Mostrando entradas con la etiqueta Club Hem. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Club Hem. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de julio de 2017

Reynaldo Jiménez


Reynaldo Jiménez (Lima, Perú / Buenos Aires), Piezas del tonto, Club Hem, La Plata, 2016.























1
(zoomband)

entre este lázaro recomenzar de lazarillo
a solas soy las olas y me encuentro disparado
los ojos quieren
siempre vivirlo adentro contiguo
Y dice el ton:
eh       hombre sándwich
cuánto tiempo sacarme la espina vuestra
seré el que nunca
si dudar no sabes si eres duración
muerde el sombrero del tonto del pueblo
sin
en el aire suspendida va la suerte
hermanita








3
(soma)

Ni ahí con tu camisa de vara
Camisa de fuego
Homicidios del homínido a su dios
no me preocuparía tanto por el sabor del milagro
sigo lo que digo este espejismo
quedarse sin órganos a la deriva del acto
será la risa
me llamo con ese nombre que no me dieron
escuchen cómo gira el vaso una vez
vivo la nuca
dentro





entre este lázaro recomenzar de lazarillo
y la permeable mutación entre las partes
consigo remedar ahíto apenas de criterio
contra que junto unas piedras desairadas

unas mangas de camisa que se acercan a
la sombra de aquella melodía por la que
tanto pagarías verso y prosa esa rugosa
espesura seca de las bocas cara y cara

y meca sin sus puentes cúrvase el sueño
presencial de esta vía siguiéndole el paso
a una primavera de distancia que se vea
que se mueva

que se te consigan unos brazos para irte
de mentas a la profundez con tus parás
itos comiéndose la luna en tu cruzarte
de brazos congelado bajo el rubor aún

como si fueses niñato de movida a la
luz adjudicable en peso pluma en pira
en plan de asalto estocada con garfio
pirata al fondo de la sala de enhestar

se te planta el canturreo como una raja
quien te come sin tomar ventaja del desvío
que ahora eternidades por la ventana arroja
para sonaja de brisa alrededor de la cuna

y más allá del firmamento las penurias
a tormentas de acá cerca les echas espejo
contra el ahora sin ley ahora que es más
que escucharte raíz del exceso

se fue de más o de boca el seso pétreo
la contingencia adormecida por las olas
de las palabras que no afilan retorno
si confiscan esta esencia de apetito



[...]



POR EL AGUA
Es por el agua 
Por agua nos entramos 
Espacio entre las manos 
Entre ambos lo intacto 
Espacio dador descandado

Llave que no lleva
Más que al ave 
Y a Eva 
Nova esfera ciega
La muy hueva 

Conciencia es 
Con la muerte
La destila qué ciencia
La que no da por cierta 
Sino a la ausencia 
A la pendencia del gran 
Abrojo 

Que no abro más 
Que un día 
Cuando llegues 
Que sea lejos
O sea cerca 
Que estés 
Quién sabe 
Quién querría 
Traería su cabeza 
Su cesantía
Hasta esta mesa 

Tan salobre 
En los salones 
Sin un cobre 
Y los nobles 
Conversores 
De provincias 
Y de estancias 
Y de esencias 
Y esperanzas

Con la caña de flauta 
Con la pezuña larga 
Con la cara sin nombre
La sombra al hombro 
Ando el hombre 
Cito a ciegas


( )



















martes, 29 de noviembre de 2016

Liliana Ponce


Liliana Ponce, Paseante y huésped, Club Hem, La Plata, 2016.



















I

Poema

En recuerdo de un viaje a la ciudad de México, desde
Acapulco, a través del desierto, un día de noviembre.

1

A un paso del precipicio los pies no sienten
la velocidad del vehículo que corre
bajo el aire de noviembre.
Las curvas de la carretera se abren de par en par
envueltas en el juego de las piedras,
en anillos de piedras y cactus.

Que ahora entre en la ciudad
como si la noche hablara llamando al fantasma
y la evidencia de cada geografía inexistente
pudiera hacerse tan real
como el espacio de un mantel–
la cinta atada al cansancio,
al completo abandono, la persistencia.
Pero éste es el lugar
y sé que algo quedará
en este borroso punto de despojos,
mientras espero la ciudad,
bajo la sombra de Tenochtitlán,
hueso y concha
en el límite donde podría morir.


