Algo de la poesía publicada recientemente en la Argentina.
viernes, 23 de junio de 2017
Rafael Felipe Oteriño
Rafael Felipe Oteriño (La Plata, Buenos Aires), Viento extranjero, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014.
Todos, alguna vez, estuvimos en el Paraíso
El que observó a medianoche la espuma blanca del cielo,
el que oyó un galope prolongado en la estepa de la mañana,
los que presintieron la lluvia y se refugiaron en ella,
el pescador que aguarda el próximo pez que prenderá esa tarde,
el que recuerda el olor a café detrás de una puerta que no existe,
quien siente en la boca la primera palabra de un verso:
todos, alguna vez, estuvimos en el paraíso;
las manos lo tocaron y el pecho aspiró su aroma,
el Paraíso cedió por un instante –se detuvo allí–
alzó un vivac en el que cada fragmento coincidió con su parte:
las sombras con el árbol, el árbol con el camino,
el río de Heráclito con el río a secas.
En grandes círculos
Quedé varias horas mirando el humo girar sobre los techos,
la vida regresaba a mí en grandes círculos,
una nube era seguida por otra nube,
la luna no menguaba sino para brillar con más fuerza,
la confianza era bendecida por gotas de lluvia.
Una rama menos callada musitó al oído:
lo que no tuvo comienzo tampoco tiene fin.
En grandes círculos,
como las batallas en los libros de la historia,
como las fechas en la memoria de los más viejos,
como las notas de cristal de ese pájaro
que canta a intervalos y aclara el día.
Soñar con agua y con fuego
Volverse sabio:
decir dos palabras en lugar de ninguna
y una sola
cuando se escucha más fuerte la voz del abismo.
Recibir el día como una propiedad
y de inmediato devolver esa propiedad
a los que todavía no despertaron.
Observar el río correr dentro del río,
rápido como las nubes, persuasivo como las olas.
Sentir la dureza de la piedra y la docilidad del viento
y saber que ambos son argumentos de Dios.
Porque el viento sube a los techos,
y las ráfagas son montañas
y el cuerpo es una ráfaga que se deja llevar.
Volver al lago donde se hundió la infancia
y ver que en su bosque anegado está tu imagen.
Quizás el polvo sea una maniobra de purificación
en cuyo puente estamos solos, suspendidos.
Dar señales de cuál es el lugar
y al instante borrarlas
porque no son claras ni precisas
y todas conducen a un sitio que no es el lugar,
pero que lo anuncia.
Buscar abrigo en lo invisible y en lo callado,
soñar con agua y con fuego.
Andante
1
Puedo dejar que la hoja amarillee antes de caer,
que el gato continúe su siesta indolente,
que la pared se desgrane como una imagen del tiempo.
Comenzaron antes y seguirán después,
urdiendo combates sobre secas laderas.
Lo que no puedo es dejar de observarlos
y de unirme a otra alianza que no sea la suya.
Cautivo de galas que se cumplen sin reparar en mí,
yo las recibo como si hubieran nacido para mí.
No puedo rehusarme: mi deber es decirlo con palabras.
2
Hablo de "nieve" pero en mi país no hay nieve,
escribo "montaña" pero no he subido a ninguna,
menciono "grifo" y no hay hilo de agua
ni animal fabuloso bajo los pies.
Porque las palabras son fuentes, avenidas, excesos.
Dicen carbón y, al mismo tiempo, diamante,
dicen viajero y en su hospitalidad dicen agua.
"Relámpago" es mi palabra preferida.
Libra a la noche de la noche y a la hoja de reverdecer,
cruza el río, atraviesa el puente,
trae la llave aunque la luz derrame oscuridad.
3
Palabras que se aproximan como un rebaño.
Vienen de luchar con palabras de acero que dejaron atrás.
Yo estaré aquí para protegerlas,
pero sólo por un tiempo.
Porque no es posible establecer la paz definitiva.
Son necesarios el laúd y la pólvora para vivir.
Pedí que este viento
Pedí que este viento no terminara nunca
y eso es imposible:
las cosas nacen para sucederse, no para durar.
