sábado, 22 de febrero de 2014

Flavia Soldano




Flavia Soldano (Buenos Aires), Matadura del rayo, Alción, 2013.















cómo será mi cuerpo
un cuerpo    puro cuerpo

leña

un solo cuerpo al fin











cómo será el muro
que me separa del alma

la herida    rastro de abandono

fósil    el cuerpo
                                   piedra

cicatriz de carne















quiénes   los atravesados por el rayo

el rayo mortifica la carne
nos convierte en herida

atravesados   pocos
sonido de zanja
















Beatriz Vignoli





Beatriz Vignoli (Santa Fe), en Yo soñaba con comprarme una combi. Selección de poesía santafesina contemporánea, selección de Lucas Collosa y Gervasio Monchietti, pról. de Fernando Callero, Erizo, 2013.














Poema escrito en camino acá

Hoteles modernos con nombres vagamente italianos
o algo portugueses, era como sonaban
antes de nosotros
el mundo, la aventura:
a transatlántico, a mantel almidonado,
a azulejos marrones
con redondeles inscriptos en cuadrados,
el jugo de naranja
en un vaso cilíndrico,
las formas racionales del amor.

Cosas de antes de nosotros:
un cartel en la ruta,
Seitú, dice.
Una máquina del tiempo
que uso para irme.







Lo real

Otro siglo, una vez
entre perfumes llenos de promesa
pasé junto al tronco de la enredadera
y me parecía que significaba
como un libro alentando, un semejante
luchando por llegar a algún lugar:
era legible el mundo.
Hoy la volví a ver. Estaba ahí,
todo su ser ahí,
pura vida ciega sin razón
resistiendo el tiempo sin saber
y se avergonzó mi duración
de haber creído.









Adrián Cuassolo





Adrián Cuassolo (Córdoba), Camalyón Culiau, entreCaníbales, 2013.
















varón o baronesa del opio-apio

al norteazur del éndicot al mesmo temp ahísito do
  la coliflor dobermaniza
el matador adora el cobertor
                      abono malraux sobrino admonitorio
                    soberbio cogollo apeado en rancio patricio
                                                                                   es esteño
 
 a plumón po arrorró overá oberol
                                                           roldana
                                                                 casamata: hip!

      la isósceles isabelina implora mayor cortesía.
      la realidad es lesa / otro
      toro caería nantes / marte
      la semántica casteana(gurutal)
      la grupa de porombres con garúas oxidando
      le
      la corona: reyerta bicicross incisivos:
                                                                         héxapla.

          cabrón o barronera pues poy acumula dingos isó
                             baras latinium,
                                                         poseida. Hic et Nunc po
                                      seída sanísima sespecializa en cobretones,
                                             en cópulas mal paridas.
                              in crescendo la zoonosis
         El zorrillo parte en dos al prisma: pringue, h
                                                              idruro, greña.
         El orientarse, savonarola, hace qel cante
                                                             jondo,
                              sea para el dios
                                                 delos almenadros.














martes, 18 de febrero de 2014

Alberto Szpunberg





Alberto Szpunberg, Como sólo la muerte es pasajera. Poesía reunida, Entropía, 2013.













De Como clavel del aire (2013)


XII

                                                                           a Cacho Lotersztain


Las manos no tienen otro sentido que el agua
que se cuela definitivamente entre los dedos:
su forma sólo se debe a lo que no retienen,
incluso el vacío que el puño sostiene en alto
como si fuese el golpe final de nuestro esfuerzo,
pero es sólo un hálito de risa que entrevemos,
como si todo fuese un juego que comienza.







De Ese azar, este milagro (2011)


XVI

Entre esas hierbas está la que nos cura:
similia similibus curantur, declinas,
y no te atreves a arrancar el trébol,
yo tampoco, tanta la fragilidad
de un gesto detenido en el aire.








