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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Pablo Gabo Moreno



Pablo Gabo Moreno (Caleta Olivia, Santa Cruz/ Buenos Aires), Colorblind, Vox, Bahía Blanca, 2015.























Cáncer (del griego karkinos que significa cangrejo)

Madre nicho 205

justo abajo de Clide Hermann
"sus hijos y esposa lo recuerdan afectivamente"
 pasando de:
 49.000 a 66.540 habitantes
 4 inundaciones, 9 intendentes.


Padre nicho 902

decir 21 años me da una tranquilidad sospechosa
decir 7665 días (exactos) no.
Crisantemo
o Chrysanthemun
nos conocemos desde hace rato
por decantación terminaste siendo mi preferido
y aunque tu aroma me da miedo todavía
vine a poner el pecho a esta casa circunspecta








9


no te animás a decirlo
porque te atormentás de nada
y te avergüenza 
cuando no deberías
porque no está mal
ser pasivo e impávido
de los transeúntes 
que no aman como vos
ni tampoco tienen libros de Onetti
guardados con una rosa marchita
en la página 3 escrita
"fumá poco, cuidate
te ama tu mamá"
y aunque ese libro no te pertenecía
lo hiciste tuyo por necesidad
esa misma que nadie entendió


















jueves, 12 de noviembre de 2015

Mariana López



Mariana López (CABA), Velorio y velódromo, Vox, Bahía Blanca, 2015.





















1


A veces le digo algo a alguien y escucho el ruido de un trapo que se rompe.
Coincide con alguna frase, como ser: “ayer, al final, les conté de tu enfermedad”.
Entonces escucho el ruido de un trapo que se rompe.
Cuando me peleo con alguien no siento olor a quemado, ni se me pone la cara colorada, pero sí escucho el ruido de un trapo que se rompe.


Hay algo que me va a salir de adentro de la oreja.


Veo mi futuro reflejado en el picaporte de la puerta:
voy a estar leyendo en un bar, pelada.


Para evitarlo tengo que volcar en la cama tendida:


jugo de naranja,


tierra.



En la mesa del bar se cae una maceta,


queda la forma cilíndrica.


Apreté fuerte la tierra, me acordé de mi padre. Todavía latía, o era un terremoto muy suave, de grado bajo, como el que hubo esa vez que decidí no llamarte, y vos tampoco me llamaste, y no nos vimos más.


Cuando vuelan los pájaros arman la forma de otro animal:


seis gorriones arman un rinoceronte y
ocho gorriones arman un león y


mis pulmones son estuches de guitarra.



Es bailarín y tiene cáncer,
me lo contó en la primera cita.
Fue la primera cita más extraña de mi vida,
porque había de esas lucecitas que son como una nieve en los boliches.



Yo quería comprarme un colectivo
y atropellarlo para no tener más problemas.


El tiempo estaba suspendido como una nieve.

Un cáncer inoperable. Fuimos a un bar que ya conocíamos, que tenía todos los bancos de madera: llevamos un destornillador para tallar nuestras iniciales en todas partes. No nos habíamos besado todavía y ya estábamos tallando nuestros nombres en todas partes.




En la estación de las alergias hay que cambiarlo.
En le estación de la sandía hay que cambiarlo.
Cuando el murciélago hiberna hay que cambiarlo.



No hay un sentido,
sólo ese gesto que hacen las telas cuando
las traspasa el viento, que
no es ni un sí ni un no.



Vio a dos mendigos que dormían juntos en un colchón en la calle,
cada uno orientado hacia un lado como la figura de un naipe.



En la estación que en sentido figurado representa la vejez
como la caída, el ocaso,
esa transición entre la vida y la muerte,
hay que cambiarlo.
Entonces pensó “cuando me diagnostiquen las verrugas
me voy a vivir con ellos”.



2


A él sólo le importa mi cara.
Mete mi nariz en su boca,
mete su nariz en mi boca.
Del resto de mi cuerpo, nada.

Hay una fina línea de luz que se ve debajo de la puerta como un párpado.


Estoy sentada esperando a que salgas de la tomografía,


pendiente de lo que sucede al otro lado de la puerta: los pasos, los golpes,
el ruido del tomógrafo


es una pintura.



