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sábado, 20 de marzo de 2021

Muriel Rukeyser, Anne Sexton, Adrienne Rich traducidas por Daniela Camozzi


Muriel Rukeyser
(EEUU, 1913-1980)

Anne Sexton (EEUU, 1928-1974)

Adrienne Rich (EE.UU., 1929-2012)

Traducción de Daniela Camozzi (Haedo, Buenos Aires, 1969)


Muriel Rukeyser / Anne Sexton / Adrienne Rich, selección y traducción de Daniela Camozzi, Wolkowicz Editores, col. Las Extranjeras, 2020.







 


Poemas de The Gates (1976), de Muriel Rukeyser 


Pintores


En la caverna con una llama antigua

hay una mujer, parada, brazos en alto. Rama roja, rama negra, rama ocre.

Un muro de oscuridad crece sobre ella.

Los hombres cazan afuera en la primera luz del día

pero aquí, en este parpadeo, uno o dos hombres pintan

y hay una mujer entre ellos.

Enormes criaturas aparecen en los muros de piedra,

su piel, sus ojos, su sexo, sus corazones,

los pintores en la caverna les dan vida, roja, ocre, negra,

hay una mujer entre ellos, que pinta.



PAINTERS

In the cave with a long-ago flare

a woman stands, her arms up. Red twig, black twig, brown twig.

A wall of leaping darkness over her.

The men are out hunting in the early light

But here in this flicker, one or two men, painting

and a woman among them.

Great living animals grow on the stone walls,

their pelts, their eyes, their sex, their hearts,

and the cave-painters touch them with life, red, brown, black

a woman among them, painting.




Canción: recuerdo las películas


recuerdo las películas amor

recuerdo las canciones

recuerdo las escenas y los flashes de tu vida

venían a mí mientras soñábamos, acostadas

y ofrendábamos los sueños

en los flashes nítidos de la luz

llovían desde las escenas de tu vida

las historias sin fe, las aventuras, el descubrimiento

la sexualidad se abría capa tras capa

música nítida que llegaba para siempre a mi vida

yo canto las películas de tu vida

las secuencias cortadas en ritmos que chocan

ritmos que se unen, amor,

yo canto las canciones



SONG : REMEMBERING MOVIES

remembering movies love

remembering songs

remembering the scenes and flashes of your life

given to me as we lay dreaming

giving dreams

in the sharp flashes of light

raining from the scenes of your life

the faithless stories, adventures, discovery

sexuality opening range after range

and the sharp music driven forever into my life

I sing the movies of your life

the sequences cut in rhythms of collision

rhythms of linkage, love,

I sing the songs








Poemas de To Bedlam and Part Way Back (1960), de Anne Sexton 



Una de esas


Anduve por ahí, bruja poseída,

aceché el aire negro, de noche más osada;

soñé con el mal, hice de las mías

sobrevolé las casas bajas, fui de luz en luz:

sola de mí, con mis doce dedos, desquiciada.

A una mujer así no la creen mujer del todo.

Yo fui una de esas.


Encontré refugio en las cuevas del bosque,

las llené de sartenes, figuras, estantes,

armarios, sedas, un sinfín de objetos;

les serví la cena a los gusanos y a los elfos:

lloriqueé un poco, acomodé cada cosa.

A una mujer así nadie la entiende.

Yo fui una de esas.


Viajé en tu carreta, con vos al mando, y agité

los brazos desnudos al pasar por cada pueblo,

aprendí las últimas rutas brillantes, sobreviví

a tus llamas que aún muerden mi muslo

y mis costillas se quiebran donde giran tus ruedas.

A una mujer así no le da vergüenza morirse.

Yo fui una de esas.



HER KIND

I have gone out, a possessed witch,

haunting the black air, braver at night;

dreaming evil, I have done my hitch

over the plain houses, light by light:

lonely thing, twelve-fingered, out of mind.

A woman like that is not a woman, quite.

I have been her kind.


I have found the warm caves in the woods,

filled them with skillets, carvings, shelves,

closets, silks, innumerable goods;

fixed the suppers for the worms and the elves:

whining, rearranging the disaligned.

A woman like that is misunderstood.

I have been her kind.


I have ridden in your cart, driver,

waved my nude arms at villages going by,

learning the last bright routes, survivor

where your flames still bite my thigh

and my ribs crack where your wheels wind.