De Como sólo la muerte es pasajera (2009)


IV

Como siempre, llevas la navaja en el bolsillo izquierdo:
son formas primitivas del amor que todas las mañanas reverberan,
pero la sal, ya lo sabes, penetra más adentro que el filo de la hoja.

Ninguna marea, ni la más alta, basta para borrar una sola gota de sangre:
la memoria no es la herida, es siempre el mar.








De Sol de noche (2008)


IV


Habito esta casa,
pero vivo a la sombra del otro lado.

¿Quién llama a la puerta
si no la propia espera de mí mismo,
el apremio de las vigas,
el crujido de la madera?

Lo sé:
aunque nunca hubiera ocurrido,
yo entreabrí una vez unos párpados que aún me miran
y la clara pupila, como un pequeño charco,
ya reflejaba un cielo inexistente.

¿Por qué ojos miro ahora cuando no veo?







De El síndrome Yessenin (2010)


4. Dulcemente nacer

XXVI

El viento mueve las hojas del libro entreabierto:
pesa en las manos que lo sostienen
pero sólo los ojos cerrados lo leen.
Como un junco oscilante, el hombre;
como espesura trémula, las letras.

El nombre no nombra, sólo llama.


















lunes, 17 de febrero de 2014

Valeria Meiller




Valeria Meiller (Azul/Buenos Aires), en Andrade/Glorioso/Megías/Meiller/Zoto, La diversidad del trueno (Recital de VI Festival Cervantino de Azul, 2011), Editorial Azul, 2013.















Tres viajes en auto


1

Entramos, al toc izquierdo de la luz
de giro, otra vez, al pueblo:
hay que pasar por la farmacia, y por el banco
y por el depósito de periódicos porque de nuevo
se olvidaron de enviarlo al kiosco de revistas. Siguiendo
por el camino de circunvalación, al este: está la cárcel.
Ahora que con Martín
traducimos poemas con nombres de personas, pienso
que este poema debería llamarse
como esa mujer que en julio
caminaba al costado de la ruta con tres
chicos de mi generación. Mi abuela
tenía parkinson pero todavía
hacía mermelada de sus árboles y yo
manejaba la camioneta blanca que después
sería de mi padre. Tres chicos
mal abrigados cargaban bolsas en dirección al pueblo.
Nos miramos entre nosotras y a pesar
de que éramos mujeres prudentes,
detuvimos el coche unos metros más adelante, al costado 
del camino, me bajé
y les ofrecí llevarlos. Mi abuela
había girado la cara y nos miraba
por el vidrio trasero de la camioneta blanca que después
sería de mi padre.
Ellos olían a frío y la mujer contó
que venían de Rauch, a dedo. La camioneta estaba
repleta y pusimos la calefacción muy fuerte.
Mi abuela tenía parkinson y hacía mermelada.
Ese día íbamos a la capilla
de Laura Vicuña, en los suburbios a llevar dulce
para la merienda del comedor infantil.
Los frascos, en una caja
entre las piernas de mi abuela hacían el ruido
de jingle bells y partían lo sagrado en dos.
De un lado estaba la mujer
que habíamos levantado de la ruta, venía de otro pueblo.
Cuando le pregunté adónde iba, dijo:
A visitar a mi marido, en la cárcel. Tomé
a la izquierda y manejé tratando de pensar
en otra cosa. Cuando por fin llegamos, mi abuela,
que tenía parkinson y hacía mermelada
sacó un frasco, la bendijo, era sincera.
Cuando se bajaron, nosotras, que éramos mujeres prudentes,
dimos la vuelta a la esquina, yo frené
mi abuela me abrazó fuerte. Somos afortunadas,
supimos, otra vez. Lloramos mientras los frascos
con las tapas hacían clanc
por el motor del auto y de su cuerpo.





