Algo de la poesía publicada recientemente en la Argentina.
miércoles, 7 de diciembre de 2016
Paz Garberoglio
Paz Garberoglio (Villa Ramallo, Buenos Aires), Máquinas de enseñanza, El Ojo del Mármol, La Tablada, 2016.
Lo que espero se da
como un árbol.
Contra lo previsto
en el aire
(que estaba escrito), contra
el viaje o en mitad
de este pájaro donde
ustedes no harán una casa.
Nuboso, inconsolable
día desechado
en extraños viajes.
A comprar
lo que permite reflejar
que se compra un poder:
el que me diste, silencioso,
jardín.
Tu historia
si pasara
por un anillo diminuto
dejaría escapar el agua
y sin embargo
tomaríamos
en familia
pastillas de dureza
para darte cuerpo
de nosotros
alzarte
para volver con vos
todo
en esta máquina
que detuvo niñez
se inclina
ante tu voz lactal.
Hasta aquí
se prepara mi paz.
Célebre te bienvení,
padre, a un encierro
donde se escriben
muchas músicas.
Ilusión que pagan no lejos
del accidente
las enanas de todos
que es la tierra limpita.
Momento en que me tuve,
aparté una a una
las mafias que se reunían
en nuestra ruta del honor.
Azar de este alistarnos
para correr hasta tu velocidad.
A tiempo nos descubrieron
haciéndonos los muertos,
cuando quise imitarte,
ser la que pasa más tiempo
sin respirar. En vano
se hizo obvio este juego
de amparos, el duelo
de los que miran como gatos.
Sé de otro que escribe,
de quien sea que me haya
encomendado la tarea que cumplí:
lo que no importará cuando
agarres la hoja por el lado
en blanco, es ahora
lo que importa: ganar
las habilidades, sobrevivirte,
rápido como un párpado.
Víctima de un rumbo
por incertezas,
por probar de los gustos.
El precio
de lo recién venido.
Verano de las formas
en que la luz
se puede tomar,
conociéndola.
Entonces,
a nuevo
la conciencia del dar.
El fruto
de lo que dejamos
juntos en un papel,
libro de excursiones
al Tiempo, su creencia.
Como el cuerpo que se hizo
de pequeñas fortunas.
Lo festejamos
y lo hacemos palabras.
lunes, 5 de diciembre de 2016
Joaquín Valenzuela
Joaquín Valenzuela (Dolores/San Clemente del Tuyú, Buenos Aires), La caracolera, ilustraciones de Adrián Garaguso, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2016.
1
un caballo se para y tira el mundo
el carro las macetas
un caballo hace temblar el patio
donde la octava maravilla
es un pollo con programa de puchero
ahí la caracolera abre otra fauna
da nombre y peso corta
bigotes de escoba las orejas
de cartón son hojas idas en
tu banco de azulejos
estudio mayor
mesa
de operaciones calcáreas
3
bucear en el fondo del cantero
huesos del agua llovida son
los restos bivalvos
la macetilla plaga de base a los malvones
la veredita del fondo
senda tropical da ritmo
entre el charco y las chinelas
a veinte cuadras de la orilla
la casa
es costa y correntada
9
porque le va a poner nombre a la ropa
nombres de hombres y mujeres
así víctor con ariel uno encima del
otro si refresca y las griseldas y
marías no tres más bien siete y siete
robertitos de lana que con carmen
apenas se traspase
la puntilla de matías
11
caballo trepaparedes o es la sombra
de la higuera en el galpón
y el palo de la soga de la ropa
y la palangana de los tordos
que pican
bosta al pie del siempreverde
un arenal de pechos se le asoma
y ve por la ventana
como campo ajeno
el propio patio
domingo, 4 de diciembre de 2016
Carlos Battilana
Carlos Battilana (Corrientes/Buenos Aires), La demora [2003], 2a ed., Deshielo, Buenos Aires, 2016.
I
Por mí,
o por vos, o por
la clemencia que el tiempo otorga
esa perfección
se ha vuelto costumbre,
descanso en la sombra,
tranquilidad
de estos muros
verdes y transparentes.
Vicio horroroso,
los días prometen algo
de lo que no estamos seguros.
III
Para no decir
que esto
es esto otro,
para no usar palabras
que los escribas cansados
se permiten
sin acertar,
retomo aquella huella,
este minúsculo aire
que el bosque
con su razón
reclama. Voces,
ruina cuyo origen
no es un hecho
sino la hiedra preciosa de la
Constancia.
Formas
En el círculo cerrado
que el viento atrae
en esta pequeña habitación
protegida de tumultos y escarcha
¿por qué será
que ese duro sonido de la ciudad
separa
como una ínfima línea
la materia
de sus palabras?
Si las palabras
derivan de las cosas,
si las letras
–como signos helados–
provienen de una plena
sustancia
¿qué será ese mínimo indicio
de los objetos, de las formas,
de esa materia
que se resiste?
