martes, 1 de septiembre de 2015

Anna Pinotti




Anna Pinotti (La Plata, Buenos Aires), De mala gana, La mariposa y la iguana, Buenos Aires, 2015.






















Hay más 
Después de comprometerse con la causa 
A causa de la incomodidad del instrumento 
Sobre las rodillas 
O del ejercicio de la gravedad 
Hay más 
En la sala ensayando las horas hasta altas 
Horas y siempre 
Hay más 
Por llevar en contra el peso que debería 
Estar a tono con el tono de la composición y no 
Desafinar en el estreno pero 
Hay más 
De uno que ejecuta de oído 
Una contramarcha 
Mayúscula para un mayúsculo proyecto 
De tal envergadura 
De tal erección 
Aseguró 
No fue organizado y nunca antes lo había sentido 
Así

Durante horas persiguió el objetivo 
Evitando donde patinar 
Me dijo 
Es sólo cuestión de posiciones 
Y siguió 
Entre las cuerdas 
Estirando 
Con eso 
Más adentro más
Hasta la costumbre más 
Arriba 
Abajo 
Boca abajo 
Más rápido más blanco 
Para distraerme 
De eso 
Tibio todavía. 














Sentí un alarido que no era animal 
En mi propia lengua y 
Cerré la ventana 
Lo irremediable del prójimo 
En mi propia lengua un animal 
Sentí 
Un grito que no era yo 
Para calmar lo que reclama 
Me dijo 
No hay que buscar más 
Esa huella 
A nadie pertenece o si 
Antes 
A alguien 
En la misma lengua 
Masticada 
Por ese alarido que no 
Ese prójimo que no 
Era un animal. 














Pero 
Supongamos le dije 
Ese 
Éste 
Animal nos compromete a todos 
Y no muerde 
Y no ladra 
Y tal vez nunca 
Supongamos 
El sentido 
En ese aire que se cuela 
Permanente 
Imposible seguir hurgando 
La realidad se esconde 
Me dijo 
Vertiginoso y en pleno desamparo 
Se escuchan las campanas 
Que no son campanas 
Que no son campanas.














Es arbitrario 
La derecha o la izquierda dijo 
No son opciones no son 
Direcciones 
Las circunstancias dependen 
De una maniobra 
Privilegiada aún en las peores crisis 
Sin embargo 
Con un pulgar se define quien licita 
Y quién licita 
Al borde del alambre 

Es una costumbre del cuerpo estar alineado 
Y no ceder 
A ésta contradicción subversiva 
Donde los términos superan 
Los intereses 
En hora pico 
Supuran 
Y la raíz condice 
Dice 
De mala gana 
Bajo el mismo dispositivo 

Sobre la conjetura 
Se espera 
Que asuma la longitud 
Del hueco la 
Profundidad y el peso 
Sustentable en una aspiración 
Entre los dientes
Nada 
Convencional del otro lado del convenio 
Bajo estrictas normas de seguridad 
Alternativas 
En el corrimiento que supone la vía 
Se puede ver 
De más 
Le dije sin explicarlo 
Hasta las últimas consecuencias.


































lunes, 31 de agosto de 2015

Marina Serrano





Marina Serrano (Quequén/Olivos, pcia. de Buenos Aires), Segunda fundación, Cabiria, Buenos Aires, 2015.



























I

Bulgaria es una historia.

      Delgada y morena juega con piedras
      eleva en oración restos de loza: todo lo que se quiebra
     –y es vida– corre a las manos brutales, ásperas, escondidas
en lo profundo
de Bulgaria

     se recoge el pelo
deja la nuca al viento en un lugar cualquiera
que nada representa
sino Bulgaria,

eso le viene a la cabeza,
Bulgaria
con piedras en las manos.








II

Yo, para tener una vida –dijo
la mujer que deja restos calcáreos en su derrota,
gotosa falange
lloradora de piedras–
para tener una vida
voy a esperar,
–brutal y morena, oscurecida bajo los talones–
los mismos acantilados
pueden echar soga entre las cosas.

Bulgaria,
de algún modo, siempre es esperanza. 









VI

Si llueve, y ella dijo que sucede a menudo
en Bulgaria, llueven flores amarillas,
no mentiría acerca de algo tan importante:
–la espora de mi primordio
fue una flor
que llovió en Bulgaria.

