viernes, 26 de mayo de 2017

Gustavo Caso Rosendi



Gustavo Caso Rosendi (La Plata, Buenos Aires), Lucía sin luz, El Mono Armado, CABA, 2016.


Colaboración de Javier Saleh.



















                                                                                   “Esa flor que está naciendo,
                                                                                   ese sol que brilla más,
                                                                                   todo eso se parece,
                                                                                   a la sonrisa de mamá...”
                                             
                                                                                                        Palito Ortega




Hoy tu voz está oscura
como el goteo de una caverna.
Te paso la mano como si limpiara
un mueble viejo. Pongo una carpeta
al crochet y ahí encima, un adorno.
Para que vuelvas a estar,
a ser hermosa.












No hay nada más terrible que su arrasadora
visión, como si los cordones de mis zapatillas
estuvieran desatados. Como si hubiera hecho algo
que no tuviera perdón.
No hay amor, ni recuerdo. En sus ojos no hay hijo.
Me teme como a su padre. No me necesita.
Sí, sabe mi nombre y lo repite como si invocara a Cristo.
Pero cuando acudo a su llamado no soy ese que
que se presenta al pie de la cama.

Ella todavía tiene
algo en su vientre
que no sale.












Atada en una cama, ojos de niña perdida
¿Sos vos? No sé qué contestar.
Le digo, por decir, no muy convencido
Sí, soy yo. Y ella me dice no me dejes.
Pero es que aún no me he ido –le respondo–
la que te estás yendo sos vos.
Y ella otra vez se va, antes de que yo consiga
dejarla. Tiene la misma mirada que tenía
poco antes de alumbrarme.

Los mismos dolores, pero ninguna luz.












Hoy no es tu día.
Ningún día es tu día.
Quisiera aconsejarte.
Decirte que aún sos joven y todo eso
que se le dice a una hija enamorada.
Porque al fin de cuentas, siempre he sido
tu padre, madre.

Hoy no es tu día.
Tampoco el mío.
Los dos estamos en esos días
en que ningún día ya es nuestro. 


















miércoles, 24 de mayo de 2017

Laura Crespi


Laura Crespi (San Fernando, Buenos Aires), Les autres sensualités, Caleta Olivia, Buenos Aires, 2016.




























En lo imposible también hay casas.
El simple mirar, la devoción,
direccionando los desvíos
en las calles de este barrio
que nos llevan
y nos pierden.

El aliento desplazado,
la fiesta en otros lugares
donde las figuras se durmieron
y nos siguieron despiertas
en un sueño solo,
silabeando unos chasquidos
que venían de las hileras de gotas
extendidas sobre el parabrisas
yendo a mínima velocidad
por la avenida azul
bajo el asfalto doble
y rayado en el medio
de esta gran prolongación
hacia la nada.












Alguien sabe
que la proyección
ahora sólo puede decaer
con la oportunidad
de ver elevarse al cielo
desde el techo hasta las tejas
apenas reconstruidas
el fantasma
mientras flota
como un alga entre las olas
la conmoción de ese último naufragio.












Es como una flecha suave
como dios
el pulso quieto
en la distorsionada
y clara posición:
la dinamita viva
del instante.












Las poetas declaman

Toda la conspiración ha sido en vano
Toda la conspiración ha sido en vano

Las poetas invitan y pican
íntimas, como una primavera
nítida, perfecta y liberada
de los pálidos cogollos
del invierno.

Toda la conspiración ha sido en vano
Toda la conspiración ha sido en vano

Las poetas caminaron
por el centro desvestidas
y acamparon
en el medio de la calle
tirándose vino por sus cuerpos,
finalmente se durmieron y aliviaron.

Toda la conspiración fue cáscara
que se partió y se disolvió enseguida
para descubrir sobre el hueso
una inquietud perfecta.





























domingo, 14 de mayo de 2017

Jorge Aulicino



Jorge Aulicino (CABA), El Cairo, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2015.























