martes, 18 de abril de 2017

Marcos Silber


Marcos Silber (CABA), MercadoNegro, El Mono Armado, Buenos Aires, 2017. 
























Pared por medio

Nebulosa la hablería de una Ella y un Él.
El tono: en clave de rutina hogareña.
Una que otra nota se evapora, no llega.
Luego, silencio y los pasos
camino al recinto soñador
según la rutina de la práctica de uso.
Se supo, el ángel del deseo llamó.
No hubo respuesta y continuó su ruta.
Después, cada uno tomó para sí al otro
según la rutinaria práctica de uso también.
Flota en el aire una sonrisa triunfal,
primitiva, de caverna.
Qué pena -digo para mí- el amor, la hazaña
más rica y viva de la misma vida
no fue invitada y -lo mismo- siguió camino sin más.
Y bueno, el añejo que esto cuenta se dice:
fatal la mudez que se puso y se quedó.
Y se dice también: imperdonable
el amor no atrapado no atendido.
Pobre la tontita esa una Ella.
Pobre el tontito ese uno El.  












Naipes


"Remedio para melancólicos"
R. Bradbury


El juego: construir casitas.
Con las cartas. Y sumar en altura
contra la bruja "ley de gravedad"
hasta la sonrisa victoriosa.
El juego: soplarle a la fiesta del derrumbe.
Pero (aquí el pero)
ningún vendaval pudo con las casitas
levantadas con marejada de cemento jovial,
ese, mezcla de nene y esperanza.













Mariposa


Entre los quiebres de mi propio 2x4
apunto: no te cuidé, y te perdí.


Es una mariposa; negra.
Madre o abuela; robusta ella.
Llega y con la voz de la perdida
me habla al oído: "no me cuidaste, dice,
miraste para otro lado, el único,
el de la santa palabra, tu amada inmortal".
El suceso no fue probable, fue.
En cierta ocasión, llorosa, la que perdí
me contó cosas en clave de angustia, y yo
-recuerdo- anclado en la elección de un sustantivo,
nada le tomé, nada.
En otra, llegó hasta mí, exultante,
mensajera de algo bueno, dichoso;
total que yo, cabeza y corazón ocupados,
lidiando con un rebelde remate de verso,
nada le tomé, nada.
Al cabo o mientras el día a día
con marcha a paso redoblado
y con un tiempo fuera del llamado tiempo,
la negra butterflay, intrusa mariposa fiscal, llega
y con la voz de la que perdí
me habla al oído: "no me cuidaste, dice".
Es noche, con silencio de mudo desierto.
La visitante voladora se aleja y retorna
para llegar cerquita, muy, y volver a repetirme:
"no cuidaste de mí". 



















sábado, 15 de abril de 2017

Santiago Alassia


Santiago Alassia (Rafaela, Santa Fe), Hueco en el mundo, Baltasara, Rosario, 2015.


















El tío

No soy un niño, me doy mi propio cáncer.

Calmo encendí esta noche un fuego que perdura,
me cuida como a un pobre: con distante claridad.

Habito los fondos de la casa,
es éste un verdadero hogar del apartado.

Van horas ya en que el fuego trepa
a través del aire imprescindible.

Hago de hogar, hago de hacer hogar.

Es leve este fuego que perdura, es un fueguito. 
La poca hierba cercana empieza a marchitarse.

Ya no soy un niño, me doy mi propio cáncer.

La tierra se ha largado a una deriva silenciosa:
cualquier espacio que imagino es un potrero blanco
lejano como una herida incalculable.
Si apareciese un rayo, una tormenta,
la frente de mi hermano dormido en el ombú
con las arañas, si apareciese, pero no:
parece que esta noche el azar es arbitrario.

Aquí, sobre los fondos anchos de la casa,
ya no canto, espero un brote nuevo,
una verdad que me tenga apaciguado.
Como una torre de palabras espera a su viajero,
su fiel que la desea y que la busca.

El fuego trepa, yo lo escucho. Su pasión
no alcanza a llenar la blancura aparecida.

Ahora, desde lo alto de los cerros un hombre me señala.
Pero aquí fue siempre tan llano que nunca ha habido cerros
y nadie puede ver cerros con este barro
que se pega a la cara, que no se va de los ojos.
Hay, sí, un cargado ruido a grillos que no callan:
algo andarán pidiendo.
Y la huella escarpada que dejaron los caballos
en su estampida, los trabajos inconclusos,
más allá el pastizal donde anidaban las culebras,
y las tierras que el amor no visitó.

El fuego alumbra lo que mis ojos ven, lo que no hay:
una materia toda igual de cosas que se diluyen.
Así también con los recuerdos, su atroz puntualidad:
desaparecen.

Todo lo que traje son ramitas, cuadernos
donde he soñado que alegres marionetas me abrazaban
en el centro de una isla inalcanzable.

