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domingo, 11 de abril de 2021

Teresa Orbegoso



Teresa Orbegoso (Lima, Perú, 1976)

Abro el miedo, segunda edición, Buenos Aires, Las Furias editora, 2021.










Mi cáncer dice:

acuérdate de mí ahora que eres adulta y que han llegado los tiempos en que el agua bendita es sólo agua. Los tiempos en que el hábito del santo ha sido abandonado en la playa. Los tiempos en que tu páramo se ha partido en dos.




Escucha todo lo que suena en tu cáncer. ¿Alguien podrá oírlo contigo?







Abro el miedo. Mi madre viaja sola sobre un iceberg. Dentro de él estoy yo congelada mirándolo todo.




Algo. Algo es. Un pesón estrujado. Inger, algo avanza por mi pecho hasta casi llegar al hueso. Se aferra a algo y algo y algo. No puede detenerse, como los sonámbulos. Se aferra a lo que encuentra. Se aferra más.







Sí Inger, el agua bentida de Santa Rosa de Lima existe
La fría herida detenida existe
con los mechones del cáncer arrancados existe
Teresa Orbegoso existe




Las células buenas se encuentran con las células malas en la danza de las células. Hay una guerra. Las células buenas pierden. Las células malas colocan su bandera de vencedoras sobre mi pecho.








[...]


Mi cáncer dice:
tienes cuarenta años. La edad para ver aunque tú no lo quieras. La vida nos toma y nos deja caer. Yo no era la muerte. Y entonces tú caías y te mirabas así: caída, sin poder hacer nada. Tú: la huérfana. Te dabas cuenta de que la felicidad no era una máquina, ni un peluche, ni un animal.






Algo busca nuevas palabras. Me lleva al recuerdo desordenado de mi infancia. Rueda y rueda como una piedra que hace volteretas con mis miedos.















[...]



Operados los cuerpos
en fila india
esperan la pastilla de la salvación
No hay resplandor
ni máquina para curar las amputaciones
Sólo celdas
siendo siempre
que algunos de los pobladores de Yungay
donde el aluvión enterró la ciudad han
salido a marchar contra la muerte
muertes que en los últimos años
han sido numerosas
en el continente sudamericano
donde solitarios indígenas de sus múltiples culturas
han perdido la memoria
sin que puedan dejar de dibujar imágenes
que ya no entienden o
que han mezclado además con símbolos
de la civilización de la barbarie
hasta desaparecer en estos países
inventados de nombres sin sentido
y realidad maravillosa
de Cien años de soledad
Aquí subo yo al Uraj Pacha
al mundo de los de arriba
de los envueltos en las pancas del capitalismo
como semillas de la pobreza eterna
lanzo ángeles





Mientras tanto el cáncer de la vejez avanza como un ejército, se manifiesta. Cruza el semáforo en rojo, el semáforo en verde. El cáncer del pensamiento nace, alumbra, se detiene, se pierde. Nos encuentra. La vitalidad es un recuerdo de la vitalidad, apariencia.













Mi cáncer dice:
El capitalismo se rompe como el pan y un día cualquiera, todos los miedos de la tierra se tocan.







Las cáscaras de los huevos caídos de algún árbol dicen que hubo un nido, una cría. O la apariencia es y las crías están enterradas bajo las hojas, la apariencia tocada por la apariencia, circunstancial amanecer contra una vitalidad extraña en lugar de algo, olvidar lo que está en el pasado. Antes. Antes. En este antes.  





































martes, 22 de noviembre de 2016

Teresa Orbegoso


Teresa Orbegoso (Lima, Perú/ CABA), Perú, Buenos Aires Poetry, Buenos Aires, 2016.




