Letras
Para no alejarme
de la tenue presencia
de la fe
descuido lo real
y me hago un sitio
para mí. Para las Letras.
Eso sería
el único hecho
del que Dios procede
y del que
también
procede
–sin rayas, sin ruidos,
sin devaneos–
lo más real de mí. Por mí.
Objetos
En esta playa mis pies reposan. El agua recubre con espuma el hueco de los dedos. Como una caligrafía sin voz, recojo este poco de arena, y razono, con cierta calma, sobre los objetos. Entre este punto y el otro, entre esta cosa y el polvo que la recubre, ¿qué transparencia resiste?
Leyenda
Hay muros que los vientos han deshecho. Un hombre observa por sobre los árboles lo que separa el bosque de la ciudad. Si tocara el camino, sabe que se volvería impuro.
La brisa recorre el lugar. En el círculo ardiente, su indecisión es una forma de la memoria: la forma en la que trabajan sus ancestros. Domina el paisaje, silenciosamente, y sus ojos asienten sin ver.
sábado, 3 de diciembre de 2016
Enrique Solinas
Enrique Solinas (CABA), Barcas sobre la zarza ardiente, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2016.
Sentir sobre esta tierra
“No hay abandono más grande en este mundo
ni crimen imposible
que la indiferencia sobre nuestra condición”,
dijiste,
mientras el sol comenzaba su caída sinfín
y nada podíamos hacer para salvarlo.
Tu mirada brillaba con la luz
o eran tus ojos que iluminaban el paisaje:
dos barcas atadas en el muelle,
el agua mansa
y nosotros a la orilla
del río que parece canción.
De repente un pájaro,
un pájaro en busca de comida
y el sol cayendo detrás del horizonte,
yo mismo era el sol furioso que caía
con todo el peso de su ley,
me sumergía en el silencio de la tarde
para apagarme en el rio inmenso.
Los peces me rodeaban,
me hablaban,
yo los comprendía,
hablaban en tu lengua,
expresaban tu pasión.
No hay conversación aquí.
Sólo hay palabras
que alguien ejecuta
y que el otro desea no oír.
Mientras tanto,
éste es el comienzo del instante
cuando con el padre
nos preparamos para pescar
y contemplamos la vida
desde lo opuesto.
El viento nos pasa por la cara,
como pasan las noches,
los días, las estrellas.
Y toda la belleza del mundo a nuestros pies,
el abandono más grande
que alguien pueda sentir sobre esta tierra.
Huye la luz
Huye la luz y ahora
es una heroína trágica
que se dirige hacia su tumba.
Las sombras aparecen
en este atardecer y nada,
nada de lo que podamos decir
puede ser cierto.
Porque decir lo que se debe
es igual a engañar,
a no decir,
entonces
dejémosle
su lugar de ofrenda
al silencio,
que se exprese en nosotros,
padre e hijo,
tan extraños;
un padre que piensa
que la vida es
caña, tanza, anzuelo y carnada
para poder vivir;
un hijo que ha guardado
en su corazón
preguntas
y más preguntas.
La noche es una pantera hambrienta
que persigue a una joven
a punto de morir.
El padre continúa inmóvil
sobre el muelle
y piensa,
“perdónalo, no sabe lo que hace”.
El hijo
cierra los ojos
y escucha.
Tengo sed
En el centro del río
hay una barca perdida
mientras
el sonido del agua me adormece.
El padre es una figura quieta
bajo la luna y las estrellas,
y parece haber olvidado
el tiempo y el espacio
al que pertenece.
Nado desnudo bajo la misma noche
que me vio nacer,
nado desnudo hasta el centro del rio.
Voy en busca de la barca,
de mí,
del padre,
del sol.
Los peces rozan mis pies y el frio
es una lámpara mágica
que restaura el dolor.
¿Cuántos muertos hay en este río?,
pienso
y cuando nado,
sé que los muertos
me llevan hasta la madre ausente.
“Mujer, este es tu hijo”,
dicen,
y su cuerpo de agua
me protege.
¿Pero cuántos muertos habrá
en el fondo del río?
Subo a la barca y regreso
al muelle donde el padre
continúa eterno.
Cuando lo miro,
parece un hombre frágil,
terco,
inconsciente.
Un espejo de luz
donde las palabras
no alcanzan.
Un reflejo irreal,
un sueño.
Un arquetipo al que le exijo lo que soy.
En la zarza ardiente
Desde esta absoluta oscuridad
veo a mi padre despedirse
con esa dignidad propia
de quien conoció
el mundo y lo habitó.
Acompaño a mi padre
en el gesto de su despedida,
en esta vida de hospitales
donde todo pasado es presente
y el futuro
es nada más
que una conversación.
Atrás quedan
los días de la noche,
las palabras
que debían madurar
para ser ciertas;
queda en el camino
la expectativa
de lo que no sucedió,
la verdad de la belleza,
su cuerpo inaccesible.
Pero ahora es el silencio,
el silencio que grita
el silencio
en la voz del bosque.