Atizo el fuego. Si por quebrar una ramita muevo el aire,
muevo en el asombro un orden diferente:
el que me trae la paz, el necesario.

No muy lejos de aquí, hacia la chacra,
¿era yo quien jugaba envuelto con el aire
entre las hierbas, o era simplemente la tenaz
ilusión de unos padres ya maduros?

Salvia, tomillo,
mi madre fue duquesa y mi padre changarín,
no pordiosero: changarín. Sabía
el arte de andar improvisando con el mundo.

Tachos, carretas,
la infancia es una madre que abandona.

¿Dije que es de noche y al paisaje
lo filtran la penuria, sus trapos, sus caricias?

Es mala esta llanura, no tengo explicación.

Ahora, lo que en mis ojos hay: toda esa gente
metida hasta el cabello en una zanja
buscando hinojo, sin prisa, como con fiebre.
Un leñador hombrudo levanta unas raíces:
tiene grietas en las manos, ríos secos.
Luego se aparta y se echa a masticar.

Termina este fuego lentamente, ya se apaga.

Llamo dolor a la elocuencia de pastar
sobre los charcos eventuales de la noche,
a tientas ver ahí lo que dibujan.

No soy un niño, pienso, me doy mi propio cáncer.
El otro como desierto planta mi soledad.
















I

Llega un día en que se apaga todo ruido del afuera. Ese día
no es grande ni solemne. No hay misterio. Se instala
como un pájaro tranquilo que pudiera bostezar
parado en una rama, después del vuelo diario.
Hay algo más: en la negrura de la noche
una hormiga sale de entre los escombros y cruza el piso irregular. Va rápido,
su marcha es segura aunque cada tanto parece otear el panorama, y entonces
cambia de dirección. Hasta que llega a un punto en que se paraliza. Y allí se queda,
no muerta pero inmóvil, se diría que por siempre. Un punto como cualquiera.
A partir de ese momento no hay rama ni relato que soporte, nadie habla,
no hay bostezo del pájaro ni almohada que usáramos de niños,
no hay recuerdo de rápidas patitas ni las ganas de correr buscando un haz de luz.
Lo que hay es sólo el punto abstracto,
el punto imbécil del espacio en que la hormiga se detuvo.


























viernes, 14 de abril de 2017

Gerardo Curiá



Gerardo Curiá (San Pedro, Buenos Aires/CABA), Pescador, Ediciones la mariposa y la iguana, Buenos Aires, 2016.


























                                                                    Dulce pez luminoso en la noche oscura de mi alma, dulce                                                                                                                                   pez luminoso en el agua oscura de mis días inútiles.
                                                                                                                   Raúl Gustavo Aguirre


Un pez más íntimo
que la trama de luz

habita apenas
                     el ojo

en los latidos
          del párpado del pescador

                                               En el iris
                                               la noche
                                               es un impulso vago
                                               oscilatorio

                                               una tajada oscura
                                               borde brevísimo

                                               escisión aguda y deslumbrante

                                               vestido de una sola mirada
                                               el pescador abre
                                               una tempestad en el ojo

Y el pez
          brinca

atraviesa una sombra
en el torrente de aire
          de la habitación
y ya no existe

el pez
una mueca
en la negación de su inocencia

          herida abierta
en los ojos












                                                                     Modelando la arcilla se hacen vasijas
                                                        pero es su espacio vacío el que las hace útiles.
                                                                                                                  Lao Tse      

 Camina el silencio de la habitación

la trama de la luz
la oscuridad
y el aire
urden el espacio
que trabaja la forma

las cosas existen en su propia distancia



                              Hay un vacío necesario en la materia

                              donde no es
                              se hace posible
                              y se alcanza su sentido


Hilos de una red
donde el caudal es inasible
allí
donde se pierde
permanece

                                   toma sus aparejos de pescador

                                   la senda de sus huellas
                                   y el rocío












                                                                              Aquí, ser visible es ser blanco,
                                                              es ser de blanco sólido, el cumplimiento
                                                                        de un extremista en un ejercicio...
                                                                                                   Wallace Stevens


Las líneas se vacían

en un cielo blanco
toda la distancia

sobre el equilibrio del agua
solamente blanco

no hay huellas

oscilación
apenas
oscilación

                                 El cuerpo es proporción en el sentido
                                 indicio del paisaje

                                 música de los peces
                                 en los huesos del pescador

Tiende la red
hacia el limo húmedo y sin forma
vislumbra
los signos
                  de su presa
que es una
                  y es innumerable


asume
las velocidades del espacio


                                        Desde la más remota inminencia
                                        sentado en su bote
                                        espera
                                        y el Paraná
                                                           ola sobre ola
                                        de viento frío
                                        salpica a lo largo y a lo ancho
                                                           levanta el horizonte
                                                           curva
                                                           otra forma del mundo

                                        el río es el mismo

El agua es silencio
resiste y desafía
al filo de la luz

                    lo irreal
                    sueña lo real

la canoa está quieta en la corriente
la distancia se mueve

                               Húmedo perfume de camalotes
                               la respiración y el paisaje se unen

                                                    pureza inmóvil
                                                    ni siquiera
                                                    el temblor de la advertencia

de pronto el cuerpo
carece de cuerpo

el azul de la mañana lo atraviesa






















   



jueves, 13 de abril de 2017

Valeria Pariso


Valeria Pariso (Muñiz, Buenos Aires), Triza, De todos los mares, Capilla del Monte, 2017.




