A woman like that is not ashamed to die.

I have been her kind.




La música vuelve a mí


Disculpe, señor. ¿Cómo vuelvo a casa?

Apagaron la luz

y la oscuridad avanza desde el rincón.

No hay letreros en esta sala,

solo cuatro mujeres de más de ochenta,

todas con pañales.

La la la, ah, la música vuelve a mí

y siento la melodía que sonaba

la noche en que me dejaron

en este sanatorio en la colina.


Imagínelo. La radio prendida

y todas acá locas de remate.

Me gustó y bailé en una ronda.

La música se derrama sobre la razón

y de una forma muy extraña

logra ver más que yo.

Quiero decir, recuerda mejor;

recuerda la primera noche acá.

El frío punzante de noviembre;

hasta las estrellas estaban clavadas al cielo

y una luna demasiado brillante

se metía entre los barrotes y me pegaba

con una melodía en la cabeza.

Me olvidé de todo lo demás.

A las ocho de la mañana me atan a la silla

y no hay carteles que digan cómo volver,

solo la radio con su golpeteo ensimismado

y la canción que recuerda

más que yo. Ah, la la la,

esa música vuelve a mí.

La noche en que llegué, bailé en ronda

y no tuve miedo.

¿Señor?



MUSIC SWIMS BACK TO ME

Wait Mister. Which way is home?

They turned the light out

and the dark is moving in the corner.

There are no sign posts in this room,

four ladies, over eighty,

in diapers every one of them.

La la la, Oh music swims back to me

and I can feel the tune they played

the night they left me

in this private institution on a hill.


Imagine it. A radio playing

and everyone here was crazy.

I liked it and danced in a circle.

Music pours over the sense

and in a funny way

music sees more than I.

I mean it remembers better;

remembers the first night here.

It was the strangled cold of November;

even the stars were strapped in the sky

and that moon too bright

forking through the bars to stick me

with a singing in the head.

I have forgotten all the rest.

They lock me in this chair at eight a.m.

and there are no signs to tell the way,

just the radio beating to itself

and the song that remembers

more than I. Oh, la la la,

this music swims back to me.

The night I came I danced a circle

and was not afraid.

Mister?








Poemas de Diving into The Wreck (1973), de Adrienne Rich 



Desde la prisión


Bajo mis párpados se abrió otro ojo

despojado mira

a la luz


que absorbe el mundo del dolor

hasta cuando duermo


Nunca deja de observar

cada cosa que me pasa


y más


ve los palos y las culatas de los rifles

subir y caer

ve


el detalle no en la pantalla


los dedos de la mujer policía

que hurgan en la concha de la puta joven

ve


las cucarachas que se arrojan a la sartén

donde cocinan el cerdo

en la cárcel de mujeres


ve

la violencia

arraigada en el silencio


este ojo

no es para llorar

su visión

debe estar despejada


aunque haya lágrimas en mi cara


su intención es la claridad

no debe olvidar

nada



FROM THE PRISION HOUSE

Underneath my lids another eye has opened

it looks nakedly

at the light


that soaks in from the world of pain

even when I sleep


Steadily it regards

everything I am going through


and more


it sees the clubs and rifles-butts

rising and falling

it sees


detail not on TV


the fingers of the policewoman

searching the cunt of the young prostitute

it sees


the roaches dropping into the pan

where they cook the pork

in the House of D


it sees

the violence

embedded in silence


this eye

is not for weeping

its vision

must be unblurred


though tears are on my face


its intent is clarity

it must forget

nothing




Canción


Te preguntás si me siento sola:

digamos que sí, que me siento sola

como el avión que vuela solo y a nivel

en su onda de radio y que apunta

a través de las Rocosas

a los pasillos de vetas azules

de una pista de aterrizaje en el océano


¿Eso me preguntás, si me siento sola?

Bueno, claro, sola

como la mujer que cruza el país en auto

día tras día y decide abandonar

kilómetro tras kilómetro

esos pueblos donde podría haberse quedado

para vivir y morir ahí, sola


Si me siento sola

debe ser la soledad

de despertarme primero, de inhalar

el primer aliento frío del amanecer en la ciudad

de ser la que está despierta

en una casa rodeada por el sueño


Si me siento sola

es con el bote congelado en la orilla

en la última luz roja del año

que sabe lo que es, que sabe que no es

ni hielo ni barro ni luz invernal

sino madera, con el don de arder.