2

¿Cuánto hace que partí?
Tomaba té y después los árboles
empezaron a desaparecer
al lado de mi ventanilla.
¿Cuánto hace que partí?

La noche también viajaba
de un continente a otro,
de un país a otro.
–Acude a lo dócil, inclínate,
mi tiempo crea la pasión.
El hechizo es un muro flotante,
separará siempre el viento, el ojo mágico,
separará tu voz, la constelación de los rostros.

¿Cuánto hace que partí
de la tierra desnuda y sin memoria,
de lo húmedo en lo alto del mar,
de la noche túnel cavada?


3

Hace un día casi, en auto recorría otro paisaje.
Foránea en planicies de arenisca,
a lo largo de rutas infinitas.
Color de almendra el polvo,
se abre a las serpientes miméticas, sutiles,
que no pueden verse sin prestar atención a lo obvio.
(Es mi anhelo entrar en el corazón de México
–ya bebí sangre de chili,
y gota a gota el agave
entra en mi lengua, se sella en el aliento.)
En el nudo, mi entrada en el secreto:
cómo el cielo comerá al desierto,
lo disolverá en una sola sustancia
sin la convulsión de lo húmedo, lo árido.

La estación de la víbora espera en esta arena,
mi sol despojado, sol rayo
para un espacio esculpido a fuego.
La luz en anillos cae dorada en sus fauces
y me absorbe.


4

La distancia se moldea con los objetos,
retrocede y avanza–
fuego fatuo de la Reina de senos desnudos,
en mi mano deja ahora un cristal
tallado cuidadosamente a la hora sexta,
mientras el viento recorre curvas irreales.
–Sin sol no podré despertar,
sin sol, Reina, no podré besarte.


5

El terror del desierto me aísla.
Quieta, yerta en el umbral de las montañas,
un hilo de sed se refleja en el cielo de vidrio
convertido en lana, en soplo cálido y seco
–el silencio no hubiera elegido entrar en el polvo
pero ahora es la serpiente quien está en los párpados,
y florece en el cuello en gruesos pétalos,
carnívoro reflejo de las vísceras,
del fruto viscoso, bulbo,
espíritu animal envuelto en el color
y un poco más en luz enmarcando la meseta.
El terror me aísla. Estoy en un espejo
y mi cuerpo puede transformarse
antes de que la navaja corte el rayo,
antes de que mi ojo se desnude.


6

La ciudad se acerca.
Voy por la carretera como si durmiera
en un relámpago.
¿Cuánto hace que partí?
El ardor roe la sed, el hambre, el dolor.
Un suave polvo impregna tu vestido y el cabello
se ha vuelto gris –gris de liquen,
de piedra húmeda
(¿o es que acaso debo pensar en lo húmedo
para esconder la aridez, o desplazarla?)

Duermo en un relámpago
y sé que olvido la muerte
como si olvidara un sueño rápido,
el instante en el vértice de los signos.
Al final del viaje
habrá que tejer en el viento–
y sobre este desierto
todo lo dicho alguna vez se expande,
móvil, continuo.












VIII

Oigo una voz a la medianoche…

Oigo una voz a la medianoche,
cuando el sueño parece vencerme,
cuando aún mis párpados están entreabiertos.
Oigo una voz y también veo la figura de la mujer
que se asoma a la puerta cerrada –es mi madre.
La miro y me mira antes de retirarse,
la veo aunque sé que está en el pasado
y la noche indulgente la envuelve en sombras.
¿Y no soy yo ahora la madre?
¿No soy la que quedó atada al manantial
sin sonido de una roca permanente?
¿Y no está acaso la mañana
para siempre guardada con su caballo falso
pero con los brazos tibios
por aquella caricia en la escarcha, en el encaje?




























lunes, 7 de marzo de 2016

Diego Vdovichenko



Diego Vdovichenko (Entre Ríos/La Plata, Buenos Aires), Volver a la escuela, La Plata, Club Hem, 2015.

























martes

estoy sentado en el aula
es la hora del recreo
afuera algunos chicos
adentro otros.
una sola continúa con la tarea, se copó
no sé su nombre y sufro.

durante la hora vimos leyendas quechuas,
armaron grupos con la idea de inventar una historia.
eso a ninguno
le interesó.

