lunes, 7 de noviembre de 2016

Alejandra Bosch


Alejandra Bosch (Santa Fe), Malcriada de Acuario, sello de tapa de Will B., Objeto Editorial, 2016.




























Malcriada de acuario

Malcriada, las piernas chuecas
el vestido atado, con elástico
de tanto correr, doloridas
de tanto saltar, con esas botas
las piernas, las botas, el elástico
malcriada  de enero.
De espaldas al cielo, nos ponía
la mano firme en la espalda, en la laguna
ahora a nadar, ahora a cantar
flotando de la mano, riendo de la mano
malcriada de acuario.
La lancha pasaba y la ola
primero la música, en los oídos
entonces, sorpresa
el agua en la cara, el llanto en los pulmones
siempre apretado, ahogado
flotando en la laguna.


Para Cecilia, mi hermana. 






























domingo, 6 de noviembre de 2016

Laura Wittner


Laura Wittner (CABA), La altura, Bajo la Luna, Buenos Aires, 2016.

























La niebla

En posición ante la pista de despegue
todo el espacio y la fuerza disponibles
y esas luces, la voluptuosa sugerencia
de que brillen aun de día, a los costados,
indicando el camino hacia el instante
del ultimísimo contacto terrenal.

Detrás el aeropuerto; más atrás
cierta formulación de calles
por las que se reparte lo que hubo:
delante algunos metros de visibilidad
y ya el inmenso borrón de la niebla. 












Aerosilla

Flota sobre el silencio de maleza
prende un cigarrillito y va subiendo.
No existe más allá de ese chirrido
intermitente, del bamboleo mareado
en dirección al cielo. Los pies
en primer plano; no el presente
ni el futuro, ni nada. Sí los pies
que cuelgan, y también la roldana
que chirría, y el perfume caliente
de la maleza abajo, y el del humo
que la esconde y la acuna en su estrategia.













Placeres nocturnos

                                                           A Clara

También nosotras nos paramos a sentir la noche,
cada una en su barrio pero al mismo tiempo.
Acá hay un cielo gris blanqueado
que huele a agua de río o algo así.
No entro a casa; aspiro hondo,
le pido un deseo único a ese olor. ¿Se puede?
Y entonces el deseo se atomiza,
átomos del deseo cubren la ciudad:
empieza una lluviecita plana, discreta,
hecha de constancia, que no se escucha
con las ventanas cerradas.
Eso es cumplirse, más o menos, ¿no?

*Título y primer verso me lo prestó Pavese.












Vecinas

Las dos fuimos hacia la ventana al levantarnos.
Esa mata de árboles y verdes enredados
de donde salen chillidos y aleteos
que separa su ventana de la mía
es un alivio a cualquier hora.
Las dos fuimos hacia la ventana,
pero ella fue casi desnuda.
Los árboles, las lianas, las aves en el medio –
y más allá su cuerpo blanco, tetas grandes, caídas,
y panza señorial, fue también un alivio.












El peso

Que me pese el pelo. Eso para empezar.
Si no no sé quién soy, qué cosas pienso.
¿Cómo inclinar un punto la cabeza,
cómo encarar la luz con la presbicia
si no peso, si el pelo no me pesa,
y de ahí para abajo ya me hago traspasable,
ya dudo en consistir?
No hay forma.
No se justifica
la tendencia actual a sacar el volumen
porque con el volumen se va el peso,
¿no lo ven? ¿Y qué somos?
Livianos como pollos,
con el pelo erizado,
sin ancla, sin memoria,
como diciendo ¿doblo acá
o seguimos derecho?












Exhibición de atrocidades

Alguien pescó, cortó y dejó
en la orilla esta cabeza de pescado
unida simplemente a su intestino.
La veo y siento mi propia cabeza
cómo se continúa en la garganta
y más allá. Con el mar hasta el culo
se besa la pareja enamorada.
La joven pareja enamorada.
También estuve ahí, sí, claro,
¿quién no? Una mujer sin pelo
entra al agua con determinación.
Apelmazado de sal un perro suelto
olisquea por sorpresa la entrepierna
de una chica en bikini: “¡Salí,
perro de mierda!” (cito textual). Si tres
granos de arena secos son capaces
sobre la roca, al viento, de variar
en dibujos infinitos, ¿cuán atroz
puede ser la variación de esta escultura
que en arena dura y húmeda sugiere
un castillo, un torso femenino,
unas montañas, un circo, una frontera?
¿Qué se arrasa por dentro de los moldes
y convulsiona y en lo químico muta
mientras una tan campante veranea?












Los chicos juegan en la plaza

Más atrás siluetas juegan tenis.
Todavía más atrás está el zumbido
que se eleva desde algún fluir de tránsito.
Y más atrás el paredón
irregular de los edificios caros
de los cuales a esta hora sólo uno
y sólo en los dos pisos superiores
retiene luz de sol, bastante aguada.
Ahora, fijate lo que pasa:
de entre la ronda de pinos que son tu primer plano
alguien, un pájaro, rompe a trinar
a todo lo que da,
con desafío y con oficio:
es breve lo que emite, y eficiente.
Si estabas con la vista sobre el libro
al mirar hacia arriba entendés de un tirón
qué es lo que imanta esas capas superpuestas
de urbanismo irreal que te contienen.
Cómo es que no se desmoronan
estrato por estrato dejándolos a ustedes
desnudos en mitad del escenario.
Pero entender fue tan fugaz
como el grito del pájaro.



























sábado, 5 de noviembre de 2016

Dolores Etchecopar


Dolores Etchecopar (CABA), El cielo una sola vez, Hilos, Buenos Aires, 2016.



























