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viernes, 4 de noviembre de 2016

Valeria De Vito


Valeria De Vito (Buenos Aires), Un ramillete de rocío, El Ojo del Mármol, Buenos Aires, 2016.
























Este momento impalpable y a la vez,
rudo como roca,
la suave línea entre el impulso y la corriente.
¿Podré acaso desaparecer si me rindo?
Cuando la cuerda rompe su tensión,
cuando el sentido profundo de ir y venir acaba,
todo vuelve a su naturaleza.
Lenguaje,
aguas,
suelo,
los cuerpos,
dos cuerpos.












Te pueden salvar los puentes,
los veranos de lluvia
detrás del vidrio.

El aire nos empaña la vista.












Y así de pronto
vino el sueño.
Recuerdo los cactus,
las suculentas en la ventana del patio de casa,
en las macetas que armaste
con latas de durazno
y conservas de tomate.

Las conservas
de las frutas,
de las verduras,
del amor.

Cómo conservar el amor,
cómo guardarlo en el jardín,
junto a las flores.












Recostados sobre la hierba
el pasto nos llena la boca de rocío;
el rocío es esencial,
lo
elemental
es el chicle,
pasarte el chicle con la boca
es 
sentimental,
pero no quiero mentir.

Ahora
no
nos
pasamos el chicle
y esto
es un cliché
al que le temo.

Temo
caer
en los reclamos
que
ahora nos pasamos
como nos pasábamos el chicle
mientras
todo el rocío hacía
de vos:
el pasto,
el chicle,
los clichés
suavidad,
amor,
cantos,
canciones sobre el pasto,
mi canción elemental.




















miércoles, 4 de marzo de 2015

Valeria De Vito




Valeria De Vito (Buenos Aires), Colección de fantasmas, El ojo del mármol, Buenos Aires, 2014.























Tomás

Tomás no acomodó los platos y olvidó su taza de Batman
en el suelo del comedor.
Se esconde bajo la cama,
sabe lo que le espera.
Siente hambre y se levanta a oscuras.

Que mamá no venga a dormir
le da miedo.
En el placard, la única frazada
está llena de agujeros pero
Tomás sabe que igual abriga.
Mamá preparó la leche y se la dejó en la heladera
para que mañana él se la caliente antes de ir a la escuela.
Oye los grillos en el silencio de la noche,
la campana del tren
y la sirena de las patrullas.
Oye los pasos de quien llega y cierra la puerta con furia.
No puede más, estornuda.
Alguien le enseñó una vez a callar a la fuerza,
pero hay cosas que no se aguantan,
que no se pueden callar.
Otro estornudo se le ahoga en la garganta
tanto como las ganas de llorar.
Mamá siempre le dice:
“Tomás no llores, no seas maricón”.
Y Tomás se escapa.
Llega corriendo hasta la vía y espera que pase el tren,
cuando está llegando a la estación
sube al vagón del maquinista y ahí pasa la noche o el día.
Los guardias lo conocen,
le ofrecen facturas o mate cocido.

Cuando sea grande va ser cafetero,
sabe que falta mucho para crecer
como para que se haga de día.
Saca la cabeza por la ventana
y el humo del motor
se le viene encima.
Estornuda, pero esta vez
a los cuatro vientos.

Una astilla puede ser un milagro.

Cuando se termina la jornada
José, el maquinista, lo acompaña de vuelta a su casa.
Tomás se pregunta
dónde se esconden los mayores del dolor,
cómo es que el cielo puede brillar tanto
cuando a un niño le pasan cosas tristes.






Estoy imaginando otro lugar

Es extraño tener tantos lugares donde ir
y girar siempre en el mismo.
Hay voces en el agua
abajo, me cuesta respirar.

Los relojes despiertan
tienen vida.
Busco tiempo
pero hay sombra.

La sombra desaparece
empuja
al salir,
parte y pierde brillo.

La sombra olvida a quién pertenece.