domingo, 6 de septiembre de 2020

Andrés Bohoslavsky

 

Andrés Bohoslavsky (Cipolletti, 1960 / vive en CABA y en alta mar) 


Los ojos de Sasha o El fin de un sueño rojo, Buenos Aires, Leviatán, 2018. 










Los ojos de Sasha
o el fin de un sueño rojo

La muerte de mi madre en un hospital para enfermos mentales
provocó diferentes reacciones entre los miembros de mi familia
–una familia que zozobraba como los restos de un naufragio
que de a poco desaparecen sin importarle a nadie.

Fue internada por sus hermanos, diagnosticada con un cuadro de esquizofrenia
que según ellos no tenía otra forma de ser tratada
con urgencia, violencia y un grado de crueldad que prefiero olvidar.

Devota del sueño bolchevique, jamás pudo entender los cambios del mundo
ni una sociedad que corría tras la felicidad y salvación individual.
Finalmente se alejó de los suyos y del resto, terminó aislada por propios y extraños
que la rechazaban tanto a ella como a su forma de pensar.

En mi corazón, sentí que su muerte simbolizaba una especie de asesinato
donde todos tenían una cuota parte de responsabilidad y conformaba
uno de esos crímenes silenciosos que todos preferimos ignorar y cuyo formato
nos incrimina, lo que constituye un buen motivo para mirar hacia otro lado.

Buscando protegerme del dolor y de su ausencia, decidí refugiarme
en la casa de uno de los pocos amigos que me quedaban, Vladimir.
Un tipo silencioso y casi autista que se asemejaba a mí más de lo imaginable.

Los domingos acompañaba a mi amigo a visitar a su abuela que,
como el resto de los ancianos, se encontraba en un lugar llamado geriátrico,
pero a mí me resultaba más parecido a un depósito de personas abandonadas,
con rasgos de campo de concentración moderno o una variante de los zoológicos
que, en lugar de chimpancés y leones enjaulados, aquí se encontraban en estado
natural y sin rejas, donde los exhibidos eran seres humanos.

El dueño del zoo, perdón, del geriátrico, se volvió millonario
a raíz de esta actividad y otra también, exquisita: prestamista.
Mi mente fue ideando un plan, moldeándolo en silencio domingo a domingo.
Conociendo el dato de que los abuelos partirían el lunes en un tour a la fría Necochea,
en plena temporada invernal, entré de madrugada al lugar. Entramos, mejor dicho,
mi gatito Sasha y yo. Rocié todo con nafta, incluido el descapotable del tipo,
encendí el fósforo que inició el incendio y escapamos en la oscuridad
tan sigilosamente como habíamos llegado.

Esa noche dormí mejor que nunca, como un ángel caído que trae justicia
a un mundo cruel, un anti-sistema de los sin voz. El mundo se redimía
con mis actos, con los actos de un héroe anónimo del cual nunca nadie sabría nada.

Me levanté y encendí el televisor que informaba de la tragedia.
Los ojos de Sasha hablaban al mirarme:
treinta y nueve abuelos fallecidos en el incendio.
El viaje era el lunes, pero no ese sino el siguiente,
debido a un cambio de planes de último momento.

Entendí en ese instante que el infierno está tapizado de buenas intenciones.
El velatorio movilizó a la ciudad completa, el dolor era terrible
y todos lloraban desconsolados. Todos menos el tipo que sufría en silencio
por el fin del negocio y su descapotable derretido.

Carcomido en mi conciencia, como el personaje de Crimen y Castigo,
me entregué confesando todo. Me declararon insano y paso los días
en este neuro-psiquiátrico escribiendo al aire libre y disfrutando la belleza
de lo simple. Como a mi madre, todos me dieron la espalda salvo mi amigo
Vladimir y Sasha.

Sus ojos cuando se cruzan con los míos vuelven a hablarme
y me dicen tener un plan.





