sábado, 5 de diciembre de 2015

Carlos Battilana



Carlos Battilana (Corrientes/Buenos Aires), Un western del frío, Viajero Insomne, Buenos Aires, 2015.


























Hogueras y frutos

Sería capaz
de atravesar
el vidrio
de esta ventana
para recostarme
durante cuatro días
y cuatro noches
en la tierra,
para recordarme
los hechos
que pertenecen
a un tiempo
en que no fue posible
el sosiego.

Ahora
con la voluntad intacta,
voy a pensar,
otra vez,
en hogueras y frutos
voy a buscar
algo ajeno
a la abstracción.

Tocar, ver
la superficie
áspera
de las cosas
acaso
sea acompañar al mundo
y también
despedirse
de las horas
sin la carga
que los dioses
o el destino
les han asignado.

Si el destino
existe
voy a tomar con amoroso
cuidado
los racimos de uvas
que están
en la mesa
de la cocina
y hablaré
antes de cualquier acto

diré
quizás escriba
“¿cómo aman los que pasan los días
sin
la espesa conciencia
de la aflicción?”

Dura el quebranto
–aquí,
ahora–
y como si fuera una escultura
o un jarrón,
lo toco
lo hago viejo
me vuelvo creyente
camino
despaciosamente
por la liviana
extensión

del día.











Después de la enfermedad

Fui cruel.
Y todo
lo que pueda
escribir,
toda utopía de religiosidad,
no repara
el instante alto y sostenido
en que la ira
fue mi propósito.

Hoy,
en este día,
devuelto de una enfermedad,
liberado de fiebres e insomnios,
arreglo objetos rotos
acomodo
los papeles
ordeno viejos emprendimientos.

Sin el aire del olvido
afuera hay sol,
y hoy
podré ser bueno
aunque
ya no alcance. Si cada
acto de contrición
es la huella
de una herida abierta,
mi cuerpo,
entonces,
se llenará de afluentes
y de ellos brotará
el quebranto
que ningún círculo
y ningún silencio
podrán callar.

Con una bolsa de piedras
al hombro
cubro mi cuerpo
de cruces y voces
y llevo,
a lo alto de la ciudad,
un poco de aire
algo de fresco rocío
para curar las heridas,
lavarlas,
dejar que los tajos
sigan su curso
espontáneo

y así alejarse
–huir–
como un desposeído
hacia los sitios
inhóspitos
del campo.

Nada podrá borrar el pasado
–todos sabemos
que el pasado
es indestructible–
y, sin embargo,
las palabras nuevas
son también cosas,
pequeñas balsas
adonde estar un rato
adonde tender el cuerpo
y escuchar como Ulises,
amarrado a las velas de un barco,
el canto dulce de la oportunidad.











Madera

Siendo objeto de uso
el cuerpo
quiere retirarse
unos días
al campo

olvidarse
tanto del heroísmo
de Martí
como de las palabras póstumas
que lo han
atrapado.

Ser
menos dócil
con los lenguajes
de cárcel
–responder
preferiría no hacerlo–,
estar en paz
con la única estación
del año
que denominamos
“frágil”,
saber
que no éramos interminables
excepto
la flor rosa
que asoma en el cantero, tocarla,
hacer de ella
la única voz
a la que debí escuchar: ser
esa madera marchita
que ha podido
finalmente
arrojar
un poco de luz
al suelo.











Un largo sueño

Volver a la lluvia
al rastro del caracol
a las lombrices
subterráneas
que disuelven
las obstrucciones de la tierra

regresar
–como luego de un largo sueño–
a los pequeños deseos del mundo.























jueves, 3 de diciembre de 2015

Martín Moureu



Martín Moureu (Ayacucho, Buenos Aires), Sin tácticas (II), Municipalidad de Las Flores, Dirección de Cultura, 2015.



















Nacimiento del agua

Sin motivo aparente se interrumpe
la trasmisión satelital dejando
un fondo lluvioso de pantalla. 
Otra vez un documental de ballenas
que no termina como uno quisiera. 
Una respuesta, acaso, observe 
desde la repisa. Agua: anunciaba 
la virgencita que muda de color 
según el clima. ¿Quién podría
rechazar esa verdad revelada? Por 

lo pronto, habrá que, definiendo
un contorno de situación, resignarse 
a una noche sin tele, no queda otra, 
recalentar los fideos a baño maría.
Más que acostarte en la cama esa,
herencia de mamá, placentera, te
debiera afectar de modo semejante
a la gravitación del mar cuando 

dormimos a dos cuadras de la playa.
Agua: medio vaso aliado del celular:

alarma activada. A propósito, ponés 
la radio sin sintonizar ninguna 
estación, sumergiéndote en esa
lluvia finita que te hace dormir.
Como las ballenas, la realidad muere
aplastada por su propio peso.
Conforme tu cuerpo se concentra
en posición fetal, entrás a soñar,
a recordar en sueños, la placenta,
el nado prenatal, lo que sueñan
los bebés entre la panza. la marea

interior de la gran ballena blanca.
¿Qué tan estrecho podrá ser ese
margen de fluctuación, borde
entre lo flotante y lo sumergible?
Algo que escapa a cualquier

sano intento de comprensión.  
Aun así no haya lágrimas si,
extravío, despertaras de golpe,
tomate el vaso de agua, mineral, 
asomate a la superficie y respirá 
hondo, con calma tomátelo que 
en el dial esas interferencias
no enuncian tormenta eléctrica,
apenas un mensaje de texto cae 

atravesando la radio con 
una cadenita de la virgen
maría desatanudos o una 

de esas que te conceden 
los tres deseos.









