viernes, 1 de abril de 2016

María Magdalena



María Magdalena (Buenos Aires), Los nombres del padre, Buenos Aires Poetry, Buenos Aires, 2016.





















2

Estamos caminando en círculos, María.

Es domingo y despierto
arrasada, nada queda
de la ciudad desértica
donde me invocabas.

Conjuro los nombres,
el lugar donde me dejo
caer cuando no tengo de dónde
sostenerme.

Cómo desaparecer completamente.

Cortamos el último hilo
que nos unía como un mapa
extraviado, dos puntos invisibles
llamándose al encuentro.

Se dicen las palabras del amor y nunca
las del final.

El final es siempre
silencioso.









12

Una lengua me repulsa,
la mía o la tuya o ambas cuando se tocan.
Recibo tus restos con devoción,
esperando que me salve.

¿Podrás fingir?

Que puedo concebir mi nombre,
un nacimiento o algún dios,
que puedo bautizar los placeres
inventados para morir menos.

Pero digo no, y quiero ser
sólo esa voz que dice no.

Cuánto entregaría
por unas manos que sepan tocar.

Me voy desvestida, nunca desnuda.


Murió mi padre y yo acabé. Con el goce infantil y la búsqueda de su
contrario. Le di la bienvenida a la reconciliación y comencé a morir como una mujer.









14

Hay una palabra al borde
de ser pronunciada, un hombre
que se sabe incompleto y calla,

una angustia que estremece
como una caricia,
un éxtasis que no da miedo,
esta entrega, religiosa.

Hay fuegos artificiales,
la algarabía del tango,
una alegría obscena,
y una mujer ausente.

Soy yo, en silencio y hablando
con una palabra
muda.


¿Qué es un padre? Un desayuno, la radio de fondo, la mueca en el rostro, un libro necesario a tiempo. El rasgo definitivo.









17

Dieciocho años
de vos.

El retorno de
una caricia,
y saber que no hay
más allá del padre.

Dieciocho años
sin vos.

Me ocupé de matarte
en la ausencia del llamado
que significaba
morir en tu nombre.

Morir de tu muerte.

Y yo morí de un orgasmo
celebrando haberte
perdido. Quise vivir.

Dieciocho años
sabiendo que no hay
María que alcance
ni Madre que pueda
sobrevivir a la tragedia
de tu imposibilidad.

No hubo perdón
y de todos los cuerpos
posibles fue el mío
virgen, una vez más.

Y son tantas las vidas
que vivimos, y tantas
las muertes que celebramos,
que ahora podemos descansar.

Dieciocho años
y nunca más.


Fuiste tan romántico que quisiste morir bebiendo un perfume barato como si fuese un elixir. Aprendí de vos.





















jueves, 31 de marzo de 2016

Gervasio Monchietti


Gervasio Monchietti (Rosario, Santa Fe), Mecánica del escorpión, El Ojo del Mármol, Buenos Aires, 2015.






















Admisión

Estoy escribiendo el manual que me pediste.
Estoy haciendo ajustes en mi sistema de transmisión.
Puede que corcovee
tienda a detenerme
acelere de golpe
yerre un cambio

tomalo así
es una manía
trabajar como si todo el tiempo

estuviese haciendo otra cosa.









Nafta

Hoy madre trajo unas flores
rojo y amarillo que puse
en el borde de las plantas
pequeñas junto a la cocina.
Madre trajo también
un vino Don Gervasio.
Sabe bien
y sabe bien mi madre, qué tomo,
qué dejo y cada una de las cosas
que me faltan.









Termostato

Hoy debí emborracharme pero es un poco tarde.
Hoy empecé a entender a todos los borrachos del mundo.
Mi amiga volvió a decir “estamos para aprender”.
Obstinada siempre en dar con el lado positivo de las cosas.

Escribir es un ejercicio simple  
en un teclado frases como compoteras
quedan bien
abren, repelen el agua y conservan por un tiempo los alimentos.
Lo difícil viene con el cuerpo.
No hay compotera que contenga un cuerpo entero.

































miércoles, 30 de marzo de 2016

Mori Ponsowy



Mori Ponsowy (Buenos Aires), Cuánto tiempo un día, Brujas, Córdoba, 2015.























Cuánto tiempo un día

¿Cuánto tiempo puede durarnos este día
si cuando arremeten las olas
lo barren todo: la sombra de las casas,
la arena de los sueños, el vacío
de los vanos en las puertas?

¿Cuánto, si al andar tropiezo
con pozos de cangrejos, y caigo
hasta el otro lado del mundo,
allí donde mis brazos
no se pegan a tu cuerpo?

Aspavientos del olvido,
Aspas del agua
que enmascaran la nada
de tanta tarde de domingo
que siempre llegó a lunes,
de tantos días idos
en la avalancha de las olas
que vienen y se van,
inclementes siempre.

Como las horas.









A orillas del Caístro

Un hombre está sentado junto al río, y espera.
Cuántos hombres antes esperaron frente al mismo río,
junto a esas aguas, que son y no son las mismas
El hombre, también, es y no es el mismo.

El río pasa sin prisa junto al hombre, y calla.
Cuántas de sus gotas navegaron otros ríos.
Cuántos de sus átomos nacieron en el corazón de otras estrellas.

Electrones y protones diminutos que surcaron soles y galaxias,
y recalaron un instante en esta orilla, para seguir cruzando
caudales sin descanso, acequias, vertientes, nubes
y, de ahí, de nuevo, a otra ciudad, otro país,
otro planeta, y otro tiempo.

