martes, 3 de febrero de 2015

Ariel Williams






Ariel Williams (Chubut), Notas de una sombra, Espacio Hudson, Buenos Aires, 2014.
















Parte I



[...]
2

Aprendí a nadar en un río verde que avanzaba por pozos de luz y
silencio. Los peces eran visiones repentinas en el barro.
Braceaba desde un puente rodeado de árboles de ramas negras
hasta donde el río daba al mar. Me acercaba con lentitud
a los sonidos de los pájaros marinos. Movía los brazos como
aspas. Me acercaba al olor a sal y había ahí como un cielo
moviéndose, avanzando y retrocediendo. Una tarde me pareció
ver en el fondo  un pez con mi cara. El animal se detuvo un
instante a mirarme con sorpresa. Después dio un coletazo y
desapareció en la oscuridad.




3

Manejé a la luz de las estrellas. Colgaban sobre mí como astillas
quietas y frías de mica. A veces apagaba las luces del automóvil y
recorría la ciudad. Acelerando. Había fondas abiertas donde se podía
tomar vino o licor y seguir. No sé si buscaba la muerte o la vida.
Salía a la noche, al campo, a la ruta, a playas vacías. Aceleraba.
Las ruedas levantaban piedras del tamaño de una mano.
Si le pegaban a alguien, podían vaciarle la cara. No había nadie.
Tomaba ginebra. Volvía a la ciudad y entraba por las calles.
Hundía el acelerador en el vacío. Al desvestirme, sentía la camisa
empapada, como si me hubiera zambullido en un mar.



[...]

16

Supe que el vacío de la lengua era yo. Sentado en una habitación
de hotel. Las palabras ya no me aludían. Hablarlas o escucharlas
era como ver pasar trenes muy veloces con vidrios negros. Yo decía
o contestaba lo correcto, pero no sabía lo que estaba ocurriendo
adentro. La ventana, la mesa, la cama de la habitación eran
presencias estables sin nombre. Al mediodía y al atardecer,
una mujer venía a golpear la puerta. Yo había aprendido una
conexión entre esos golpes y una escalera y una mesa bulliciosa
y el movimiento de masticación. Aunque esa serie estaba siempre
en peligro de ser interrumpida por una noche gigante.




[...]
 20

Una mujer que reía en el silencio. Una tarde se puso un vestido
rojo y me llevó a una llanura donde el cielo era una extensión
sin límites de luz celeste. Qué importaba si al recostarse sobre
el pasto se veían unas manos oscuras trepando por su cara.
En las junturas del mundo aparecieron seres diminutos
que también tenían ojos y bocas. Nos reímos a carcajadas del cielo
que se iba volviendo violeta. En un cascote vivía una araña
solitaria. Pensativa, quieta durante horas. La Vía Láctea pasaba
como una hilera de lámparas por sobre sus ojos mudos.





Parte II



[...]
4

Las camisas serias en las perchas. Con sus corazones de tela, con
sus manos ausentes planas. Como si fueran pieles de qué animales.
La parsimonia de la muerte.
Un vaso tiene dedos amarillos que usan la sombra para avanzar.
Qué buscan sobre la mesa. Tantean entre las migas. Qué harían
con lo que encontraran. El cristal desea algo vivo.
Las cortinas mueven suaves sus alas de mariposa gigante. Cerca
de ellas, van niños a jugar y miran a través de los vidrios. No ven
las patas grises de esos bellos insectos, enormes, posadas sobre
la pared.




[...]
9

La ropa de los muertos, hundidos en la tierra. No se trata de la tristeza.
Pulóveres con huellas de sonidos de corazones, zapatos con sudor
de pies que ahora son sombras adentro de un pedregullo. Las camisas
vuelan vacías de hombres. Hay un vestido acostado sobre una cama.
La que lo iba a usar duerme escondida en la tierra del mundo. La
timidez de los que no están. En los roperos cerrados está su silencio.
En el aire de la mañana una vida que estuvo no viene: labios, manos,
hombros curvos, una risa breve. El aire es tan bello y puro; pero
todos duermen.




[...]
13

Una vez caí profundo. Las cosas se veían oscuras, me cruzaba con gente
de rostros quemados por no sé qué sol siniestro. Los muebles de madera
temblaban. Algunos aparadores de vajilla estaban a punto de trizar sus
vasos con el ruido de un grito. Las camas de pensiones y hoteles me
envolvían en un silencio de invierno. Viajé por provincias solitarias.
Comí seres vivos: había que sostenerlos de las patas para que no salpicaran
con la salsa que les cubría el cuerpo. Morder algo que tiembla. A veces
se parece a hablar. Dormir con los muertos después de tragar un vino
pesadísimo. Ahora sé de dónde vengo.

  


14

Los órganos son espíritus animales detenidos. Todos los días encuentro
manos, ojos, hígados al abrir la puerta. Vienen a unírseme. Los hago
volver y envío con ellos a mi estómago o un dedo del pie. Soy un conjunto
de animales un poco sueltos. En la historia de la simbiosis, estoy un escalón
abajo de los demás. Siento que nuestros ojos eran medusas en el paleozoico.
Hay algunos animales que todavía son fluidos: la tristeza, la risa. Con la risa
cloqueamos como pájaros ridículos. Los animales fluidos, la saliva, las
ilusiones, vienen de las corrientes. Los animales viscosos se forman en
las grietas y agujeros: la lengua, el páncreas, los pulpos.











lunes, 2 de febrero de 2015

Silvina López Medin



Silvina López Medin, Esa sal en la lengua para decir manglar, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014.