3


Preguntaste por mi árbol de quinotos
que da frutos
en invierno.























lunes, 24 de agosto de 2015

Sebastián Hernaiz





Sebastián Hernaiz (CABA), El prejuicio del sexo, Vox, Bahía Blanca, 2014.





















Asado
 
Parece domingo
en la mesa de asado a las cinco de la tarde, se hace atardecer
este mediodía extendiéndose.
Voces conversan,
atardece, domingo
en mesa de vinos, parece continúa
en carne fría, mayonesas. La charla
se agudiza en lo que hoy de los setenta
todavía, y en lo que hoy de hoy no aún pero la carne está
feteada en tabla de madera
y todavía hay coca y ron y whisky
para acompañar la picada.















Repelente
 
No hay mosquitos en el Tigre. El río
está bajo, hace días que no llueve.
Nos sorprende
en nuestras pieles lechosas
el sol seco de media tarde. De nada
nos protege el repelente, la piel
pica de mera incomodidad con el mundo.
Somos adictos a un par de alicientes. Las mujeres,
la mujer, noches ebrias, dos canciones.
No hay repelentes que resistan
al precipitado pasar del día a día. Va a llover pronto,
el río va a crecer. Vamos a quedar por siempre
en esta piel, en esta isla que late.

















Separación
 
Y ahora qué hago con las cosas
como la forma en que guardabas las galletitas
para que no se me humedecieran, con la forma
en que cuidabas que hubiera siempre
agua en la heladera. De sed se agrieta el mundo:
el agua tibia de la canilla deshidrata, me seco
ahora, con las botellas tiradas en cualquier lado,
las galletitas humedeciéndose porque no sé,
no sé. Me evaporo.
Una chica tiene que ser muy linda
para saber guardar con gracia galletitas.





















domingo, 24 de mayo de 2015

Pablo Natale




Pablo Natale (Córdoba), Viaje al comienzo de la noche, Vox, Bahía Blanca, 2014.
























Noches blancas

Todas esas personas alrededor
que no vas a conocer nunca
¿te preguntaste alguna vez por ellas?


Acá el papel es una capa de hielo congelada
que podría resquebrajarse en cualquier momento.


Podría intentar hundir la mano en él
con una nube de frío en la boca podría decir tu nombre
el lugar donde estás ahora, la cantidad de nieve que cae
el modo en que te apretás las manos, los ojos cerrados
en las orillas de Rusia.
Seguro que hay niños corriendo
seguro que uno de ellos se llama Fedor
otro Vladimir
seguro que uno de ellos lleva un perro blanco
llamado Siberia
y tienen guantes de lana
y piensan en soldados que mueren de pie
lejos de su casa
seguro que otro de ellos te mira y te dice
“ya nadie cree en esas cosas”.


La cantidad de gente que podría llamarse como nosotros.


Estás sentada en una capa de hielo, mirando de un lado al otro.


Estás varada en las orillas de Rusia
apostando todo a nada
con una nube de frío en la boca.











Fotografías de gente en moto

Mr. Williams se compró una moto negra
hace un par de meses
con sus ahorros de docente
soltero y codiciado.
A veces me alcanza hasta casa
y elige siempre los caminos más complicados
se mete por calles que no conoceremos nunca
da con plazas inesperadas y hace rodeos
que parecen meternos en el laberinto de la ciudad
y mientras tanto el frío nos cala los huesos.
Eso me da tiempo para pensar en nosotros
alejarme lentamente de esa moto negra
el pavimento roto, los charcos
las manchas de aceite desconocidas
y la voz de Mr. Williams que me cuenta
en qué consiste la novela que está escribiendo
una novela que habla sobre su vida, dice
sobre los grandes amores de su vida
sobre la forma en que se olvidó de algo
y también, me dice, sobre cómo las palabras
se desgastan de tanto repetirlas
como los chistes malos.
Mr. Williams habla y se ríe con el casco puesto, la voz
derramándose entre la velocidad y el viento
veo la capa de plástico que me separa del mundo
cada calle con su nombre olvidado
las ventanas apagadas
la gente escondida yéndose a dormir
los ladrillos de las casas que no me pertenecerán
nunca
las esquinas en las que podré perderme

