viernes, 4 de agosto de 2017

Graciela Cros



Graciela Cros (Buenos Aires/Río Negro), Pampa de Huenuleo, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2017.






















Pampa de Huenuleo

¿Hay sol ahí en Pampa de Huenuleo?
¿Hay sol ahí en Pampa de Huenuleo
o sólo hay frío, hielo y muerte?
¿Hay sol ahí
o hay mujeres arrojadas al descampado,
asesinadas, violadas, comidas por los perros?
Desaparecen mujeres
cerca de uno.
En Arrayanes, Frutillar, Malvinas,
San Francisco, Omega, Pilar,
en Nahuel Hue, Mutisias,
El Maitén,
en los barrios,
diagnostican.
¿Y más allá de Pampa de Huenuleo,
en Jacobacci, Lipetrén, La Lipela,
en Mamuel Choique, Pichi Leufu, Comallo,
en Cuesta del Ternero, Somuncura,
Ñorquinco?
¿Más allá de Pampa de Huenuleo,
en la Línea Sur,
también
diagnostican?
¿En Maquinchao, El Foyel, Los Repollos,
Blancura Centro, Los Menucos,
lejos de Pampa de Huenuleo,
diagnostican?
Y desaparecen,
desaparecen cerca de uno.
¿Los niños
que también desaparecen
duermen
en panteones del cementerio?
¿En garitas oscuras?
¿Ahí sueñan?
¿Ahí hay que buscarlos
vivos o muertos?
¿Hay sol en Pampa de Huenuleo
o sólo hay panteones,
garitas, frío, hielo y muerte?
¿Hay sol
o hay panteones para dormir
morir en el cementerio?
Micaela, Natalia, Ruth,
mujeres madres de Agustín,
Braian, Matías, Gilda, David, Lucía,
hijas de Ramón, Carmen, José, Teresa.
Hijos que ya no verán crecer.
Padres que ya no verán morir.
¿Hay sol ahí donde están
en el descampado?
Desaparecen cerca de uno.
¿Pueden desaparecer tantas mujeres cerca de uno?
¿Con el cuerpo molido a patadas,
ahorcadas y colgadas de una soga,
quemadas en el fuego de un incendio,
heridas de bala o arma blanca,
violadas, violentadas,
solas en Pampa de Huenuleo?
Oyarzo, Painefil, Muñoz, Bastidas,
Sepúlveda, Gatica, Cheuquepán,
Meliñanco,  Huenchul,
¿ustedes también desaparecen cerca de uno?
¿Bajo el sol en Pampa de Huenuleo?
¿O bajo el frío, hielo y muerte en Pampa de Huenuleo?

A modo de diagnóstico del estado de la ciudad las autoridades hablan de violencia familiar, desprotección infantil, desempleo, subalimentación de las madres, embarazos adolescentes, chicos solos en sus hogares. Insisten hay violencia de género, falta de trabajo, ancianos solos; faltan servicios básicos, agua potable, cloacas, gas. Reiteran: violaciones en el seno familiar, abuso infantil, maltrato y muerte de mujeres y menores por golpes; niños y adultos mayores durmiendo en panteones del cementerio. Así se suman al diagnóstico, al diagnóstico del organismo, al diagnóstico del organismo en el marco del proceso, al diagnóstico del organismo en el marco del proceso de elaboración, al diagnóstico del organismo en el marco del proceso de elaboración del plan estratégico, al diagnóstico del organismo en el marco del proceso de elaboración del plan estratégico para el crecimiento, al diagnóstico del organismo en el marco del proceso de elaboración del plan estratégico para el crecimiento de la ciudad. Finalizan diciendo: No queremos crear falsas expectativas.

Bajo el sol desaparecen en Pampa de Huenuleo.
Bajo el frío, el hielo de la muerte
desaparecen
en Pampa de Huenuleo.












La casa

Si la casa estuviera plantada
donde estaba,
si bajo los escombros,
en los cuartos,
los muebles,
hubiera señales familiares,
las huellas de su paso,
del andar que tenía
entre esas paredes
ella
¿respiraría mejor?

¿Sus ojos serían mansos,
bondadosos,
para ver
lo que no hay de aquello
y lo que hay ahora?
¿Para ver
y aceptar
lo que dejó de ser?

Si la casa abriera sus ventanas
a pesar del derrumbe
para que ella viera bajo otra luz
aquello que hubo antes
y luego dejó de estar,
de ser,
la paz,
por fin,
¿vendría?