Es lo que marcan las estaciones,
los cambios en la piel
y esta misma plegaria a través de los años.
No permanecen igual: se suceden.
Incluso la propia imagen del viento
lo dice claramente:
lo que hay es cambio y nada lo frena.
De lo más cálido a lo frío
y del frío a la frialdad extrema.
El viento desprende las hojas,
que son otras, otras.
Contagiadas por esta lección,
las manos se sueltan de las manos.
Nada permanece:
ningún trabajo sobre la superficie blanca del mar.
martes, 20 de junio de 2017
Rosario Sanchez
Rosario Sanchez (Lomas de Zamora, Buenos Aires), Las piedras y el polvo, El ojo del mármol, La Tablada, 2016.
I. Runas
no querer usar la sabiduría
para predecir
y llevar dentro
estas marcas
quemaduras
imperceptibles
como las que deja el tabaco en la ropa
cuando pasa una brisa
XII. Viento
veo por la ventana de la cocina
un enorme eucaliptus
mi vista va por la mañana
a concentrarse
en sus ramas
vaivén del pelo de un árbol
que me acompaña hasta hoy
el reposar del sol
y las cigarras diciendo:
pronto va a pasar enero
y el viento va a contar esa única
verdad que,
como toda raíz asentada,
aún sigue esperando.
viernes, 16 de junio de 2017
María Laura Decésare
María Laura Decésare (Santa Fe/CABA), Somos lo que damos, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2015.
Coraza
La voz se quiebra
al tirar de la cuerda.
Una palabra lleva a otra,
sacude la espesura
y parte el cuerpo
en dos.
Revelación
Por las noches
un frío me desvela,
miro la puerta
que no se abre y me pregunto
qué te detiene
cada vez que arrojás la piedra
para luego esconderte.
¿Podremos vencer el miedo?
Yo estoy acá
y pienso en qué pasará
cuando vea en el fondo
de tu mirada
la joven que fui,
lo feliz.
Molde de base
El lápiz se desliza
por el papel madera,
traza una línea recta
y une a B con E
hasta la curva
decide de manera casual
dibujar un rostro.
Qué técnica nueva
hace y deshace el tiempo
para jugar con la memoria
y transformar en segundos
el pasado en presente.
martes, 13 de junio de 2017
Carlos Cartolano
Carlos Cartolano (Mar del Plata, Buenos Aires), guíaLUCIANfreud. 33 óleos, El Mono Armado, Buenos Aires, 2016.
pincel espejo
te expresa el juego de luces lucian/ proyectás claros
cuanto trajiste y lo que llevo: un arte puesto de frente
es misericorde dicen
después el canal del brazo izquierdo
y en la punta del pincel los dos niños son gozo
juegan a encontrar la única palabra/ lucian no interesan
las herencias/ todo es hoy en el reflejo
el arte dicen es hendir en halos/ hurgar más allá
de propia imagen/ consiste dijeron en derrota de academias
y después toda tu vida habitar las herramientas
sos lucian y el reflejo sosiega calendarios/ del borde vas
a flote de cuanta luz quepa en el marco
es dicen el modo de existir
roles
cuál el modelo acaso yace el pinto desnudo y ella
viste de lucian/ sus pinceladas por doquier/ pisa
pomos y derrocha verde
es la pregunta por mirada
femenina/ quien desafía:
la lectora/ él posa
confiando sus formas a la mayor exposición
acaso es Celia/ en su cuerpo se entretuvo lucian
con los pinceles/ él será dawson otra vez pacientes
viviendo en paralelo/ dónde el pintor/ desde cuál arista
se trazó este marco
lumbre
ella es rosa en el retrato/ la persona auténtica
más real que el tacto en su visión/ con deseos y
temblores/ vello púbico axilar el sueño
que ocasiona el modelaje/ la prisión de sus piernas
por la sábana ella es rosa
favorita del pincel/ dios su padre: la paleta
si un color inunda la hoja en blanco hijas hay
que vuelven a alumbrar
porque la plástica es poesía
ella dice cuanto reste conocer
sábado, 10 de junio de 2017
Claudia Masin
Claudia Masin (Chaco/CABA), La siesta, La mariposa y la iguana, Buenos Aires, 2017.
