sábado, 26 de marzo de 2016

Emilio Herrera



Emilio Herrera (CABA/Luján, Buenos Aires),  Un cuarto azul, El Ojo del Mármol, Buenos Aires, 2016.





















La lengua del viento


la lluvia más bella
se iba hasta el fondo
como agua de madrugada
en forma de guadaña sobre el campo
¿acaso era el día del juicio final?

así te ocultás con la tierra mojada
barro impreciso parecido a tu piel

lo más asombroso es el silencio tuyo
escena donde el viento habla por los dos

el amor es más constante que la muerte, leías
es claro que el tiempo se pierde
demasiado pronto demasiado tarde,
el azul nos separa
de espaldas bajo el diluvio.









Piso flotante


no hay manera de escapar
de esconderse del miedo
como hacíamos de chicos
cubriéndonos con una sábana

en la tele informan que está lloviendo
que el verano termina mal
con grandes tormentas
trato de seguir escuchando
pero la alarma del auto es más fuerte
se multiplica
como el viento
que rompe los vidrios de las casas
un rayo azul se clava en la antena
la luz de todo el barrio se corta

alguien golpea la puerta
es el agua que ya tiene forma de ola
convierte el espacio
en una habitación flotante
el gato salta sobre la cama
ya estamos nadando,
el nuevo río nos lleva.









Eugene


en el álbum de fotos
las hamacas                
vos con un sombrerito a rayas
el sol pegaba en la sombra
era invierno
y aún teníamos los pies en el aire

un día elegimos las bicis
flor de porrazo te pegaste
ese día descubrí
que no teníamos sangre azul
como los príncipes
sólo éramos
dos niños atemorizados
por la tierra que levanta las bicicletas.










miércoles, 23 de marzo de 2016

Luciana Reif



Luciana Reif (Avellaneda, Buenos Aires), Entrada en calor, El Ojo del Mármol, Buenos Aires, 2016.























Amén

En Cali
conocí a una mujer
que tenía la habilidad de rezar
con una sola mano.
Para sentirse más cerca de
dios
le bastaba con hundir sus dedos
bien profundo debajo de su falda.
Rezaba de día
rezaba de noche
en el nombre del padre
del hijo y del espíritu santo.
Amén.










1

Desde que nos separamos
perdí la costumbre de descolgar la ropa
cada vez que llueve
dejo que el agua pase con fuerza
que la vida se asiente de nuevo sobre las cosas
ya no limpio el polvo que se junta
sobre la superficie de los muebles
abro las ventanas para que el aire entre y se quede
vibrando en el ambiente.
Creo que todo lo nuevo oficia de despedida,
por eso cada tanto dejo que un chico
me agarre de la mano y me bese.










Cuando mi hija con su cepillo de pelo nuevo

Cuando mi hija con su cepillo de pelo nuevo
le pregunte a su abuela si la puede peinar,
cuando tome entre sus manos el pelo de mi mamá
y lo acaricie con el peine desde el cuero cabelludo
hasta las puntas, desenrede lo que es necesario
desenredar, se detenga con cuidado en los nudos
más enmarañados y despacio los desarme para que vuelvan
con el resto del cabello a caer en línea recta;
yo me preguntaré si son estas las raíces que nos unirán
al suelo materno, el pelo lacio y elástico
de todas las mujeres de mi familia.
Yo también peinaba a mi abuela: mientras ella tomaba mates
 en el living de casa, me subía a una banqueta con el cepillo
para alcanzar a jugar con su pelo.
Hacía y deshacía a mi antojo, trenzas de princesas guerreras,
amazonas enormes capaces de dar la vida por los suyos,
colas de caballos indomables que cuidan a sus potrillos
pero les enseñan también a galopar lejos
del potrero que les dio alimento.