Morgue Fiorito
En el patio de la Morgue Fiorito
un niño enfermero
pone ante mí
el cuerpo de mi madre.
Antes subo a un avión pensando que está viva.
Que su fuerza va a sacarla del trance
y no tendré que enfrentar 1600 kilómetros después
la contundencia de su muerte.
Rezo el Padre nuestro, el Credo, el Ave María,
todo lo que recuerdo del catecismo infantil
brota espontáneamente de mi boca.
Pienso en prometer cosas
que impliquen sacrificio
y nada se me ocurre.
Me bloquea
el pánico a su muerte.
Después
en el patio de la Morgue Fiorito
un niño enfermero
pone ante mí
el cuerpo de mi madre.
Antes, afuera, en la vereda,
hay mugre, hay palomas,
hay cosas vivas
y papeles que vuelan.
Hace calor y el niño enfermero
obligado a tramitar partidas
se ocupa de nosotras.
Es un niño de finales,
descensos.
Un niño funerario
que cumple su tarea.
La ubica frente a mí
y pide en voz baja que yo la reconozca.
Este niño demanda
justo
aquello
que no quiero admitir.
¿Por qué es un niño
quien la traslada
de un interior oscuro a un patio carcelario?
¿Por qué es un niño y no un verdugo?
¿Es una morgue el patio carcelario
o es una prisión?
Ella está ahí, la veo, entregada,
y yo la reconozco,
inclino mi cabeza, asiento,
digo
sí, es ella, es mi madre.
Pero sé que no lo es.
Ella no está ahí,
ella se ha ido a otra parte.
El niño enfermero
ha hecho su trabajo con cuidado.
Ha alzado la cabeza de la cama
y el resultado es teatral.
El niño funerario
la ofrece al ojo que la observa
y ese ojo es el mío.
Hay un silencio
de austera majestad en el trono de muerte.
Al verla surge en mí el impulso
de caer de rodillas, implorar, despertar
y huir de esa pesadilla,
rogar a cielos, dioses, santos,
un poco de consuelo en el desgarro.
Alrededor
no hay sala ni salón ni oficina
ni siquiera pasillo o tinglado.
Hay un patio cuadrado,
gris, un patio al aire libre,
carcelario,
y aire que por unos segundos
la despeina.
¿Por qué está ahí y no
a bordo de un navío de plata
con sus velas hinchadas por el viento?
Esa quieta, ahí, esa ausente,
con su boca apenas entreabierta,
dormida, emperatriz, emperadora,
reina y señora, ama ilustrísima, amada,
la cabeza inclinada
para no ver a quien la mira
en su lecho mortaja,
presa de su pudor,
esa quieta, ahí,
esa es mi madre,
es ella,
ella entera en su muerte,
indiferente y lejos.
Volvamos a la escena.
Un dolor en el brazo la despierta.
Las 4, 5, 6 de la mañana,
tal vez antes,
adentro,
bien adentro
de la madrugada.
Duele también el paladar.
Llaman al médico.
Llega una ambulancia.
Dos la examinan y recomiendan
urgente internación.
Infarto, infarto, hablan de infarto, infarto.
Por venir, precipitándose
o ya en acto.
Infarto, la alzan
y se la llevan velozmente.
Ella pregunta
adónde voy,
insiste, dónde me llevan.
Una fuerza me tira
contra el piso y me hunde
en el presente.
Asisto al trabajo del final.
Soy testigo de cargo.
En el patio de la Morgue Fiorito
un niño enfermero
me saluda,
sale de escena
y la lleva con él
a pasos lentos,
al fondo del recinto,
al lugar más seguro de la muerte.













Después de la ceniza

Respiro y
alguien anota
que
no estás
aunque el humo del vecino
irrumpa en las lavandas del jardín
y la mañana sea un arco de luz
en la presencia muda de lo que falta y habla.

Lo que falta y habla de su no estar
se hace visible
en el arco de luz de la mañana.

El sol se amplía
y en la fragante hora del jardín
vuelve a poner las cosas en su sitio.

Mientras tanto
alguien anota que no estás.

No estás
aunque el vecino hable de la ceniza
y la marcada falta de turistas.

No estás y alguien anota
tu no estar.

Por ahora es humo del vecino,
lavanda, gramilla, diente de león,
fragancia, contundencia del aire,
ausencia que se vuelve instancia en las bandurrias,
los teros, el zorzal que alborota en la boca del riego.