En el ala petrificada del pelícano: José Watanabe. Reverberación 
sin tiempo, escribe en el músico, la voz de  la estera. Tierra, 
vibráfono. En el batán de lo deforme, José muele el sonido. El 
espíritu de César Calvo tiene tres dedos cortados y sopla una 
antara en el vacío. La armonía no está en el compositor. En él, 
rabia, frustración y lo que no hizo. Un yute rojo y azulado.  Sus 
ojos no saben ver  de cerca.  La mala comida del salvaje lo ha 
alimentado y el hueso de día, de tarde, de noche. Pinos, hielo, un 
lago. El vals libre del viento habla del frío, de la muerte de José 
Watanabe. Las gaviotas sobrevuelan, cantan, se despiden de la 
mano pequeña. Nadie lo sabe, pero José está en lamontaña.

















Tutrompo,padre,girabafrenteatodaslascosasquenopudieron. 
Nuestracasayanoeranuestracasa.Otrosvivíanallí,conlaspuertas   y 
ventanas abiertas. Las habitacionesiluminadas.














Entre la neblina, Blanca, esparce la arena inextinguible de Puerto 
Supe, partitura sumergida. Mis pies le temen a las frías aguas de 
su mar. Aprender a nadar a los cinco, a los cincuenta y la brisa 
congela el paso. Un color ignoto entre dos edades. La luz que 
danza sobre las cuerdas rotas del piano. Unos restos que 
golpean el cuerpo de Blanca ya vencidoporlaruina.
Aprenderacorrer,areíralossetenta, a los noventa. Una puerta 
enterrada y ella contándonos delbarro.




















Nosotrosnosveíamoscomoniñosdecincooseisaños,peleandoporun 
pedazodepan.Otraeralamadrequenoshabíallamadoalamesay 
otrossushijos.Elplatovacío:¿quécomíanenrealidad?

























Durante siete días Arguedas camina de espaldas al Sinakara,
llevaveintekilosdehielosobreloshombros.Va a su pacarina, como 
si fuera la verdad. Apu, dice. Apu     y lo nombra. Apu, se 
arrodilla y reza. La montaña está adentro como una caverna, 
silenciosa y llena. No hay temor, sólo encuentro en la 
desaparición. No hay ofrenda, sólo espíritu. La No Muerte ha 
venido a contarle del niño blanco que se perdió, del niño que se 
transformó en agua, estrella, vegetación. La No Muerte se ha 
despedido, le ha entregado una retama de cuatro colores. 
Arguedas sonríe, ha visto correr entre las ruinas alniño.


















Mishermanoscomenzaronaentrarunoaunoenmí.Susropashú- 
medasolíanaflores,averanosenCarhuazysusvocesencorome 
hacíandébil.
































sábado, 20 de junio de 2015

Teresa Orbegoso



Teresa Orbegoso (Lima, Perú/Buenos Aires), Mestiza, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2013.
















Está escrito en nuestros muros
con estiércol de caballo de paso
el verso que nosotros recitamos
Para decirlo habrá que atravesar
el túnel secreto del odio
Habrá que saber colocar
la piedra negra sobre la piedra blanca
y a su vez la piedra blanca
sobre la piedra negra
y seguir probando la hora
del que va arriba y del que va abajo
hasta que se vuelvan piojos
piojos que ardan como los números
que no tienen conciencia
Lima
la ciudad que cuando baila
se corta las piernas
la que no puede escapar al insomnio
que le producen las fosas y los restos
los que están descalzos
para ser mordidos por la muerte
los que orinan sobre la vida
los que la estudian pero no la entienden
Llegará el día en que todas sus sombras
la lleven montada sobre los hombros
el día llegará en que ella
se atreva a reconocerlas
y todas juntas abrazarán su cuerpo
y así su cadáver no seguirá muriendo









No soy ninguna otra parte sino aquí

Y eso que era yo
se pronunciaba en mí:

yuyachkani

estarás recordando 









Un sonido en el aire
me levanta

Soy el animal en la penumbra

He perdido mi lengua
Voy por el desierto buscándola

Hablo
y no entiendo

¿Quién ha puesto esta raíz en mi boca?