Caza una mariposa al vuelo

Caza una mariposa al vuelo
y se la guarda en el bolsillo de su uniforme
mientras corre a esconderse
en la esquina de casa, porque hoy tampoco
quiere ir a la escuela.
Es mi hermano del medio y se llama Lautaro
yo lo admiro por todo aquello
en que no me le parezco.
Él no habla con nadie y aunque mamá lo obligue
no quiere ir a los campamentos del colegio.
Siempre pienso que su mundo interior
es tan grande como el barrio en donde vivimos.
Pero para su mundo exterior, le alcanza
con sus libros y su cuarto. 






























martes, 22 de marzo de 2016

Felipe Herrero


Felipe Herrero (Buenos Aires), Estoico, Lisboa, Buenos Aires, 2016.






















Trazo

Algunas veces me pregunto 
cuánto demoraran las personas 
en observar el trazo de un ave 
sin divagar en mecanismos de pensamiento 
asociados a esa acción del animal 
sin nostalgia o planeamiento
sino con los operarios de la atención a plena máquina 
todo en el aquí y en el ahora 
en ese corte transversal del aire 
en ese cuerpo en el aire 
bajo la lumbre 
del cielo crepuscular










Alrededor del Sol

Se dice que Neptuno gira a más de 19.500 kilómetros 
                 por hora alrededor del sol
y que Marte supera en mas de cuatro veces esa velocidad 
también que las flores estiran hacia septiembre 
que los peces de Oceanía son los mas coloridos 
que las hojas quebradas marcan el avance del otoño 
y que el tiempo inevitablemente nos consume

                 más allá de los diferentes puntos de vista 
sabemos que estas cosas son ingobernables

Neptuno allá arriba
esta sólo solo si se entiende a miles de kilómetros 
                como márgenes de soledad 
se piensa en una batalla perdida en un beso ganado 
en los labios de otro ser o en el cuerito aviejado
                de una canilla que gotea
incluso a veces 
apostamos a un proyecto con otro 
la historia ata y desata no cabe duda no obstante 
el amigo está ahí
como Neptuno como Marte o las hojas
agua insostenida 
que refleja nuestro sol










Anacoretas

Esto no es una despedida —dijiste aquella noche
                    en San Miguel— 
era lógico suponer que las cumbres soleadas 
y las playas de Okinawa 
que la red virtual de Tokio no nos separaría 
los amigos son los amigos aclaraba un programa
                  de televisión allá por los 90´ 
y estas distancias pueden alargarse o acortarse 
pero aún así seguimos rindiendo fruto a la amistad 
y ahora que uno de nosotros se encuentra obligado 
a tranzar con lo más oscuro de la vida 
es esa misma vida la que nos hace protegerlo 
contra su deseo de destituir lo poco de alegría 
que le queda

















miércoles, 16 de marzo de 2016

Alicia Genovese



Alicia Genovese (Buenos Aires), La contingencia, Gog y Magog, Buenos Aires, 2015.






















El pasadizo

Algunas cerraduras se abren
con palabras, otras oxidadas,
con masa y cortafierro,
con amoladora y un disco
que levanta chispas
cuando salta los pestillos.
Eso fuimos probando
hasta que la puerta cedió
y abrimos el pasadizo,
la entrada hacia el fondo
abandonado de la casa.
Allí murieron dos gatos
que solían dormirse sobre el muro,
una rata, un pájaro
volteado por la tormenta;
pero ni rastros en el pastizal,
ni en el desquicio de ramas
una y otra vez cortadas
de los mismos troncos.
Un desván a la intemperie
desnivelado entre cascotes,
forzado durante años
a esa soledad que tapona,
a esa inutilidad;
costaba suponer que unas palabras
ablandarían derechos,
darían vuelta voluntades
o que la pared de quince,
tan férrea como una muralla china,
se derrumbase.

Todavía el aire
se corta con el cuerpo al pasar;
un silencio de dádiva concede
como un poder la expectativa,
la vida atenta
o el secreto de seguir siendo
después de flaquear en un pasaje.
Un atrás del mundo,
un desierto privado,
cosas que nadie quiere
y te vuelven inmensamente rica.
El pasadizo quedó abierto
y lo que sigue es pensar un jardín;
ni un edén, ni el primero,
tierra llana será,
emparejada para que el pasto crezca,
riego, sólo eso;
y que el calor de lo fértil
le sea otorgado,
y que el agua de la franqueza
le sea otorgada.