Después de la ceniza,
respiro y
no estás.


































jueves, 3 de agosto de 2017

Patricio Torne



Patricio Torne (Villa Mercedes, San Luis), Frenesí, La Gran Nilson, Buenos Aires, 2017.

























El arte de bordar

Joan Cleeford bordó los 30 manteles
que se usaron en el casamiento de su hija Nancy.
Blanco sobre blanco la textura encantaría a los invitados,
después, los mismos se usarían en la película
El Gran Gatsby de Jack Clayton en 1974.
Por estos días de diciembre del 2014,
la artista y diseñadora argentina Jazmín Berakha,
después de encontrar las telas que quería
en una tienda de Tokio y bordar durante todo un año,
presenta su muestra “Encantamientos”.
Dice ella que más allá del encantamiento instantáneo
con el material, lo que fascina es la entrega
de trabajar con el bordado, una técnica poco inmediata
que requiere de muchísimas horas diarias
para poder generar una sola forma.

Mi mamá se crio trabajando para las familias inglesas
que tenían la administración de la Forestal
en el chaco santafesino, allí conoció los preciosos manteles
de hilos bordados con los que se cubrían las mesas
donde comían sus patrones.
Ella misma aprendió a bordar y las grandes bolsas
de azúcar que trasladaban en los trenes de la forestal
eran los manteles de mi casa.
Dos bolsas unidas bastaban para la mesa grande.
Sobre su madera, por dos veces
podía leerse en letras azules:
ZUGAR - The Forestal Land, Timber
anda Railways Company Limited- 
y a su alrededor, flores de intensas tonalidades,
o una extraña fauna que nos miraba y se dejaba mirar
sin que sepamos nunca de donde aparecían
esas cebras lilas y naranjas, o las jirafas de cuello corto
y manchas azules sobre fondo rojo,
para que los dedos y los hilos de colores de mi madre
los copiaran como quien dice voy a dibujar
las vacas o las gallinas del corral.
Uno comía, sin saber en aquellos años,
que ya tenía para sí, la idea de lo exótico,
ya éramos hijos del encantamiento.

Cuando la oración, a la luz del sol de noche,
mamá embellecía aquellas arpilleras blancas
que los ingleses desechaban, mientras mis hermanos
hacían la tarea bajo la tierna vigilancia de esa mujer bruta.
Sin saber -no podía saberlo-,
ella ponía ante nosotros, más que un arte,
la dignidad con la que nos iría educando.


* Jazmín Berakha, RADAR, Página/12. 7 de diciembre de 2014.












Descomposición

Todo está condenado a su propia descomposición. Desde el aire que se entrega a las manos del hombre, hasta el acero expuesto al aire. El diamante, incluso, teniendo la más alta dureza y conductividad térmica de todos los materiales, no deja de ser el resultado de la descomposición de minerales que contienen carbono. Las plantas, sus frutos, los alimentos, todos expuestos a la descomposición. Todo, menos este frenesí. Una palabra se descompone apenas dicha. El pescado con la luna llena y la carne que quedó fuera de la heladera. Todo, absolutamente todo, menos este frenesí. Una línea escrita ahora, descompuesta en la interpretación del que lee. El crítico descomponiendo lo que hizo el artista y el artista descomponiendo la realidad. La realidad alterada en los modos de ser vista por los observadores sociales y la verdad alterada por los discursos del poder, todo, todo se descompone, menos este frenesí. La luz blanca descompuesta, según Newton, en seis colores principales y los números descompuestos en decenas, centenas o la multiplicación de números primos. Todos los cuerpos vivos que pasan a formas más simples de materias, según la biología, o la ruptura de moléculas largas formando átomos, según la química. Todo descomponiéndose, menos este frenesí que vos y yo instalamos, alterando la familia, haciendo que tu madre queme toda tu ropa queriendo exorcizarte y después se descomponga del disgusto.