Muerte en la calle


Caminaba por la ciudad, haciendo tiempo para tomar el colectivo
que me llevase al puerto para embarcar luego hacia mi destino marino,
cuando la vi. La señora que cotidianamente vendía en la vereda del banco
sus chucherías, tenía su cabeza hacia abajo, apoyada en su pecho
y sin movimiento alguno que sugiriera, al menos, que dormía.

Me acerqué y le hablé, esperando despertarla con mi voz ronca
pero eso no sucedió. La toqué en su hombro, al principio suavemente y luego
un poco más y más fuerte. Estaba muerta, rodeada por las pocas cosas
que sostenían su vida y que le servían de moneda de cambio para sobrevivir.

Los objetos parecían aún más estáticos que de costumbre: agujas e hilo,
portales de la ciudad, biromes azules y negras, blocks de hojas, lápices,
gomas de borrar, una taza y un plato eran todo.

El resto, lo que estaba por afuera del cuadro, mantenía la dinámica habitual
la gente entraba y salía sin prestar atención ni importarle nada.
Dentro del banco, las transacciones continuaban rítmicamente, como si esto
que ocurría en la puerta, a metros de sus narices, no estuviera sucediendo.

Cuando la policía retira el cuerpo y los objetos, lo que lleva en una bolsa negra
es un ser humano. Desde la vereda de enfrente observo y me pregunto
por qué alguien muere en la calle y de esta forma.

Tres meses después, al volver de mi trabajo, paso por la misma esquina
y todo parece igual y diferente al mismo tiempo. Otra persona,
en el mismo sitio, también vende objetos. Aunque no son los mismos
su parecido los hace equivalentes, apenas sustitutos
de aquella primera versión.

Las personas siguen entrando y saliendo del banco, indiferentes al mundo
y concentradas en el móvil que allí los instaló. Todo, absolutamente todo,
parece estar movido por una sola razón llamada dinero.

Cuando llego a mi casa, enciendo la televisión que explica los fenómenos económicos

la inflación, la estanflación, sus causas y consecuencias, la caída de las bolsas

en los mercados internacionales, los índices de desocupación, las expectativas
a futuro y todas esas cosas que nadie entiende pero determinan sus vidas
o parecen hacerlo.

Salgo al balcón, mientras fumo y pienso en esa mujer muerta en la calle.
El mundo es el mismo de siempre.
La pregunta sigue sin respuesta.









El tío Sergei

                Cualquier persona que tiene una sonrisa perpetua en el rostro 
                oculta una violencia que asusta.
                                                            Greta Garbo

Mi madre y su hermano Sergei llegaron en un barco a Nueva York
a principios del siglo pasado.
Junto a ellos, bajó un matrimonio de apellido Demsky.

Sus ideas la convirtieron en líder de los inmigrantes rusos.
Al ser expulsada por las autoridades de migraciones
debió abandonar el país de la libertad en setenta y dos horas,
partiendo hacia Argentina en otro barco plagado de pobres.

A su hermano, el hambre y el instinto de supervivencia
lo llevaron a Hollywood,
donde filmó con el hijo de aquella pareja:
Issur Danilovich Demsky, más conocido como Kirk Douglas.

Ya en Buenos Aires, continuó pagando con persecuciones
su línea de pensamiento
mientras mi tío se volvía millonario y con el paso del tiempo
se convirtió en el dueño de varias joyerías.

Esta foto juntos, ajada por los años
en una ciudad que no reconozco
muestra un hombre impecablemente arreglado, con un traje oscuro
y un sombrero que habla de su ascenso social.
Mi madre, a su lado, sencillamente vestida
con su cabello sujeto por una peineta y una flor, una rosa 
asomando de su saco
símbolo de los combatientes de su época.

Los hijos del tío Sergei ampliaron los negocios del padre
sumando a las joyas, un estudio de cine,
una casa de alta costura y otra de bienes raíces
que aquí se denominan inmobiliarias.

