viernes, 28 de mayo de 2021

Martín Vázquez Grillé

 

Martín Vázquez Grillé
(Buenos Aires, 1976)

Este año que se desvanece, Buenos Aires, Llantén, 2020.












                                                        1975

Es el final de 1975, hace calor,

mi madre respira bufando,

yo soy un cuerpo que flota

en el líquido amniótico: no veo

pero siento, no chillo pero pateo.

La panza de mamá es grande y en punta,

los domingos va a dejarle

claveles rojos a su padre que se murió.

Un día como cualquiera lo encontraron

tirado en el piso de la cocina,

tenía el moño bien ajustado

y la musculosa

debajo de la camisa blanca,

debe haber sido una arteria

que se le reventó.

Ayer a la noche bajaron

a los que quedaban del ERP,

los fusilaron en Chingolo

y los llevaron

al Cementerio de Avellaneda.

Mamá ve pasar los camiones

llenos de gente muerta,

los tiran uno sobre el otro

en una fosa común.

Mamá baja la vista y sigue caminando,

imagina tormentas furiosas

en el cielo de Biarritz,

el crujir del fuego en las panaderías

del Montmartre, el sabor

de las aceitunas negras,

el color azul eléctrico

del mar Mediterráneo.

Tararea una canción de Julio Iglesias

y se escapa

por una puerta lateral del cementerio.

Yo siento el olor de los muertos,

lo voy a recordar.







                                                        1982

En la escuela suena la sirena,

practicamos a escondernos

por si los ingleses nos vienen

a atacar.

Nos metemos abajo del pupitre

y agachamos la cabeza.

Mi compañera de banco

se llama Valeria,

es linda, tiene una voz muy suave

y me ayuda siempre

con la tarea de matemáticas.

Apenas, a veces le puedo hablar.

Mientras suena la sirena

Valeria y yo nos acurrucamos,

juntamos los cuerpos,

nos tapamos uno al otro

los oídos,

esperamos las bombas.






                                                        1988

El padre del Tuli es petiso

y lava el auto todos los domingos.

Usa un bigote ancho de policía motorizado.

Al Tuli la música no le interesa.

Tampoco las campañas de Napoleón.

A veces corre por el patio de la escuela,

libre, con la velocidad

de una máquina centrífuga,

gritando a los cuatro vientos:

la destrucción soy yo, la destrucción soy yo.

Un día va a comprarse una moto

y se la va a dar contra un árbol.

O va a tener dos hijos

que jueguen en Arsenal.

Algunos días pescamos chanchas

en la Saladita.

Otros vamos en bici

hasta un barco encadenado

a la orilla del río,

que está muerto, empetrolado

y todo lo que alguna vez vivió ahí

ahora es parte de una masa negra

en donde no se refleja nada.

Nos escondemos ahí

y esperamos hasta que el sol

se funda con el agua sucia

y la tarde se haga violeta.

En el barco esperamos

la invasión extraterrestre:

unos aliens muy altos

con trajes de neoprene

que nos salven de ser grandes,

que nos salven de la vida

en el siglo veintiuno.






                                                        1990

Miss Martha dice que hablo inglés

cada vez mejor.

Tiene los ojos grandes

y unos rulos que le llueven sobre la cara.

Cuando me pide que elija

mi personaje favorito

yo digo Heathcliff, el de Cumbres Borrascosas.

Es negro, malo, lo encontraron en la calle,

se pelea con todos

y está enamorado de un fantasma.

Le dicen que es hijo del diablo,

que aunque estudie francés o se vista bien

nunca nadie lo va a querer.

A la noche le grita al viento

y se queda junto a la ventana.

Antes de entrar al taller de soldadura

Willy, Ale, Lucas, Dieguito y yo

nos escapamos al Mato Grosso.

El Mato Grosso es un descampado

con una laguna artificial,

hay planchas de telgopor gigantes,

hierro oxidado y algunos animales muertos.

Ellos se meten al agua y hacen guerras,

revolean juncos,

reman con palos,

se embarran los pantalones y gritan.

Yo nunca me animo a entrar.

Me quedo mirando desde afuera.

Siempre me quedo mirando desde afuera.






                                                        1999

                                        

                     El capital es trabajo muerto que,

             como un vampiro, vive sólo de chupar

                                                   trabajo vivo y

               cuanto más vive, más trabajo chupa.

                                                    Karl Marx



Ni Otranto, ni Kensington, ni el West End.

La escuela que está

justo enfrente de la Villa Tranquila.

Toto no vino porque ayer llovió

y no tiene otra ropa.

Carlitos anda medio en patas.

Estoy en cuarto grado y hacemos

crucigramas en inglés.

Andrea me pregunta

para qué estudiamos otro idioma.

Wanda se enoja.

Alber se quiere escapar.

Los quiero convencer,

les cuento de Miss Martha

ayudándome a pronunciar la T

junto con la H,

de Mister Gabriel traduciéndome

canciones de The Cure,

de mis tardes en la pieza

practicando los monólogos

de Heathcliff.

Les cuento de mi madre,

del peinado con brushing

que usaba Lady Di.

Alcides me pide que le dé

más mate cocido.

Antonio mira el cielo

a través de la ventana.

Son las 10 de la mañana

y se escuchan

los tiros de los transas acercándose.

No es Nairobi, ni Damasco, ni Teherán.

Las balas pasan raspando.

Nos tiramos todos al piso.






                                                        2001

A mi padre, Alpargatas le pagó

los últimos tres sueldos

con pares de zapatillas Topper.

Al padre del mono

lo echaron del taller

y a los meses se murió

de cáncer de pulmón.

A la madre de Dominguez

los milicos se la chuparon.

Todavía no habla de ella.

La hermana del Tuli

se fue a vivir a España.

Fugazza y Muzzarella

reparten pizza y empanadas

en un viejo carro a motor.

El hermano del Flaco enloqueció

y ahora lo tienen internado,

dice que los canas

que balearon a su padre

aparecen almorzando

con Mirha Legrand.

Estoy sentado en la vereda

cerca de la Plaza de Mayo,

tiré cientos de cascotes al aire

mientras corría escapándome

de los caballos de la policía.

Hay maderas quemadas en el piso,

somos varios los que sangramos.

Veo gente muerta alrededor.















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