sábado, 14 de noviembre de 2020

María Eugenia Fernández

 


María Eugenia Fernández (José C. Paz, 1985)

Construcción en la noche, Moreno, Ombligo Cuadrado Ediciones, 2019.










Negar al padre

Tu papá te abandonó a los cinco;
el mío, a los cuatro.
Vos insistías en que no te abandonó.
Yo le daba vueltas a la lata
y te sonreía.

Tu corazón se lo llevó
una corriente del río manso.







11

Leíamos en voz alta a Walter;
mientras la voz se convertía
en susurro,
arrojábamos el corazón
al vacío.







28

¿Regresaste al libro?
Te perdí los pasos.
¿La tormenta te causó
las mismas sensaciones?
Yo tejía hilos
mientras te enroscabas.
¿Y vos? ¿Por qué lo hiciste?
¿Quién dijo que es posible?
¿Tu voz o la mía?







55

Tan efímero como el día
en que el mundo
se detenga para mí
y todo lo demás
siga funcionando.






























jueves, 12 de noviembre de 2020

Ioana Catsigyanis


Ioana Catsigyanis (Buenos Aires, 1976 / vive en París)


El paso del equilibrista, Buenos Aires, Huesos de Jibia, 2018.










Llego de madrugada al país de las cimas blancas:


es un bello color el blanco, el de la niebla y la luz,

y en la sala del hospital un rostro femenino se acerca

y me habla dulcemente. ¿Afuera está el mundo?

Me gusta mirar desde adentro

hacia afuera y nunca al revés. Es una ventana que cierro

súbitamente, fragmentos de impresiones ajenas

pueden entrar en las cavidades del sentimiento

y ocuparlo todo, como una transfusión,

el camino intravenoso

es más rápido que el sonido de la voz.

Un sol enorme nos recibe

en el despertar del quirófano. La luz

es el conducto por el que se pasa

de la muerte a la vida, y viceversa.








A lo largo de esta tarde de profunda lluvia


el ojo de quien observa tras la ventana

no sabría discernir

si es la primavera quien adelantó su paso

y tiñó de verde y frescura al árbol

que se sacude en la tormenta helada

o si es el invierno que camina penoso,

como un anciano,

y deja su estela glacial

en la luminosa tarde de abril.








De rodillas, al borde del acantilado, aspiro


el aire feroz del mar en tormenta,

me mareo y me horrorizan

las caras filosas y escarpadas de la roca gigante

que a lo lejos termina arrojándose al mar.

Observa cómo la planta silvestre ofrece flores

sencillas, pero de colores intensos,

y sabiamente amarrada a la roca se deja

abrasar por el sol y sacudir

por el viento a cielo abierto.

A lo lejos pasa una caravana de gitanos, benditos,

algo los lleva –no saben adónde y van–

livianos, gozando del paisaje y del reposo por las noches.

Te despiertas sobre un campo de lirios azules,

la boca salada y el pelo revuelto entre algas,

cerca de un pequeño arroyo,

entre las ramas, un bote amarrado

y alguien que espera, fumando tranquilamente.








Bajo la inmensidad imperdonable de un cielo gris


me escabullo entre el pasto duro como un gusano.

Qué absurdo es el miedo de un ser tan pequeño

y qué enorme la tormenta que está por entregarse

a la tierra seca,

la tormenta sólo preocupada en su propia existencia

en desplegarse, en explotar,

en desembarazarse de su carga,

la tierra espera, sedienta y con los brazos abiertos,

la lluvia voluptuosa

y en el medio, los invisibles gusanos,

que sólo están ahí,

equivocadamente.








¿Qué te asusta de abandonar los párpados


y dejarte llevar río abajo, como una balsa,

hacia la profundidad del bosque?

Un ángel azul se posa al pie de la cama,

luchás entre irte y no perderlo de vista

mientras suaves olas de mar te golpean

incansablemente, ¿será por eso

que las canciones de cuna concluyen

con una forma pueril de amenaza?

Caras desconocidas, objetos brillantes del día

pueblan la habitación transformados en

alimañas y brujas, y un hábito de otro tiempo

te lleva a cerrar los puños mientras los ojos

bajan la guardia. Vencido,

quedás entregado por fin al capricho del viento.

Sobre la ventana una rana vieja

se olvida de sí, de cara a la luna.

Un gong la despierta

en mitad de la noche.