cuando llegue la hora y todo sea malo.
Así es que la moto dobla otra vez
y Mr. Williams habla y ríe solo.
Tenemos los cuerpos apenas inclinados
cada vez que tomamos una curva.
Éste es el cordón umbilical
que me lleva de vuelta a casa
y éste es el cordón umbilical
que me conecta de nuevo con el mundo:
aquí está Mr. Williams
aquí estamos nosotros
polvo del polvo
sonriendo para el flash de la cámara
en la ciudad del viento.

















lunes, 2 de marzo de 2015

Sergio Sammartino




Sergio Sammartino (Bahía Blanca), El templo vacío, Vox, Bahía Blanca, 2014.























Porque hay días fáciles y difíciles
cuando el viento sopla o no
contra estas velas
porque podemos olvidar el pasado
recordar las cosas buenas
porque albergamos canciones y poemas
que no nos enseñamos
porque nos sabemos vivos y tontos
cobardes y valientes
frágiles y fuertes
porque podemos bailar sobre las ruinas
porque somos capaces de construir
donde no hay nada más que hojas caídas
porque a ninguno le importan los tiempos que vendrán
sólo el bien sólo el amor
porque en épocas calculadoras
podemos vaciar la mente para que se llene el corazón
porque podemos lanzar una flecha sin que haya blanco
porque podemos volar con elegancia
porque podemos tener una historia un secreto una nada
apoyada en nada
porque podemos confiar
y mucho mucho más nos acompañamos  









Hay besos de amor que son pocos
besos de pasión que son muchos
el beso de Judas que fue uno
están los besos mojados
el beso a los que llegan
el beso a los que se van
el último, que no sabemos
que es el último
está el beso a los que nacen
los besos prohibidos
el primero, temblando
el beso a los que van a morir
el que le daría al suicida.
Hay besos equivocados
besos que nunca recibiremos
besos que dan asco
besos soñados
besos imaginarios
que tienen colores
besos que esconden
besos fríos
los que muerden la boca, el pecho,
besos en la mano
llenos de miedo
en el cuello, en la frente,
los besos de Helena y Paris
antes de la guerra
el beso del que llora
el beso de sol
el de mar
el de la seda
el beso de una mariposa
el que cierra la herida
y el que la abre
hay tantos, tantos
pero hoy recuerdo
el que nunca di 










Por las noches
pienso fuerte fuerte
para que mi mensaje
llegue hasta tu orilla
y encuentres el caracol
y escuches dentro










Cuando mueren mis muertos
bailo con ellos
por última vez
les pido perdón
les digo que los amo
guardo lo que han dejado
sus ropas el cepillo
los tatuajes en mi alma


















jueves, 26 de febrero de 2015

Fabián Alberdi



Fabián Alberdi (Bahía Blanca, Buenos Aires/Viedma, Río Negro), Fósiles en ámbar. Poesía 1985-2012, Vox, Bahía Blanca, 2013.







luz en mi casa


luz en mi casa
y yo en otra ciudad
que la cartelería da por real
allá a doscientos kilómetros
pavimento mediante

(dos o más liebres
que en la banquina yacen;
un látigo de caucho
como rúbrica final
para una escueta
nota suicida)

luz en mi casa
y yo en la de otro

ahora que viene el fin del mundo
tal como lo conocemos
chimangos
y otros carroñeros de la ruta
esperan
a los pequeños mamíferos atropellados
tras la huida
de los mamíferos más grandes

luz en mi casa
sin una fuente cierta
definiendo a su paso los objetos queridos
dándoles por mí
el beso del adiós

luz en mi casa
y yo aquí detenido


(De Chimangos y otros carroñeros)






más lejos


más lejos de la casa y del camino
la tierra se pone roja
de minerales

si se escucha con atención
cascarudos lustrosos se dejan oír
practicando lo que sea que hacen con sus patas
con frenesí admirable

llamada de amor
o puro acicalarse

mi tránsito no ha sido previsto
tampoco mi pisada torpe

me pregunto
en voz queda
para qué ir más lejos


(De Más lejos)






 
lo que se quiere


cuatro músicos frente a la fuente de los deseos
se turnan
para arrojar monedas de diez centavos
con despareja eficacia;
mellan los cantos ya gastados en rebotes imposibles