Tormenta tropical

El ventilador de techo
gira ruidoso en medio
de la tormenta tropical;
cada relámpago lanza
una espada de luz
que se deshace contra la pared.

En la atropellada el viento
desestabiliza las aspas
barre la habitación desaforado
como el viraje
que te deja dando tumbos
frente a la crueldad fuera de cálculo.

Los containers se vuelcan
las raíces se destripan
la arboleda se dobla y aúlla;
el paisaje, esa belleza que te sembró
de horas absortas,
se desarma en sacudidas;
estalla en chaparrones
la pesadez del calor.

Pero el agua es la calma
el goterío
la serenidad de la constancia,
un torrente de bautizo
donde tendrás que morder
el grano de sal que te ha tocado

lluvia,
alegría perpendicular.










Los petirrojos del norte

Cien, cincuenta,
una bandada enorme llenó el aire,
sobrevolaron la casa
cerca de nuestras cabezas
como una nube de granizo,
como una lluvia
que iba a caernos encima
con su estruendoso concierto.
Voces chillonas que se aplacaban
en uno o dos trinos finales, para resurgir
otra vez poderosas en el tumulto.
Euforia de grandes compositores
un Brahms, un Beethoven
dando entrada al coro en notas altas
o al pulso de los timbales.

Llegaron intimidantes pero se volvieron
menudos al bajar sobre las barandas,
al posarse sobre el techo brilloso
de los autos.
Migraban hacia el norte
con el olor cálido de marzo;
dejaban nidos e invernada llevados
por el magnetismo del polo
y una afinada, envidiable percepción
del fin y del principio.
Nunca vi tantos, todos juntos;
yo estaba a esa hora
en la puerta, levantado el capot
de una camioneta sin arranque,
con una batería exhausta,
tan contradictoria, sin energía.

Torpemente terrestre estaba quieta
en la entrada al garaje de una casa de paso,
sin comunidad festiva;
llena de tareas, pero quieta
buscando un envión vital,
un sentido para irme o volver,
o sostenerme sin tristeza,
cuando ellos bajaron
y revolvieron la tierra,
cuando giraron entre espinos oscuros
y azaleas luminosas,
en su círculo de fuerzas.

No duró más de cinco,
a lo sumo diez minutos
y reanudaron el viaje,
con ese regocijo capaz
de agujerear el cielo y esa ligereza
que de todo se desprende.
En su gestalt gritona
hacia el norte seguro de lo tibio
levantaron vuelo,
contra el vértigo y la sed
que podría derrumbarlos,
contra la paciencia estacional
y todo lo que derrama furia, inútilmente.










El azul colapsa

Hay una arcada de ramas
para que pases;
hay un puente de álamos
para sostenerte.
Hay un aire recién venido
para que lo respires;
hay una grieta para que digas
palabras como felicidad o maravilla.
Todo cae, todo es suave
y desviste, todo es cuerpo
impulsado e inmóvil.

La brevedad
de lo que ocurre es inmedible
y el alma se desacomoda
en un caos benévolo.
La luna brilla cada vez más blanca
y a su alrededor el azul colapsa.

Las circunstancias varían,
los lugares difieren,
pero a veces sucede.
La mejor fruta es alcanzable,
los caminos se aclaran
en el reflejo de las piedras.
Abrir los ojos y pasar,
es tiempo,

la posibilidad
puede escaparse.




















viernes, 11 de marzo de 2016

José María Pallaoro




José María Pallaoro (City Bell, Buenos Aires), El flautista de City Bell, Libros de la talita dorada, City Bell, 2015.





