viernes, 18 de septiembre de 2015

Yanina Escalante



Yanina Escalante (Pergamino, Buenos Aires), Las musas por la ventana, Dunken, Buenos Aires, 2014.



















Padre, sos todos los hombres que se van
y cuelgan su sombrero en la delicada curva
de una mano que mendiga tu presencia.












Escribimos para poder amar,
amamos para mejorar el aspecto
de nuestras palabras.












Hay un momento del día
en el que todo empieza
a volverse letra.



















miércoles, 16 de septiembre de 2015

Daniela Camozzi




Daniela Camozzi (Buenos Aires), Mones Cazón, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2015.




















Turquesa, oro, salmón 

El viaje a Mones Cazón 
por la ruta cinco 
era tan aburrido 
todo igual de plano 
y de vacío hasta llegar 
a Pehuajó 
justo doblando 
la curva del acceso. 
Hasta entonces 
solo una estación de YPF 
idéntica a la anterior 
en la entrada de cada pueblo. 
Papá nos hacía jugar 
al veo veo. 
Mamá con la mirada 
fija en la ruta, 
decía no tengo ganas. 
Pero cada tanto jugaba igual 
y algún color raro 
se le ocurría: turquesa, 
oro, salmón. 
Yo nunca encontraba nada 
entre los grises de la ruta 
y el tapizado sin gracia del auto. 
Nos entreteníamos así, 
buscando 
lo que no estaba 
en ningún lado.











La tía Ema 

El tapizado impecable 
del Fiat familiar color ladrillo 
huele a esencias dulzonas 
como las rosas 
del jardín de la tía Ema. 
Hay enjambres 
de avispas doradas 
que si te tocan te clavan 
su aguijón venenoso. 
La pollera de la tía Ema 
es tan acampanada 
que cuando el viento la levanta 
se sacuden las rosas, 
las ramas, la casa. 
Un viento que llega 
hasta la ruta 
y me golpea en la cara 
me despabila y me hace 
a mí también 
dueña de su jardín.












La abuela Julia 

En la cocina de aquella casa 
vos amasás con firmeza 
los fideos con albahaca 
más ricos del mundo 
mientras yo te miro 
desde la altura de tu delantal. 
Van y vuelven tus manos 
sobre la mesada 
y se llenan de engrudo las juntas, 
los azulejos partidos. 
Desde ahí arriba me pedís 
que te ayude rápido a limpiar 
todo el enchastre 
antes de que lleguen 
los tíos y el abuelo 
así queda todo listo 
para nuestra cena juntos, 
ustedes y nosotros, 
los recién llegados 
de la ciudad.











Bendición de la tierra 

Coma este durazno, m’hijita, 
qué es eso 
de andar siempre revoloteando 
y buscando caramelos 
en mis bolsillos. 
O no sabe usté 
que la fruta es un regalo 
una bendición de la tierra, 
la mejor golosina. 
Pero abuela, ahora no, así no, 
que se chorrea todo el jugo, 
se van a ensuciar 
las flores de este vestido 
que me bordó mamá. 
Que después ella dice 
que le hago unos manchones 
imposibles de quitar. 
Abuela, usté se ríe 
poniendo los ojos como dos rayitas 
inclinadas para abajo, 
se agarra la panza de la risa. 
¿No sabe cómo es 
su hija cuando algo 
no es como debiera? 
Mi única defensa será 
quedarme quieta 
muda y en cuclillas, 
repitiendo en mi cabeza
que no quiero, 
no debo mancharme. 
Está bien, abuela, siga 
torciéndose de la tentación 
que el delantal se le da vuelta 
y cae para mí una lluvia 
un plac pluc de caramelos 
contra los baldosones 
cuadriculados, brillosos, 
impecables del patio. 
Usté se ríe 
pero la exigida soy yo











El caballo de gana 

En la entrada aparece 
un caballo lustroso 
te sigue impasible 
con su ojo único 
una bolita 
de vidrio de ámbar. 
El viento de la siesta agita 
la cortina de flecos 
que hace de puerta. 
Le jugás al caballo 
a ver quién 
pestañea primero 
hasta que los ojos te duelen 
como si algo los pellizcara 
desde adentro. 
El caballo te gana. 
Te iba a ganar siempre 
inmóvil en el cuadro. 
Pero entonces te saltan 
lágrimas de derrota 
y de alivio, y es casi 
como si escucharas 
un relincho de triunfo. 
No vas a jugar nunca más 
a ese juego que duele 
en los ojos.