(en años de crisis estas moneditas se utilizaron
para hacer arandelas;
ahora el estado reemplaza el bronce por latón)

los cuatro músicos desean hacer tango
pero han nacido tal vez en Corrientes
o en la Patagonia

la Fontana di Trevi vernácula
emplazada en medio de un desierto
no tiene a Neptuno domando tercos hipocampos;
casi no lleva agua y la poca que lleva
se escurre
entre las groseras grietas de la piedra caliza

las monedas de los músicos que aciertan
corren la suerte del agua;
lejos de la vista recuperan su valor
se vuelven más necesarias que el deseo


(De Senderos peatonales)








domingo, 8 de febrero de 2015

Víctor López Zumelzu




Víctor López Zumelzu (Curacaví, Chile/Buenos Aires), Mi hermano, Vox, Bahía Blanca, 2014.





 






Sobre la forma de las hojas nuevas



¿Acaso debo mover las cortinas de la pieza
para que la densidad de la luz
vuelva a crear el tiempo?


¿Acaso debo guardar tu ropa una a una,
doblar los minutos, acicalar el aire
para que no sea atraído este por la palidez?


¿Podrá aquello repararlo?
¿Podrá aquello restituirlo?


Un cielo oscuro proyectándose en diferido
sobre la tela de la conciencia
que lentamente descubre el ojo
hacia lo visible


Un lugar en que todos los días termina algo,
los abedules estrenan pequeños brotes verdes
casi imperceptibles


Un pajarillo se rompe un ala en el asfalto
si quieres puedes tomarlo entre tus manos
pero eso es lo único que hay,
un leve movimiento, un roce,
quizás un gesto de amor
Te digo esto para que no pienses que los surcos
que desgarran la corteza de aquel árbol
es lo único “real”


Los pobres que cruzan esta ciudad
cada mañana con anuncios de supermercados
en sus cuerpos también son reales
Inclusive los peces girando en círculos en el estanque
antes de que la piedra caiga, se hunda
& cambie para siempre el curso de sus vidas
hacen lo necesario para no perder
su estatuto en lo imaginario
avanzan, retroceden en la corriente
envolviéndose en elipsis, en memorias,
reverberaciones
Es que cada idioma está salpicado de referencias
de metáforas absolutas


Es por eso & no por otra cosa
que esta mañana solo podemos ver
lo que creemos que es “real”
para las demás cosas
no hemos concedido ningún centímetro
en nuestra mente
Las hojas de los abedules & sus raíces en cambio
fueron pensadas aunque no las viéramos
sabíamos que estaban ahí
coagulándose llenas de estratos, de cenizas
a diferencia del tráfico siempre envuelto
en su propio flujo,
el cual creó pensamientos
que confundimos con nuestros pensamientos


esto es lo tuyo, esto es lo mío


Viajando hasta el final del tallo,
allá abajo donde los huesos,
la piedra caliza
sobrevive en el estancamiento,
en la sedimentación
nos tendimos como se tiende la gente común
en el pasto verde
dejando al cuerpo ceder a su natural elasticidad
a su falta de tensión gramatical
& tras ellos un collar completo de deseos
troquelado en la esperanza & la carencia


Si te has dado cuenta
lejos de aquí el espacio se dobla
los cercos de madera se están pudriendo,
las noticias zumban en el aire nos tocan
& luego se van


Si lo piensas por un minuto incluso
en estas hojas la realidad
teje sus hilos de polvo, sus estalactitas


¿entonces será nuestro cuerpo
un garabato de dolor?


¿el amor un ensayo de lo deseado
por lo no deseado?