Yo seguí ganándome la vida en barcos o en los astilleros
viajé por el mundo, aún después de la muerte de mi madre,
arreglando los motores de los transatlánticos
hasta que los aviones terminaron con ellos y con mi trabajo.

Lo curioso sucedió aquella vez que bajé unos días a Nueva York
y tropecé con carteles de campaña con el rostro del tío Sergei,
candidato a senador por ese estado, una foto gigante que repetían al infinito 
las calles, con su eterna sonrisa, abrumadora e insoportable.

Peor aún, cuando vi esa rosa roja en la solapa de su traje.









Un genocida flota en el mar

Subo a cubierta antes de tomar mi turno en la sala de máquinas.
Observo el mar, quieto como si fuese una tela
con la que alguien lo hubiese cubierto, un terciopelo infinito
una broma en el medio de la nada que rodea a la embarcación
haciendo que todo lo que mis ojos alcanzan a ver
parezca un cuadro surrealista demasiado extraño en esta zona.
Pero uno termina acostumbrándose a las cosas extrañas.

Cuando vuelvo sobre mis pasos para bajar a trabajar
un cuerpo pasa flotando al costado del barco
y lo que sucede luego es decididamente irreal.

Una ballena gigante rodeada de toninas me dice:
el cuerpo del genocida que murió hace unos días
ese que salió en los diarios y cuya crueldad era infinita
Luego de que lo enterraran, la tierra lo vomitó
y llegó hasta el océano, así de sencillo.

Le contesto, riéndome: lo lamento por el mar y por los peces.

Su respuesta es lo que me deja aún más sorprendido:
No, el agua lo degradará y bajará en forma de pequeñas partículas
como alimento de los monstruos que habitan en el fondo.
Solo ellos, deformes y malvados como nadie aquí,
serían capaces de nutrirse con los restos de una criatura tan siniestra.

Dicho esto, el mar se encrespa, las olas toman las dimensiones de siempre
y la visión se esfuma al instante.

Por la noche, en el medio de una tormenta interminable
y sin poder hacer andar los motores es este descascarado barco,
pienso en la muerte y cuál será la próxima estación después de ésta.
Sencillamente no imagino ni creo en nada.
Tampoco si hay un lugar adonde ir después del apagón final.

Pero ahora, como la ballena,
creo que los genocidas, los explotadores y los usureros
van al fondo del mar.  























sábado, 5 de septiembre de 2020

Diego Colomba


Diego Colomba (San Nicolás de los Arroyos, 1972 / vive en Rosario)

El lado de la sombra, Buenos Aires, Barnacle, 2020.












En el fondo una metáfora no es una analogía


Nadie más
que yo
veía
caer
esos copos
invisibles
de nieve
que tornasolaban
en la tarde

–si papá
los hubiera visto
los habría
señalado
con un dedo–

pero 
lo cierto
es
que caían:
fríos
y pesados.
Llevábamos
esa nieve
triste
sobre los hombros.

Esa nieve
era
lo único
sagrado
que podríamos
compartir.






Un acto sin voluntad


Tiene
una cita
con Dios
esta mañana.

Pero se olvida
adónde va
ni bien
traspasa
el tapial
del gallinero.

Un cuzco
con sarna
se le enreda
entre las piernas:

al rayo del sol
reclama
la caricia
de nadie.






Se pudren los días


La lluvia cae sobre el pantano. Salpica con barro la carcasa quemada de un auto. El casco roído de una canoa. Los potrillos, alrededor, se mueven como ángeles flacos. Un chancho se ha trepado con las patas de adelante a un sofá desvencijado: ahora muerde lo que queda de un brazo entre gruñidos. Mientras los galgos le ladran a la resaca de restos que vuelven a la orilla. Ni ese viejo que chupa el mate bajo las chapas los ha visto caer alguna vez del cielo.






I.

