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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Verónica Pérez Arango


Verónica Pérez Arango (Buenos Aires), La vida en los techos, Colectivo Semilla, Bahía Blanca, 2016.

















Culebras y sapitos

dejar
a los hijos hoy
que busquen comida
en el fondo de la casa
que no pidan
nada a nadie
solos
aprendan a cazar
pequeños animales
algo fácil
una laucha por ejemplo
culebras y sapitos
después de pasar
todo el día agazapados
en el filo del sol
casi invisibles ya
de tanta blancura
radiantes
abandonar el cuidado
dejar lo conocido
que suceda
la maleza
lo oscuro sin sentido
que crezca
del lado de los malos
como charcos
en el patio
llenándose de agua
cuando llueve
o quizás no













Hiedra japonesa

Al comenzar la primavera
plantamos una hiedra japonesa
un plantín chico
de nervaduras fosforescentes
medio triangulares
que tímidamente
se pegaron a la pared.

Tiempo después perdimos
el control de su crecimiento
el follaje tomó las medianeras
trepó por los caminos de techos
formando ramificaciones infinitas
una red vegetal enorme
terminó de capturar el barrio entero.

Las hojas y los zarcillos se movían
con el viento
entonces las paredes eran un mar
suave y ondulado
que nos unía a los vecinos
a la pintura descascarada de los muros
al tanque de agua
y las ventanas de la habitación.

Ahora es junio
el cielo del otoño
vibra al caer las hojas
pequeñas fogatas incendian el jardín
manos rojas
que nos atrapan de repente
en el dormitorio

hasta esconderse entre las sábanas.












Declaración de amor

No quiero verte entrar
al cuarto donde dormís
solo sin otros olores
que completen el tuyo
quiero un paisaje
de gestos en miniatura
parecidos a las marcas del agua
que quedan en los vidrios después de llover
no tu practicidad diaria
que todo lo puede
quiero volverme
vieja y fea a tu lado
no saber bien qué soy
entre mis pliegues de materia humana
quiero no resistirme
al trote de los caballos
que empujan adentro mío
al manojo
de llaves sonoras
de pájaros salvajes
haciendo nido en una fogata
invencible
a prueba de cualquier viento
cambiar de idioma
como si un barco equivocara el rumbo
  viajando a favor de la corriente












  Augurio

Son las seis de la tarde: miro por la ventana
abierta y veo las nubes rosadas de domingo
bajar hasta mi casa. Ellas cantan
en el idioma de mi madre lo que será mañana.
Rosso di sera buon tempo si spera
lo que hará el nuevo día con nosotros.
¿Seremos más generosos más valientes?
¿Podremos por fin cuidar del otro?
Tengo una hija que sabe sonreír
y ahora descansa abrigada al lado mío
como si la hubiese rescatado
de un naufragio. Miro su cuerpo pequeño
le toco las manos y escucho su respiración.
Corroboro el letargo milagroso.
Una brisa mueve las cortinas y el cielo
cada vez más rojo se espesa.
El futuro está cerca. Me pregunto
si habremos de tener miedo.

















jueves, 29 de enero de 2015

Verónica Pérez Arango



Verónica Pérez Arango (Buenos Aires), Un dibujo del mundo, El ojo del mármol, Buenos Aires, 2014.
















Las fotos que saco desde que soy chica mienten
la luz y el color. Todos saben que los cuerpos
pueden estar adentro o afuera del choque
entre las cosas. Mis imágenes registran algo
que se desvanece como mi cara
a medida que cambia la intensidad del sol.

La figura de un día completo en las rocas
se pega al costado de la lisura del mar
donde la sombra no coincide con la forma
de las cosas. ¿Cuánto tiempo hay que esperar
una ola? –Es difícil decirlo –dicen
mientras todos miran el vaivén

La ola salpica y detiene otra vez este tiempo.
En las piernas de los bañistas, el agua
se queda quieta y quita las marcas del pespunte
sobre los pelos ahora alisados por el efecto
que cambia de acuerdo al lugar del bañista en cuclillas
en el borde de un lado o de otro de la lisura del mar.

Cada gota detenida por la sequedad de la piel
es un espejo mínimo donde van  a beber los animales.

Si las gotas caen, se perfora la arena.















domingo, 2 de febrero de 2014

Verónica Pérez Arango



Verónica Pérez Arango (Buenos Aires), en Bonino/Maver/Núñez/Pérez Arango/Roggero/Saraceni, Razones para vivir en la dicha. Antología 2013, publicación del taller coordinado por Osvaldo Bossi.











Nosotros, los miopes

Es la hora de no ver: para nosotros, los miopes,
la mañana trae la niebla constante que entorpece
el camino hacia la cocina. Se vuelve una carrera
peligrosa porque no distinguimos las puntas imantadas
de los muebles, y los juguetes en el piso son pequeños
animales a punto de saltar si los pisamos con descuido.

Para nosotros, los miopes, las caras pierden siempre
los detalles que las hacen únicas: cicatrices, pecas,
lunares, la forma de una ceja, el color de la piel
y las pestañas desaparecen atrás de un velo grasoso.
Todos los rostros se asemejan. Hasta el matiz del iris
o quién sabe cuál es el tono que tiene una mirada.

A veces sueño que estoy en un cielo de aire grumoso
y extravío las lentes o los anteojos no me alcanzan
para reconocer a mis hijos. Me horrorizo ante la pérdida
de profundidad y de lo inútil que resulta forzar la vista
al preguntar si será importante todo esto, si servirán
los ojos para ser mejores, conocer el alma o ver a Dios.






El pan

Ahora que mi padre ya no trabaja
lo veo ir a comprar el pan que nos alimenta. Cada día
de su vida unió las piedras del mismo camino
en su corazón de brillo silencioso.
Ahora que mi padre
tiene una bolsa en la mano
pesada la próstata
sus pies marcan siempre las diez y diez
¿será esa la hora a la que mi padre va a morir?
¿qué dicen aquellas piernas inestables
como su humor hace tiempo?

A su regreso
mi padre se sienta en el diván
para que el sueño le baje por el pelo gris
y la barba, lo envuelva desde los ojos húmedos
donde van a beber sus animales.
Las migas caen
una a una
a medida que mi padre come
la costra dorada del pan
y piensa en mañana
y en el amor que dio
sin hablar casi
sólo mirando.