martes, 11 de julio de 2017

Analía Pinto



Analía Pinto (Avellaneda/La Plata, Buenos Aires), Orozquianas, EDULP, 2017, libro digital disponible en http://sedici.unlp.edu.ar/handle/10915/59418.

















como aquellos que saben que la vida es ausencia amordazada
Olga Orozco


como aquellos que saben
que hay quienes no van a volver
por más que insistamos
pongamos piedras o flores en su altar
hagamos versos o plegarias
digamos palabras quedas o gritos destemplados
remarcarán que todo es impertinente y vacío
que nada tiene por qué o cómo
ni tan siquiera para qué
que apenas hay algo que puede ser un acaso
y que tampoco es muy certero

como aquellos que lo saben
entonces
caminamos como si supiéramos todo
y a veces hasta sonreímos

(la ausencia se perpetúa por detrás
como una cicatriz torpemente disimulada)

















 Y aspira el corazón de cada uno hasta el fondo del otro corazón
 Olga Orozco


nunca deseé yo tanto
nunca quise tanto que un corazón
respondiera con su tam-tam al mío

nunca quise tanto que otra piel
viniera a refundar la mía
con la misma voracidad
de un conquistador en tierras lejanas

nunca deseé tanto que alguien
descubriera los encantos que descubro
alumbro y eternizo dentro mío

nunca entendí que todo estaba aquí
que la hechicera dormía como una princesa
que sólo había que despertarla
y dejarla hacer sus pociones tranquila

ahora ella hará realidad todo lo que deseo
aunque griten que no
los cuervos de antaño


















Cautiva en esta piel
Olga Orozco


metida dentro de este haz
de estas dentelladas ciegas que doy sin respiro
metida dentro de esta luz
tan metida que sólo se inquieta la superficie
cuando la ronda tu figura
como un felino dios que la atisbara
entre sus bigotes y las sombras

metida dentro de esta piel
que se agita si la nombrás
y como una flor sensitiva
se irisa se tensa se inflama
quiere expandirse estirarse
hasta rodearte
y que así la lleves
cautiva prisionera
para siempre atrapada en vos

tan contenta
al fin














Yo, que aspiraba a ser arrebatada en plena juventud
por un huracán de fuego
Olga Orozco


y aún aspiro
a que un huracán de fuego furioso
me arrebate a su centro
me deshaga
y tome de mí lo que más quiera

aún aspiro
a convertirme en un punto ígneo
en el péndulo más vertiginoso

aún aspiro
a que el ardor jamás se extinga
a que la pasión me sumerja en sus aguas

aspiro
a llevar tu sabor
prendido en la lengua para siempre













lunes, 10 de julio de 2017

Liliana Ponce / Color Pastel

Liliana Ponce (CABA), en Color Pastel. Fanzine de poesía, antología 2004-2012, compilación de Germán Weissi y María Laura Mazzini, Buenos Aires, 2016.
















Intención/Atención


Dos voces
–Ella dijo: allí la naturaleza es venerada, respetada, nos sentimos
enlazados, pensamos en la unidad con ella; así la vivimos.
Tiembla la tierra, el mar arrasa, el poema se conforma, se teje, porque
en el hambre y la sed y la pobreza, el poema continúa.
–Ella dijo: hay una puerta o un biombo que separa su palabra de mi boca.
La puerta está cerrada, el biombo abierto, y yo a bocanadas trato
de respirar,
de ver en la pantalla lo que dejó la ola, el caballo yendo a galope
de monstruo.
–Ella dijo que perdió a su amigo, que dejó mensaje, que lo recuerda 
sin lágrimas.
Mira la luna, la luna crece como el mundo.
Y yo digo: ¿qué mundo,
ese de caparazón de miel, tan nada y también dios?



*
¿Y pretendías sensación de duda?
¿Y era entonces dormir y despertar,
nacer en el fuego y deshacer en el agua?
¿Y creías en la quietud del viajero
que iba al viaje sin vacío
y endulzaba su temor con el almíbar
de la lata almacenada?
¿Y en la corriente del día
gravitabas y esperabas
antes de mirar por el agujero,
la cerradura de la puerta que separa
tu cuerpo del espacio?
¿Y eras el enfermo o el verdugo
o el mártir, figurando sucesivo
en los modos del olvido?






















viernes, 7 de julio de 2017

Silvia Rodríguez Ares



Silvia Rodríguez Ares (Mar del Plata / CABA), Mujeres que se van, El ojo del mármol, Buenos Aires, 2017.





















maizal

1

di, por el amor,
lo que no puede mirarse
ni una vez
sin convertirse en leño

la lluvia fina
mancha mis oídos con la luz de un tigre
que murió
de cinco flores en la lengua
pilagá

guadaña fresca en el maizal
de mi cabello
derramado y a tus pies
te abrazo

sale el sol

mis botas se desangran
ante tus ojos fríos


2

después de verte,
a las cinco,
muerdo unas semillas
y camino de regreso a casa

dos mil kilómetros de sed parecen pocos
en el juego
de las almas que se miran
me detengo y bajo el muelle:

hay un sol enorme
lavándose los ojos en el río


3

es tuyo, el río

podemos navegar cuando los sauces vuelvan
a tocar mis manos

ahora hoy mañana tarde
–sabés cuánto me gusta el río–

si no lo hacemos estaré muy triste
un día un árbol
una piedra una galaxia
el gesto idiota en una foto

será sólo un momento
de flaqueza

después diré
que bueno

que era lo mejor
para los dos












Adiós Rubia*

y no es que la belleza
se parezca al desconsuelo

es sólo que me voy
que ya me fui
cuando tu mano
toca mi perfume

no puedo desvestirme
sin saber ni recordar
antes
si aún existo

prestame tu manera
de mirar a las mujeres que se van
flotando por el río

quizás humedecidas de pudor
placer anís
esperma
o de venganza

por ser tan rubias

(hechizo de la Luna en Casa VIII
dulzura en el cristal del miedo)

hambrientas
y salvajes


* Verso de la poeta francesa Valentine Penrose.