SONG


You’re wondering if I’m lonely:

OK then, yes, I’m lonely

as a plane rides lonely and level

on its radio beam, aiming

across the Rockies

for the blue-strung aisles

of an airfield on the ocean


You want to ask, am I lonely?

Well, of course, lonely

as a woman driving across country

day after day, leaving behind

mile after mile

little towns she might have stopped

and lived and died in, lonely


If I’m lonely

it must be the loneliness

of waking first, of breathing

dawn’s first cold breath on the city

of being the one awake

in a house wrapped in sleep


If I’m lonely

it’s with the rowboat ice-fast on the shore

in the last red light of the year

that knows what it is, that knows it’s neither

ice nor mud nor winter light

but wood, with a gift for burning.

















martes, 17 de noviembre de 2020

Liliana Lukin

 

Liliana Lukin
(Buenos Aires, 1951)

Como se lleva a un niño, Florida, Wolkowicz Editores, 2020.











1

He visto dos veces trabajar a la muerte ante mis ojos:

la primera en el rostro de mi hermano que se iba

hacia atrás, adentro, al fondo, sin habla, pura máscara

de lo que queda todavía.


La segunda es mi vida, mi otro en el amado que retira

su voluntad leve y lentamente, que regresa a sí mismo,

y como una tormenta en el mar, se va,

cansado avisa que se va.


Y así estamos, ella nos canta su canción

que no escuchamos, y a pedacitos arrancamos

carne para morder

de esa turbia melodía.








3

Vuelvo a escuchar música, que grababa para mí, vuelvo

antes de saber que es al año cuando prescribe la prohibición.


Siempre mi medida adelanta, sobra, rebalsa de las Escrituras,

que desconozco.


Mi dolor no tiene

tradiciones.








5

Cambiar las sábanas es como limpiar el piso:

nuestro yacer juntos deja sus restos como el caminar

deja su marca, y el polvo que se acumula en el suelo

es hermano de los olores y rastros que la cama guarda para lavar.


Cambiar las sábanas es ver la sombra

de lo hundido por el peso de nosotros,

los cuerpos casi siempre en el mismo lugar.

Lo que nunca se fue es un regalo del pasado.








10

Cada vez que hablo de la muerte me quedo

sin voz, sin palabras me quedo, afónica

otra vez y otra vez y otra vez.

Así hasta que estoy llena, plena, de vacío.


Cada vez que hablo de tu muerte

te trago en un hilo de aire, me ahogo de ese saber inconsútil,

constructivo de un consuelo inútil como el olvido.


“Digan lo que digan, yo sé”, decía él, y esas voces

que vuelven de modo aleatorio no hacen

menos amable lo que fue su vida.


Me visto con sus camisas como si lo llevara puesto,

mi doble, superpuesta piel, y eso me da alegría.


Me desvisto de todo, uso el despojador de vidrio y tiro

anillos, aros, mi consistencia metálica, casi mis prótesis: desnuda


me envuelvo con su bata, me siento a trabajar,

me quedo quieta, quieta, en él, con él,

y aunque estoy en este mundo, el adjetivo no es “mío”,

ni el verbo es “soy”, ni el pronombre es “yo”.








20

Comprender que sólo el resplandor de una imagen

puede traer una cadena de recuerdos,

y que una idea es más recordación que una imagen:

–he aquí la tristeza–.


Nada carnal vuelve ya en el aire que respiro,

como si una red finísima de delicadeza infinita

mantuviera alejado de mí aquello

–que he vivido–.


Él es más fragmentos de reflexión sobre el vacío,

escenas de su tránsito, actos que lo describen,

que una boca, una piel, un modo de aparición

–de la ternura en los cuerpos–.


Esta escritura ha elegido protegerme:

escribo estos poemas para no olvidar, pero pongo

mis manos en su nombre, en lugar de ponerlo entero

–entre mis manos, frente a mí–.








22

Espantar el fantasma de las comparaciones:

con la mano derecha en el aire, la de escribir,

la de dar, hacer movimientos lentos,

empujando suave sus formas de irrumpir.


Pero nada se compara: fue

en un tiempo inexistente

un vivir inolvidable.

