miércoles, 23 de noviembre de 2016

César Cantoni



César Cantoni (La Plata, Buenos Aires), Un arte invisible, Libros de la talita dorada, City Bell, 2016.























Retrato a lápiz

Cuando el artista J. R. Butin me retrató a la edad de siete años,
no imaginó, seguramente, que se me caería el cabello,
tampoco que sería poeta –título discutible–
y mucho menos que, luego de cinco décadas y media,
su dibujo continuaría colgado en una pared de mi escritorio,
como si el niño lleno de ilusiones
no quisiera abandonar al hombre de hoy.












Familia tipo con perro

En la foto estamos papá, mamá, mi hermana,
el perro de la casa y yo.
Papá está serio, como siempre,
mamá está linda, como siempre,
mi hermana está asida al brazo de mamá,
el perro está absorto
y yo estoy más rígido que un soldado,
pendiente de la cámara.
Papá y mamá salieron de foco hace bastante,
mi hermana se jubiló,
al perro lo mató un tranvía
y yo, momentáneamente,
me aferro a esta foto que encontré entre otras,
plena de reminiscencias
y tan implacable como el tiempo.












El mayor problema del hombre

El mayor problema del hombre
no es el analfabetismo sino la cultura:
las hormigas son analfabetas, pero tienen sabiduría;
el hombre suma conocimientos,
pero aún no ha logrado entender nada.












Los caminos de la vida

Buda transitó el Noble Camino,
Lao-Tsé eligió seguir el Sendero,
Cristo tomó la ruta del Calvario,
yo, menos proclive a dogmas y vía crucis,
ando y desando una calle periférica
cuya única verdad son los grafitis.  
 








































martes, 22 de noviembre de 2016

Teresa Orbegoso


Teresa Orbegoso (Lima, Perú/ CABA), Perú, Buenos Aires Poetry, Buenos Aires, 2016.




























En el ala petrificada del pelícano: José Watanabe. Reverberación 
sin tiempo, escribe en el músico, la voz de  la estera. Tierra, 
vibráfono. En el batán de lo deforme, José muele el sonido. El 
espíritu de César Calvo tiene tres dedos cortados y sopla una 
antara en el vacío. La armonía no está en el compositor. En él, 
rabia, frustración y lo que no hizo. Un yute rojo y azulado.  Sus 
ojos no saben ver  de cerca.  La mala comida del salvaje lo ha 
alimentado y el hueso de día, de tarde, de noche. Pinos, hielo, un 
lago. El vals libre del viento habla del frío, de la muerte de José 
Watanabe. Las gaviotas sobrevuelan, cantan, se despiden de la 
mano pequeña. Nadie lo sabe, pero José está en lamontaña.

















Tutrompo,padre,girabafrenteatodaslascosasquenopudieron. 
Nuestracasayanoeranuestracasa.Otrosvivíanallí,conlaspuertas   y 
ventanas abiertas. Las habitacionesiluminadas.














Entre la neblina, Blanca, esparce la arena inextinguible de Puerto 
Supe, partitura sumergida. Mis pies le temen a las frías aguas de 
su mar. Aprender a nadar a los cinco, a los cincuenta y la brisa 
congela el paso. Un color ignoto entre dos edades. La luz que 
danza sobre las cuerdas rotas del piano. Unos restos que 
golpean el cuerpo de Blanca ya vencidoporlaruina.
Aprenderacorrer,areíralossetenta, a los noventa. Una puerta 
enterrada y ella contándonos delbarro.




















Nosotrosnosveíamoscomoniñosdecincooseisaños,peleandoporun 
pedazodepan.Otraeralamadrequenoshabíallamadoalamesay 
otrossushijos.Elplatovacío:¿quécomíanenrealidad?

























Durante siete días Arguedas camina de espaldas al Sinakara,
llevaveintekilosdehielosobreloshombros.Va a su pacarina, como 
si fuera la verdad. Apu, dice. Apu     y lo nombra. Apu, se 
arrodilla y reza. La montaña está adentro como una caverna, 
silenciosa y llena. No hay temor, sólo encuentro en la 
desaparición. No hay ofrenda, sólo espíritu. La No Muerte ha 
venido a contarle del niño blanco que se perdió, del niño que se 
transformó en agua, estrella, vegetación. La No Muerte se ha 
despedido, le ha entregado una retama de cuatro colores. 
Arguedas sonríe, ha visto correr entre las ruinas alniño.


