Maese Antonio bebe el vino de los pobres.
Encuentra un trozo de madera en la calle y lo recoge.
Está alegre.
Por llevar un trozo de madera bajo el brazo.
Piensa en convertirlo en la pata de una mesa.
Una mesa es útil para alguien que bebe.
Maese Antonio se dispone a moldear la madera.
Moldearla a la medida de su imaginación.
Pero oye de repente una voz que le habla.
Es la voz de la madera.
¿Pueden la soledad y la bebida hacer que hablen las cosas mudas?
Quién sabe.
Lo cierto es que Maese Antonio oye cómo exclama la madera 
cuando intenta pasarle la garlopa o el serrucho.
La nariz sanguinolenta de Maese Antonio, por la que lo apodan
Ciruelo, no huele el engaño de la mente o los sentidos.
Tirar un hachazo y errarle al blanco lo convierten en un payaso
sin público.
Sin más público, mejor dicho, que su propia decadencia.
¡Qué grotesca morisqueta acaba de hacer!
Su viejo corazón da un vuelco.
Maese Antonio ha pasado de la alegría más tonta al súbito terror.
Un trozo de madera le ha hablado.
Nada bueno puede esperarse de ahora en adelante.
Su hígado seguramente está reseco.
De tanto beber vino barato.
Se ha vuelto un trozo de madera.
Que balbucea.
Con la garganta seca.
¿Por qué Maese Antonio no cuida de un hígado tan delicado?
Cualquiera de los que pasan a diario por su taller podría hacerle
la pregunta.
¿Por qué no bebe un vino mejor?
¿Un vino, al menos, que no lo haga delirar?
Pero para Maese Antonio una pregunta así no tiene asidero.
Ni siquiera el que ofrece una rústica mesa.
Sencillamente.
Maese Antonio bebe el vino que un pobre carpintero puede pagar. 




II.

Hagamos las paces.
No volvamos a pelearnos.
Nunca más.
¿Cuántas veces nos habremos prometido lo mismo
mientras la tos de papá se oía más clara?
Morderte la peluca fue un exceso.
Pero no soporto que me digan Papillita.
Mamá decía que cuando se jubilara compraría una calesita.
Ella misma se ocuparía de la sortija.
Ya era vieja y seguía con el mismo cuento.
Como si la vida se prolongara después de la vejez.
Como si no dejara de girar.
¿Qué tiene de malo que a mis años me haga una marioneta
para irme por el mundo?
Puedo sobrevivir con un vaso de vino y un mendrugo de pan.
¿Decís que voy a dar lástima?
El mundo ya es triste de por sí.
¿Qué mal le puede hacer un viejo con una marioneta?
El otro día vi a un malabarista en un semáforo: se le caían las cosas,
después de arrojarlas hacia arriba.
¿Clavas se llaman? Se le caían las clavas.
No podía atraparlas.
No sé de qué material estarían hechas, pero no hacían
ruido al golpear contra el piso.
Cuando terminó su número, levantó los hombros y sonreía.
En la vereda había un cochecito con un bebé y una mujer,
con el pelo sucio le hablaba.
Hacía frío.
El malabarista improvisado reconocía, a su manera,
que era un desastre.
Un conductor le dio limosna.
Eso era todo.
Conseguir un mendrugo de pan.
Me decís que les estás enseñando lógica a las hormigas.
Te caíste porque tenés las patas duras.
Tendrías que haber tenido ese mismo desenfado de joven.
No vale hacerse el loco antes de morirse.
De chico me pasaba a menudo.
No actuaba. Era auténtico.
Si actuaba, lo hacía inconscientemente.
La maestra de cuarto grado le dijo a mamá
que yo era un chico iracundo.
Ahora, a la distancia, no suena mal.
Pero a mamá le pareció que era una enfermedad
y me llevó al médico.
Todavía me pasa. Como recién.
Me pongo colorado. No puedo ver.
Si me volvés a decir Papillita te parto la boca de una piña.
¿Que no? Hacé la prueba.
¡Tanto lío por dos botones de la camisa!
Éste es un arañazo tuyo y no te dije nada.
Perder el mundo de vista.
¿Y si era eso lo que buscaba?
A esa edad no me dejaban tomar vino.
Vivíamos a media cuadra de la estación, ¿te acordás?
Íbamos todos los días. Y mirábamos pasar los trenes.
Hasta perderlos de vista.
El mundo siempre me produjo una sensación de ahogo.
Dame mi peluca. Yo te alcanzo la tuya.
No vamos a pelear más.
Te juro que seremos amigos para toda la vida.




