La cabeza

Nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento
cambiar de dirección.
Francis Picabia

Hay que escuchar a la cabeza, pero dejar hablar al corazón.
    Marguerite Yourcenar


Como estar de la cabeza. Como un discurso exacerbado, polifónico, en el que se la nombra como un sujeto excluyente y en el que se reivindican o analizan las distintas fenomenologías de la misma, en tanto humana, dirigente, operativa.  La cabeza como emblema social y particular de los notarios y notables. La cabeza de Goliat. Lo que de ella se acredita y lo que espanta. La cabeza de Cristo como un oxímoron del Vaticano. La cabeza del sabio, la del criminal. La cabeza que está hueca y la creativa. La cabeza de Diana. La del conservador y la del revolucionario. La cabeza del que explota y la del esclavo. La cabeza como emblema del hombre a través de la historia. La cabeza de Salomé y en la bandeja la de Juan el Bautista. La que cuelga del mástil del barco o se ensarta en la lanza de los cruzados y siendo como es, la cabeza de un turco, es culpable de todos los males. La cabeza del religioso la del ateo la del sofista el dialéctico la racional o totalmente lírica. La cabeza que rueda después de la insurgencia y la del partisano que la perdió sin ver el triunfo. La cabeza reducida por los jíbaros y expuesta en los rincones de la jungla para recordar que no hay civilización que valga. La cabeza del estado de Israel igual que una ojiva y la cabeza rota, mil veces rota, de Gaza. La cabeza de todos y cada uno de los desaparecidos de mi Patria. La cabeza ósea que se articula con la primera vértebra del raquis, el atlas, mediante el occipital. La cabeza que no miramos. La que miro y admiro. La cabeza única y que me sabe ideal. La que contemplo. La que por ser lo que es no ha de ser otra. Ni perfecta, ni bella, pero la más cercana para que hable el corazón. La que en última instancia, desde el descalabro emocional, puedo sentir como la suma de las partes que hacen a la cabeza del mundo y me alivia. ¡Juro que me alivia!












Ley de gravedad

Algunos acontecimientos recientes hicieron
que tenga en cuenta ciertas recomendaciones necesarias
para los impulsos amorosos que,
como en los grandes emprendimientos,
suelen tener reglas implícitas que deben ser respetadas.
De ser presa de algunos impulsos provenientes
del deseo deberá hacerse carne la premisa de no ir
demasiado rápido con la intención de cobrar altura,
siempre es conveniente detenerse a discernir sobre
cómo traducimos lo que pasa por nuestra imaginación 
y lo que pasa en realidad. Si bien Baudelaire decía 
que la imaginación es la más científica
de las facultades porque sólo ella comprende
la analogía universal, se hace necesario
no tomarlo tan a pecho y evitar las consecuencias
que, seguramente, no estarán hablando de un rotundo éxito.
Deberíamos evitar, además, creer que sólo basta el deseo
para subir al cielo de la felicidad tan sueltos de cuerpos.
Si bien es cierto que Albert Einstein demostró que la gravedad
no es una fuerza de atracción, sino una manifestación de la distorsión
de la geometría del espacio-tiempo bajo la influencia
de los objetos que la ocupan, Newton
–y aquí radica lo importante- ya había descrito
a la gravedad como un fenómeno que origina
la aceleración que experimenta un cuerpo físico
en las cercanías de un cuerpo astronómico.
La tierra, lo sabemos, es y será hasta que se demuestre
lo contrario, el cuerpo astronómico donde damos
rienda suelta al deseo de conseguir la dicha
y lugar desde el que nos propulsamos con este cometido.
Así es como, cuando olvidamos tener en cuenta aquel ejemplo
de la manzana, podemos precipitarnos porque confundimos
lo que era real con lo que en realidad queríamos.






















El río

Vi el río, su orilla, la profundidad de su cauce,
su potestad, su desborde, el desconsuelo, la aparición
de algún cardumen de dientes afilados que siempre está al acecho,
un remolino que intentará llevarte a sus fauces.
La corriente y su mensaje atrayendo como un imán,
directo al corazón en el recuerdo de los días de la infancia.
La rama del sauce acariciando, con su mano de seda
las oraciones del que pesca, el vuelo rasante de la garza,
el paso militar de los gallitos del agua
y la presa en el pico del martín pescador.
Veo el río, mi historia zambulléndose en sus aguas
y la torpe manera de sostener mi cuerpo en la superficie.
Sé que si hay un modo de tocar el barro
en barro habría de convertirme para sostener las raíces del irupé
y hacer mía esa fuente, esa flor, de una vez, para saber
que alguna vez la tuve.
Nada existe como es, sino existe como ha sido.

Alguien tira la red, alguien recoge el espinel.
Cada quien busca el sustento que lo mantendrá atado
a un paisaje una religión de supervivencia y penas.
Siempre hay un anclaje que nos lleva al fondo de las cosas
y siempre una barca donde nos dejamos llevar.
Aunque dudemos, le quitemos un sí a ciegas
o nos vare la desconfianza, la corriente intentará
dejarnos en buen puerto, nos entregamos pensando
que siempre habrá un árbol de cuyas ramas
ha de surgir el sostén para salvarnos a tiempo.

