viernes, 21 de mayo de 2021

Gabriela Schuhmacher



Gabriela Schuhmacher (Santa Fe, 1970)

Golpe de frío, Mención Honorífica Premio de Poesía de la Provincia de Santa Fe “José Pedroni” 2019, Ediciones Universidad Nacional del Litoral, 2021.










En la sombra del seto de lambertiana


mi primo es un caballo de cuero blanco 

se mueve inquieto, el rostro perdido. 

Una tarde me habló de golpe: 

no sabés lo que vi, vamos. 

Caminamos sobre el lecho de un viejo río 

desde la tranquera al bosque encantado, 

una cercana plantación de eucaliptos. 

Lo seguí como se sigue a ciegas 

algo inalcanzable. 

Cuando se dio vuelta, me detuve: 

hay secretos que deben esperar. 

Un día papá entró y nos dijo: 

Javier se accidentó, está en coma.

Nunca más caminaríamos una tarde 

sobre el lecho del viejo río, 

nunca diría lo que vio. 

Mi primo me recuerda 

cómo se sigue un misterio 

cuando todavía no sabemos 

qué nos hace correr y correr.






Campo de gladiolos


La casa se levantó en el último lote 

antes de llegar a la avenida de arena.

Para un lado estaba el pueblo,

para el otro

el campo de gladiolos, melones 

y sandías. Los quinteros, 

con un pañuelo en la cabeza 

y el torso descubierto,

tiraban detrás del alambrado 

las plantas malformadas. 

Era el momento 

de salir a embolsarlas, siempre 

alguna sobrevivía tras mezclar

la arena con abono, esa materia

oscura y húmeda del gallinero.

Un hueco, depositar el bulbo, regar

y taparlo. Simple, tan simple como

esperar que la flor abriera salmón 

o blanca, los colores más frecuentes.






Cortes de luz


Sobre los cuerpos calientes del verano

el aire tirado por los ventiladores

no alcanzaba a refrescarnos.

Nos sentábamos a esperar

que la noche pasara de la mejor manera.

Cada uno conocía a la perfección

el cuerpo del otro, nos presentíamos

en la oscuridad.

Era habitual jugar a las cartas

en el piso casi inmóviles, hablando

bajo y pausado. Siempre alguno iba

a la heladera, traía una jarra de agua

y eso era suficiente. 

Repetidas noches se cortaba la luz

y las paletas del ventilador

lentamente se detenían

dando fin a la partida.

Reclinados sobre los sillones

al borde de la pileta, mirábamos

el cielo para detectar estrellas fugaces.

La quietud del aire,

rota por un golpe de sangre

al advertir que pasaba una,

nos hacía mover la cabeza, como si

nos envolviera una de esas maravillas

de otra vida

que nos expulsa del mundo

hasta desaparecer.






Los colores del atardecer


aparecían al terminar las tareas.

El hijo de Doña María, la vendedora

de frutas y verduras, nos acompañaba

a contemplar el cielo.

Luego de una larga jornada

sobre el tractor, sus ojos

nos acercaban la luz

del corazón de las sandías partidas, del jugo

de los melones ablandados por las lluvias.

Antes de sentarse con nosotros

se bañaba solo y al salir de la pileta

cruzaba los brazos tiritando de frío.

Su rostro abría un éxtasis lejano

que nos dejaba desnudos, uno al lado del otro,

en el vacío de la tarde.






A la hora de la cena


Cuando niña, los perros de las casas

seguían mis recolecciones

de frutos silvestres y luego se esfumaban.

Sentada sobre algún tronco caído, desgarbada

y flaca como era, no había hombres

que sospecharan mi presencia. Inadvertida,

preservada por la noche, miraba las estrellas

y elegía una. Con la palma abierta

la tapaba y seguía con otra,

nada perturbaba la regla del cielo:

lo oculto brilla a años luz.

Convencida, de regreso a casa,

como los guardianes de los pobladores,

me acercaba a comer.

Diferenciarse en la oscuridad

es el trabajo de una vida.






Golpe de frío


La muerte pasa cerca

si sentís un raro escalofrío

que te atraviesa el cuerpo,

dijo Doña María mientras

ofrecía los lotes de verduras

al borde de la ruta. Le creímos,

cómo no hacerlo, esa sensación

aparecía seguido. Nos gustó

pensar que hablaba de su hija

muerta de pequeña.

Sobre un tablón, acomodaba

frutas o atados de acelga

como cosas queridas.

Alejados de la realidad

otras muertes pasaron cerca

con aroma a arena de río.

La mano extendida

de Doña María nos invitó

a volver del breve estupor

con un gajo de mandarina:

prueben, no se las pueden perder.






Paltas tucumanas


Mamá contaba que un amigo del norte 

traía paltas de regalo, que ella 

les sacaba el corazón redondo y duro

para ponerlos en almácigos. 

Daba gusto ver los brotes vigorosos,

traspasarlos al suelo 

con tutores y pensar cómo 

sería el camino de ingreso

una vez crecidos.

Con Javier la ayudábamos

en cada plantación. 

Al caer la tarde, cada uno se preguntaba 

por el corazón enterrado, 

por el conocimiento vegetal 

que rompe la oscuridad 

hacia la luz.

Al pie de la cama, agradecíamos 

tener a mamá en la noche,

era la única capaz de escarbar 

corazones dormidos, 

lograr que volvieran confiados

a la blandura de la vida.






Nunca leímos a Pavese


Atraídos, cuando avanzaba la noche,

nos sentábamos bajo el sauce

a respirar aire fresco

sin querer saber nada más.

Era gratificante

sentir la fatiga del cuerpo

mientras esperábamos

el inevitable paso de las horas.

Nos recorría la sensación

del roce de la arena en las manos,

de las miradas esquivas bajo el sol.

Nos volvimos fuertes en lo oscuro.

Si se tiene una verdad hay que leerla

en el brillo de los ojos.

Cada uno tenía una verdad. Ninguna

otra cosa aterroriza de ese modo:

estar cerca apacigua

un dolor que no se puede mostrar.





Referencias


En la sombra del seto de lambertiana / "Los mares del sur"

Cortes de luz / “Verano”

Los colores del atardecer / “Revelación”

A la hora de la cena / "Agonía"

Nunca leímos a Pavese / "El instinto", "Atavismo"

Los poemas que aparecen entre comillas pertenecen al libro Trabajar cansa, de Cesare Pavese, en Trabajar cansa / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, traducción de Jorge Aulicino, Griselda García Editora/Cartografías/Ediciones del Dock, 2018.

























 










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