Pero ahora es el deseo,
el deseo de que el tiempo
vuelva hacia atrás,
cuando el invierno todavía joven
encendía
su lámpara mágica
y alumbraba el camino
de nuestro alegre porvenir.
viernes, 2 de diciembre de 2016
Yanina Audisio
Yanina Audisio (Buenos Aires), Piedras, papeles, tijeras, Ediciones en danza, Buenos Aires, 2016.
La mar estaba serena
La cima
del mundo será este fuego (donde vuelvo a encontrar tus manos). Los ojos que
pusiste en la noche (silencio y arrullo). Los ojos que pusiste en la puerta que
distanciaba tu cama de mi cama (la casa es grande y es tu otro cuerpo). La cima
del mundo será esta explosión donde podré dejarlos ciegos (la luz mi ofrenda,
el calor mi sacrificio). Llego aquí para estallar y ser algo grande finalmente
(otra partícula del infinito). Todo incendio, todo cielo ensangrentado, como tu
vientre para dormirme (arrullo y arrullo).
Ya vendrá
otra mañana como aquella en que me separaste de tu pecho y me elevaste ante tu
mirada (luz negra, calor blanco) recién nacido y desnudo. Muerta inmensa
omnipresente, recibe lo que seré, otra partícula. La que recogerás sin
paciencia (vuelvo a tus manos), la que bastará para que hagas lo que sabías
hacerme, de nuevo (silencio y silencio).
Casita robada
Habrás
nacido en una tarde amarilla, un rato antes de que un rayo partiera en dos a un
ternero o, mejor, a una perdiz. Seguro había sol y habría tormenta.
Una más de
los que serían diez hermanos. Diez maneras de hacer con un padre déspota y una
madre forzada. Pensar que si la tragedia menor importara a los astros, el día
que la vendieron, tu madre tendría que haber podido escapar, amparada por un
gran diluvio. El día que la compraron como esposa se inició el infortunio, que
sería tuyo y continuaría en mí. Una larga sucesión de gestaciones contrarias al
amor. Qué puede el dominio sobre el agua mansa.
El cariño
de la madre de tu madre no pudo salvar a ésta de ser tu madre, no pudo salvarte
de ser la mía. Qué puede poner la luz sobre el campo listo para quemarse.
Cualquier
hombre es más fuerte, eso aparecía flotando en la merienda, empantanado en el
puré de garbanzos. En la belleza particular que llevabas puesta, en las horas
interminables cuando nadie detuvo las manos del amigo de la familia. Y mi
cuerpo. Qué puede la flor dentro del vaso en las fauces del hogar sobre la
mesa.
Todas
tuvimos la intención de resistir. Y fue fallida. Todas con el mejor vestido y
la mancha de tinta. Esa heredada imposibilidad de frenar el daño. Aunque en
algo triunfó la madre de tu madre. De algún modo se cobró el golpe de tu padre
sobre su rostro. Porque pudiste agitar en tu sangre a esa abuela, y quitarle al
hombre la potestad. A tu progenitor la de elegirte el marido. A tu marido la de
ejercer su paternidad. Siempre seré tuya. Qué puede el barrilete sin el pesado
hilo.
Me soñaste
para continuar la estirpe que te había repudiado. Quizás por eso me reconocías
tal como me negabas. La primera vez que me negaste acababa de salir de tu
útero. La sangre todavía estaba fresca. La enfermera terminaba el turno y no
querías tenerme en tus brazos. Nací oscura como mi padre. Yo no podía ser. Qué
puede engendrar la huida, después del encierro.
Qué puede
el deseo arrinconado, más que la equivocación.
Qué puede
mi lastimadura ante tu pequeña conquista.
Qué puede
inaugurar el paso sobre el borde.
Qué puede
otra tarde amarilla y otra tarde amarilla.
Qué puede
la linterna en la noche blanca.
Escondidas
Una gota a
punto de caer del hielo. Una rama que se golpea contra otra. Un animal llamando
con alguna de las formas del aullido. Las antenas que se mueven. La miga que se cae. Estabas sobre el sillón
desbordando tu propio cuerpo bajo la luz del velador, esperando a alguien que
no vendría porque no lo esperabas. Pero tu cuerpo se abría como la tierra, tu
cuerpo era una selva recién nacida, tu cuerpo ocupaba el aire de la casa hasta
dejar de pertenecerte, hasta ser esa criatura agitada bajo mis ojos, dentro de
mi carne vigía, apenas asomado detrás del muro.
El labio
se me partiría. La turgencia que me atravesaba iría a golpearse contra otras
imágenes, huyendo de ésa. Sin embargo todas las demás, diferentes, más largas,
más breves, más cercanas; las otras estarían siempre rodeadas por esa música.
Tu cuerpo asolado por la luz del velador sin saber que alguien lo miraba,
cuando estabas puesta ahí como la modelo del pintor cuando el pintor se ha
dormido, como la modelo del pintor cuando el pintor ya se ha muerto.
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