 







La urgencia de la vida se dejó ver


en el azul de tus labios

para no dejar que se te escape de la boca

el delicado soplo que hay que preservar

entre las cuatro paredes de un cuerpo diminuto.

La carne, la siempre vil carne,

es motivo de sufrimiento

aún en las criaturas más inofensivas,

los dibujos del hospital de niños lo recuerdan.

En la sala de espera me digo que detrás de todo

puede estar escondido un poema, en las agujas,

en el monitor que vigila rítmicamente el pulso,

el aleteo de la vida. Es como estar sentado

al borde de una ruta y esperar algo

en la larga línea del asfalto,

a ver adónde nos lleva. Dar vida es

también entregar a alguien a la muerte;

nunca lo había pensado hasta el momento en

que te vi perder la mirada en el techo,

no puedo explicarte por qué lo hice,

no encontrarás en mí la respuesta.

A la par de tu llanto, hay un niño dentro de mí

que también llora y busca explicaciones imposibles

de cara a sus antepasados, esa manía

de arrojarnos unos a otros a la intemperie,

con apenas un poco de agua para el camino

y un grupo de chicos que te acompaña

riendo,

hasta la salida del pueblo.










martes, 10 de noviembre de 2020

Lucas Peralta

 

Lucas Peralta (Avellaneda, 1977)


Praxis, Buenos Aires, Barnacle, 2020.










De "I. El espejo"



VIII

 

Eso que alumbra ahí es la palabra y su silencio,

la piel terrosa que, en el aprisco, desempeña su

toda potestad de lugar erial, su predominio en

tentativas asociaciones propias de toda lengua

desplazada y ya no impuesta. Figuras, entre el

charco y el matorral, provistas de enunciado y

sentido, márgenes apelativos como aquello que,

de consideraciones motivadas, tiene su red de

valor ahí donde se atreven extraños sonidos a

imaginar el elemento primero como huella de las

palabras, sus miembros, sus formas, sus piedras

de origen y materia.

 

Imagen heridora, pliegue de agua profunda que

promulga las cenizas como ícono de lo ustorio

del espejo, aquella que, por experiencia, propaga

las edades de las lenguas naturales.

Territorio considerado y estructuración temaria.

Fragmentos tras los cuales, como aquello que de

rápido viene de la oscuridad, optamos por

revelar y querer introducir en estos dos discursos

paralelos, en lo que de común tiene lo epifánico,

en el mérito inmanente de mirar y ver el lenguaje,

la acción de los hechos y el sonido y los rostros

que llegan a la palabra como sudarios, como

amarres, como términos de valor por los cuatro

rincones de la tierra.

           

Solo los rincones contienen al mundo, claman en

silencio ojos, palabras, sonidos inatendidos que

vienen a enunciar lo cerrado y vencido del amparo

de la tierra de nadie, su aridez habitable desituada.

Reciedumbre donde la mirada encuentra su paradójico

lugar natal sin significado, salmos unidores al ras,

hipótesis de autor definiendo lo poético.

 

Tal vez maniobras en el mutismo ambiguo de lo real,

en lo tácito de quien reclama una nueva luz,

en lo explícito de los círculos plurales del barro,

en lo que de verbo le queda al polvo, a los escombros

que casi se oyen.








I

 

¿Es un concepto lo real? Entre el silencio y los escombros

las palabras solo alcanzaron a reflejar no poderlo todo.

El presagio cumplió su mandato por los ríos, aquellos de

piel barrosa y de pausas que agencian la cuerda colosal y

arrugada de la tez aguda y melancólica.

Nosotros y la piedad de escribir lo que somos.

Dureza en la aurora y objetos por las noches.

¿Hablar de lo que nos pasa es lo real? Nos arrogamos lo

anterior de la aurora y toda la construcción del sujeto,

sesgado e inmóvil. Rostro y río;

máscara como firmeza creada por el aire que mueve

su pecho y que mira por espaldas sumergidas

en el mudo modo de ofrecer labios.

Hilachas guiadas por el ojo. Fuego. Ver la mudez primera

en los bordes de llamas secas y en las lloviznas de costado

que solo pueden acompañar estos pasos breves.

La imagen rueda sobre el ruido, y las cosas, al nombrarlas,

penetran en el fino respiro de la niebla.

Dijimos problemas y adecuación de la palabra; eso,

y risas cómplices de la comunicación y ya no del mensaje

escrito. Música o instrumento no ya libre que se impone a

la ilustración de ciertos registros o la escritura de signos que

acompañan a la comunidad. Lenguaje como función referencial

o como búsqueda de aquello que dice mi gente. Lo decible que

sugiere el hoy; lo que tiene que ser dicho y hace falta.