al principio les mostré un libro de cartón
les gustó.

leí un fragmento
les gustó.
ahora gritan, corren, juegan pulseadas, se miden
de a ratos entran chicos de otros cursos y me dicen

vos sos piola profe

me presentan amigos de ellos, tomamos mate

estoy desorientado.









martes


II

Juan me contó la historia de un hombre
que se hizo mujer, de una mujer
que se hizo hombre y que ahora son pareja.
lo vio en Infinito. 

quedamos en que le traía un cd de Fuerte Apache
y Sara Hebe para la próxima clase.

no sé si las cosas cambiarán
pero este momento es único.
algunos dibujan, otros miran los libros, se ríen,
hacen chistes, nada de esa gilada de agredirse.

Juan canta.
Ángel no lee, no canta, no molesta.
está sentado con el libro sobre la mesa.
habla un corte con la Melisa y de vez en cuando sonríe.

me dijo que no tiene carpeta.
le dije que le iba a comprar una carpeta y un block de
hojas.

en el recreo nadie quiere salir.










martes

hoy hablamos un poco del fin de semana largo,
dijeron algo del Adrián
que la mamá no lo dejó salir.

también le decían cosas de la Martina, la chica nueva.
Adrián se hizo el piola,
no copió nada de lo que les di para hacer.

es raro porque nunca es así.

están súper inquietos.

parece que uno de tercero le comió la piba al Ángel
y él
debe demostrar que eso a un hombre no se le hace.
los demás lo jetean,
ma vale gil ma vale
pero para mí tiene un miedo bárbaro.
con suerte mide un metro treinta
y sus brazos son dos frenadas de bici.

les dicté una consigna para trabajar el barrio.
al principio de las clases les leí un poema.
se callaron cuando terminé

no entendimos nada profe

el Matías camina durante toda la clase por el aula.
están tranquilos un rato y al toque la agitan.
hablan de pelear siempre, de defenderse, si no
te toman por boludo, te descansan.

les leí otro poema y ni les calentó.

el Matías empezó a ponerse cada vez más inquieto
decía que él era del barrio y que allá
te la tenés que bancar porque él es como es
y no tiene por qué hacerle caso a nadie

en un corte patea un banco,
va y le escribe las hojas a la Martina
le digo que se calme.
los demás lo alientan,
él se ceba cada vez más.

me paro y les pregunto qué onda,
qué es eso de bancársela
de pelearse con todos los demás que opinen distinto.
Matías me dice que él se la banca,
que a mí me la da si quiere.
le pregunto si está seguro y si cree que es necesario.

se saca la bufanda y la visera
y me encara desde el fondo del aula.
patea un banco
se viene al humo.

me quedo parado mirándolo con muchas ganas
de reventarle la cabeza contra el pizarrón.

cuando se empezó a acercar pateando los bancos
se paró el Ángel y le tiró un

tranca wacho

el aula quedó en silencio.
Matías se acercó, levantó la mano
derecha. lo miré.
amagó, pasó por atrás mío como dando la vuelta
y siguió para el fondo.
ya estaban viniendo el Ale, el Ángel y el Juan a calmarlo.

me quedé parado. duro.
como mirando un punto fijo en la ventana.
sonó el timbre.


hasta el viernes chicos.





























lunes, 21 de diciembre de 2015

Carina Sedevich


Carina Sedevich (Santa Fe/Córdoba), Klimt, Club Hem, La Plata, 2015.





















Canción de cuna

Escuché los latidos en el vientre de mi hermana.
Fueron corcheas, apenas: do, do, do.

Afuera ya se dormían los tordos entre los álamos.
Dormía el calor de mayo. Pero nuestra sangre no.

Un silencio rodó lento, como ruedan los destinos.
Rodó como rueda un canto: sol, sol, sol.







Los chinos saben matar un pez
con varas de bambú
en la garganta.
El pez no cierra los ojos
ni se aquieta
mientras desprenden
sus escamas.
Los chinos saben
de las emociones
que estanca la muerte
en cada víspera.

*

Deseo a veces
la suerte de los peces.
Algún destino útil,
de alimento.
Ya lo he comprendido,
sin embargo:
hay veneno también
en mi deseo.