Las otras lluvias
de los otros mundos
perecen envidiar:
recostadas, alcantarillas mediocres y caminos,
suben por los techos para florecer, con su raíz
de piel.

Hay tormenta, el día es casi una tarde, y salgo a la calle:
llueve un mar de flores amarillas.









XIII

No hay paisajes lógicos en Bulgaria,
no hay lógica en ningún lugar
sino un absoluto parecido.

Sentir, aunque crea
pensar:
                Nadie conoce a nadie –hasta que amanece
                no hay imágenes en la ventana, y Bulgaria
                puede ser
                un hermoso camastro– y nuestros hijos
                hijos de la piedra,

porque no hay
más que piedras
en Bulgaria,
recuerdo de heladas y cardos azules
con flores
que nadie ama.  









XIV

¿Es posible la desilusión?
Ya te lo dije: no hay más que piedras en Bulgaria.

















sábado, 29 de agosto de 2015

Clara Muschietti





Clara Muschietti (CABA), Podría llevar cierto tiempoBajo la Luna, Buenos Aires, 2015.


















El llanto de un animal no me deja
se filtra desde algún departamento vecino
miro el monitor, paso una y otra vez las imágenes
prácticamente iguales, una cara de mujer madura
la diferencia es una mueca casi imperceptible
el llanto del animal es más fuerte
me asomo al pulmón del edificio y no se ve nada
se escucha el llanto agudo
vuelvo a mi silla y miro la cara
paso las fotos de nuevo y no me doy cuenta
si es mejor que sonría apenas
me paro, me estiro y el llanto del animal marca el ritmo
miro la cara desde donde estoy
qué raro, desde lejos cambia, la mirada parece amenazante
vuelvo a la silla, perdí el rumbo del día número 7 del mes número 6
no almorcé y ya es tarde para hacerlo, tendré que asumir que este día
tendrá una comida menos
y un factor externo clavado en el centro,
vuelvo al pulmón
me asomo
el viento me confunde, no sé ni siquiera
desde qué lado viene el llanto
alguien grita que callen al animal
el animal deja de llorar durante unos segundos y aúlla con fuerza
suena el teléfono, atiendo
mi madre me pregunta cómo estoy y se horroriza por el llanto
propone que hablemos después, corta
antes dice: pobre animal y no sé qué del mundo
cierro los ojos y la cara de la mujer aparece intacta en mi memoria,
ya está, ya es parte de lo que voy a recordar
me siento al borde del pulmón
acompaño al animal, pienso si estará atrapado,
sintiendo dolor físico o simplemente solo
suena el teléfono de nuevo pero no atiendo
voy a la cocina, enciendo la hornalla
miro el fuego, el animal deja de llorar de golpe
apago y me arrepiento
que venga un resplandor, que venga ahora,
pasan las horas y a veces
es difícil organizarse.













Los aeropuertos lejanos, extranjeros, me hacen sentir que la vida está en pausa, que no hay peligro, que no importa bien adónde se esté, que no importa bien cómo se esté, que no importa tener. Que absolutamente todo se termina, y que eso es saludable.












La psicóloga me dejó esperándote para no subir conmigo y tener que bajar por vos después. Ella hizo un gesto así, como de sostener. Trabé la puerta con mi pie, la pesada puerta de madera maciza. La sostuve los diez minutos que tardaste en estacionar. Sostener, sostener, sostener. Cuando la vida se pone literal lo que siento es desconfianza.












Yo le dije que gritó tan fuerte que despertó a todos. Ella se rió porque no se acuerda. Le comenté del miedo que me produjo. Ella dice que quizás lo soñé.

















viernes, 28 de agosto de 2015

Romina Funes



Romina Funes (CABA), Todo el paisaje a la sombra, Lamás Médula, Buenos Aires, 2015.





















 








Las chapas de la habitación
elevan mi cuerpo

a puro tajo contra las paredes
lo hacen llegar hasta arriba
y desde allí lo sueltan

el juego se repite una y otra vez
pero lo grave no es eso

lo grave es que no muero.








 




La parte visible
opaco ya el circuito
áspero
esa carne de sangre
viva      seca
esa carne sangre
brecha de mí

soy uno de esos animales
que despellejan vivos
para utilizar su piel

vos lucís el abrigo.






