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domingo, 25 de octubre de 2020

Lidia Rocha

 

Lidia Rocha (Trenque Lauquen / vive en CABA)

Soltar la casa, Buenos Aires, La mariposa y la iguana, 2020.






















tanta magia

tirada porque sí

 

con sus ninfas de enero

sus fuegos fatuos

 

vale la pena saltar por la ventana

cuando un celaje parte

la luna

 

como si un hada

esperase en el patio

donde un caballo duerme

 

en el agua de los bebederos

bailan resplandores

 

euforia de estar sola

y con años tan pocos

 


 







cada paso que das

te devuelve al principio

 

almas gemelas nos arremolinamos

sobre los médanos

 

(no te ilusionen en esta geografía

las yemas de los dedos

tocándose)

 

el viento, el viento siempre

y otra vez la estrella solitaria

 

como cuando habías muerto

o eras niña

 

en la crudeza

del patio

 










aún muy quieta

con los ojos cerrados

huelo el paraíso

 

flores amarillentas

y un atisbo de blanco

para que se cuelen

plegarias

apenas dichas

 

entonces

una música

cautiva sin saberlo

hace pie

en otra parte

 

así la infancia juega a la fe

y a las incertidumbres

 








 

vi lo que vi:

las baldosas se parten

como el recuerdo

de una fiesta

 

ramas fatales

las levantan del piso

 

sin embargo la noche resplandece

 

de pie

sobre el tapial

 

ella sigue mirando por mis ojos

me retiene

en la pura expectativa

 

hoja a hoja

enredadas

al árbol del futuro

 

-no te olvides el libro

entre piedras rotas 

























sábado, 10 de junio de 2017

Claudia Masin


Claudia Masin (Chaco/CABA), La siesta, La mariposa y la iguana, Buenos Aires, 2017.























Cómo es estar despierta mientras todos duermen en la casa



   Yo salía en el acero de la siesta a recibir la quemazón. Si hasta me parece raro que no haya quedado impresa en la piel como la marca de un yunque, una señal de posesión impuesta sobre mí por el verano. Las raíces de los árboles pujaban por salir del asfalto, levantaban el cemento, mi pueblo le había robado al monte su territorio y el monte volvía siempre. En el baldío de al lado de la casa crecían las malas hierbas, ponzoñosas, las que la madre se había cansado de advertirme que evitara, porque traían la fiebre de los yaguaretés, que revolvía la sangre, la rebelaba, la misma fiebre de los esclavos que en las plantaciones, un día cualquiera, levantan la guadaña hacia sus dueños. Yo andaba igual entre los pastizales, para mí las hierbas eran siempre buenas, agarradas como estaban a los árboles, yo sabía que les quitaban la savia y los secaban, que eran parásitas y no dejaban que creciera la planta útil, la que se puede saquear, vender y comprar, una moneda de cambio entre personas, porque la civilización sí puede reducir a la servidumbre lo salvaje, hacer que coma de su mano, se amanse, entregue dócilmente su fiereza. Las malas hierbas no eran así, no servían para nada y volvían inútil lo que tocaban, se quedaban ellas con toda la riqueza. A mí me parecía que tenían más derecho. Que lo salvaje se coma lo salvaje, porque quien es manso a la fuerza, necesariamente enferma y muere de todos modos, y mejor morir en la propia ley que en una extraña. Yo caminaba despreocupada por entre la maraña de bichos desconocidos, alumbrados apenas un segundo por el claro que abrían mis pies entre los pastos, a veces me tendía incluso entre los tallos apretados como alambres y no había nada que temer. Comía del calor un alimento blando que se deshacía en la boca, una especie de pulpa que sacaba de las plantas, y estaba sola en el mundo. Pensaba, con los pensamientos pequeños de los niños, en cosas que me parecían importantes. Los pensamientos eran espesos como humo, intrincados, e igual que el humo de livianos. Yo quería escapar a una vida en la que pudiera tenderme bajo el sol y estar a salvo, ser hermana de los organismos minúsculos que me rodeaban, no tener otro impulso que el de ir hacia la luz, sin voluntad, quemarme sin resistencia cuando llegara el mes de la sequía, y que mi conciencia fuera fugaz y deslumbrante como el momento en que un fogonazo la consumiera finalmente hasta apagarla. En cambio, daba vueltas tímidas sobre la órbita de mis padres, una criatura domesticada y temerosa, una bestia mansa, transparente, que respondía a la voz de mando antes incluso de que la voz la llame, por si acaso fuera necesario ser más obediente aún, más obediente, para evitar la represalia.
  El verdadero tesoro hubiera sido andar siempre como andaba en esas siestas: ser el animalito salvaje, sin dueño, que retoza sin temer que la mano del amo caiga sobre el lomo caliente por el sol, sucio de pasto y tierra, puro ante el miedo y por eso involuntariamente valiente. Pero la vida de un chico, se sabe, no está en sus manos. Al menos al principio, hasta que aprende. ¿Qué? Una resistencia que no pueda derrumbarse ante ninguna forma de violencia, una terquedad que lo salve de ser secado y extinguido para siempre.
   Las verdaderas historias están escritas con esa misma fuerza loca y desmedida de la infancia: para resistir, y antes de ser escritas han pasado por los huesos y por las venas y por cada fibra del organismo de un ser vivo. Esas historias no pueden ser sino lo que son, no son alegorías ni símbolos, no establecen metáforas entre las cosas del mundo, son ellas mismas la metáfora que alguien lee en su propia carne, desprendidas del dolor o del placer o de la furia o del asco como la cáscara de una herida, como la pequeña capa que la protege insuficientemente y que ha de dejarla expuesta para que pueda curarse al sol, al aire libre, cuando sea el tiempo.