mi vida como liebre lleva una bala
está en apuros y mira
entre las margaritas aplastadas y el granizo
cómo levanta el día sus alas de la hierba
en este punto de la llanura que desaparece
entre el miedo y la luz
donde el árbol solista canta muy despacio













y si ya no fueran sustento
estas flores      por desventura
si el temblor de las hojas del tilo
ya no fuera sustento
si a partir de ahora
el aire que respiro
solo se desconsolara    no se encaminara
al canto de salutación
si así resulta
si nada cuenta como abrigo
a la fragilidad de una gramática
si el rumor del bosque
da muerte a su animal
si así fuera perder pie
el pie iluso
y el otro sin nacer
pasos que desafinan el mundo
sobre una casa anegada
si así fuera vivir
un viraje en mi respiración
de allí me arrancaría
por amor a un sonido
primero y último sonido
de un alfabeto que insiste
en mover la arena de los vestidos
donde un niño ha llorado
de allí me arrancaría girando mis almas
hasta vaciarlas de toda espera
hasta el vacío que renueva
los tesoros sin habla de la noche












acaban de llegar tres palabras
como tres pájaros se detienen
sobre la página blanca
miran a su alrededor por si algún peligro dictara huir
yo tomo la distancia necesaria para no espantarlas
las escucho crepitar de una nada a otra nada
tres palabras respiran    fuera de alcance
lo que dicen se escabulle en el temblor de la tarde
premura de vida y muerte tienen sus alas-sílabas
la exacta velocidad del colibrí mientras liba
el néctar de su abismo













al alba mataron una oveja los palos de la casa

tan pronto dimos a luz el grito
dentro de él comenzamos a vivir

se mataba cerca del agua que bebían los pájaros

 ¿te acuerdas?

algo imperioso que no existía

una gota de odio
descendió
horadó la gratitud

vimos las patas del poema

quienes por un instante caminamos
sin defendernos del secreto infinito

quienes vivimos allá
en el viento
en su breve misericordia

¿te acuerdas?

vivíamos

con algunas moscas
y un silencio en el corazón
que provenía de los caballos












una vez
escuché a la niña inca detenida en la montaña
sostuve su pequeña mano en la mía
su mano tocaba la hierba de un reino
y la posé sobre mi pecho

cada cosa anhelada irradia un silencio que protege
me fue concedido sostener una pequeña mano
en las sombras de la montaña
y cantar lo inusitado   lo breve de un cielo
que se espanta con el pensamiento 













el hachazo no se vio
entró por las hojas y los pájaros
el grito destemplado del chimango
durante años y sin darse a conocer
alguien le dejó su sangre intranquila
es mujer dijeron
sorprende que así
toreada por la muerte
se sostenga
su balido de oveja negra urgido a salir
por la boca del matarife














































viernes, 4 de noviembre de 2016

Valeria De Vito


Valeria De Vito (Buenos Aires), Un ramillete de rocío, El Ojo del Mármol, Buenos Aires, 2016.
























Este momento impalpable y a la vez,
rudo como roca,
la suave línea entre el impulso y la corriente.
¿Podré acaso desaparecer si me rindo?
Cuando la cuerda rompe su tensión,
cuando el sentido profundo de ir y venir acaba,
todo vuelve a su naturaleza.
Lenguaje,
aguas,
suelo,
los cuerpos,
dos cuerpos.












Te pueden salvar los puentes,
los veranos de lluvia
detrás del vidrio.

El aire nos empaña la vista.












Y así de pronto
vino el sueño.
Recuerdo los cactus,
las suculentas en la ventana del patio de casa,
en las macetas que armaste
con latas de durazno
y conservas de tomate.

Las conservas
de las frutas,
de las verduras,
del amor.

Cómo conservar el amor,
cómo guardarlo en el jardín,
junto a las flores.












Recostados sobre la hierba
el pasto nos llena la boca de rocío;
el rocío es esencial,
lo
elemental
es el chicle,
pasarte el chicle con la boca
es 
sentimental,
pero no quiero mentir.

Ahora
no
nos
pasamos el chicle
y esto
es un cliché
al que le temo.

Temo
caer
en los reclamos
que
ahora nos pasamos
como nos pasábamos el chicle
mientras
todo el rocío hacía
de vos:
el pasto,
el chicle,
los clichés
suavidad,
amor,
cantos,
canciones sobre el pasto,
mi canción elemental.




















lunes, 31 de octubre de 2016

Inés Legarreta


Inés Legarreta (Chivilcoy, Buenos Aires), La puntada invisible, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2016.





















IV

no me visita la gracia
ni la belleza
quizás no sea posible
la súbita iluminación el grito o el aullido
porque los versos dependen más que de cualquier otra cosa
de mis manos
van por el papel dejando constancia de la carne
y el olor de todos los días
la cocina la ropa usada la tierra removida por la lluvia
cuántas sábanas
a veces se quedan con un perfume
y sonríen por el rastro de los cuerpos en la noche o en la
madrugada
o a la mañana al despertar
entra el sol
las manos escriben
y el anillo de piedra tiene
la marca del agua, la sal
que se deposita en silencio
como en los cuerpos las arrugas y los dobleces y el ruido del
tiempo
apaciguado por nosotros
con palabras












XII

Viene el agua desde donde
hubo un cielo
y se cae en las baldosas en los canteros en los rosales
tan suave
como música alejada en la memoria
de algo feliz
que no vuelve












XXII

No siempre
cae la ira de dios
arrancando las señales del camino
más bien
somos
pequeños simulacros
el aleteo de yeso
de un pájaro
en la cornisa de un monoblock
en el hilo de una línea telefónica hundida en el agua de la llanura
la rabia
una ola mansa












XLV

No fue sol de enero en calle polvorienta de tierra
el latir
ni la helada cerrazón de la pena en el valle hambriento
de lluvias
fue
que no sé
que no sé