Lo parecido es solamente la luz.








31

Me dicen que no hay,

en mi escritura,

redención


desplazo la melancolía

como si fuera

un valor degradado


yo hablo en la lengua

para la que el futuro

está detrás y el pasado delante:


en la sintaxis, el concepto, la gramática,

esa lengua que no aprendí

habla por mí.








33

La ausencia, esa emoción sin cuerpo,

es una tabla lisa para deslizarse, rasgando

la piel con las astillas

que sorpresivamente aparecerán.


Todavía no he visto nada, me dice sonriendo, y esa

promesa no me asusta porque quiero más: pájaros

de la cabeza, el pasado bate alas como susurros al oído,

y yo registro entresueños:


olvidarlo todo para recordarlo

todo, olvidarlo todo para recordar.








39

Las palabras que no se dicen son más audibles que los hechos

y los hechos, más fuertes que las palabras, pero cuando escucho:

U halaj l’olamó y sé que “él se fue a su mundo”,

es que algo lo sobrevive, y cuando dicen


Parjá nishmató y sé que “él murió asombradísimo”, ese saber

no se termina, ni atenúa la imagen de su andar suave hacia un lugar

que no es acá, ni soy yo: amor, ninguna historia

se termina con una última palabra.






Las frases en cursiva corresponden a:


Poema 31:

En la estructura del idioma hebreo bíblico, no existe la diferencia tajante entre

el tiempo pasado, presente y futuro. Ambos viven en la radical temporalidad de

la unidad del instante del ya y el aún (Leo Senkman dixit).

Poema 33:

Titulo de un libro de R. Fogwill.

Frase del psicoanálisis, por Nicolás Rosa.

Poema 39:

Del hebreo bíblico, de uso tradicional ante una muerte.













domingo, 13 de septiembre de 2020

Carlos Barbarito

 

Carlos Barbarito (Pergamino, 1955 / vive en Muñiz)


Materia desnuda, dibujos de Víctor Chab, Florida, Wolkowicz Editores, 2020.









África (I)


No hay viento, ni rumor de agua, y está oscuro. Quien se extraviara allí jamás saldría o

saldría desnudo y loco. Es una selva silenciosa, pero no una selva de plantas y frutos, de enormes y

pequeños animales. No, nada de eso. Allí, en perfecta metamorfosis con la oscuridad y el silencio,

habitan erráticas sombras, inmóviles furores, una angustia sin medida ni centro, un espasmo que

arde con llama fría. Nunca estuve en ese lugar, pero con frecuencia lo veo en sueños.


(I) Publicado originalmente en La luz y alguna cosa, Buenos Aires, Último Reino, 1998.




II

Habla y de su boca no sale palabra alguna. Pasa la yema de los dedos y nada siente. Intenta

oír y es en vano. Procura avanzar, permanece fijado al suelo. ¿Puede ver? Sí, pero sólo astillas de

hueso, uñas, pellejos. Está inmóvil, reducido a una condición de estatua expuesta a la lluvia, al

sol, al picoteo de los pájaros. Solo en un lugar remoto, lucha para no olvidar su nombre, lo repite

una y otra vez en su mente, último recurso antes de la nulidad, del vacío.




III

Adelante, sobre el horizonte, el humo de los mundos incendiados. Por una cavidad se

llega al infierno. La noche no tiene ojos, tiene bocas y por esas bocas la carne se entera de que

no existe reposo. Comen su propio dolor como comen fuego mientras las hormigas entran

de a miles por los agujeros de los sueños. Los árboles sangran, sufren el peso de una voluntad

invisible que los aplasta. En una pared, blanqueada con cal, cabeza de peces, de perros, valvas,

llaves oxidadas, máscaras. Y una inscripción, apenas visible, acaso hecha con un trozo de carbón:

Muerte, fruto podrido, ¿cómo vencer el asco y tragarte?


(1998)





A vuela pluma, a la espera de la tormenta


I

Por la mirada. Por el tacto. Por sublimación o encarnadura. Por razón pura: una pulpa

acidulada sobre un plato. Por pliegue sobre pliegue, mientras la noche asciende más allá de la

vasta ciudad en exilio. Por filo de hierba, el filo que cava en el aire. Por terquedad de bestia

mínima, sin pelo, que se niega a alimentarse de bayas y bayas es lo único que sobrevivió a la

tormenta. Por estrechez o por holgura; desde lo profundo y por ello incierto, allí, tal vez, el primer

deseo, ése que no distingue mujer de sombra de mujer, y el último desperezo junto a la hija de las

constelaciones, quieta y perfumada. Por el martillo que parte lo secreto para multiplicarlo. Por

el arduo comercio hacia los confines: azúcares, harinas, almendras, algunas plumas de codorniz.