 






Una hoja de menta
silba el nombre que nos contiene

dentro del cubo negro
la hoja    sorda todavía de piel    crece

somos la mitad de la visión      te digo
mientras palidecen y mueren
alrededor de la maceta
aquellos que no pudieron con nosotros

muerdo tus labios y muerdo la hoja:
debajo brilla      excesiva e inmune       la raíz.








 




En la tarde de las pequeñas gotas
aprieto el racimo

¿dónde comenzó?
¿cuándo fue?
¿cómo era?

aquí     sobre mi espalda
en el punto exacto
en que la flor te arrolla con su autonomía
y nos maravilla la precariedad en el gesto
la imagen completa en un punto
mis piernas      que abren de par en par sus tejidos
y embisten a los pescadores para elogiar la noche.







































































jueves, 27 de agosto de 2015

Diego Bentivegna



Diego Bentivegna (CABA), La pura luz, Cabiria, Buenos Aires, 2015.

























De "La loca croata" 


[...]

(Al salir de Istria).


Como de las ventanas de los trenes que salían de Zágreb
en las madrugadas eslavas, que salían de Búdapest
en las noches melancólicas magiares,

como en las formaciones que partían
en las mañanas heladas de la estación de Trieste
de las cuevas de hierro de Údine o Milán,

ahora yo ya no veo
nada de ciudad desde los rieles:

solo unas tapias marrones, unos ranchos
que se fugan por el borde de la vía;
muros sin revocar,
obras en construcción, ladrillos,
montículos de arena, sacos
de cal, cemento;
óxido, carteles, autos
volcados por los que asoma el pasto
que crece entre los hierros;


una retama que se dobla con el viento,
un tallo que persiste en un paisaje
de Marte, en un desierto.

Porque están todos muertos
yo me visto de negro.
O tal vez sean ellos, mis difuntos, 
los que dejan por las noches
en mis cestos
su ropa oscura. 











Yo no tengo otra cosa que ponerme
que no sea mis polleras oscuras,
mi ropa negra.
Tengo además un pañuelo gris:
con él me cubro el pelo,

lo llevo incluso en verano,
y estoy en una aldea de Sicilia,
y estoy en los caseríos
de los Apeninos o los Prealpes
donde vivieron los hermanos,
y estoy en un pueblo polaco de judíos:

atravieso esos lugares marrones
sobre mi carromato. 











Desde el vagón veo cómo pasan
las cosas por el borde;

acaso no sean ellas, o sean sus imágenes.
No las puedo tocar, apenas puedo
verlas: el pasto amarillento,
las familias de perros,
la pelota que patean las criaturas,
el agua abandonada, el árbol
doblado, que no sé distinguir
con un nombre

-(¿un limonero?
¿un árbol de naranjas?
¿una planta de limas?)

un tronco
vencido por el peso
de su fruta o la lluvia-






un ómnibus quemado,

una iglesia evangélica, las primeras

vacas de la llanura
silenciosas y quietas, vacas sabias,

un carro con su carga tirado por caballos
entre las zanjas muertas. 








Me cubro toda de negro.
Yo no tengo otra ropa,
no tengo otro vestido.

Sólo esa ropa negra: se confunde
muy fácil con los trapos
que recojo a la tarde, en los campos baldíos,

entre las cosas que la gente tira a la basura,
lo que se junta
sin la menor piedad
en las esquinas.

Una sustancia simple, la materia
desnuda, los restos,
las cosas, los objetos. 
Me voy armando así,
con estos puros trastos






Unos cuantos minutos
de tren y se abre el campo:

un llano luminoso que en verano
es un pueblo movedizo de luciérnagas,

un plano en el que juegan los conscriptos
batallas falsas, guerras de juguete.

Campo de Mayo. Chingolo. La Tablada.

Voy en el tren y escucho
de repente el ruido de la guerra, las balas,
los cañones,
el canto de los pájaros como en Europa
en la llanura fúnebre, 
los helicópteros con su vuelo de pájaro rasante,

los chicos que descasan en la tierra.






Me visto toda de negro,
soy la loca croata;

me muevo como un zombi por el barrio.

Puedo rezar por horas,
desgranar el rosario en croata,
en griego, en italiano.

Rezo ante un Cristo
tallado con cuchillos en madera:

mi Cristo roto cubierto con un trapo.




[...]