Todo fluye, todo pasa, nadie se baña dos veces en el mismo río.
Y, sin embargo, ahora, en este preciso instante un hombre
está sentado junto al río. Es un hecho. Y el hombre espera.

¿Piensa en el río? ¿Piensa en el viaje del agua
desde el principio sin principio de los tiempos?

También él viene de otro lugar
y de otras gentes que, como el río, tienen su historia.
Tampoco él se detendrá aquí. El río es un paso, solamente,
La vida, un paréntesis entre orillas.









Nada es probable

Nada es probable
dado el infinito azar: la vida
sobre el planeta; la fórmula áurea
del nautilus; la posibilidad
de —esta vez sí— curarte el sueño;
de —esta vez sí— volver de tu exilio:
de que —esta vez— el amor sí sea.
Nada es probable y sin embargo
estamos aquí. Cuántos pasos
ha debido dar tu estirpe
para que llegaras a mi puerta.
Cuántas veces te busqué
para negarte.
Nada es probable, y
gira la tierra en torno al sol.
Todo cálculo es ocioso,
nada es probable y
henos aquí a los dos.
Los dos, y sin embargo...









Este silencio nuestro

No escribir nada en un poema
sería como enviar un sobre
vacío; una canción
silente; un cuadro
en blanco.

Te envío:
el sobre,
la canción;
el cuadro.

Este silencio.
El nuestro.





















sábado, 26 de marzo de 2016

Emilio Herrera



Emilio Herrera (CABA/Luján, Buenos Aires),  Un cuarto azul, El Ojo del Mármol, Buenos Aires, 2016.





















La lengua del viento


la lluvia más bella
se iba hasta el fondo
como agua de madrugada
en forma de guadaña sobre el campo
¿acaso era el día del juicio final?

así te ocultás con la tierra mojada
barro impreciso parecido a tu piel

lo más asombroso es el silencio tuyo
escena donde el viento habla por los dos

el amor es más constante que la muerte, leías
es claro que el tiempo se pierde
demasiado pronto demasiado tarde,
el azul nos separa
de espaldas bajo el diluvio.









Piso flotante


no hay manera de escapar
de esconderse del miedo
como hacíamos de chicos
cubriéndonos con una sábana

en la tele informan que está lloviendo
que el verano termina mal
con grandes tormentas
trato de seguir escuchando
pero la alarma del auto es más fuerte
se multiplica
como el viento
que rompe los vidrios de las casas
un rayo azul se clava en la antena
la luz de todo el barrio se corta

alguien golpea la puerta
es el agua que ya tiene forma de ola
convierte el espacio
en una habitación flotante
el gato salta sobre la cama
ya estamos nadando,
el nuevo río nos lleva.









Eugene


en el álbum de fotos
las hamacas                
vos con un sombrerito a rayas
el sol pegaba en la sombra
era invierno
y aún teníamos los pies en el aire

un día elegimos las bicis
flor de porrazo te pegaste
ese día descubrí
que no teníamos sangre azul
como los príncipes
sólo éramos
dos niños atemorizados
por la tierra que levanta las bicicletas.










miércoles, 23 de marzo de 2016

Luciana Reif



Luciana Reif (Avellaneda, Buenos Aires), Entrada en calor, El Ojo del Mármol, Buenos Aires, 2016.























Amén

En Cali
conocí a una mujer
que tenía la habilidad de rezar
con una sola mano.
Para sentirse más cerca de
dios
le bastaba con hundir sus dedos
bien profundo debajo de su falda.
Rezaba de día
rezaba de noche
en el nombre del padre
del hijo y del espíritu santo.
Amén.










1

Desde que nos separamos
perdí la costumbre de descolgar la ropa
cada vez que llueve
dejo que el agua pase con fuerza
que la vida se asiente de nuevo sobre las cosas
ya no limpio el polvo que se junta
sobre la superficie de los muebles
abro las ventanas para que el aire entre y se quede
vibrando en el ambiente.
Creo que todo lo nuevo oficia de despedida,
por eso cada tanto dejo que un chico
me agarre de la mano y me bese.










Cuando mi hija con su cepillo de pelo nuevo

Cuando mi hija con su cepillo de pelo nuevo
le pregunte a su abuela si la puede peinar,
cuando tome entre sus manos el pelo de mi mamá
y lo acaricie con el peine desde el cuero cabelludo
hasta las puntas, desenrede lo que es necesario
desenredar, se detenga con cuidado en los nudos
más enmarañados y despacio los desarme para que vuelvan
con el resto del cabello a caer en línea recta;
yo me preguntaré si son estas las raíces que nos unirán
al suelo materno, el pelo lacio y elástico
de todas las mujeres de mi familia.
Yo también peinaba a mi abuela: mientras ella tomaba mates
 en el living de casa, me subía a una banqueta con el cepillo
para alcanzar a jugar con su pelo.
Hacía y deshacía a mi antojo, trenzas de princesas guerreras,
amazonas enormes capaces de dar la vida por los suyos,
colas de caballos indomables que cuidan a sus potrillos
pero les enseñan también a galopar lejos
del potrero que les dio alimento.










Caza una mariposa al vuelo

Caza una mariposa al vuelo
y se la guarda en el bolsillo de su uniforme
mientras corre a esconderse
en la esquina de casa, porque hoy tampoco
quiere ir a la escuela.
Es mi hermano del medio y se llama Lautaro
yo lo admiro por todo aquello
en que no me le parezco.
Él no habla con nadie y aunque mamá lo obligue
no quiere ir a los campamentos del colegio.
Siempre pienso que su mundo interior
es tan grande como el barrio en donde vivimos.
Pero para su mundo exterior, le alcanza
con sus libros y su cuarto.