2

Al invierno siguiente aparecieron
en la casa las rampas y las agarraderas. Sobre las ruedas
de goma viajó el tiempo hacia un lugar
donde las sillas ya no sostenían su cuerpo.
Una tarde llegué, después de viajar atravesando
el campo hacia adentro
como si viajara al centro de un anillo y la encontré
a mi abuela translúcida, dijo:
La sala de esta casa se parece
tanto a la nuestra. Las mismas
lámparas de lectura, el cuadro igual
donde pastan los ciervos amarillos.
Era nuestra casa pero ella
que viajaba al interior de su mente se alejó
por un camino doble en el que mantuvimos
una vez y otra la misma
conversación. Mi abuelo
la levantó de su silla
de ruedas y la sentó en el auto.
Todo el camino al pueblo en un auto
nuevo con la calefacción muy fuerte pero igual
no pudimos disipar el frío
de la peregrinación al baño en la que descubrí
una cantidad escandalosa de implementos
ortopédicos nuevos.
Mi abuela se durmió, todo
el tiempo se caía sobre mi hombro.
Pasamos por un vivero, ella miró
las flores con la cara de la que había sido.
En los canteros había removido,
durante años,
la tierra para los secretos bajo los cuales
ahora escondíamos nuestra vergüenza.
La bajé sosteniéndola con los dos brazos.
Era de cristal su cuerpo
que se achicaba más y más
en el lapso que separaba una de otra las visitas.
Un chico desde adentro me vio, salió a ayudarme.
En la vereda los desconocidos nos miraban pero yo
sabía que la prudencia
nos protegía con una armadura de coraje.
Ella encargó cien plantines para una primavera
que no empezó nunca. Yo negué
con la cabeza tres veces para que el florista
supiera que mi abuela
viajaba al interior de su propia mente:
ahí, sonde siempre había señoras que reían
en la sala mientras en la cocina
las burbujas de las teteras evaporaban el sentido.
En cambio le compré
una maceta con flores rojas y le dije
que las demás eran tantas que iban
a enviarlas en un camión más tarde. El mismo
chico que me había ayudado antes la tomó
por debajo del brazo y, como si hiciera
palanca para abrir una puerta, la llevó al coche.
En el camino pasamos a dejarle las flores
a su mejor amiga y esa fue
la última vez que mi abuela y yo paseamos en auto.





3

Cuando sonó el teléfono, el sol
levantaba la escarcha del pasto y viajé
en un colectivo de larga distancia
durante cinco horas sin saber
cómo iban a llamarse desde entonces las cosas
sin su presencia que autorizara
la existencia de todos los objetos. Era temprano y en el río
los rayos de la luz se atravesaron.
En mi diario escribí: "viaje a Azul, 9 de septiembre.
Alguien me buscó en la terminal para llevarme
de vuelta los ocho kilómetros que nos separaban
de una casa donde no me esperaba nadie.
La familia está toda en el pueblo, recorro
cada una de las habitaciones
en las que presididas por retratos antiguos
cuelga el silencio desde las arañas".
Subí otra vez, sin explicarme,
cómo todo podía estar tan quieto,
a la camioneta blanca que después
sería de mi padre y entré al toc
de la luz de giro al pueblo.
Tengo que encontrar el camino
a una casa funeraria donde la velan
con el camisón celeste que yo usé
para jugar cuando medía la mitad que ahora.
Era más largo que yo y mi abuela
lo ataba con una piola para que el vuelo
lo levantara unos centímetros y no
se arrastrara por el piso. Ahora es
una prenda fúnebre y en el misterio
de los aniversarios, bajo el vidrio
para preguntarle a una mujer que baja de un auto
la dirección exacta porque estoy perdida.
Es mi maestra de primer grado.
Esa que echaron porque después
tuvo un romance con el profesor
de educación física del colegio
cuando yo estaba en tercer grado.
No me reconoció. Dije
lo estrictamente necesario y fuimos
dos mujeres extrañas sosteniendo
una conversación acerca
de cómo llegar a una casa velatoria, en una ciudad
al sur de la provincia donde el verano es corto.