Escila y Caribdis

                                                               'l vivo spirto de la morta spoglia
                                                                                                      Ariosto


Me acostumbré a hablar de una manera estúpida,
con grandes palabras disfrazadas de ingenuidad,
junto al humo de los escapes, cerca del ruido
de los autos, frente a televisores y anuncios
luminosos, bajo los arcos voltaicos de una idea
no suficientemente creída, no lo bastante acunada.
Una vez que se ve que la partícula va de un polo
al otro, y genera un chisporroteo alegre y poco
material, de nada nos sirve volver a los libros:
hemos visto que la materia está en dos polos al mismo tiempo,
si es que podemos considerar que allí hay tiempo.
El tiempo está aquí, y somos sucesivos, somos menos
que nuestras partículas, somos apenas más
que nuestro pensamiento. Por eso es imposible hablar
de los cuerpos sin reducirlos a ese ciego chisporroteo
sin Dios, a ese atrayente juego retórico
de las partículas que no van y vienen, sino que están
y no están en un extremo y en el otro.

¿Pero es que no hay logos en el cuerpo?
Hay una potencia excepcional de logos, de pensamiento.
Hay toda una potencia que a veces explota en miedo,
en la terrible desazón de las terrazas,
en el espectáculo del dolor.
Pero es también espectáculo y debes retroceder.
Caer supino, no escuchar. Y sólo
cuando los cuerpos corren como un sacristán
en camiseta, o como Orlando emplumado, flor de los gallardos,
o son como la fulminante acción del boxeador,
o como la encomiable acción de guerra,
o como el gato que se da vuelta en el aire,
sólo entonces
creer que al fin el cuerpo es pensamiento
ardiendo en el arco, crucificado.












Corales, passacaglia y fuga

Todo se mueve hacia las calles vacías y no me muevo.
El cuerpo resiste más de lo esperable. Pero de allá
viene ese olor de puchero oxidado. Allá el óxido
hace estallar lentamente los hierros y el asfalto
–¡es mío este asfalto, ingleses!–:
todo lo que se atornilla y después se olvida, hasta que estalla.

Ese olor, lo he visto por el barrio, es olor de traspatio,
mezcla de lavandina, humedad y algo orgánico: pucheros.

Y todo comienza a vibrar como un lentísimo coro que se eleva
de las obras de los hombres de la ciudad de lo humano.
Todo será pedazos, partículas, flotará como en la música
de los ascensores, como en la música de los aeropuertos, como
en la música de Apolo. Será aire, un roce hueco, de lo que queda.

Invierno.
El planeta disperso, un orgasmo.



                                                                              a Brian Eno  












A un charco en una mesa de metal después de una lluvia

Es casi como eso, si no fuera que eso es esto y no le interesa el cómo.

El charco refleja las ramas de los árboles
                          y todo alrededor
es oscuro y vívido, no completamente oscuro
                     y ligeramente distinto
a la oscuridad de un atardecer súbito
–como el que ocurrió hace instantes,
cuando estábamos sentados a esa mesa–.

También de pronto en un ángulo de una biblioteca ajena
         durante una cena
aparece algo que evoca una consistencia previa:
como momentos de la infancia en que sentimos
frente al cielo algo de rara lejanía, algo que sucede
          pero ha sucedido
en otro mundo atrapado en el tiempo como en un acuario
          y sólo podemos llamar algo.

Con su oscura limpidez, con su vida de acuario en la que ocurre,
                   siempre ocurre  
                                            –dos palabras contrapuestas–,
lo intemporal del cielo, del aire, del chubasco.












Amsterdam

¿Nos construimos para ver precisamente en medio de la noche?
¿No es que esperamos que no sé qué ensalmo
se levante de estos edificios que se recortan azulados
en una niebla medieval de fin de siglo?
¿No es que quisimos, en alianza con Dios, que naciera un niño en todo esto,
para protegerlo y que nos proteja del mal en cuyo centro plantamos
ciudades, mercados, laberintos de calles y palabras,
piedras que se carcomen, silbidos de autos a gran velocidad,
plátanos que de noche vacilan: fantasmas que no quieren, no pueden,
arrullarnos; Cristo y el anticristo latiendo siempre en el filo del milenio,
en el filo de cualquier milenio, dormidos a veces, como cuando un rostro
se adormecía junto al fuego en una vieja pintura holandesa,
sombra y paz, malicia, gravedad, inocencia sobre todo, mezclados
junto a la llama, la sombra fría: Amsterdam que dormía honda, efímera.
Y allí, sin embargo, el bien y el mal, la voz que rechaza la anomia,*
susurrando la pregunta angustiosa: "Si no soy, no es; si no es, no soy".


