga

y hachó la tierra del mar la luz de las tinieblas
el cielo del aire el agua del río hachó
el ojo del barro el soplo del cuerpo
la lluvia del cauce el hilo del hueso

vio que era bueno
y hachó 





[...]

































miércoles, 3 de mayo de 2017

Alberto Szpunberg



Alberto Szpunberg (CABA), La habitante del cometa 67/P, Lamás Médula, Buenos Aires, 2017.





                                                                                                






















                   
                                          "Quien no se mueve no sabe que está encadenado". 
                                                                                                       Rosa Luxemburgo.                         
                                                                                             


                                              
1.

Todo empezó la noche del 20 del 9 del 69:
desde puntos muy dispares de la estepa,
más que dispares, contradictorios, dialécticos,
los astrónomos Churyúmov y Guerasimenko,
de la Academia de Ciencias de la URSS,
descubrieron un mismo eje de fuego que agitaba
de un extremo a otro un cuerpo celestial.
Éste, restallante en la vastedad del infinito,
apetecible por las noches que evocaba,
se volvió cometa de un reguero de ambiciones,
pasión extrema debidamente controlada
por arengas patrióticas y cósmicas medallas.









2.

Cometa ni siquiera imaginado hasta ese instante,
pasó a llamarse Churyúmov-Guerasimenko,
Churyúmov, por él, y Guerasimenko, por ella,
dicho y dicha de no creerse pero decirse amados.
Dotado de acantilados de 1 km de altura,
el Churyúmov-Guerasimenko entró a girar
en la órbita de los mármoles más exaltados,
obras completas, enciclopedias, mausoleos
y ritual de masas tan doméstico como vasto.









3.

Desde los acantilados del cometa 67/P,
bautizado Churyúmov–Guerasimenko,
es factible lanzarse uno en brazos del otro.
La gravedad es tan nimia, tan irrelevante,
que el aire, con sus palmas, sostiene la caída:
los vientos de octubre son apenas brisas,
en una cadencia ligerísima de extrañas alas,
únicas como ánimas que alguna vez amaron.









4.

Sintiéndose observada por poderosos telescopios,
lentes de esas que escudriñan hasta el alma,
la habitante del cometa Churyúmov–Guerasimenko
no se acostumbró sino que, mejor dicho, acostumbrose 
a ser aire en el aire, hoja ligera al pie de los bosques,
lluvia en los ocres, silencio de cadencias íntimas,
y aprendió a no pensar nunca en voz alta:
votar que sí es siempre el más seguro remitente.









5.

La habitante entró así en el corazón de la nieve
y sus huellas descalzas quedaron grabadas
como las corcheas de un pentagrama mudo:
a punto de embestir contra sí mismo,
bramó un torbellino de esquirlas de hielo.
y hasta el viento, erizado, se contuvo.
A orillas del mar que va y viene, ensimismado,
como un león cansino, aburrido, vegetariano,
el chillido de los buitres crujió hasta el llanto.









6.

La habitante ahora se oculta en la cueva horadada
por las salvajadas del viento contra la roca.
Al borde del torrente de luz que se despeña
en busca de ríos que recorren el fondo del mar,
ella tira las redes que la capturan a sí misma
y sólo su sombra se escurre por la galaxia.









7.

Ella se unta con luz primigenia y aúlla
maldades de amor que fustigan el pecho:
su grito advierte del inminente olvido,
su sortilegio ahonda el vacío que habita,
su militancia puebla de pequeñas soledades
la finitud del domingo, esa tanta tristeza.



























domingo, 25 de septiembre de 2016

López Milton López


López Milton López (Glew, Buenos Aires), Las relaciones del hambre, Lamás Médula, Buenos Aires, 2016.





















1 (el horizonte es una ilusión)

batir las palmas de las manos
frente a la luz
la última justo detrás
de árboles en hileras en el fondo del horizonte
donde la visión se opaca
por su declive
en la belleza sutil del viento









4 (el desplazamiento de las esferas)

la discordancia de lo ajeno
el relato de las gotas que en la lluvia
se desplazan por esferas
y en la partitura de los sexos sobre el borde puro
el cuerpo como cuerpo
atraviesa la atmósfera de las horas fatales
el grado de silencio
en la emancipación de lo que cae
sobre la leche que de los pechos cae
y se inyecta
en la extensión genética del retoño












9 (mar adentro)

mezclándose
las aguas de un color entre huérfano y turquesa
de jurar y consentirse
no así de búsquedas
destila en perfecto orden
hacia un insomnio
a solas flotante de sombras
soy ola parlante    dice
apenas un roce
y dice también
línea azul en el recorte del horizonte
mastica, engulle
mezclándose las aguas en el torbellino
la ruta se pierde y encuentra
en el origen mismo de cada centro
vierte en su anterior
la marea roja imperceptible en los huesos
vueltas en círculos para volver a encontrarse
en ese pedacito de agua del comienzo












17 (agua que se suelta)

ver
con la luz escasa del crepúsculo
el agua que se suelta de las manos
el trasfondo claro del recuerdo
la imagen cruzada por la imagen misma del presente
en su cara
aseverando los cimientos del principio
fueron aves las que irrumpieron el silencio
como cuchillas sobre los latidos del cuerpo
el alimento que conforma y hace
de la voracidad
este instinto de supervivencia


































viernes, 28 de agosto de 2015

Romina Funes



Romina Funes (CABA), Todo el paisaje a la sombra, Lamás Médula, Buenos Aires, 2015.





















 








Las chapas de la habitación
elevan mi cuerpo

a puro tajo contra las paredes
lo hacen llegar hasta arriba
y desde allí lo sueltan

el juego se repite una y otra vez
pero lo grave no es eso

lo grave es que no muero.