Sin salida

I

Volví antes y prendí la tele.
La campera de jean quedó
de una silla abrigando
el respaldo: no se puede vivir
la vida así, con tanto miedo
a mancharla romperla
como si fuera una
campera prestada.


II

Tanto esperar el finde,
¿para qué? Te volvés
con la idea fija de cerrar
ese círculo, el sánguche
a medio comer, pensando
que salir supone exponerse, sentirse,
no precisamente ultrajado
o invadido sino más bien como
cuando viene gente de afuera
y, sin permiso,
te abre la heladera.









hamacaparaway@hotmail

Si te además y más en putas
ganas, si en desatendida cama
masturbases tu insomnio, si a la insípida
rutina como al fideo recalentado
o de caída en un melancoholismo
que nos hubiera proletariado tal
resentimiento: capital simbólico
acumulándose en un cuarto oscuro de la
nuestra conciencia de clase. Ay
allá paraguay; cada cinco
cuatro mueren sin vista a la mar.
Tocaya la tacuara y de luna
subtropical. Relamiéndome
en seminal semántica te invito
amacanarte de antemano,
a placer conmigo y completo,
que poses no euclidianas
en mi hamaca paraguay.
Flujo candente en turbia madre-
selva, billetera de pura comisura,
así me abra la noche y media.
A cara me lame la manzana,
hamacando en mi cintura de cumbia
acabaremos cuánto hasta perder
la cuenta como si la deuda
externa no acabara. Encima
este físico bárbaro te pesa
lo que una billete de a ciento.






















martes, 1 de diciembre de 2015

José Villa



José Villa (Martín Coronado, Buenos Aires), Escombro, Club Hem, La Plata, 2015.

















Ensayo

Sentada frente a la ventana
a medida en que la noche se vuelca
dentro de la habitación
va quedándose cada vez más quieta

Los rasgos oscuros ganan lugar
y permanece allí mirándome:
soy su hoja húmeda que arrastro
mientras me voy, es su brillo











Ladrillo

Vibrato del agua, pudo haber sido tu cabeza
que asomaba en la loma del puente, saliendo de atrás de
la pared,

y encima y con el rostro a este sol con dijes de acaso,
portezuela y durmientes

La llama se comía un rombo de hule
Anillaban las nubes el final











La heladera

Supe de la heladera cuando
vi esos trazos azules,
esos tramos de violetas
entre paredes rojilíneas

Había entusiasmo en el patio
aunque un aburrimiento atávico
se desplazaba fosforescente
como culebra

Pero bueno,
esas cosas debí guardar para otra vez:
cuando llegué a esta silla para contarles esto:
un marco de silencio dentro de una
colina arremolinada
y dentro de ella una palma de cobre
que recorre el mapa











Se la ve, como de a poco

Al principio era
una visita infiel que, rama reseca, colgada de un marco
sabía aparecer en la puerta

Algunos días me incliné
a escuchar su voz Una vez pude
recalar la imagen de una vaca a la que llamaban
La Pinta Se sumó en la costa de alambre otra
que se llamó La Niña

Su madre en la hoja que
estaba demorada vino a decir
“preparate que tenés que venir con nosotros"















lunes, 30 de noviembre de 2015

Laura López Morales




Laura López Morales (Villa Dolores, Córdoba), Las desperdigadas minucias, Barnacle, Buenos Aires, 2015.




















Mi madre
toda ella se fue del guadal un día

de la escasez dice

para que yo
con idéntica escasez
viva entre los árboles.










A estas costas 
llegan los domingos
y lo que se queda en la arena
para siempre

yo no he sabido volver
de antiguos nombres

pequeños ojos de agua
que la luna vuelve blancos.










Asomarse al pozo
no tenía otro sentido
que el de hacer retumbar
las voces y las risas

de aquella negrura
volvía un eco
más hondo que el agua.




























miércoles, 25 de noviembre de 2015

Daniel Risso Patrón



Daniel Risso Patrón (Neuquén), Que al hombre que lo desvela, Neuquén, 2015.













La música del agua

Una mujer desde su auto mira una paloma
bajo la lluvia.
Sus ojos quietos, su alma quieta.
La ciudad detenida.
El opio del odio, quieto.
Bicicletas quietas a mitad de calle, amarillas,
bajo la lluvia, tanta lluvia.
Quietas las lágrimas de la mujer en su
auto, quieto el vidrio, la curva del gesto, seco, quieto.
Quieto el eco, quieto el rayo cayendo.
Sólo el movimiento de la paloma picando,
la lluvia la lluvia y la música del agua, claro.