Colaboración de José Villa.














Notas para un fado

Intervalo: un hombre viejo, viejo 
aferrado a un papel 
repasa su letra 
la punta del zapato 
se acerca y se aleja del piso 
marca el ritmo, ya no marca 
insinúa, en parte ha perdido 
el control del cuerpo, lo que queda 
entre el piso y su pie 
¿es ese el espacio entre las cosas 
que Cage pedía no olvidar? 
el hombre viejo avanza 
lento en su estar 
un poco desprendido del entorno 
se aferra al micrófono, sonríe 
hasta que encuentra 
el compás del canto 
a veces se le va una frase o la voz, 
nosotros con pies firmes sobre el suelo firme de la taberna 
en cada silencio le soplamos la letra, 
todavía creemos en la necesidad de completar.








Como y duermo con un desconocido

Lo que un avión permite: 
el filo moderado de un cuchillo, 
dos o tres formas de acomodar el papel metal, 
plegado prolijamente o hecho un bollo, las mismas formas 
de acomodar el cuerpo en el asiento 
ahora que la azafata apaga las luces sin palabras de 
despedida 
como una madre severa o muda, 
esta cabeza desconocida no encuentra lugar 
no se entrega al sueño 
cae en mi hombro, se levanta 
prudente oscilación 
del vino en la copa descartable 
no cruzamos palabra 
pero algo cruza cada tanto 
la frontera del apoyabrazos 
mi mano que alcanza 
la copa a la azafata, o el ritmo de esa respiración 
que se agrava, se resigna 
se quedó dormido, pienso 
pero quién 
se quedó dormido 
no tiene nombre 
se quedó dormido 
insisto y mis párpados 
se van cerrando 
como una madre cierra 
lentamente la puerta 
hasta escuchar el click 
mi cabeza cae, estoy 
en el hueco de un hombro.















domingo, 1 de febrero de 2015

Diego L. García




Diego L. García (Berazategui, Buenos Aires), Hiedra, La Luna Que, Buenos Aires, 2014.

















En la polvareda



En la polvareda quedan
cuerpos,
bordeando la cañada del Cepeda,
los matorrales de Pavón,
los zanjones junto al río Negro.
¿Cuál es el país tramado?
¿Una lágrima
de hijos hambrientos
bajo los toldos del desierto, tierra adentro?
¿La fascinación del viajero
en la noche de París,
el negocio de los diarios?
¿Hacia dónde
sopla el viento que ondea
las palabras
y la sangre?
 





Multitud

Se habla.
Se dice poco.
En un momento la mente
se satura de esquirlas.
Es como en esas fotos del Ganges:
todo está allí
la piedad de la Diosa
y las cáscaras de mango.

















sábado, 31 de enero de 2015

Beatriz Vignoli





Beatriz Vignoli (Rosario, Santa Fe), Lo gris en el canto de las hojas, Baltasara Editora, Rosario, 2014.


















Lo gris en el canto de las hojas

¿Qué es un muerto?
Es un montón de ropa vacía.
Vacía pero con el olor de un cuerpo
que ya no dice nada. No es la sangre
de los muertos el problema. El problema es la grasa,
la grasa de los muertos que queda en las cosas que tocaron:
las asas de madera, lo gris en el canto de las hojas
del libro de cabecera o la guía de transporte urbano.
Todo eso huele y duele: el rastro del sudor y de las manos
de quien ya no se queda pensando bajo el agua, el silencio
de quien ya no tiene planes. Antes de matar, tengan piedad
de quien sea que vaya a abrir ese ropero
la mañana después;
piedad por quien halle la estela funeraria
de inservibles corbatas,
algunas con bordes grasientos y raídos
allí donde antes rozaban la nuca como una caricia.








Parra

Como si la belleza pudiera redimirme, ante el claro y fresco rostro
por donde pasaste en el alba la espuma del jabón, el filo del acero,
/el agua tibia
repaso yo mis días, anudo pasados y futuros, ya no quiero morir;
supongo que hay un margen de tiempo aún para este cuerpo y
/hunde sus raíces
en la infancia y el padre, parece decirme tu sonrisa de talla barroca
/pero viva.
Como bajo una parra en verano contemplas un jardín zen detrás
/de los cristales
y toda arquitectura te contiene y te vuelve sagrado, es un arte que
/dominas desde niño.
Yo he soñado con morgues, con puentes que unían ciudades, con
/soleadas autopistas,
con una extranjera que volvía y volvía a irse y con una palabra
/inventada que olvidé.

















viernes, 30 de enero de 2015

Franco Rivero




Franco Rivero (Corrientes), vos ahora voz, Editorial Deacá, Villa Mercedes, 2014.



















preparo la cena



I



riña doméstica si las hay

la de escucharte

hablarme fuerte

mientras cocino

sin romper los platos

ni tirar nada

picar las respuestas

con la cebolla

el morrón

el ajo

la verdad que no hacía falta

trozar así ese pollo



II



más tarde

dormiremos juntos

me vas a abrazar

voy a abrazarte

haremos

más que eso

mentiremos

que hacerlo

con esa energía

significa

mucho