Cómo los yuyos, las langostas y los libros devoran las cosas útiles y necesarias y qué efectos produce su acción irresponsable



   Los libros te meten ideas raras en la cabeza, se escuchaba en la casa como una plegaria o –mejor– un mandamiento dispuesto a extirpar lo desviado antes de que lo desviado se convierta en lo recto, en lo que sostiene el armazón de una personalidad y ya no es tan fácil desmontarlo como a una escenografía vieja.
   Yo no podía estar más de acuerdo: eso buscaba en los libros, no la felicidad sino el choque eléctrico que sacude al cuerpo y lo revive, brutal como el que se le da a los que han entrado en la muerte por un instante y hay que traerlos de vuelta.
   Cuando se empieza a hablar se pierde lo que tenemos de piedra. Cuando comenzamos a escribir, se recupera. Y en el medio, durante y después, leemos. Una piedra es la más permeable de las materias, yo lo sé porque las vi, a lo largo del tiempo, convertirse en otra cosa, cambiar sutilmente tragándose la lluvia o el sol en épocas donde ni agua para los animales queda, es decir, llenándose de lo que las rodea, sumando los elementos y las materias a sí mismas de tal manera que no es posible diferenciar dentro de ellas al limo de los efectos del viento, a la arena, la tierra, el barro, las partículas minerales de los insectos que han quedado inmóviles, atrapados en el interior del bloque en que se convierten, hasta que la erosión las desarticula nuevamente en diminutas piezas que ya no son la piedra pero van a volver a serlo. Se las confunde con un cuerpo macizo, cerrado y completo, pero ese cuerpo no existe sin las otras cosas que no son piedra.
   Los días que yo conocí en la infancia han sido pesados y espesos como aceite, y sin embargo han tenido la fluidez de un aire ligero, delgado, que es posible empujar con el soplo de la boca de una nena. Y yo era quien soplaba para que los días corran, ¿era yo o eran los libros? ¿de quién era el aliento? Sólo sé que los libros me permitían apoyar los pies en la tierra del mismo modo que una mariposa fija sus patas al charco de jugo de un durazno; que sin ellos no habría habido dónde quedar empantanada si no era en un presente que era necesario atravesar para que el alfiler no se clavara en el corazón hasta paralizarlo.
   Los libros leídos en la siesta eran devoradores, como una lluvia de cometas: imposible combatir con razonamientos la fe que ponemos en lo que estamos viendo cuando sucede algo extraordinario. Lo extraordinario nunca sirve para nada, es sólo eso, lo raro, lo que no pasa casi nunca y cuando pasa merece ser mirado como un espectáculo, pero no tiene en la vida más que el papel de alumbrar un momento determinado de un día cualquiera así recordamos que lo usual no es eso, que no debe esperarse que vuelva ni mucho menos salir a buscarlo. Es decir, es lo que ha sido puesto ahí para que quede claro hasta dónde llegar, como las boyas en el río traicionero, marcando el límite al nadador para que no se aleje. Pero los libros injertaban, en la tierra bien dispuesta que era yo, un gajo desmadrado, de crecimiento inconmensurable. No era más que un yuyo, no iba a dar nada bueno al jardín, iba a asfixiar a otras plantas capaces de dar frutos o de volverse árboles. Pero una vez que prendía, como la mayoría de los yuyos, no había quien pudiera matarlo. Ni el fuego que los paisanos encienden en las antorchas rojas y negras rociadas de alcohol en los campos que han sido contaminados, ni una plaga de langostas siquiera, que al fin y al cabo son iguales a esas ideas raras que contagian los libros: se comen lo que sirve y a los yuyos los respetan como dioses paganos, para que sigan reproduciéndose como ellas y arruinen toda cosecha con el virus de la vida incontrolable que propagan y que es –ella sí– la verdadera peste, cuyo mayor peligro es que una vez desatada ya no se detiene.






