jueves, 3 de septiembre de 2020

Pablo Albornoz

 


Pablo Albornoz (Magdalena, provincia de Buenos Aires, 1978)

Nací pensando en vos, edición de autor, 2020 (formato PDF).











La vida es más breve 

que un haiku 

¿Qué vas a hacer 

con 17 sílabas? 


¿Qué vas a hacer 

con el tiempo 

que te queda?






Ella parece más triste que yo 

Que sepa bien 

qué deseo quiere pedir 

mientras cae 

la última 

estrella






Hoy en el pueblo y mañana 

en el paraíso o el infierno 

Siempre vas a estar solo 

Aprendé a escribir tus poemas 

en la oscuridad






Me quedé 

toda la noche 

escuchando 

el murmullo 

del río 

en mi viejo 

corazón













martes, 1 de septiembre de 2020

Selva Dipasquale y Tamara Domenech

 


Selva Dipasquale (Buenos Aires, 1968)

Tamara Domenech (La Plata, 1976 / vive en Buenos Aires)


Poética de los oficios, con dibujos de Sonia Neuburger, Buenos Aires, Ediciones A Capela, 2020 (formato electrónico).











Bruselas*
 
Toca el tiempo con bruselas
 
tic tac en una caja
 
tic tac de madera.
 
Opuesto a un recuerdo
lo desarma y sumerge cada parte
 
platina
volante
áncora
 
en detergente y ácido
 
burbujas atraviesan los segundos
lágrimas contraen sus alas en el aire.
 
Y como rompía máquinas de chico
de grande sabe contemplar con paciencia
la ingeniería destartalada del amor.
 
Lo que se hace a mano es eterno.
 
Armar, desarmar, volver a armar.
Que la cuerda se vaya desenroscando
vaya haciendo su trabajo, su fuerza.
Para amar hay que pensar.
 
Y eso está haciendo falta
aprendices del amor.
  
 
*Entrevista a Daniel Ríos (59). Relojero.
 
 
 
 
 
Regla T*
 
El dibujo a mano es más lindo
¿ahora se piensa menos?
 
Yo escribía tan chiquito en los planos
que el capataz mandó a comprar una lupa.
 
Un poema contacta al cuerpo
sobre papel manteca la técnica deja su pulso
 
tiralíneas
balustrín
compás
escuadras
regla T
lápiz
tinta
goma de borrar.
 
Chinches aprietan un dibujo sobre una superficie blanda
un trabajador se saca los zapatos y los deja debajo del escritorio
otro compañero los clava en el suelo de la oficina.
 
El rastro de líneas perennes uniendo familias fantasmales
pecas y sonrisas.
 
Llevar a cabo una proyección es un compromiso de muchos
un edificio
un medio de transporte
la libertad.
 
 
*Entrevista a Jorge Ríos (93). Dibujante Técnico.
 
 
 
 
 
Tijera*
 
Un peine perfora la tierra
y crea un túnel que une un país con otro
a través de un cuerpo
la esperanza de Cristina
llegar para estudiar
encontrar trabajo
construir una familia.
 
¿Cocinar o peinar?
 
De lo que se trata siempre es de elegir
el oficio menos esclavo.
 
Ella pasa muchas horas
inclinada sobre cabezas
que acurruca entre sus manos.
 
