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miércoles, 21 de octubre de 2020

Noelia Palma


Noelia Palma (Morón, 1984)

Marilyn, Córdoba, Dínamo Editorial, 2020. 










Seda

                                            El momento dorado se abre y mira las flores.
                                                                                                      Juanele Ortiz


Marilyn afirma algunas ramas del malvón rojo
mientras el sudor cae
sobre los pétalos.

¿La ves contra el viento
aferrada al pañuelo de seda?

Su cabello resplandece,
la tierra es toda devoción.









Las visiones del otoño

El otoño, verde sobre la espuma
y apenas dorado por el viento,
hermana las palabras.

Marilyn le confía su tristeza
al vapor del mate.

Esta conversación será suficiente
para desencadenar la jauría.









Tarde de sol

Esta foto es una contrabelleza.
La sonrisa se detiene, las manos se detienen.
El cabello todavía tiembla.

Las tardes de sol en sepia suelen ser rojas.

¿Cómo era la felicidad de una muchacha en combustión?
¿Con la misma felicidad
persignabas al hijo,
a la hija
y al espíritu santo?

¿Dónde menguó la cruz que sujetabas
el día que tuviste que pedir perdón?

Tu cabello todavía tiembla, Marilyn,
como el cuerpo
cuando obedece.









Terciopelo

Toca las hojas del boldo.
Del mismo terciopelo es el sol, dice.

Sin embargo, la planta crece a la sombra,
la resguarda la historia de Marilyn.

Como un reflejo, traza un pájaro a la hora de la siesta.

La vida sigue como el pájaro,
una sombra que atraviesa la luz
para amainar su intensidad.









La hija

No estés triste, Marilyn.
Tu hija no murió.
De hecho, tiene toda una vida por delante.

De ahora en más,
para cuidarla,
dirás solo palabras hermosas.

Que el sol no te acobarde.
Que su cuerpo vivo no te acobarde.

¿Podrías tocar los lugares santos donde dijiste su nombre?

Las plegarias se cumplieron. La niña no murió.
Dios te escuchó,
¿por eso estás tan triste?









Luminaria

¿Tanta luz, Marilyn,
para que nuestra infancia
se detenga en el muelle cada mediodía?

¿Qué faltaba iluminar largamente?









   






sábado, 26 de septiembre de 2020

Noelia Palma

 
Noelia Palma
(Morón, 1984)



Luxemburgo, Villa María, El Mensú Ediciones, 2020.




















1

Era insoportable
todo el verdor quedándose
en las bocas mugrientas de la felicidad,
yendo y viniendo en una fotografía
dispuesta a ser olvidada.
Nadie dirá lo contrario.
¿Y después?
No olvidaremos el sabor de estas piedras,
que nunca se acaban de pulir,
anunciándose tierra fértil.









2

En la rama del árbol
un pájaro corta las hojas secas.
Las hojas secas crujen sobre el pasto.
Así se tienden mansamente.
¿Qué haremos con la devastación
arrodillada sobre los insectos?
Mirá: la tierra se balancea como un jinete
y nosotros
somos el mantra que el viento
dispuso en el pico
de todo lo que nace para extinguirse.
¿Qué quiero demostrar?
Nada. No, nada. Nuestra casa es hermosa.









3

Hemos amado bajo la copa de un árbol
para que sea imposible.
La fortaleza del verde en lo alto
juró que por la noche
Dios no existe.

A esta hora,
ni siquiera se oye el piar de los pájaros.

Dirá que todo lo he inventado.









5

Treinta y cuatro mil novecientas gotas
para contabilizar los signos de la tormenta.
El chasquido del agua conoce la inutilidad
de ciertos pétalos.
Los destruye para domesticar.
Los pétalos mojados caen y dicen algo
ilegible sobre el paisaje.

El patio oscuro parece deshabitado.
El gran bosque parece deshabitado.
Se oyen los truenos como si dijesen
aquí no queda nada,
las señales cotidianas mermaron toda respiración.