Cómo es estar despierta mientras todos duermen en la casa
Yo salía en el acero de la siesta a recibir la quemazón. Si hasta me parece raro que no haya quedado impresa en la piel como la marca de un yunque, una señal de posesión impuesta sobre mí por el verano. Las raíces de los árboles pujaban por salir del asfalto, levantaban el cemento, mi pueblo le había robado al monte su territorio y el monte volvía siempre. En el baldío de al lado de la casa crecían las malas hierbas, ponzoñosas, las que la madre se había cansado de advertirme que evitara, porque traían la fiebre de los yaguaretés, que revolvía la sangre, la rebelaba, la misma fiebre de los esclavos que en las plantaciones, un día cualquiera, levantan la guadaña hacia sus dueños. Yo andaba igual entre los pastizales, para mí las hierbas eran siempre buenas, agarradas como estaban a los árboles, yo sabía que les quitaban la savia y los secaban, que eran parásitas y no dejaban que creciera la planta útil, la que se puede saquear, vender y comprar, una moneda de cambio entre personas, porque la civilización sí puede reducir a la servidumbre lo salvaje, hacer que coma de su mano, se amanse, entregue dócilmente su fiereza. Las malas hierbas no eran así, no servían para nada y volvían inútil lo que tocaban, se quedaban ellas con toda la riqueza. A mí me parecía que tenían más derecho. Que lo salvaje se coma lo salvaje, porque quien es manso a la fuerza, necesariamente enferma y muere de todos modos, y mejor morir en la propia ley que en una extraña. Yo caminaba despreocupada por entre la maraña de bichos desconocidos, alumbrados apenas un segundo por el claro que abrían mis pies entre los pastos, a veces me tendía incluso entre los tallos apretados como alambres y no había nada que temer. Comía del calor un alimento blando que se deshacía en la boca, una especie de pulpa que sacaba de las plantas, y estaba sola en el mundo. Pensaba, con los pensamientos pequeños de los niños, en cosas que me parecían importantes. Los pensamientos eran espesos como humo, intrincados, e igual que el humo de livianos. Yo quería escapar a una vida en la que pudiera tenderme bajo el sol y estar a salvo, ser hermana de los organismos minúsculos que me rodeaban, no tener otro impulso que el de ir hacia la luz, sin voluntad, quemarme sin resistencia cuando llegara el mes de la sequía, y que mi conciencia fuera fugaz y deslumbrante como el momento en que un fogonazo la consumiera finalmente hasta apagarla. En cambio, daba vueltas tímidas sobre la órbita de mis padres, una criatura domesticada y temerosa, una bestia mansa, transparente, que respondía a la voz de mando antes incluso de que la voz la llame, por si acaso fuera necesario ser más obediente aún, más obediente, para evitar la represalia.
El verdadero tesoro hubiera sido andar siempre como andaba en esas siestas: ser el animalito salvaje, sin dueño, que retoza sin temer que la mano del amo caiga sobre el lomo caliente por el sol, sucio de pasto y tierra, puro ante el miedo y por eso involuntariamente valiente. Pero la vida de un chico, se sabe, no está en sus manos. Al menos al principio, hasta que aprende. ¿Qué? Una resistencia que no pueda derrumbarse ante ninguna forma de violencia, una terquedad que lo salve de ser secado y extinguido para siempre.
Las verdaderas historias están escritas con esa misma fuerza loca y desmedida de la infancia: para resistir, y antes de ser escritas han pasado por los huesos y por las venas y por cada fibra del organismo de un ser vivo. Esas historias no pueden ser sino lo que son, no son alegorías ni símbolos, no establecen metáforas entre las cosas del mundo, son ellas mismas la metáfora que alguien lee en su propia carne, desprendidas del dolor o del placer o de la furia o del asco como la cáscara de una herida, como la pequeña capa que la protege insuficientemente y que ha de dejarla expuesta para que pueda curarse al sol, al aire libre, cuando sea el tiempo.