Y después sueña que tienen hebillas, pelucas, ruleros
acomodadas aleatoriamente sobre un modular
le cuentan cosas que nunca le contaron a nadie.
 
Sólo una vez tuvo miedo
manchó a un chica haciendo reflejos con papelitos.
Hasta que su asistente le contó:
Toda cosa tiene su secreto
y bueno, le dijo cuál era y al día de hoy no paró más.
A veces quiere que la gente se deje el pelo suelto
se abrirían caminos desmechados, de colores fuera de muestrario,
iluminaciones expansivas.
 
 
*Entrevista a Cristina Filosi (56). Peluquera.





Pincel*

 

Un ataque de ansiedad es una afirmación del cuerpo

frente a la mente negada a entender un dictado que no va más.

Con cada respiración

sentís que alguien que querés mucho

te abraza

y te das cuenta de que los mandatos asfixian

y en vez dejarlos donde están

te llevaron a convertirte en un monstruo

tenés miedo.

 

Sin embargo un pincel puede pintar

tapar, transformar las palabras de toda una familia

relación de dependencia

empresa

nueve horas

aportes.

 

Una joven pinta animales de los que no se puede desprender.

 

Otra mujer se desanuda una corbata interior

y deja que aparezcan flores y mulatas desnudas

así crea una marca de ropa

una obra de arte que se lleva puesta.

 

 

* Entrevista a Paula Ruiz (18) y Giselle Piersanti (29). Pintoras.





















domingo, 30 de agosto de 2020

Rita Kratsman

 


Rita Kratsman (Buenos Aires, 1940)

Cuerpos con música de fondo, Buenos Aires, El jardín de las delicias, 2019.












De "el ritmo, también desenvuelve paisaje..."



hay un espacio y un tiempo

en que se escucha por primera vez una música

y el momento resulta sublime

pero sabés que llega antes o después de algo

omitiendo el Universo toma cuerpo un ritmo pesante

y nos lanzamos con todo lo selecto

y caemos a plomo mientras el aire ni siquiera parpadea

¿acaso se trata de una inquietud marfilina?

acordate de que el bosque está siempre visible

en 1912 Schönberg sacó del arca de sus dones

una nota desnuda, el efecto

pulsa las cuerdas altas del viento

dejando que los tonos bajos definan otras cosas

y el miedo hasta en una brizna de polvo

o en el vuelo confuso de un pájaro

la debilidad reciente

comprueba que todo se repite

y si soñás con una bengala en la oscuridad

es probable que tu nombre

desaparezca con el resplandor










si es que hubo al principio algo

no hay ahora palabras

para describir la entrampada obsesión

por un mar tranquilo

que no dé contra la costa insatisfecha en

un paisaje de escollos

una obsesión por las mareas dóciles

primarias en el sentido

en que uno entiende las cosas

no hay palabras, no hay

una verdad que se refleje en un cuarzo brillante

estallan en expansiones sucesivas

y ni siquiera un balbuceo se asienta en el poeta

¿qué tiene de malo decir entonces?

nadie muere de serenidad:

el alma ruge

y tose*



* el ritmo de las pulsaciones anula una razón lógica

las manos se entienden hacia el aire, acaso

hacia lo que después seríamos

puede sin embargo aparecer de nuevo el otoño con

su ritual de pequeñas ráfagas y

motivos casi armónicos










fuimos ¿qué somos?

medida en grados la ciudad es un infierno

un árbol viejo, escuálido

echa sombra a una tuna sedienta

sabiduría de lo sutil contenida en el gesto

refinado como un fragmento de Fauré

¿qué son los años para alguien que acepta la mortalidad

con naturalidad? y que lejos

de su condición y aun estando al borde del abismo

infunde coraje a quien más lo necesita

¿alguien apoya el oído sobre el corazón de la Tierra?