1

Ese viento que te tocó la cara
¿cae?
¿Cae y vuelve a subir?
¿Con qué piedras golpea,
con qué historia?
Ese viento que ahora mismo
mueve una flor frente a tus ojos,
ese viento, digo,
qué se lleva
y qué te deja puesto
que no sepas.












5

A ver, quién nos indica
qué hacer con cierto tipo de esperanza,
cómo quitarla,
con qué ácido quemar los brotes nuevos,
cómo envolver los cortes de las ramas
para que la memoria no crepite
ni despunte un gesto o salga un pájaro.
Algo que nos funcione
de una manera atroz, definitiva.
Algo que fugue
de cualquier error de cálculo o misterio.
Como si la esperanza no existiera.
Como si haber amado fuera poco.
Como si Dios hubiese abandonado
una iglesia completa
o una cuna.












6

¿De qué ternura guarda tu memoria
la fiesta del silencio?
Todo tu cuerpo contra el muro y nada:
no se rompe, no se cae.

Otra vez, por vigésima vez:
todo tu cuerpo contra el muro y nada:
no hay derrumbe.

Se acaba el mundo, el muro sigue ahí,
tu cuerpo sigue ahí, y en tu silencio
seguís abrazado a algo pequeñito,
que sonríe.












13

Mientras desayuno
una libélula se pierde
y entra en la habitación.
La miro: está sobre la lámpara
que permanece apagada
desde anoche.

¿Qué destino insiste
 en los cuerpos
 que alguna vez
 tuvieron luz?













24

He arrojado todo al precipicio.
Ningún orden es posible ahora, dije.
¿Cuánto pasó desde entonces?
No lo sé.
No tengo seguridad del tiempo
desde que cayeron los números.
Parecían piedras tiradas al vacío.
Lo hice más de una vez:
me paré sobre el filo,
miré el fondo,
y tiré todo con los ojos cerrados.
Me impresiona lo que pasa con la ausencia:
cae inmensa como un cóndor,
no hace ruido,
se mezcla con el viento,
y una vez que toca el suelo,
vuelve.


























martes, 11 de abril de 2017

David Wapner


David Wapner (Buenos Aires/Arad, Israel), Pozo (canciones para perros), Editorial Maravilla, Villa Ventana, 2017.


















1
Pozo.
Mi hermano.
Gran chueco.
Gran trompa.
Cuero con cazpa.
Cuero con coztras.
Pozo: ¡petiiizo!
Animal que me zelebra:
¡Qué lindo!
¡Qué lindo, eh!




5
Pozito, bazuro, yo dormía laztimado en un hueso y voz eztabaz guardián
de mi olor. Muy bueno y lindo dezpertar verte orejaz atraz, cola plumero
bailaba. Y otro hermano mareado dolido del bocho y Pozito allí lamía la
zien. Y otro hermano mareado con perro que olía a zuz piez. ¿Quién noz
ama, dezmembradoz y fatalez? ¿Qué paza Pozito eh?




9
Vos que estás en el sofá, atorranteiro, soñás con qué bife manjar de
perritos. ¡Palmaditas, palmaditas! Comida: ¡buf buf! Dormí mío dogo.
Soñá con buen pis. ¡Arbolito! ¿No soñás con perrita? Perra blanca
olorosa. ¡Huela! ¡Rico! ¡Animo, ánimo!





10
Qué bello Pozo joven, tánto pelo dorado. Cuanta oreja de murciélago.
Maravilla de salto y amague. Pavor de triturahuezoz. Qué flecha y veloz
en busca de indizios. ¿Qué miraz? ¿Qué paza Pozo? ¿Qué Pozo paza?
¿Eztá el pozo que ez el Pozo? ¿Qué puzo? ¿O ez el Pozo del pozo que
pozo pezas? Creo que pozo ni paza y piza la foza. ¿Eh, Pozo? ¿Qué paza
Pozo? ¿Qué Pozo paza?




18
Este era cachorro que lo iban a dejar.
¡Hay un dueño con casa y comida!
Te ibas sin mí.
El río, Pozo, el río.
Nosotros lo atravesamos.





Buenos Aires, 1992-1993