viernes, 14 de abril de 2017

Gerardo Curiá



Gerardo Curiá (San Pedro, Buenos Aires/CABA), Pescador, Ediciones la mariposa y la iguana, Buenos Aires, 2016.


























                                                                    Dulce pez luminoso en la noche oscura de mi alma, dulce                                                                                                                                   pez luminoso en el agua oscura de mis días inútiles.
                                                                                                                   Raúl Gustavo Aguirre


Un pez más íntimo
que la trama de luz

habita apenas
                     el ojo

en los latidos
          del párpado del pescador

                                               En el iris
                                               la noche
                                               es un impulso vago
                                               oscilatorio

                                               una tajada oscura
                                               borde brevísimo

                                               escisión aguda y deslumbrante

                                               vestido de una sola mirada
                                               el pescador abre
                                               una tempestad en el ojo

Y el pez
          brinca

atraviesa una sombra
en el torrente de aire
          de la habitación
y ya no existe

el pez
una mueca
en la negación de su inocencia

          herida abierta
en los ojos












                                                                     Modelando la arcilla se hacen vasijas
                                                        pero es su espacio vacío el que las hace útiles.
                                                                                                                  Lao Tse      

 Camina el silencio de la habitación

la trama de la luz
la oscuridad
y el aire
urden el espacio
que trabaja la forma

las cosas existen en su propia distancia



                              Hay un vacío necesario en la materia

                              donde no es
                              se hace posible
                              y se alcanza su sentido


Hilos de una red
donde el caudal es inasible
allí
donde se pierde
permanece

                                   toma sus aparejos de pescador

                                   la senda de sus huellas
                                   y el rocío












                                                                              Aquí, ser visible es ser blanco,
                                                              es ser de blanco sólido, el cumplimiento
                                                                        de un extremista en un ejercicio...
                                                                                                   Wallace Stevens


Las líneas se vacían

en un cielo blanco
toda la distancia

sobre el equilibrio del agua
solamente blanco

no hay huellas

oscilación
apenas
oscilación

                                 El cuerpo es proporción en el sentido
                                 indicio del paisaje

                                 música de los peces
                                 en los huesos del pescador

Tiende la red
hacia el limo húmedo y sin forma
vislumbra
los signos
                  de su presa
que es una
                  y es innumerable


asume
las velocidades del espacio


                                        Desde la más remota inminencia
                                        sentado en su bote
                                        espera
                                        y el Paraná
                                                           ola sobre ola
                                        de viento frío
                                        salpica a lo largo y a lo ancho
                                                           levanta el horizonte
                                                           curva
                                                           otra forma del mundo

                                        el río es el mismo

El agua es silencio
resiste y desafía
al filo de la luz

                    lo irreal
                    sueña lo real

la canoa está quieta en la corriente
la distancia se mueve

                               Húmedo perfume de camalotes
                               la respiración y el paisaje se unen

                                                    pureza inmóvil
                                                    ni siquiera
                                                    el temblor de la advertencia

de pronto el cuerpo
carece de cuerpo

el azul de la mañana lo atraviesa