¿y si se hundiera

se elevaría igual una vara de genciana tan erguida?

un pájaro sobre la proa de ese árbol

canta

para ir todavía más lejos









De "... y se libera, hasta que..."



cuando me preguntaste 

y dije ahora floto, quise decir otra cosa

la belleza es frágil

como una contracción que rompe el verso y su ritmo

¿o se puede ganar una línea convincente

sin el riego de hundirse en un pantano?

la magia pasa de largo y la oscuridad es parte de lo mismo

se retrocede entonces

hasta llegar más de una vez al silencio absoluto

aunque se escribe para no saber lo que el silencio significa

emana un vapor rojizo acentuando la humedad

y ya nada se puede definir, sí, te dije

ahora floto, respuesta que subraya eufemismo

ah las discrepancias, aunque parezcan justificadas

qué bien viene aquel verso de John Giorno

si no te gustan mis océanos

no nades en mi mar* 




* aun sabiendo que un mar es

el indicio de otros mares tan desconocidos

como los cuerpos que no alcanzan a ser

y ese ruido de olas, de viento

que sin embargo perdura










la oscuridad deposita lo que puede

y con solo observar cómo

la óptica geométrica incide sobre los cuerpos

te convierte en alguien más para añadir a

esa masa informe, lo cual

daría pie a tu desaparición definitiva

si no fuera que a veces algo irrumpe –nadie parece advertirlo–

y a despecho del mundo

como quien se libera de una encrucijada

pasás a ser la luz de un globo aerostático

contradiciendo la negrura

pero al margen del delirio

hay que decir que también están sojuzgadas

las sienes de las casas, convulsión

de un paisaje oprimido, ¿qué puño se abatió

sobre la chapa nocturna?










continuando el diálogo, y creo habértelo dicho

el mundo es la repetición de una forma rítmica

es difícil irse de una conversación inagotable, tus ruidos discontinuos

confirman que aun así conservan su ritmo y aunque

nadie recupere el hálito perdido

existe descendencia en los árboles y viñas y flores azules

cuando una luz reaviva otras luces

¿dónde estás?

–una tormenta podría evocar la métrica furiosa de sus rayos–

shhhh... que no lo sepa la muerte

necesitamos ver que una forma se libera con

un solfeo de nubes en clave soleada

el efecto sería incierto

de no ser por los pájaros

que al no seguir un principio ornamental

intervienen con sus gloriosos vibratos

no es falaz la insistencia

el paisaje es un tema

del que hay que seguir hablando










no hay formas dudosas, hay

decisiones centrales

y cuerpos que se mueven por atracción gravitatoria

los rayos del sol pueden mimetizarlos

con el paisaje existente

rompiendo las normas de lo perceptible

el ruido se impone sin embargo con sus argumentos

en tiempos así

cualquiera se siente más contenido por una muchedumbre que

por alguna "fuerza de seguridad"

¿y cuánto vale dormir tan custodiado? dice una letra

si cuando cruzás el umbral de tu casa

y te apresa cualquier conjetura te adherís a lo verosímil

el día entonces toma un hecho y lo retuerce

convirtiéndolo en el arte laborioso de una filigrana etrusca

un rumor silba sobre su era:

los puntos de corte no son una elección antojadiza

se justifican en las gomas que crepitan

como espinos al viento

convengamos que la anarquía del humo

pacta con el aire










es sorprendente cómo un paisaje

no es más que un espacio vectorial donde

confluye música de todo tipo

y de golpe vemos algo por todas partes

como una supernova que se manifiesta

en lugares donde antes no se había detectado

nada detiene el encanto de lo que el azar hace con las nubes

o lo que haya hecho en lo que va del año y sin embargo

se respira bajo una cúpula estelar

así un poema

influenciado por la luz que sea, puede ser escrito en una hora

o en mil años por usar un recurso hiperbólico

de algún modo, esto también significa que

para amar se necesita cuerpo

visible como las frutillas que limpiás ahora en tu cocina

aunque la otra parte del Universo

permanezca oculta