Hugo Toscaraday (CABA/San Antonio de Areco, Buenos Aires), Elogios o las alucinaciones del derrumbe, Homoludens Ediciones, Bahía Blanca, 2016.
La pluma invisible
¿La intuición es un desprendimiento sutil
del oscuro pájaro de la hermosura cuando pasa?
¿Una pluma invisible en el ojo del poeta?
¿Será, su rozamiento fatal, semejante al deslumbre de Adán
la primera noche del abrazo? ¿O al deslumbre de Eva?
¿O como el temblor de la palabra TIERRA,
en los oídos de Colón?
¿Será semejante a la pausa, entre el vértigo de Arquímedes mojado
y su grito?
¿O como el relámpago que iluminó la frente de Galileo
ante la evidencia del espasmo planetario?
¿La intuición es una pluma invisible en el ojo del poeta?
Pagodas
1.
Al tío Ho le gustaba conversar con los niños bajo la sombra de las esterillas.
Les hablaba de reyes decapitados, de príncipes traidores;
del dragón de los arrozales que incendiaba la cabellera de los impiadosos.
De las largas caravanas que trasladaban mágicas piedras y animales increíbles.
De los bandidos tumultuosos que asolaban las aldeas y de su contra cara
los pícaros contrabandistas que, siempre generosos,
aplacaban el hambre de los viejos y claro, también, la sed de las muchachas.
Al tío Ho le gustaba conversar con los niños bajo la sombra de las esterillas.
¡Y cómo reía el tío Ho con la risa de esos niños!
Al tío Ho –ahora el poeta Ho Chi Min– le gustaba conversar con los niños
bajo la sombra de las esterillas a pesar de los bombardeos y el napalm.
Años después aquellos niños ya hombres,
supieron que bajo la sombra de las esterillas
habían escuchado el trino venidero.
2.
Yukio Mishima ingresó en el pabellón dorado,
buscando la huella del samurai perdido.
Yukio Mishima solía decir que añoraba el pasado porque amaba el futuro.
Él sabía, o al menos presentía, que esa huella
lo llevaría hasta la barba misma de las tradiciones más puras
que su gente –dolorosamente– había olvidado.
Yukio Mishima comprendía, o se esforzaba por imaginar,
que con esa búsqueda su pueblo recobraría la felicidad.
Yukio Mishima –ahora el poeta Yukio Mishima– ingresó en el pabellón dorado
buscando la huella del samurai perdido
y encontró la rebelión y mudó en harakiri.
Jorge Santkovsky (CABA), La incomodidad, Huesos de Jibia, Buenos Aires, 2015.
Puede ser que no existas,
que la maleza se plante viva
como una herida abierta
que no rezuma
voces ni pasados.
Puede ser que tu voz
sea un eco de la noche,
un caparazón que esconde los otoños
hasta rehacerlos en verde.
Puede ser que existas,
y que no te haya visto
preocupado como estoy
por la palabra,
que mis manos
no sepan moldear
la arcilla de los dioses,
y entonces te dibujen
con un lápiz infantil,
casi jugando
preguntándote si eres
o si sueñas que eres.
Para que se sintieran distintos
consentí que se crearan
múltiples religiones.
Con el pasar del tiempo,
casi todas me avergüenzan.
Permití la violencia
que me llevó al fracaso.
Me tiene sin cuidado
el juicio de otros dioses,
no me es ajena
la incomodidad de su ironía.
Pero no hubo milagro que evitara
el cansancio de las almas buenas.
Ahora temo a la decepción de los hombres.
Cuando llegue mi hora
seré el más fiel de los creyentes.
Espero que me perdonen
mis repetidas burlas a los dioses
y sus seguidores.
Aclaro que busqué con honestidad
comprender sus fábulas y ritos.
Admiro sus recursos
para conservar bienes y adeptos.
Es que algo debe de haber
detrás de las tinieblas
que explique tanta dispersión,
tanta extrañeza.
Espero estar alerta
para escuchar el secreto
que susurra la materia.
Me gusta pensar
que puedo detener el viento
y saber en mi cuerpo
cuándo se avecina la lluvia;
que todo ser viviente
puede compartirme sus secretos,
y que si esto no ocurre
es porque no deseo
alterar el orden establecido.