La hamaca

Me tiro al sol 
boca arriba 
el pasto es 
muy suave 
no hay 
espinas
ni cardos. 
Cierro 
los ojos igual 
que en la plaza. 
Me empiezo 
a hamacar despacio 
me empujo 
hacia atrás 
con una fuerza 
que no tiene movimiento. 
No despego 
el cuerpo 
del pasto 
ni un poco. 
Me doy
otro envión 
ahora 
para adelante 
más fuerte 
uso todo 
el cuerpo.
Tengo dos 
redondeles 
de sol 
en los ojos. 
Me hamaco 
cada vez 
más fuerte 
sin marearme 
cada vez 
más rápido 
sin miedo 
ni vértigo. 
La tierra 
es mi hamaca. 
Tengo cosquillas 
pero no son 
de risa. 
Parecen 
de felicidad.











Filtrar la luz 

                                Era la rama con la luz. 
                                                       Arnaldo Calveyra 

Otra vez un viento 
entre las hojas de la parra. 
Pero ya nada se derrama ni se cae. 
Mamá se ríe ahora 
sin preocupaciones 
sentada en el sillón 
de hierro del patio. 
Sonríe con mi hermana a upa 
mientras se acomoda el pañuelo 
que la protege del sol. 
Un sol que pega fuerte 
en el verano de la tarde 
y atraviesa las hojas. 
Es una escena que reaparece 
en las mejores tardes de verano 
cuando estoy al reparo de algún verde 
y las hojas se mueven levemente 
y al moverse dejan 
filtrar la luz.














lunes, 14 de septiembre de 2015

Pablo Queralt



Pablo Queralt (Buenos Aires), Ser y ser visto, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015.






















Se derrite la ciudad como un chupetín continuo como siempre
hasta donde mis sentidos llegan
tan oscuro este mundo de lo bueno y lo malo a través de su
sangre
esta entrando en mí
donde ellos ven el pique de la pelota nosotros vemos belleza
la suela que avanza sobre su cielo bufandas al viento
me gusta caminar en medio de la noche de cama en cama
siguiendo
ese ruidito suave sigiloso que la muerte busca
dar un paso más en su profundidad
cerrar una ventana mear sacarme el sueño
y despertar en un eco de lo que el miedo destruye
la vergüenza es mi camino
murmuro mi deseo
esas son mis alas.












Emulsionados embriagados en ese exceso de amor bombeados
por su sangre pisando nubes en el día amarillo latiendo nuestra
propia vida
que encuentra su luz de estrógenos y testosterona


formas que se me escapan de las fotos que guardé y ya no son
nada como olas que salpican las nubes en esa baranda me
siento a mirar donde comencé a ser un extraño.












En ese aire de ir hasta el puente para sentir pasar los autos
bajos los pies
su murmullo que golpea para que la muerte sea lejana como
un viento borrando el tiempo el amarillo que dibuja su retirada
y alza la alegría
de olvido solo para mirar lo que veo.












Una vez en la vida acaricio el vacío las palabras en el rumiar la
voz y dejarme llevar en esa sinestesia de silencio rezado en esa
nada en que todo vuelve a la sinapsis de su limo.


























sábado, 12 de septiembre de 2015

Giovanna Recchia



Giovanna Recchia (Chubut), Sed, Espacio Hudson, Lago Puelo, 2015.


























(mudez)

Colores se desplazan
mareo del minuto en que llega la palabra
La forma de la duda
es un monstruo que se alza
sin rostro que nombrar
sin sombra
noche que le toma el cuerpo desmedido
y se abre
se estrella
se mutila

trizado el poema
fragmentos de la lengua
acobardada











Atardece
y no es posible
huir más cerca
ni más lejos
¿Quién dijo que a la vida
se va por este atajo?
 












(señal)

En el reverso de la tarde se instala
el levísimo indicio
de una hoja caída
hacia el poniente
Paradoja de otoño
que señala
dónde la vida
promete
 














(vuelos)

Cielo que en silencio se esfuma de las palmas
grietas que se leen en el destino
hado sin nombre
hijos
profundas acequias de piel
que laten
prensiles secretos
que  florecen
noche en la caricia
ausente
pero cierta