Mishermanoscomenzaronaentrarunoaunoenmí.Susropashú- 
medasolíanaflores,averanosenCarhuazysusvocesencorome 
hacíandébil.
































lunes, 21 de noviembre de 2016

Juana Roggero



Juana Roggero (Buenos Aires), Morir delante de papá y mamá, Viajero insomne, Buenos Aires, 2016.






















navidad

le dije papá frená el auto
me había invadido una plaga de insectos
todo mi cuerpo estaba lleno de bichos
y de serpientes
y de lombrices
me estaba muriendo lo sabía
sabía que cuando terminara el festejo
me iba a morir
no podía respirar y respiraba
mi cuerpo era una cárcel
y yo seguía lúcida
y sabía que me iba
delante de papá y mamá
ahí al lado de la ruta
pasaban autos con alegría navideña
lucecitas de colores
yo me atragantaba
mis brazos
estaban comidos por animales
no podía tocar a mamá no dejaba
que me acariciara ni que me abrazara
no podía
tenía que irme y era urgente
que llamaran a una ambulancia
quería irme en ambulancia sí
el auto parado en medio de la ruta
la noche de navidad
no me salía el vómito
me ahogaba
mis órganos estaban rotos
mi sangre se iba apagando
me iba a morir y era hermoso
que fuera así y a la vista
de papá y mamá
y sin dejar que me tocaran que me hablaran
sin dejar
de respirar
tan lúcida













el cachetazo llega justo a tiempo

para corregirme
de mis excesos
de mi desmedido amor al sol
de haber deseado
tanto en esta vida
el cachetazo es exacto
se clava en el medio del rostro
y me corrige
de haberme permitido
soñar con un viento de lobos
sonreírle al mar cuando atardece
qué precisión de golpe
la sangre se desparrama hermosa
por la mejilla por la nariz
puedo oler la arena sucia
sé que no es justo bailar
cada noche con los animales
la mirada queda consumida
y ausente para siempre
la piel se rompe
en línea recta al cachetazo
tan firme y perfecto












otra vez me volví un caballo

muerto de hambre
con las crines desordenadas
había creído que esta vez
había creído que
había creído
y esa otra vez entonces
la de siempre
mi devenir caballo chorreado
de hilos de sangre baba de alcohólico
“alguna sonrisa materna
que me acomode por favor”
el pelo rabioso y lleno
de preguntas otra vez
haber creído en
enterrar lo que está enterrado
muerta de hambre
de amores que nunca brillan
de amores
que se mueren
de necesidad












visita

hoy papá me preguntó
qué tal van las cosas
en mi relación
me vino a visitar al mediodía
trajo todas esas carpetas
con las que anda en la semana
se tomó su café con cigarrillo obligado
y volvió a reírse
de que no compro leche
siempre me pregunta
quién me metió eso en la cabeza
siempre cree que otros
me meten cosas en la cabeza
compraría leche solo para papá
aunque se me pudriera cada semana
pienso
pero no complacerlo en este detalle
me libera un poco
entonces mira mis cosas
abre mi heladera por pura curiosidad
y hablamos de mis mareos
de mi extrema sensibilidad
me escucho hablarle del inconsciente
de cómo eso maneja todo nuestro cuerpo
y me siento un poco tonta
pero él escucha
y yo lo miro
y no quiero hablarle de mi relación
es como si eso
nos pusiera a mil kilómetros
quiero hablar de cosas que él pueda admirar
le muestro mi libro
le hablo del viaje que se viene
quiero saber qué lugares visitó él
quiero haber viajado con él
creo que nunca sé del todo
cuánto le interesan mis relatos
o cuánto le intereso yo
y así como de la nada
mientras se levanta para irse
ahí me lanza la pregunta sobre mi relación
no nos miramos
le digo bastante bien mientras ordeno algo
y no sé si quiero que se alegre
hablar de mi relación
es meter a un intruso entre nosotros
porque me vino a visitar y somos solo él y yo
me aconseja que no peleemos en el viaje
no no ya lo hablamos le digo
y ya se está yendo
y me invade una angustia desmedida
fue tan breve y amable nuestro rato
que no quisiera soltarlo
y me quedo en casa
pensando por qué me deja sola
con todo esto


























domingo, 20 de noviembre de 2016

Gabby de Cicco


Gabby De Cicco (Rosario, Santa Fe), La tierra de los mil caballos, Baltasara Editora, Rosario, 2016.































Todo pasó como una película
mientras caía en picada sin red
era mi vida en blanco y negro
sin seguridad  hacia abajo
allí
caía:

Los papeles trastocados
El aliento trastocado
El alma transfigurada en la caída

abajo muy abajo espera el círculo final
El círculo sin nombre             abajo
me esperan      la película el desierto
la búsqueda la partida de ajedrez nunca jugada
la maja desnuda la caída         anunciada
el crimen la vejez el desamor abajo
abajo tan abajo me espera
la visión de la caída
sin red sin ataduras
sin estación de trenes
caída desfigurada vacía
en el décimo círculo               me espera

















«Rodar en las heridas, por el aire
fatigoso y el mar…»

Rimbaud

I

Contar los desaires como caballos,
y olvidar lo certero de la plenitud.

Este olvido
es como fisuras en el pan.
Una tarea que cansa.

Ella me llama. La voz percute
como un piano insomne.

Es lo tóxico de la libertad.

II

Un perfume sin sonidos persiste
en la memoria.

Por la noche, esta luna que oscurece, es roja.

La decencia de callarse: ¿para qué?
«Usá las palabras, sin miedo» me dice Kerouac.