Me gusta pensar
que puedo sumergirme en otras vibraciones
con solo regular el ritmo
de mis impulsos cerebrales;
que soy imperceptible
en el rango de las galaxias
e inmenso en el nivel molecular.
Me gusta pensar
que vivo con una cuota tolerable de dolor
que domestica mi soberbia.
Juan Rapacioli (Buenos Aires), Dispersión, Buenos Aires Poetry, Buenos Aires, 2015.
el miedo viene después
el miedo viene después
empieza con un relieve
un giro en el mapa
y una inversión en la superficie
antes
en la edad previa
la no sucesión
el cuadro está desordenado
las piezas no son un espacio
útil
constituido
configurado
para usar con cautela
prudencia o coraje
no hay movimiento intrépido
en la niñez
no hay valentía
porque no hay miedo
el miedo viene después
llega de algún modo
representado en formas y maneras
también en personas
alguien
determinado y determinante
es la cara del miedo
la casa que no se puede visitar
el pariente que nunca aparece en la foto
el conocimiento
silencioso
de que no habrá nadie esperando
del otro lado de la puerta
eso que no queremos que pase
nos espera con una mueca siniestra
detrás de la sonrisa amable
pensar un río
pensar un río es marcar medidas en el espacio
dibujar el fluir de los acontecimientos
en la relación de seres y materia
otra cosa es ver un río
la superposición de sonidos
que hacen muchos ritmos
y un mismo ritmo a la vez
ver un río es partirse al medio
por un lado
la continuidad que nos conduce
a quién sabe dónde
por el otro
un alto en el tono de los días
llegar al río es en sí mismo un cambio de luz
los colores, desde los precisos hasta las manchas,
enredados por oscuridades selváticas,
se abren hacia una perspectiva que fuga al cielo
y se despega del verde
pensar un río es no explicarse la existencia
afrontar lo inevitable de sentir el tiempo
la idea circular que nos arroja al fluir de nuestra fe
en esos argumentos propuestos por la especulación
ordenados por el pensamiento
nuestro insaciable y caprichoso dios
veo un pájaro volando
veo un pájaro volando
y por un momento
recuerdo que no
puedo entender
la realidad
el pájaro está quieto
sobre una roca
mirando a su alrededor
de pronto echa vuelo
toma lento impulso
gira sobre sí mismo
y se aleja
en círculos
el pájaro no pide ser mirado
ofrece un espectáculo impecable
una experiencia estética
apunta con el pico en bajada
hacia su izquierda
traza una curva perfecta
para extender sus alas
hacia la derecha
y perderse por un costado
del lago que cruza el parque
ver el pájaro
ver su vuelo
es ver también
una representación del tiempo
el pájaro vuela hace siglos
el vuelo es prehistórico
a su manera desafía al futuro
estimulando a la humanidad
a construir grandes máquinas
que transportan vidas por el cielo
reafirmando el peso que esa palabra
vuelo
tiene para el mundo
o simplemente volando
cumpliendo su función animal
viviendo para y por su especie
ajeno a metáforas y clasificaciones
que no encuentran más que ruido
en un mundo que no habitamos
pero que nos habita
el vuelo del pájaro hace
en un momento
un quiebre en la percepción
hace incomprensible
esta simultaneidad
de experiencias
que nombramos realidad
hace imposible la convivencia
de tantas fuerzas
en un orden universal
el vuelo viene a recordarnos
que este planeta
sigue moviéndose
extrañamente
y que el pájaro seguirá
despegando del suelo
en acto mágico
para conocer el futuro
el vuelo del pájaro
es como la risa o el río
nos hace saber
que no sabemos nada
Maricel Santin (Lanús, Buenos Aires), Historia clínica, Ediciones del Dock, 2016.
I
Esa navidad
cayeron los cubiertos.
Los tuyos primero.
Después
la abuela se puso de pie
y tiró del mantel
los restos de la fiesta.
Retumba la noche
en que la familia entera
vio caer
a su hombre más grande.
III
Siguieron los días
confundiendo
a la esposa con su madre
a las dos con la enfermera.