* anomia2. Trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre. Real Academia Española. 



























viernes, 12 de mayo de 2017

Cristián Gómez Olivares



Cristián Gómez Olivares (Santiago de Chile / Cleveland, EEUU), Butterfly, Colectivo Semilla, Bahía Blanca, 2017.





















¿Puede un árbol producir terror?
¿Puede uno enamorarse de una hoja?
¿Se puede alumbrar con una linterna 

lo que no se dijo cuando era oportuno
decirlo?, ¿cuántas veces hay que definir
la palabra savia antes de recogerla

con las manos?, ¿cuántas veces ese árbol
se acuesta con nosotros?, ¿cuántos días
de la semana los dedicamos íntegramente

a alimentar sus raíces con una lluvia
que no es nuestra?, ¿cuántos días
a cambiar la historia?, ¿a abrir

mucho más temprano que tarde
las grandes alamedas?















Dora Markus

Has perdido el acento, te aseguran, en cuanto
te oyen pedir un kilo de reineta adobado con el mismo aceite
con que ayer se cocinara aquí en tu casa: pero el acento 
lo perdiste antes de partir, como si todo lo que pasó después 
fuera un pájaro que vuela alrededor de sí mismo, como si esos años 
en busca del santo grial hubieran llegado a su fin 
una vez que entramos a las librerías de nuestro pueblo 
pidiendo perdón por los errores que no hemos cometido
pero podríamos llegar a cometer. El pájaro en cuestión
chocaba con la luz del faro cada vez que ella se acercaba
anunciando la llegada del barco en el cual partiría.
En esas librerías buscábamos las primeras ediciones
donde estaba escrito que algún día tendría que volver.
Los peces son hermosos saliendo de las redes.
Pero son todavía más hermosos envueltos
en los diarios que anuncian su partida.
Que en aquellos que anuncian su llegada.














Limpiaparabrisas

Una nieve que todavía cae más blanca. 
Las excusas que presentan los alumnos.
El cheque imposible de cobrar.
El cruce de caminos en medio del bosque.
Y los autos que se aproximan hasta el cruce.
La gente que los conduce mientras habla por teléfono.
La fluctuación de las tasas de interés.
La inauguración de una librería en Buenos Aires.
Un bar abierto cuando todos están cerrando.
Una iglesia construida por los indígenas.
Una copa de agua vista desde lejos.
Dos árboles disputándose el favor del viento.
Los pañales desechables en la basura.
El modem para conectarse.
El uniforme todavía sin lavar.
Las persianas que daban al patio.
El reloj despertador y las pilas del reloj.
Las cajas donde echan la fruta.
La balanza en el negocio de la esquina.
La panadería que estaba al frente.
Las rejas de los edificios. Y el timbre
que pusieron después. Una calle
en el DF donde me bajé para ir
a la universidad. El taxi que me llevó.
La propina que le dejé. La distancia
que tuve que caminar. La glorieta
donde los alumnos me estaban esperando.
Las hojas dobladas de un libro a las que debe
su nobleza. El motor del auto que suena
como un presagio, un augurio que pasajeros
y conductor intentan desentrañar antes
de ese cruce de caminos donde los puntos
cardinales son un verbo y seguir por la ruta 
que venías equivale a tu forma de entender
la realidad: un plagio sin autor, una película
que se termina con la palabra fin, una obra 
de teatro sin público ni actores. Lecciones de tedio 
que nadie más podría ofrecer amparado simplemente
por un limpiaparabrisas. 































jueves, 11 de mayo de 2017

Mariel Monente



Mariel Monente (Tigre / San Isidro, Buenos Aires), Acaso lo fugaz, El Mono Armado, Buenos Aires, 2015.
























Crece neblina
detrás del bosque
lejos del mar
cuando llegue el viento
se verán los contornos claros de la verdad.












¿Te acordás cuando corrías
siempre campo siempre ladera?
a tu paso se quebraban
los tallos
la fragilidad de lo que queda
bajo los pies.












A veces duele
el ojo único de espera
esa eterna despedida que soy
diversa
fragmentada
él mira
en el tuétano en la verdad
el ojo de la infancia
lo que nunca se corrompe
a veces duele.












Pezuña                 o liviandad
pluma                   o pantano
donde pugnan los contrarios más grises
la llama se enciende
su luz roja
en la penumbra es más fácil adivinar otras pieles.