Acuarela

Hay un ardor brevísimo, fatuo,
ante la pena.
La gota de vino se desliza,
enturbia el cristal.
Luego se seca.
De agua son los frutos
del invierno.
De agua
son los años por venir.
















lunes, 7 de diciembre de 2015

Mario Arteca



Mario Arteca (La Plata, Buenos Aires), Noticias de la belle époque, Club Hem, La Plata, 2015.



















Noticias de la belle époque

Donde se cierra una puerta no siempre
se abre otra. Estos axiomas nunca funcionan
con certeza, pero cierta gente termina
haciéndoles caso. Anotan la doble oración
en una libreta, repasan la amenaza, absorben
la alegría de mostrarse fuera de límites.
En verdad, se trataba de un portón mal cerrado
un viejo garaje desde donde aún puede
olerse la densidad de un grupo de jóvenes
en su intento de darle nombre a una banda
de rock. El mundo se parecía y mucho
a este vapor caliente que atraviesa la ciudad;
los árboles apenas recortados por una bruma
venida de antiguos canales de riego, y donde
las estructuras parecieran formas ebrias,
ahora dispuestas como cáscaras de edificios
a medio deshacer, tras el choque entre
la imagen de la nueva fundación y la raíz
cuadrada de la antigua modernidad. Alguna
vez, la idea de usurpación pareció una fuente
propicia de materia prima, y por eso mismo
un grupo de talentos en vía de desarrollo
pertenece a un hormiguero que no se somete
a ninguna ley ni se deja planificar, y así
volverán a triunfar sobre una humanidad
oscura, e impenetrable. Los cambios
llegaron demasiado rápido. Ya los vecinos
no preguntan por la contaminación sonora,
y siquiera se muestran interesados
por los horarios de ensayo. Plantado
el fresno, ya sobrepasó el garaje; ahora
es sencillo pasar una aguja por un camello,
mientras el desierto interrumpe cualquier
trabajo esclavo. Pensabas que un árbol
jamás crecería a tu ritmo. No hay asunto
que no pueda sobrestimarse. Bien, los poemas
siempre vienen de otro mundo, y nadie
está preparado para ignorarlos, como si
amasáramos un sonido mixto, una estación
perenne, la puesta a punto de un instrumento
cuya sensación participa del abandono
repentino. Cerrá la puerta, porque todo cambió.
Las iglesias dieron un vuelco, y ahora son
depósitos de aire fresco. Los garajes
fueron arrancados de una lista de nombres
propios. Ya nadie toca música en ellos.
Mi respiración, y el aire que se fuga,
no parten de la misma novedad.















Estamos en una edad donde la memoria pierde terreno 
contra ciertos objetos cotidianos

No suponía una empresa imposible: enseñar
el paraguas, y sostener la inercia de abrirlo.
Dos movimientos: uno, de izquierda a derecha,
símil parabrisas de tela de avión, procedencia
china, pronto a pasar a manos ajenas después
de un seguro y muy anunciado descuido.
Lo de siempre, la cabeza en tu cuerpo
y la realidad fuera de él. El otro gesto,
de arriba hacia abajo, interviene desde
un código referido a coordenadas
de un portaviones yanqui, época dorada
donde los sábados a la tarde el consumo
de films era proporcional al calor de una
frazada con que nos envolvíamos alrededor
de la mesa de la cocina, un refugio cuyo
antecedente nadie se atreve a remontar.
Y mirábamos películas. En otra vida,
estos Arteca fueron manada de carpinchos,
o bien simples noticias donde anunciaran
la matanza de 25 jabalíes, vertidos más tarde
al escabeche. Comida rápida para seres ávidos.
Comida y negación por la ausencia de espacio
en un frasco macerado al escabeche.
¿Qué clase de principios regían tu vigilancia? 
¿Y qué significa esa pregunta cuando responder
lleva el peso específico del propio sintagma?
No me fugo de la discusión por temor a recibir
descargas por la espalda. Es ley no escrita.
No ocurrió nada, querido zángano, mi apreciado
bacilo de Koch, y nada, nada ocurrió; serás
como aquellas criaturas que abandonan
el período de prueba. En otra vida, estos
Arteca serán frasquitos elaborados por fábricas
recuperadas de embutidos, o carne de selección.
Pero ¿quién asegura que una nueva existencia
fuese todo lo consciente y orgánica como
la nuestra? Tal vez, seamos esos paraguas
a los que intentamos darle cierto lenguaje.
Hablemos por ellos, igual que traductores
de objetos. En fin, la mera expresión
de un presente. Pero darle voz a los que
no la tienen, y el paso de un polo a otro,
¿no era por definición la línea de llegada?



























martes, 1 de diciembre de 2015

José Villa



José Villa (Martín Coronado, Buenos Aires), Escombro, Club Hem, La Plata, 2015.

