Tardes largas sin saber
qué mirada
sostenía el silencio.
No te vayas no me mires
¡Abajo las persianas!
No me dejen solo
que sin luz se escuchan
hasta los pensamientos.
Dios mío, ¿qué me pasa?
esa señora no quiere
que me vea en un espejo
VII
Antes la abuela repartía los regalos
sentada en el suelo
decía los nombres en voz alta,
cada uno buscaba lo suyo
éramos chicos y no pensábamos
quién habría hecho el gasto.
Antes el abuelo
desde la cabecera
miraba a las mujeres cocinando,
sirviendo las porciones.
Tenía el cuchillo más grande
filosa la mirada
y la última palabra
en cualquier conversación.
Ahora el abuelo duerme,
la abuela en cualquier silla y no le importa
que todos
nos movamos con comida,
los hombres quieren
ocupar la cabecera
compiten en silencio
pero pierden
cuando ayudan a su esposa
a traer una bandeja,
hablamos cualquier tema
que no sea de política
no nos podemos dar el lujo
de pelear entre nosotros
y dejar sola a la abuela
justo en navidad.
Mis abuelos
llenaban la frutera con remedios,
adornaban así el centro de la mesa.
Ahora mi papá pone las cajitas
al lado de su plato cuando come,
antes de sentarse las busca
y las apila.
La otra abuela hizo prometer
que no iban a operarla,
incluso moribunda escupía las pastillas.
Mi mamá lloraba
pegando pataditas en el piso,
no quería más
el remedio para la tristeza.
Si algo me duele
yo compro lo que dice la receta,
lo guardo un tiempo
y no lo tomo
por el miedo.
Oscar Vicente Conde (CABA), Resurrecciones, Tahiel, Buenos Aires, 2015.
Espejos
“más allá de cualquier zona prohibida
hay un espejo para nuestra triste transparencia”
Alejandra Pizarnik
Dentro del espejo
con enorme marco oscuro
hay ojos que miran como al descuido
y no son míos.
Tal vez de mi vecino muerto
aquella tarde de invierno
o de su esposa siempre triste
que huyo desnuda
un verano de vacaciones en el Mediterráneo.
Dentro del espejo
siempre hay niños jugando extasiados
después de una suculenta cena
en la larga mesa con mantel blanco
y sillas afelpadas sin marcas en sus respaldos.
Niños sin ganas de irse a otra dimensión.
Dentro de un espejo
la confusión hace su juego diario
y me recuerda a mi abuelo paterno
muerto en Madrid
cuando mi padre aún era un niño.
Mi padre vino una tarde de otoño
con su pantalón corto y sus piernas velludas
y flacas como alambres de fardo.
Vino en ese enorme buque
con su madre toda de negro
sin que nadie los espere en el puerto.
Ellos quizás estén en el espejo
y me observan con extrañeza,
jugando con la impericia de mi caminar,
las muecas de mi rostro que envejece,
la inquietud de mi mente,
la sobriedad de mis vestimentas.
Dentro del espejo
lo sé
habitan los ojos que ya no están en mi casa.
Dormita lo locura de todos los días
haciendo denodados esfuerzos por salir.
Aroma de lluvia
Las manos hacía el cielo celeste y extraño.
El cielo con su vocabulario propio,
hablando a la tierra que escucha ávida.
Los pájaros no están.
Y nunca sabremos dónde se refugian,
cuando no los vemos al atardecer.
A veces presagian la lluvia.
Igual que los gatos apoyados contra los cristales.
La lluvia espera con su paciencia enfermiza.
La tierra se prepara con su sed antigua.
Si, seguramente va a llover.
Hay un olor húmedo que acaricia el rostro.
Los tilos lejanos hacen viajar sus perfumes,
y se oyen los pasos del viajero eterno.
Si, seguramente va a llover.
Vos me hablás al oído.
Aunque te hayas marchado con otra lluvia.
Restos IV
En la oscuridad
profunda
los huesos duermen
ya sin ojos
ya sin latidos
por las grietas
de la tierra
se esfuman las pieles
y las carnes
para transformarse en criaturas
invisibles