Qué diferente se ve la cárcel
vista desde la ventanilla de un avión
que ha empezado a descender
& en breve tocará la pista
Al pajarillo le pusimos vendas
e intentamos que vuelva al aire
pero el tiempo es rencoroso
& no perdona las separaciones
A medida que nos acercamos
la distancia nos hace volver
a rectificar nuestra noción de tamaño


Julio se demora,
las nubes van & vienen sin pasado
son blancas como líneas de cocaína
Las hojas de los abedules nacen
& nada saben del frío
que las antecede








sábado, 22 de marzo de 2014

Silvio Mattoni




Silvio Mattoni (Córdoba), Peluquería masculina, Vox, 2013.


















Envío

¿Acaso le hablo a alguien que no está conmigo
ni siquiera en espíritu? Ya sé que para vos
no existe nada que no sea materia, pero
las palabras duplican hasta la ilusión
del simple vidrio de algún espejo. ¿A quién
podría apostrofar con un aire de prosa
y la propiedad del nombre? Acá está el mío
y otro que se aleja más y más, que irradia
una luz muy lejana, aunque sigue brillando
y vuelve a repetirse como el ritmo
de sílabas y acentos, como si puntuase
el espacio infinito a manera de círculo
verificable en una sola frase. Y ahí estás,
consumido y a solas bajo tu lámpara fría
que casi no precisa energías renovables
para alumbrar tu libro recién encontrado,
donde leés columnas de palabras
demasiado regulares para no ser siempre nuevas
y decir la insignificancia de lo mismo: vos,
que revisás las cosas de los muertos
para seguir tu vida, no te olvidés
de mandarme noticias, chispazos de un futuro
inaccesible, porque se hace difícil
mantener la vigilia, prestar la máxima atención
a las voces, al sol y a los chicos que nacen
en este antiguo minuto de felicidad
o ilusorio desahogo que me da haberte escrito.








Una carrera

Cuando entro a la carrera con un auto
de plástico celeste, me repite: “¡Amigo,
cuidado, amigo!” Y quiero entusiasmarme
en las vueltas sin fin que habrá que dar
por la orilla del sillón. Sin dudas que
jugar le hace bien, no es un capricho como
los que opone a la comida, al baño y a los cambios
de ropa. No me abandona la ambigua
melancolía de no saber si decirle que sí
a todo, y arruinar su carácter, o gritarle
para que me obedezca. ¿A qué ley
deberíamos acostumbrarnos? Apenas paso
con mi descuidado bólido celeste
sus dos manitos que llevan uno blanco
y otro bordó, él me avisa: “¡Está rojo,
amigo!” El sí y el no que no dependen
más que del momento, las horas del día
estiran mi capacidad de decisión
hasta perder cualquier frase verdadera.
El reto o el silencio se repiten sin límites.
Tiene razón Michaux, nunca se llega,
el padre siempre es algo que va a ser.
¿Pero cómo se vive la tendencia,
lo inacabado con algo de alegría?
Ningún acto maniático o poema
podrá ser tan jovial y afirmativo,
perfecto como un niño, tan dotado
para el refinamiento extremo del amor
y del pedido irrealizable. ¿Es infinito
el espacio afectivo? ¡Como si el infinito
pudiera dividirse o calibrarse!
Pero él quiere, insiste, opone, ahora percibe
el límite, ahí puede conocerme. Lástima
que yo no pueda verlo, reírme de mi estúpida
limitación y no salir de mí con algún gesto
brusco y hosco. Y si dijera: “Amigo,
pensar es limitarse y no estoy hecho
para tanto”. Al menos podría seguir
jugando a los autitos, esperar que el sentido
se limitara solo, irreflexivamente,
a la hora de escribir. Aunque mi educación
de padre no se escriba, y deba hacerse,
¿sabré escucharte, hijito, maestro
de la sociabilidad más absoluta
y absorbente? “La última vuelta, amigo,
y vamos al jardín que se hace tarde.”














viernes, 17 de enero de 2014

Carlos Battilana





Carlos Battilana (Corrientes/Buenos Aires), Narración, Vox, 2013.











El viento


Hace siglos el viento atraviesa el lugar: ni los árboles del monte han podido detener las horas acumuladas como en un tonel. Dos, tres niños juegan en la plaza del ferrocarril y se hacen señas duraderas. Pasea la tierra por alguna calle lateral, y miro con cierta fascinación cómo el aire puede hacer del tiempo un pedazo de materia.