Ensayo

Sentada frente a la ventana
a medida en que la noche se vuelca
dentro de la habitación
va quedándose cada vez más quieta

Los rasgos oscuros ganan lugar
y permanece allí mirándome:
soy su hoja húmeda que arrastro
mientras me voy, es su brillo











Ladrillo

Vibrato del agua, pudo haber sido tu cabeza
que asomaba en la loma del puente, saliendo de atrás de
la pared,

y encima y con el rostro a este sol con dijes de acaso,
portezuela y durmientes

La llama se comía un rombo de hule
Anillaban las nubes el final











La heladera

Supe de la heladera cuando
vi esos trazos azules,
esos tramos de violetas
entre paredes rojilíneas

Había entusiasmo en el patio
aunque un aburrimiento atávico
se desplazaba fosforescente
como culebra

Pero bueno,
esas cosas debí guardar para otra vez:
cuando llegué a esta silla para contarles esto:
un marco de silencio dentro de una
colina arremolinada
y dentro de ella una palma de cobre
que recorre el mapa











Se la ve, como de a poco

Al principio era
una visita infiel que, rama reseca, colgada de un marco
sabía aparecer en la puerta

Algunos días me incliné
a escuchar su voz Una vez pude
recalar la imagen de una vaca a la que llamaban
La Pinta Se sumó en la costa de alambre otra
que se llamó La Niña

Su madre en la hoja que
estaba demorada vino a decir
“preparate que tenés que venir con nosotros"















lunes, 23 de noviembre de 2015

Romina Freschi



Romina Freschi (CABA), Libro có(s)mico, Club Hem, La Plata, 2015.
























ASTRONAUTA

Vivo mi vida como si estuviese viajando en una nave
espacial. Miro por una pequeña mirilla un paisaje
imponente y debo tomar medidas extremas para la
conservación de la vida, el solo movimiento,
la respiración. El grueso de los mecanismos, dispositivos
y rutinas que ejecuto componen la capa protectora que
me separa del vacío y orientan la inercia de la inevitable,
inabarcable, indetenible relatividad de pensar que,
en realidad, nada gira en relación a una estrella.
Habiendo estallado así el sentido, la estrella se multiplica
y no queda otra cosa que mantener el rumbo: una sola
dirección. La estrella son las estrellas, con todas sus
lunas, sus planetas, nebulosas, anillos, platos, rocas,
asteroides, cometas. Yo y mi nave navegamos a solas
reparando nuestras heridas, el cascarón cada vez más
roto, el óxido cada vez más cerca de la razón.












AÑO LUZ

Ese estruendo es lo que quema. ¿Viene de adentro?
¿De dónde viene ese rotor, ese ruido? ¿Quién adentro
y quién afuera? ¿Acaso no soy yo quien me fui? El
tembladeral me posee, es una réplica y ya no sabe quién
contesta.
Esto que habla es el pasado, lo que hice. Una grabación
era lo que nos esperaba.
¿Acaso vislumbrar impide ver? ¿Acaso solo he construido
lo que vislumbré? ¿Quién mueve este cuerpo, este cuarto,
esta casa, este planeta? Habitación tras habitación,
el mundo sigue. Haber imaginado el espacio es ser el
espacio – y el vacío – y solo resta deambular, caminar

nervioso, chocar contra las paredes, y acumularse.









REBOTE

celeste sueño sin vida
película repetida
el hueco que aparece
regularmente
afiebrado
exacto
algo movido
pero puntual
es un equívoco constante
un buraco usual
un pozo capaz de ser
montaña
pasto que llueve
brújula

que miro al revés.









NOCTURNO

para mi madre y para mi hija
clara es la noche
la voz resuena como al borde de una montaña
un eco, estar en precipicio
entender tal gnoción
más allá de las paredes que barrican
entrever un jardín adentro
una noche
como la que ilumina tu cara, Luisa.




































martes, 10 de noviembre de 2015

Mariano Massone



Mariano Massone (Luján, Buenos Aires/CABA), El gaucho celeste, Club Hem, La Plata, 2015. 




