ciervo

cuando el ciervo
se devora mi cabello rojo
crecen las espinas
en la rosa abierta

entonces
la cigarra vuelve
a sumergirse dentro
de una transparencia
que lo abarca todo

el cielo es un lugar lejano
decís con ruido de papel
de barrilete

tus dedos desovillan hilos
de planetas que no tienen rumbo
de galaxias que se mueven
sólo
para mí

yo estoy sentada
y si me extiendo por el aire
puedo ser la madre
que Perséfone perdió

¿cuántas primaveras
matará este otoño
si no dejo el sol
desnudo
entre la hierba?

¿cuál es la primera
flor
que te alumbró el camino?

¿qué nombre tiene el ángel
que te trajo aquí?

¿por qué tus manos
se parecen tanto a un ciervo?




























martes, 4 de julio de 2017

Consuelo Fraga


Consuelo Fraga (CABA), Stabat mater, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2013.






















Armonía

Cree que ha logrado una mejora
en el trato con las arañas
porque ayer la miró
a la chiquita del rincón
y se dijo calmada
está quieta, muy bien.
Mantuvo la mirada
por un momento vigilando
así quieta, muy bien
y se bajó los pantalones
hizo pis y no volvió a mirar.
Hoy la chiquita ya no estaba.















El arte de correr estacas

Las arañas nunca serán del todo
bienvenidas en una casa.
A lo más podrían, lentamente
convertirse en motivo
de una conversación trivial
como curiosidad del hábitat.

Un ligero interés
despierta el vecino
capaz de apreciar
las rutinas que despliega
la araña de la casa;
no alcanza a ser como el orgullo
de la madre por su hijo.

La araña rara vez pide permiso en sus avances
y hasta su displicencia sugiere
que en rigor la seduce
esa limitación en el afecto de otros,
le resulta atractiva
como un señuelo.

Estuve ausente por unos pocos días
y a mi vuelta
había cambiado de lugar.
Ya no extendía su tejido
del pomelo a la planta de campanitas rojas:
se había instalado entre una y otra
pared del corredor
quizás buscando asegurarse
que en caso de salir o entrar cualquier persona
tuviera que agacharse y pasarle por debajo
para evitar que su tela se le prenda a la cabeza.

A Dios gracias por entonces
llegó mi ahijada de visita con su amiga
y diseñamos el sacro plan de desalojo.
La más osada sostenía el frasco
cerca de la araña, espumadera en mano
otra le daba el golpe que la obligara a entrar,
una tercera aseguraba la tapa rápido
antes de que escape.

La atrapamos.
La abandonamos en un árbol de la esquina de enfrente
para que hiciera su vida lo suficientemente lejos.
Y basta de reverencias.












Mudanza

Voy a pintar
se escuchó,
y no quise la huída
o en el apuro decidir
qué se queda y qué no.
Escuché que decían: voy a pintar,
y lo olvidé, lo mandé atrás.

Cuando llegó el momento
sentí las patas tan pesadas
más y más gravedad
entrando en mí.

¿A qué mentir...? Luché.
Quise moverme y no hubo caso.
Bien que fue poco
y por saber qué sentía

y que lo sepa ella,
esa brillante melaza blanca:
no se encontró con una ingenua
incapaz de apreciar
la magnitud de fuerzas en conflicto.

Fue mi último deseo
darle medida y forma al próximo dolor
antes de convertirme en esta
imperfección en la pared.




















domingo, 2 de julio de 2017

Cristian Molina


Cristian Molina (Leones, Córdoba / Rosario, Santa Fe), Sus bellos ojos que tanto odiaré, Caleta Olivia, Buenos Aires, 2017.




















El astro rojo

Antes, la taza no estaba vacía, no.
Te sentabas, con ambas manos la tomabas
y así decías palabras sin consistencia
pero esenciales, que nos acercaban al
punto donde no importaba que el diario roto
hubiera desaparecido las noticias.

En ese tiempo, también, miraba el sol
aparecer en los morros de la bahía
mientras desplegabas tus espaldas en el
balcón tropical. Eras casi el último hombre
que sobrevivía en ese mundo de niña
en el que no creía en Alicia ni en Carroll.












¿Y si es real que los astros (sus movimientos
sus posiciones y su color) son energías
que como onda expansiva sacuden los cuerpos?
¿Si los horóscopos un día son reales?
Esa vez, para nosotros lo fue. Ya no
creo solo en lo que veo, esa ahí materia

que todos han puesto de moda como única
explicación de lo único que no era
único hasta ahora. ¿Y si la materia
de tan realista ya no es una verdad
de lo explicable? ¿Si ese cuerpo ahí fue la causa
tan invisible, incomprobable, de tu llanto?

Al fin de cuentas, ese cuerpo de tan cuerpo,
¿no es pura materia que se hace cuerpo y por
ende se vuelve demasiado verdadero?
¿No era que E=mc2
? ¿Y entonces decíme por qué
si los cuerpos se mueven resulta descabellado
encontrar o imaginar una energía

que entre ellos circula invisiblemente? ¿O
será que la obviedad visible es lo más fácil
de verosimilizar como una materia?
Yo sé que vos eras la masa de esa fórmula
a la que un día un astro movió por siempre.
Su energía y la tuya olvidaron la mía.