Así el río ante nuestra mirada, la memoria y el eterno regreso.
Así nuestra manera de celebrar su modo de estar allí
y ser bautizados por sus aguas.
El río en el desborde de mi corazón
y la sensualidad al tacto de mis pies,
el río como una cuna donde me duermo
en la candidez del recuerdo y donde juego
y vuelvo a zambullirme para que no me pesquen.

El río, no como fuente, sino como praxis.
El mismo donde alguna vez se te lavó la ropa,
donde enjuagaste tu pelo, te bañaste,
batiste un récord o simplemente usaste
para regocijo del verano,
como un modo de salvar lo que nos da la tierra.








































miércoles, 2 de agosto de 2017

María Paula Alzugaray



María Paula Alzugaray (Rosario, Santa Fe), Todo llegó por sí solo, Alción, Córdoba, 2017.

























Si no fuera por la lluvia

Día con día la prenda,
el garabato, el idioma despertado,
el avispero por levantar, temperaturas elegidas,
líquidos exóticos, la arrogancia.

Mensajeros químicos. El escándalo,
el dilema de la piel
una ruta comoquiera no importa dónde.

El desastre. No te culpo.

Tiene la noche un asalto y concentrados dardos,
del sótano una caja, la herencia que regresa.
Tiene una escuela especial, un diosero con permiso… no sé,
lo inmediato destrozado, las hormigas grises de la neblina.

Pucha, cómo llueve de exceso de entraña, llueve el desencanto,
el reto y la cosa vacía, el secreto desdichado
la belleza azul a paso de galgo
por las malezas, llueve.

El ardiente cadáver, del folclor: el comienzo.
El impasible, los destellos, lo inmediato.

El amor.












El que al cielo pide poco es un loco.


Apóstoles urbanos
(Ah… tus ojos conoides relámpagos
diluvios, fulminantes alaridos que no les doy.
Evangelización pluviosa).

Hay sitios con resonancia provocando estas horas:
las avenidas mojadas, el alma de las jaulas.

Me sorprendo sin aire, como agua estancada.

Está relampagueando orgullo ahí afuera de las vacaciones,
un gran martirio las alarmas de esos coches
ruedas rechinantes de un colectivo recién,
pescuezo de acero pidiendo carne con sueños.

Enorme pedrada, esos hastiantes chismes
esos reproches. Se diluye el domingo flemáticamente
injusto como un zoológico.

(…es un loco.)












Sobremesa

Sobra de conversaciones
que salpican, que nadie pidió como postre.
De recuerdos ablusados en hazañas cremosas,
fábulas elegidas porque sí, que nadie ordena.
¡Tanto espamento con las migas, che!

Gente que habla fuerte sobre platos saciados
que cree que sus cosas son necesarias de contarse,
que los demás no estamos en su escenografía.
Hablan, son atrevidos.

Se debe reír para tapar tanta pena, es domingo. Hablan.

Ajenos, lejanísimos hechos. Cuajados como leche con los ecos de fiestas mezcladas.
Carreras de zanjas de caballos de cosas compradas en Martínez y Cía. Ltda.,
de perejiles obesos, vinos dulces y Dios
que llega al campo en carreta
que lee la borra del café en terrazas no en tazas mal enjuagadas, desmultiplicadas.

Tremendas diapositivas, tremendos los perros conjeturales
que soltaban el hilo y se iban tras el costillar mascado.
Nada de perros tullidos para la conversa.

Ensayamos términos con qué cantar también, ah sí sí
al costado de las avispas y de alguna milonga.
Acá se muere de 90 años… quién enterrará a quién…”.
No es que se saqueen las palabras, hay otras… como tercerizar”, hablan.

Gamuza de color, la siesta dice: acá estoy.

Tal vez extrañaría la arena, los caracoles… quién sabe, los separó su madre…”
Lloraban sin comprender.
Lloraban de sobremesa.
Y también eufórico, el invitado cuando todos se fueron, volvió y me besó.