     
















     ANIMALES

     ¿Han visto tendido en el jardín a algún animal llorar sus pecados? Veo el inundar de sus ojos en la gramilla acristalada. Una mujer queriéndolo alimentar con sopa de verduritas y especias. El pecado no es original, una copia inédita de madera de cajón de manzana. Durmió entre las paredes y creció hasta hacerse encima del pis y del olvido de una insistencia que nunca cumple sus promesas. Y ahí está el pobre. ¿Lo han visto? Cierren los ojos, imaginen un espejo.







     BALDÍOS

     Desde hace un tiempo, habita una extraña mancha en la pared. La veo desde el interior de mi casa. La pared es una medianera. Da a un baldío. Nunca pisé ese baldío. Tampoco sé el origen de la mancha. Si bien la pared está un poco alejada del ventanal, digamos unos ocho metros y medio, no llego a percibir su naturaleza. No es de humedad, seguro. Ni la sombra de un pájaro petrificado. Es una mancha que nunca cambia. Sea la hora del día que sea, la mancha permanece inmutable. A veces, tengo el deseo de salir, y observarla mejor, pero la sensación persiste unos segundos, y enseguida retorna la cordura. También, en ciertos breves momentos, quisiera perderla, y ver, y ver realmente esa mancha que como escupitajo o asteroide desconocido está aplastada a la pared que da a un baldío.


     

    


EL PERRO

     Lo tiró en el bosque de eucaliptos. Una costumbre familiar que trajo del más profundo Chaco. A la mañana, cuando aún la escarcha no se había disipado, se encontraba ahí, sobre el capó del 1100, con las patas tiesas y los ojos de vidrio. “Estos hijos de puta”, y lo agarró de las patas duras que ató con la soga para manear y lo llevó arrastrando hasta la quinta del loco Carlo, y lo dejó ahí, cerca del molino y de las higueras. Ese día salimos, a pesar del frío, sí, a pesar del frío, regresamos con leña seca del Pereyra, y la pusimos junto al hogar. Encendió el fuego, más bien lo avivó.
     Esa noche preparó huevo batido con oporto y azúcar.
     Esa madrugada, la pared del otro lado de la estufa se mantuvo caliente como la almohada y el colchón y las sábanas espesas.
     Antes del amanecer tuve un presentimiento, y salí. Ahí estaba, encima del auto, bajo el farol de la calle que encendía la neblina, parapetado en sus patas, con los ojos amenazantes o suplicantes, no lo sé, esperando que silbara su nombre.


     
     



    MARGARITAS

     Estamos en la cocina. Mira viejas fotos y sonríe. Le convido un mate y cariñosamente dice que después, que ahora está caminando por calles reconocidas. Tomo el mate que le convidara y sigo leyendo el libro que dejé sobre la mesa. Es un libro de poemas de un amigo de Buenos Aires. Tiene un nombre de mujer el libro de mi amigo. Pero no es el tuyo, le escucho decir. No, no es tu nombre que se repite una y otra vez. Tendré que deshojar la margarita como ella deshoja las fotos que sacamos hace apenas un rato de una caja de zapatos.







     MÚSICA DE JAZZ

     Las sillas del jardín inclinadas sobre la mesa. Piedras y arbustos, una maceta caída, vacía. En la pérgola, la parra colmada de racimos de no-amanecer. La lluvia aún no cesó, pero es leve, fina, tan fina que acaricia como música de jazz las chapas del techo. El interior es el exterior de mis cosas. El vidrio, apenas humedecido, mi rostro.







    UNA HERMOSA VIDA

     Me metí en el sueño de mi perro. Lo vengo haciendo desde antes que los árboles se acolcharan de sombras. Vi bolsas de Eukanuba. Caricias a la mañana y al atardecer. Una pelota de tenis que busca y trae algunos fines de semana. Un gato en zapatillas deportivas que siempre escapa por la medianera de las enamoradas. Inmensas y terrestres siestas al sol con pajaritos a sus anchas y a sus patas. Una hermosa vida de perro. Y no quise salir, pensando que sus sueños eran mejores que los míos.