Cómo los yuyos, las langostas y los libros devoran las cosas útiles y necesarias y qué efectos produce su acción irresponsable
Los libros te meten ideas raras en la cabeza, se escuchaba en la casa como una plegaria o –mejor– un mandamiento dispuesto a extirpar lo desviado antes de que lo desviado se convierta en lo recto, en lo que sostiene el armazón de una personalidad y ya no es tan fácil desmontarlo como a una escenografía vieja.
Yo no podía estar más de acuerdo: eso buscaba en los libros, no la felicidad sino el choque eléctrico que sacude al cuerpo y lo revive, brutal como el que se le da a los que han entrado en la muerte por un instante y hay que traerlos de vuelta.
Cuando se empieza a hablar se pierde lo que tenemos de piedra. Cuando comenzamos a escribir, se recupera. Y en el medio, durante y después, leemos. Una piedra es la más permeable de las materias, yo lo sé porque las vi, a lo largo del tiempo, convertirse en otra cosa, cambiar sutilmente tragándose la lluvia o el sol en épocas donde ni agua para los animales queda, es decir, llenándose de lo que las rodea, sumando los elementos y las materias a sí mismas de tal manera que no es posible diferenciar dentro de ellas al limo de los efectos del viento, a la arena, la tierra, el barro, las partículas minerales de los insectos que han quedado inmóviles, atrapados en el interior del bloque en que se convierten, hasta que la erosión las desarticula nuevamente en diminutas piezas que ya no son la piedra pero van a volver a serlo. Se las confunde con un cuerpo macizo, cerrado y completo, pero ese cuerpo no existe sin las otras cosas que no son piedra.
Los días que yo conocí en la infancia han sido pesados y espesos como aceite, y sin embargo han tenido la fluidez de un aire ligero, delgado, que es posible empujar con el soplo de la boca de una nena. Y yo era quien soplaba para que los días corran, ¿era yo o eran los libros? ¿de quién era el aliento? Sólo sé que los libros me permitían apoyar los pies en la tierra del mismo modo que una mariposa fija sus patas al charco de jugo de un durazno; que sin ellos no habría habido dónde quedar empantanada si no era en un presente que era necesario atravesar para que el alfiler no se clavara en el corazón hasta paralizarlo.
Los libros leídos en la siesta eran devoradores, como una lluvia de cometas: imposible combatir con razonamientos la fe que ponemos en lo que estamos viendo cuando sucede algo extraordinario. Lo extraordinario nunca sirve para nada, es sólo eso, lo raro, lo que no pasa casi nunca y cuando pasa merece ser mirado como un espectáculo, pero no tiene en la vida más que el papel de alumbrar un momento determinado de un día cualquiera así recordamos que lo usual no es eso, que no debe esperarse que vuelva ni mucho menos salir a buscarlo. Es decir, es lo que ha sido puesto ahí para que quede claro hasta dónde llegar, como las boyas en el río traicionero, marcando el límite al nadador para que no se aleje. Pero los libros injertaban, en la tierra bien dispuesta que era yo, un gajo desmadrado, de crecimiento inconmensurable. No era más que un yuyo, no iba a dar nada bueno al jardín, iba a asfixiar a otras plantas capaces de dar frutos o de volverse árboles. Pero una vez que prendía, como la mayoría de los yuyos, no había quien pudiera matarlo. Ni el fuego que los paisanos encienden en las antorchas rojas y negras rociadas de alcohol en los campos que han sido contaminados, ni una plaga de langostas siquiera, que al fin y al cabo son iguales a esas ideas raras que contagian los libros: se comen lo que sirve y a los yuyos los respetan como dioses paganos, para que sigan reproduciéndose como ellas y arruinen toda cosecha con el virus de la vida incontrolable que propagan y que es –ella sí– la verdadera peste, cuyo mayor peligro es que una vez desatada ya no se detiene.
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