La llanura

El campo que no quisimos arar es la huella
que nos deja a la intemperie de esos vientos,
que el gaucho celeste ve correr, inesperados.
Ya no es más la taumaturgia lo que exaspera
a la muchedumbre sino la costumbre
de guiar a todos por la misma senda.
El gaucho celeste recorre el cielo
como un diablo que, por viejo,
encuentra la corriente de su devaneo.

El testimonio floral que la bruja deja
sobre el campanario destruido,
debajo de ese ciprés que se mueve levemente
bajo la brisa del otoño,
es la contrapartida exacta
de las trenzas
que doña Bárbara le hace a su hija
para ir a la escuela.

En puntas de pie danza el gaucho celeste,
santo de su virtud una zamba ultraterrena y llana,
que deja en banda la bandada
de pájaros que se acercan.
Buitre que se esconde es la valentona nube
que ahora se arrastra
sobre la raya azul del río, cruel, instantánea.

El cielo está despejado, cueva de ese gaucho celeste
que volando con dos codornices,
una en cada mano, atraviesa el campo arado,
fiel camino de los que todavía siguen teniendo
miedo al llano.

Mañana volverá la mburucuyá a sentir
el sabor aterciopelado en la boca
alimento del criollo que pastando se acerca
al campo arado,
 y volando con recelo,
girando sobre su eje hace zumbar
el rebenque sobre las alas para que las codornices
se eleven sobre la tierra y encuentren el fruto primaveral.

El aterrizaje es lento, devastador,
el campo trata de recomponer
un lugar,
un territorio que cerque al gaucho heterodoxo pero él,
con un facón y una gramática,
perro revirado se vuelve y pechea el alambrado
se agarra a sotes con el palenque y se enrieda con las púas.

Gana el criollo y eleva el trono de su salvación,
que no resguarda
cuando el cielo se ensombrece y llega la tormenta.
En un segundo se llena de piedras lo arado y, con terror
la naturaleza golpea
los hombros del gaucho místico que, hecho bola,
como si estuviese nuevamente en la panza de Casilda,
protegido en brazos por su madre,
rechaza los golpes de las piedras de hielo.


Casilda, vieja misionera
yegua guaraní
risotada mañanera que despierta hasta los patos.
Se levanta,
y en su hacer tecnológico del dulce de membrillo,
canta chacareras mesopotámicas,
llenas de acordeones y de fuelles.
Ayer gritaba el sapucay apasionada,
hoy es torcacita de la lágrima
mientras vuelca el agua jabonosa
en las rosas de su jardín.
Con las manos destiñe alpargatas, bombachas,
refriega con el jabón blanco sobre la tabla
derruida por los años, los lavados.
La viene a visitar de vez en cuando el gaucho,
la bruja también se aparece con él.
Se sientan a la sombra del laurel
y ponen sobre el tablón de madera
hirviendo la pava
mientras charlan del ritmo de las cosechas.
El tranco sobre la pampa, la leva de la tierra 
es ver el horizonte como promesa llana.

El gaucho que tras el armado se despereza,
echando humo como locomotora,
-quizás lleve la cosecha
o quizás mejor ni hablodice
el gaucho
movilizando el pensamiento.
¿Será una promesa o el néctar de la locura?

Se extienden las vías
Sobre la planicie desértica de la pampa.
-Dos paralelas se unen en el infinitodice
la bruja suave al oído del gaucho relativista
y le alcanza, sin mirar, otro mate amargo.
Con ese grano particular
el sol desciende levemente.
Y en la garganta una voz
entona vidalita suave.

El granero de la estación se convirtió en fiesta,
los farolitos de colores juegan con el viento,
la señora que come pastelitos
habla con un nene,
le consulta problemas de la vida que seguramente
nadie podrá resolver.

Un perro olfatea a los que pasan caminando por la feria.
Doña Luisa vende dulces y especias.
El gaucho toca con las puntas de los dedos la pimienta
negra, la hace rodar sobre sus yemas
sintiendo la leve picazón,
mira a la bruja y asiente.
Así se entienden.