Permanecimos de este lado de la ventana
creyendo que enarbolamos toda la fe.

Oímos el agua corriendo en las cañerías
como si la sangre aceptara el crimen brilloso
y anaranjado del encierro.

Sobre las ollas viejas están las flores viejas,

sobre la pava hay un pájaro carcomiendo
los engranajes de la noche.









9

La lluvia se contoneaba como el cuerpo de Cristo.
Le hizo una seña al fantasma de los abedules,
lo ató a su hueso.
Las colas de las ratas brillaban
al entrar en las alcantarillas.
Este paisaje tristísimo no es culpa de mi amante.
Él estaba ahí. Yo estaba ahí.
Y no lo sabíamos.









10

                                    Nada dejó que no doliera
                                         Macedonio Fernández



Subiste,
miraste por la ventanilla cómo se iba perdiendo
el paisaje, que se alzaba, casi tangible,
como un cuerpo vivo.

¿Subiste al avión?
¿Qué palabras se dicen cuando se sube a un avión?

¿Rezabas como si Dios te hubiese humillado?









11

Después de tanto viento
el vestido sigue atado al balcón
secando esa pobre, pobrecita luz
del aliento contenido.
¿No es un milagro?
Los buenos tiempos
detrás de la niebla
pasaron.

Luxemburgo es una hermosa historia para un libro. 









12

¿Dónde estabas cuando llamaste?
¿Lille? ¿Niza? ¿Habías llegado a Luxemburgo?
¿Viste el resplandor de mi cuerpo
comido por los girasoles?

Sirvo la taza de leche de mis hijos
mientras voy dichosa de aquí para allá
porque tu voz sonaba
como una gran ciudad
con sus luces,
como un muchacho joven
asomado al jardín
que nunca encontró su lugar.



























domingo, 4 de junio de 2017

Noelia Palma



Noelia Palma (Buenos Aires), Que la muerte nos ampare, Francia ediciones, Buenos Aires, 2017.



















1

Esperemos mucho tiempo
te digo
con el pretexto de saber
clavarme sobre nosotros
sobre mí
la rodilla puesta hacia delante
hacia la parte de adelante
donde nada
ahoga
y todo es un muro
y no escalamos
porque estamos esperando mucho tiempo
tictactictictic
y dios se ríe asustado
a ciegas en su cuarto
pronunciando apenas
el fin de un mundo que no puede
pedir perdón
y ni siquiera sabe ser tan tarde.












7

Abandonar
como se abandona
un clavel sobre la mesa

dejarse caer
hacer el intento de levantar la cabeza
mirar cómo se mueven las cortinas
cerrar y abrir los ojos
en el afán de borrar cada vez más el mundo
ceñir
      casi nada
                  con total magnitud.










23

Todavía hay luz.
Es una luz triste entrar por las cavidades del silencio
a morir de una palabra enero
como diciendo un perro al que los huesos
se le cayeron de a poco
pero casi por costumbre.

Hay luz y es de música y la carne
está frita después del espanto

y es lo que arde siempre
cuando la asfixia está tocando los violines
donde se aprende a olvidar a dios
(no mencionar las atrocidades de dios)

habrá que apagar la luz
cerrar el labio voraz, nutritivo
mostrarle las costillas al fuego para que se consuma
beberse todos esos libros crónicos
fumar 26 cigarrillos seguidos, antes
para que el conjuro contra el espejo
–ese padre que no supimos matar de un tiro–
nos salve con un clavo en cada ojo
y una lanza
que salude por la espalda.












10

Pienso la muerte

sé que existir es ponerle un peso exacto

ahora soy conciente también del silencio
este nunca con dos caras viviendo sobre un mismo poema.












1
Sobre un poema de Juanele Ortiz

Ese árbol nocturno es una foto.
Lo intuyo en un poema de Juanele
miro al fondo, hay lo inasible.
Y pregunta; ¿Era yo el que regresaba?