jueves, 30 de marzo de 2017

Gisela Galimi



Gisela Galimi (Lobos, Buenos Aires/CABA), Flamenquitos y otros poemas, Textos intrusos, Buenos Aires, 2017.
























Seguirillas -por martinetes-


La letanía del cante
se mezcla en mi cabeza
con el golpe del martillo
sobre el yunque.
Cuevita mi alma,
minero tu destino.
La sangre, el dolor
y el clavo pegando
-prolijito-
En compás de siempre
tu recuerdo.












Bamberas

Columpia en sí y no
la respuesta
taco punta
taco punto.
Bambera que mece
columpia en los párpados
la respuesta.
Doble columpio.
Y la pregunta
de nogal,
de fruto
dura por fuera, blanda por dentro,
aún no ha sido lanzada.
Columpia en sí y no
la respuesta.












Leyenda de la creación

                                                        Huelo el jazmín y no las rosas
                                                                                                         Avedis Hadjian


En el paraíso no había rosas,
su esencia de pétalo en tallo de espinas
no era posible.
Eva disfrutaba el olor del jazmín
pero algo faltaba
en su cuerpo
de fruto.
Adán se animó a morder el dolor.
Entonces Dios supo
que habían
crecido. Y les dio
la rosa.




lunes, 27 de marzo de 2017

Santiago Sylvester



Santiago Sylvester (Salta), El que vuelve a ver, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2016.















                                                                (necesidad de lo previsible)


Hoy llueve y mañana
lloverá: lo dice la televisión, y lo bueno de este mundo es
      que sea previsible
para que ocurra lo imprevisto: cómo reconoceríamos lo
      prodigioso sin el telón de fondo de lo habitual: lo que
      llega de golpe
sin la lectura del diario ante una taza de café
qué sería de lo no dicho, de lo que nunca se dirá
sin la sabiduría que se atribuye al que calla: el misterio del
      solitario sin lo intrincado de la multitud:
qué sería del suceso
si no pudiéramos verlo.

                                        La necesidad de perfección
y la necesidad de usarla: sentimientos antiguos, tal vez un
      poco inactuales:
en ellos caben palabras, deseos, pensamientos:
el vértigo de saber que algo ocurrirá,
y gracias a lo previsible
no sabemos qué.












                (según Pascal, la mayoría de los males vienen al hombre 
                                                     por no saber quedarse en su casa)


Hay muchas razones para no salir de casa:
cómo saber qué quiero hacer
con todas las opciones que nos rodean:
no es que no prefiera alguna,
hablo de saber si hay una en mí.

No voy a hacer lo que no quiero hacer
ni voy a hacer lo que no tengo que hacer: el resultado no es
       el mismo si el motivo cambia:
no es le mismo color
si el blanco es por carencia
o por abundancia: no es lo mismo
escalón que desnivel:
pobreza que austeridad: es casi lo contrario:
y hablando caro
no quiero tomar sol
ni tomar sombra:
no quiero estar aquí
y mucho menos no estar:
no quiero mojarme
pero menos estar seco: tengo motivos para todo eso.

Lo verdaderamente difícil no es ganar o perder, tener
o no tener razón,
sino hacer propio un argumento
considerando todos los que andan sueltos por ahí.













                                                                (insistencia de Pitágoras)


Según la teoría pitagórica
hasta el silencio es sonido y música:
no lo advertimos por la continuidad: carece de intervalos:
     el mundo como es: siempre llueve, siempre
sale el sol,
siempre hay viento, carencia, bienestar: siempre
hay muerte y vida y otra vez: así
hasta que cante el gallo
y después se calle, y amanezca.

                                                     De pronto
alguien lo advierte
y empieza la cuenta de nuevo: recomienzan el murmullo, la
    vociferación:
el tributo sinfónico de la disonancia, hasta que de tanto
    recomenzar
tiene otra vez razón Pitágoras: todo es continuidad
y entonces ya no se oye
ni se ve;
hasta que alguien vea de nuevo.












                                      (a qué hora exacta fue escrito este poema)


Una dosis de inexactitud parece necesaria:
en el ladrido del perro, en la lluvia, en la cebolla del caldo,
      en el cuidador del parque.
No todo tiene importancia o justificación: hay alivio
en que algo tenga que fallar.

Un balazo puede ser exacto si mata;
un pedazo de carne, si calma el hambre;
pero hay demasiada cosa inexacta como para ponderarlo: la
     estadística apuesta a lo impreciso:
cuándo ocurrió el nacimiento, el tornado, la salida del tren,
     la muerte del anciano.

Que no haya prisa ni tardanza, ¿es exactitud? ¿que el
     desenlace sea cuando tiene que llegar?

Pura falacia.
Inexacto el tiempo, la distancia, el fenómeno meteorológico:
     lo que llega
actúa y sigue
con la única necesidad de suceder.



















domingo, 19 de marzo de 2017

Paula Yende


Foto tomada de la página Bitácora de vuelo.
Paula Yende (Junín, Buenos Aires/Bariloche, Río Negro), En Antología Poesía llantodemudo 1995/2005 – 20 Años, Llantodemudo, Córdoba, 2015.


















ahora que he vuelto
a cerrar
paquetes
a cortar
con tijera
lo que sobra

ahora que sé que no sé aún lo suficiente

puedo irme a la cama
satisfecha de lo que he aprendido


la fórmula del acaso.












lunes

en copenhague es el año de las flores
en brasil todo el año es carnaval
en algún lugar del planeta

será este lunes

spudnik, mi amor

toda la life es un satélite

solo quisiera mirarte a los ojos
y besarte
en el más austero silencio

es lunes, sí.












sabes

que el día está listo
la luna siempre gana
aunque te tumbes a la bartola
o trabajes para el amo invisible

detrás de las paredes
la tv ataca
aunque hables de alguna belleza
o digas dos o tres pavadas
para salvar una sonrisa

ya sabes
la gente consume infiernos
o el infierno
nos consume

a todxs
nos trata la realidad
detrás del mostrador.
































sábado, 18 de marzo de 2017

Germán Arens


Germán Arens (Bahía Blanca, Buenos Aires), ¡Oh, qué lugar más bello!, Barnacle, Buenos Aires, 2017.

