“Sobre todo, no cometas esta falta:
no digas que tu oído te ha engañado
o aquello no era más que un sueño”.
Konstantinos Petrou Kavafis




En eso que ahí fue claro

a Mario Castells


Recordas Mario
que te paseaba en una camioneta
por esas curvas de junio

que yo llevaba un sombrero gracioso para vos
y que nos reíamos, erizos de sol
trillando la ruta doce
y que avanzamos embobados
en esa instancia
que allí fue verdadera
y exageradamente revelada.

Recordas que me convenciste de cruzar desde Corrientes al Paraguay
que acepté cediendo mi terquedad.
Podes recordar Mario, el olor a aceite quemado
las masitas en la guantera
ese calor tolerable con Los Palmeras
los pomelos arracimados que robamos,
nuestra simetría en relación a las pieles, a la siesta?

Florecíamos en el bienestar de esa dimensión
sin comprenderla aun
pero seguramente.

¿O nada hay de lo que soñamos Mario?


























martes, 1 de agosto de 2017

Pablo Seguí




Pablo Seguí (Córdoba), Otro verano y éste, Barnacle, Buenos Aires, 2017.






















Serenidad

Quizá con una cámara
pudiera capturar esto que veo,
aquietado, serena-
mente dichoso en la penumbra inmóvil.
Una reja y la calle,
el auto, mandarinas ya maduras
en la noche y que penden,
y este cuerpo que miro sin asombro.
Casi como observando
un cuerpo en sombras que la pausa acerca.












Navegación solar

A pesar de que nadie funge ya de censor
y de que las palabras, alguna vez heridas
por el morbo, regresan liviana, mansamente
a su seno; a pesar de que en la noche absorta
pueda hablar sin temer que cruja el corazón;
o tal vez justamente porque ahora dispongo
de dulce libertad y un horizonte abierto,
es que callo y evito, vanidad que me hundía,
aquel ritmo salaz que medía desmanes.
Fiebres en que abjuré, desordenado, injusto,
del sentido, de lo posible, rechazada
por años, sucesión de pasos en la ruta
del que ve que las cosas, más allá del probable
desatino, son sólo múltiples ocurrencias
del tiempo, y que las olas de ese río invencible
acomodan y pulen el lecho, las arenas,
y que es idiota, inútil querer otros destinos
para la roca, para la desembocadura.
Que en adelante sea lo mejor navegar
en busca de más sanas provisiones, y hacer
del día y de la luz un emblema que nutra
versos que deberían mirar con más frecuencia
ese grácil cardumen, esa playa, estos remos.












La promesa

¡El vacío sin fin! Que te olvidaba
dijiste, constatando,
y –sorprendido, estupefacto, incrédulo–
me di de nuevo cuenta
de que me estaba hundiendo en la pasión
más dulce y reprobable.
Libros/vagones, lívido lector
unido a su cadena
de frases y de frisos, ciega ruta
de extático que olvida
el hambre, el sueño, la persona más
amada: las palabras
anulaban el mundo nuevamente,
nuevamente la búsqueda
más infinita, más desapegada
de todo amor, chiquita
(porque aún creo, iluso, que al pasar
la hoja –¡y no se acaban,
los libros no se acaban!– hallaré
la Clave: negra Biblia,
inagotable, eterna), me condujo,
desorbitado, a la
nada continua, nada inapetente
del Sentido falaz.












Otro verano y éste

Increíble. Si pienso en esa noche
de lluvia en que entreví
la verdad de los cuerpos al mirar
aquella lluvia que,
potente, se volcaba sobre las
carnosas hojas tras
el vidrio, tras la reja repujada,
al cabo de los años
y de una suerte inteligente y ciega
que atrás dejó los nombres
de aquellos seres negros que querían
que negara sin más
la brisa, me doy cuenta de que nada
de lo que ahora tengo
me faltó nunca. Cuánto se engañó
mi corazón con fuentes
retorcidas, perversas; cuánto encuentro
de lo de siempre en vos,
amor, en tu palabra y en tu risa,
e incluso en los desplantes 
intempestivos y aguerridos, altos
de tanto orgullo tuyo,
respiración que canta. Reconozco
caricias y destellos
reveladores de la más ociosa
infancia que, latente
aún en nuestros rostros crecidos,
aflora como un fuego,
como sonrientes llamas que se besan,
o más bien como imanes
que, separados, se buscaban desde
la lejanía. O como
lo que jamás podremos olvidar:
el amor a la vida,
nacido de una noche de verano,
de la lluvia, lo verde,
y ahora constatar que curioseabas,
de algún modo, detrás
de esos cristales, duende, aquellos ojos
que luego te supieron.