Por monedas. Por silencio de farmacia. Por la saliva de un recién nacido. Por oficio de tejedoras

en casas enfiladas hacia el Oeste. Por géneros pintados, despintados aleros. Por lumbreras, hojas

de acanto, silbidos lejanos, presunciones, Idus de marzo, encajes y axilas, la luna y su arbitrio

sobre las olas, una hondonada con pólenes y cenizas. Por mi dedo que recorre, con morosidad,

una espalda; su espalda, mezcla de fermento y relámpago.




II

Quizás en el vestido ajeno y postrero, a la vista del cielo devenido en ámbar. Quizás en

la arena en estuche de fieltro que otros, con infinita credulidad, insisten en llamar Libro. Allí

supe, supimos, de la vanidad y del repudio, de las horas que muelen hasta los despojos. Quizás,

alguna vez, la alquimia restituida. En el fuego se quemará el barro para ser, auguran, maravilla,

pero ¿cuándo?. Amarrado a la orilla, un bote. Del otro lado, señalado por un casi imperceptible

grupo de estrellas, una sinfonía en latencia que espera encarnarse en música.

En algún ojo, una mirada de ave migratoria. ¿Hacia dónde? ¿Hacia el Este, sal sobre piedra

de sal? ¿Hacia el Oeste, número teñido de azul que ocupa, con vergüenza, el espacio de la risa?

Se nace –dijo– para contemplar cómo se derrama la leche al hervir, para oír el anuncio de la hierba

contra el muro del asilo, para domesticar en parte a un animal que jamás sabrá nuestro nombre.





Radiación de fondo

A Juan José Ceselli


I

Por vía de un golpe de látigo, de una terca voluntad de golpear contra el muro, de

contemplar soles candentes en apariencia fríos, de almacenes con golosas irradiaciones, de

hombros desnudos entrevistos bajo la penumbra lunar, de grabados con salamandras en el fuego,

de testamentos redactados al vapor del mercurio, de remotas luces que, presuntamente, señalan

el lugar del Paraíso. Entonces el rumor del viento entre maderas, la lucha del insecto por alcanzar

el otro lado de la ventana, el relámpago detenido en el penúltimo grado de su intensidad, la

cópula en dirección a los cometas, los confines, los frutos abiertos y dispuestos a ofrecer sus

zumos a los sonámbulos.





Tormenta


En un papel al que se lleva el viento, una pregunta: ¿qué es lo que nos arrastra, lejos

de los manteles, los platos, las frutas? Alguien ensaya un paso de danza, otro subraya una frase,

otro, en fin, se lleva a la boca un pedazo de bizcocho; finalmente caen, alejados entre sí, en lo

indiferenciado y turbulento. Yo, por mi parte, pronuncio, con la misma obstinación y el mismo

resultado, ciertas palabras que todavía creo cargadas de magia, capaces por sí solas de salvarme:

madrépora, pavesa, olifante, liturgia…





Bordes


I

Se comen hasta la luz, la fuente que la produce, el metal que la refleja. Se comen cada

fruto, el aceite de la belleza, los ojos de los delfines, las hierbas, las telas. Devoran el zurcido en

los telones, muletas, vasijas, guitarras. Siempre tienen hambre. Nada los satisface. Se comen las

figuras de dioses famélicos y obesos, las máscaras, el reflejo de la luna en el lago. Tienen agujas

perforadoras, tubos de succión, esponjas absorbentes, con eso les basta. ¿Hallan ellos placer en

esto? Ellos ignoran el placer, sólo mastican y engullen. No están en el mundo sino para eso.




II

¿Y si fuera fruto de un error? Un error antiguo, irremediable. ¿De allí la vacilación, la

torpeza de su cuerpo que no alzará jamás el vuelo? Se hunde en el limo. Mastica hojas secas. Se

aparea donde otros como él, patas arriba, se pudren.