Olvidada  la información genética de la primera 
célula
damos vueltas, vueltas y vueltas; sin recordar que no 
hay en las palabras un nombre que nos distinga.















Afuera llueve. En alguno de sus cuerpos, mi viejo sillón amarillo sufre la ausencia de quienes no vienen. Bajo el techo se refugian tres mosquitos. Uno parece una pequeña piedra de coral. Alguien me dijo que tienen cuarenta y siete dientes y son las hembras las que pican. Antes de dormir debo matarlos. Siempre es de noche cuando  percibimos los cambios que  impone el presente. Sin embargo, a pesar de no ser un momento apropiado para manifestar inteligencia, me observo con bastante indiferencia en una situación que pocos soportarían.












A nosotros los años nos entran por una oreja 
y se nos van por la otra; somos los eternos.

Acuérdense de Fabián, cuando dijo que 
el gran problema de muchos era soñar demasiado  
antes de responsabilizarse por algo.

Escuchémonos, estamos al borde de algo,
no hay más que locura en cada palabra que decimos.
Si perteneciéramos a una tribu, se equivocarían
al nombrarnos como a una de las más agresivas.
El hecho de que muchas veces tardemos 
en ponernos de acuerdo no significa nada:
Mirá si serán bravos que vienen peleando entre ellos, 
dirán las demás.
















El tren se detuvo a las tres de la mañana. Nos pusimos las escafandras y subimos a un vagón de clase turista. Un guarda simuló no vernos y se metió en el baño. Un niño rubio despertó a su madre. En el portaequipajes dormían tres hombres jóvenes. Les ordené abrir los ojos, uno de ellos estaba desdentado. A través de al-gunas ventanas semiabiertas se podía ver el mar. A esas horas el agua parece aceite. Le pedí a mi compañero que registre a todos los pasajeros. Prendí un cigarrillo. Me dirigía hacia la puerta opuesta cuando mi pie derecho tropezó con algo. De inmediato alguien apartó una mochila de mi camino. Ella tenía el pelo rojo y unos ojos dignos de ser idealizados (El amor no es más que un proceso de selección de pareja). Le dije que no le haría daño, que rastreábamos alienígenas, que todos los pasajeros estaban sospechados. Le pedí que levantara su brazo izquierdo. La temperatura media de los invasores está cinco grados por debajo de la nuestra. En el interior de su bolso, además de ropa  llevaba una pistola.



































lunes, 13 de marzo de 2017

Valeria Tentoni



Valeria Tentoni (Bahía Blanca, Buenos Aires), Antitierra, Ediciones Neutrinos, Rosario, 2016.























SI TUVIESE QUE ELEGIR UNO
entre todos los héroes
mi héroe sería Leonardo Da Vinci.

Dicen que inventó la polea, el tenedor
y hasta una máquina de hacer fideos
que hoy se parecería un poco a la pastalinda
que mi abuela paterna abandonó hace años
y cambió
por las pastas frescas al vacío
que venden en la Cooperativa Obrera.

Dicen, también, que andaba
de acá para allá
sólo con dos cosas a cuestas:

esa máquina
y su Mona Lisa,
aunque una amiga
que fue a Europa me dijo
que la Mona Lisa es una mierda, al final.

Da Vinci inventó, además, la servilleta
(dicen)
y antes de ese invento
se limpiaban las manos con conejos blancos
vivos
atados a las patas de las sillas.

También me dijeron
que mucho de lo que circula
de acá para allá
sobre Da Vinci
es mentira.

Pero a mí me gusta creerlo todo.

O que la exactitud
es una versión más
entre todas las posibles
de un hecho.












UN CORAZÓN ITALIANO COMO EL MÍO
no puede menos que servir
en el plato
mucho más de lo que se puede comer
sin empacharse.

Ahora estás mirando ese plato
de frente
con los cubiertos limpios
sobre una servilleta blanca.












LE PREGUNTO CUÁNTO ME QUIERE
y le pido que lo cuente en kilos de alfalfa, en jaulas de
leones, en latas de duraznos en almíbar.

La cantidad es una trituradora de oficina
que convierte a las palabras
en cintas de papel
en las que ya no puede leerse nada
de lo que se dijo antes
como si fuera cierto.












MI CORAZÓN ES UN CINE CONTINUADO
en el que alguien se masturba
en la oscuridad de la última fila.
Un lugar al que nadie entra
sin algo para esconder
y algo para confesar.
Mi torpe y astuto y víctima y cerebral
corazón
tan angurriento
como la pollera que abría de chica
bajo las piñatas
para llevarme más caramelos que el resto.
Es un aula de colegio católico vacía
después de clases, el sol que entra
y fulgura ese vacío
y se impone y luego se retira,
y devuelve los pupitres a lo oscuro.
Todos los libros que presté
y nunca me devolvieron.
Mi corazón es una máquina de expectativas
que se atasca de noche. Un soldado que vuelve a casa
después de equivocar los himnos.
El movimiento que se reserva
una bicicleta quieta.
Y la posibilidad, ese límite granulado
que lo recibe.
También es
quien me acuna y quien me ahorca,
y quienes me relevan
del trabajo del amor
hacia los otros.
Ahora te muestro este corazón redondo
y te lo ofrezco
a pesar de su forma.