 




La parte visible
opaco ya el circuito
áspero
esa carne de sangre
viva      seca
esa carne sangre
brecha de mí

soy uno de esos animales
que despellejan vivos
para utilizar su piel

vos lucís el abrigo.






 






Una hoja de menta
silba el nombre que nos contiene

dentro del cubo negro
la hoja    sorda todavía de piel    crece

somos la mitad de la visión      te digo
mientras palidecen y mueren
alrededor de la maceta
aquellos que no pudieron con nosotros

muerdo tus labios y muerdo la hoja:
debajo brilla      excesiva e inmune       la raíz.








 




En la tarde de las pequeñas gotas
aprieto el racimo

¿dónde comenzó?
¿cuándo fue?
¿cómo era?

aquí     sobre mi espalda
en el punto exacto
en que la flor te arrolla con su autonomía
y nos maravilla la precariedad en el gesto
la imagen completa en un punto
mis piernas      que abren de par en par sus tejidos
y embisten a los pescadores para elogiar la noche.







































































domingo, 29 de marzo de 2015

Néstor Colón




Néstor Colón (CABA), Casta vulgata, Lamás Médula, Buenos Aires, 2014.


















Enero   

Emilia, con lento arte, maniobra un pescado muerto, lo levanta por la cola, lo hace brillar contra el horizonte y, sonora, ríe, como por escamas, entrecortada, ríe, interrumpiendo un epitafio de Lee Masters que el viento trae en la delgada voz  de Lisa, ahora recostada contra un viejo paraíso“Sin embargo al principio fue una clara visión, un objetivo noble y apremiante de mi alma…”
Lee Lisa.







[...]

Marzo

Conspira, Lisa, el tiempo conspira contra todo. Y también contra el apetito de tu ojo. No obstante, nosotros adherimos, le damos crédito a tu  mirada que recorre la extensa superficie de asfalto desparejo en la deshabitada playa de estacionamiento. A izquierda y derecha, medianeras de altos edificios erigen su ceguera de hormigón.

Y a medida que la madrugada, en tu ojo, avanza, los detalles se depuran en exceso: el trazo perdurable de un neumático forzado a girar en un ángulo pequeño, un ticket semihundido en un charco de nafta revela la tipográfica nulidad de una hora, espesas gotas de aceite, en repetidos pormenores, retienen en sus contornos la imagen absoluta de la luna.







Abril (engendra cruel) 

Hasta aquí desenrollamos la madeja con un aceptable  manejo de estilo, mas la combinación del oxígeno con un elemento, el signo –por ejemplo–, produce un ácido aspecto.

Óxido sobre todo. Sobre los hierros abandonados en el baldío se desarrolla la sin igual combinación. Entre los yuyos, descoloridos y resecos por el sol, latones y chapitas: inmorales metáforas que han venido a dar aquí por inservibles a la cadena de producción.

Así se desarrolla la belleza, sin que podamos hacer nada. Juguetes molidos por el tiempo, fugaces infancias desempolvándose en finísimas capas de óxido sobre un cuerpo muerto,  semienterrado. 






Mayo  

Tarde,
monocorde,
llega tu esposo, Emilia.
Llega Humberto
con un toque de angustia en la cabeza,
como flotando en un verso,
viene con el nunca resuelto
problema de la fidelidad
de la lengua.
En este caso,
de la lengua para afuera…




No aclares, Humberto, ni se te ocurra  aclarar porque el cuento de la fidelidad oscurece el texto. Pues si de la lengua hemos de tratar: peor que peor, Humberto. Pero… Pero nada. ¡Nada, Humberto! Aprendé a escuchar, porque cuando yo suelto la lengua por algo será, Humberto, por algo será. Y ya que me tirás de la sin hueso te diré, Humberto. Te diré Humberto, de paso. Porque tengo que  decirlo alguna vez…  Ahora que he logrado manotear este sonoro objeto de poder, tengo que  decirlo y no… ¡No, Humberto, no seas libidinoso! Estoy hablando del y por el micrófono, Humberto, por él hablo. Yo soy la hablada… Sí, Humberto, ¿y qué mierda dije yo…?   ¡Soy la ablada, dije! La mal ablada, la que rastrea lo que falta, la que persigue una ausencia. Y no te hagas eco, Umberto, no te hagas eco de la hache, porque la hache, en español, responde al sonido de un pensamiento; de un pensamiento abandonado, Umberto. La hache no es más que un simulacro, como tu padre. Una víspera que señaliza el advenimiento de un sonido. Es una letra alcahueta,  Umberto. O por qué te pensás que la usa Shakespeare para el príncipe Hamlet, porque su padre era un fantasma, una figura de soplo nomás. Por eso te pusieron Humberto a vos. Humberto ¡con hache!  Pero decime una cosa, Humberto, por qué carajo estoy hablando de una letra muerta. Por qué me distraés con estas boludeces si aquí lo que falta, Umberto, es, además de la hache, que te despabiles, mi querido Humberto. Porque tengo que decirlo y no, no como una burguesa introspección agustiniana. No, Humberto, bien sabés que yo no como hamburguesas. Yo no hablo con dios, he dejado hace tiempo de pagar esa morosa factura telefónica. Y no leas, Humberto, no leas amorosa donde dice Morosa, Humberto. Pero sabelo bien, porque esta, esta confesión te la va a hacer por única vez. Una sola vez habrá de decírtelo esta tercera y, además, femenina persona del singular. Escuchá bien, Humberto, porque vos no tenés ni idea de por qué esta te eligió a vos.  Porque vos, Humberto, por pura vagancia, esa vagancia de siempre querer mantenerte a flote, siempre en la superficie, mi hypocrite Humberto, y así nunca, nunca te vas a enterar del porqué de la cosa. 
[...]