Sitio de la Memoria


Lo que más deseaba, recostar mi cuerpo junto al mar, no ha sido posible. Tuve que administrar cada una de las horas como si fueran piedritas, o lajas, y casi no puedo descansar... Dios del Invierno, ¿qué hacer? Beso la piel de mis amados, pero no alcanza... Como signos escritos en la arena, interpreto lo escaso del Sentido... Entonces, a través de un polvo acumulado por años, pregunto acerca de las palabras Gólgota, Evangelio, Nazareth... La imagen de un hombre escribiendo una palabra desconocida en la arena... Hacia ese sitio de la memoria vuelvo los ojos, una y otra vez.













miércoles, 1 de enero de 2014

Nurit Kasztelan





Nurit Kasztelan, Lógica de los accidentes, Vox, 2013.












Escapar de la inercia


Abandonar la clase,
la cómoda inercia familiar,
buscar alguna
definición de equilibrio.
Como una célula,
ser permeable al alimento,
adquirir conciencia de lo vivo,
desde lo más insignificante.
No huir del vacío, habitarlo.





Ensayo y error

Llega temprano, algo distraída saluda,
el pelo arreglado, un poco húmedo.
Los signos no son visibles.
Unas horas antes mientras el agua
corría por la ducha
pensaba en las fuerzas físicas
de dos cuerpos al conectarse
uno en el otro
en un juego de encastres.

El cubo entra en el cuadrado
el prisma en el triángulo
cualquier niño lo sabe

pero ahora
las cosas no son tan simples
como una figura que va o no va.









jueves, 26 de diciembre de 2013

Horacio Fiebelkorn






Horacio Fiebelkorn (de La Plata, vive en Buenos Aires), El sueño de las antenas, Ediciones Vox, 2013.
















Caminata lunar

 

Pensamientos fríos, los actos propios
del cuerpo del amor empaquetado
en lo que está a medio decir. Encerrona:
caída en los pozos, el callar
de los pozos al tragar el cuerpo del amor
con marcas de dientes en los labios. No hay
donde sostenerse, ni colchón donde desmayar.
La más perra verdad de lo que nunca
es cierto: flores en el culo de la luna ausente,
lengua cortada que nunca se va.
El cuerpo que camina sin echar sombra,
la rabia blanca para iluminar lo que queda de oscuro
en las manchas de sangre seca.
Ojos más muertos que vivos para ser
tirados con una honda contra los vidrios
de la ventana de una casa a medio desarmar,
y nada más que niebla, nada más que
humedad en los zapatos.









Bajo consumo
 


No es este bar lo que está enfermo.
Siglos de visiones torcidas hicieron lo suyo, pero
todo es culpa de esa lámpara que esparce
una luz extraña y llena de dudas.


No está enferma la cena de urgencia,
ni la botella de Pineral que intercambia moscas
con la de Veterano Osborne -de donde
podría derivar la palabra sbornia-.


No están, no estuvieron, nunca, enfermos,
los que no duermen, los que miran televisión
o boquean ante la pantalla. Tampoco
los parroquianos están apestados,


no lo estuvieron ayer, no lo estarán,
y hace demasiado calor para pensar
en que la luz es tísica, palabra que antaño
tuvo un prestigio que no aparece ahora en escena.


Todo es culpa de esa lámpara, centinela que
viene a revelar que en lugares así
y en noches como esta, tu vida no es un interrogante
sino el buzón de las malas noticias del verano.









Las cosas
 


Ahí viene otra vez, de nuevo. Viene
otra vez pero no es, no es la misma,
no la misma cosa blanca, la que recién
cayó, la cosa blanca de la canción
que viene a callar el ruido de mi bote
cruzado por la música de la cuadrilla
que desarma estaños, parte maderas.
Se llevaron la escenografía, los actores
no vinieron, el director no existe y yo
escucho una y otra vez la caída de la
cosa blanca. La verdad es que no sé,
no sé si llueve,  no sé qué cae de allá,
no sé qué son estas cosas blancas que
no paran de bajar desde hace horas.
No tienen una sola letra para mí,
son nada más que cosas blancas.