Configuración donde el espejo habla y caracteriza el instante;

signo del lenguaje capaz de percibir el momento por donde

pasan estas imágenes en la intemperie. Es ahí donde se ponen

en un mismo plano el reflejo y lo reflejado.

Lo intentamos decir con las palabras y lo aturdimos en el silencio.

Bajarse del espejo y volver a ver si la tiznada instancia

del segundo mirar acaricia lo inútil de la noche en el día.

Respiración que rompe los muros de la última pregunta,

aquella que rueda como pedazo incidente, silencioso y arrugado.

Incidente como una carcajada que comienza con la saliva

del amanecer en tanto morada de las ruinas de la lluvia que mira

con ojos conocidos; silencio sin ningún tipo de adjetivos;

y arrugado como los aplausos que se le colocan al ojo cerca

de la inauguración de lo oscuro del barro sin métrica.

Insanable sentencia. Así, el fenómeno adquiere

un relieve sintáctico, semántico y fónico.

¿O acaso lo real no reclama tales características?

Los hechos, desgraciadamente, tienen que respetar

procedimientos por fuera del día a día y la plaza pública.

Así, el barro sin métrica intenta ser academia y así, una

vez más, fallan las categorías y la retórica poética.

En un lenguaje de intemperie, esplendoroso,

el último seglar vendrá a sanear el peticionario barboteo

como recado próspero que César Vallejo hendió en su vaguada.








De "II. El silencio"



X

 

Establecer la base y el plano sonoro. Marcas.

Después, supuestos que enmarcan el qué y el

cómo. Tal vez manchas. O dislocación total

continua que considere al texto y apele a nociones

como término de valor. Algo ahí. Presto, docto

y berreta.

 

Inerme ante tantas cosas que, como provisto al

disgusto, la adecuación visible marca hechos.

La eficacia como objeto de estudio y lenguaje.

Nada. Proveer como lengua de autor fallas

secundadas y ejercicios como sistema de reglas.

Insisto: Lengua de autor, ajena.Inquirir quién

dice lo que dice.

 

Asolar lo dicho tanto antes. Antes mesurado

como espina o púa, o como monte o espesura

en inquieto desarreglo de sonidos.Ahora es la

hora de preguntar. Es el tiempo de ver si después

de tanta bulla se erige la fecundia caída.

Hoy hemos sido menos todavía. Hoy oteamos en la

urdimbre acalorada, en el empíreo escombro donde

se labra el recupero. Así vamos juntando. De a poco,

y mucho.

 

Después, lo mismo. Colegir en la arenga empecinada;

la pérdida, el descenso. Y así un montón de cosas más.

También el pregón pestífero irrefrenable. Se dice y no

se puede nombrar. Una y otra vez se dice y los términos

precisos de realidad textual introducen la extensión y

el desatino.

 

Expresar lo poético y explotar lo dialectal. Emocionarse

por una relación y, luego de descubrir la falsedad de la

sinécdoque, conformarnos con el argot. Lezama habló

del ocio y a Orfeo se le cayeron sílabas en el espejismo. 


 






XV

 

¿Es la poesía la imitación de una acción?

Sigue en curso el hecho de asolar lo dicho tanto antes.

Antes mesurado como espina o púa, o como monte

o espesura en inquieto desarreglo de sonidos.

La palabra consigo misma es lenguaje en la medida en que

se sienta como ejemplo inadecuado; como opción provista

en edificio lírico o en noción instintiva del voseo de la

plaza pública. Reposa en las calles y se vuelve mensaje.

Examina el funcionamiento y emplea usuales modelos

de selección. Provee márgenes y desata la lengua de

autor desde el punto de vista de los formales rendimientos.

Cosas que pasan; espacios, a los ponchazos.

Asimismo, en donde llovían palabras como manos, se puede

hallar el fecundo sacrificio y el dolor, el sigilo

penitente, los ásperos augurios y las palabras a

cuentagotas como en todo testimonio. Pedazos,

o lugar erial de coherencia reconocida.

 

Ajada así la prosa; áridos los ruidos a tener en cuenta.

Lustre evidente para todo rostro. Máscara desaguada

del lenguaje; imágenes construidas en la pugna de los

previos e indiscutibles modos que el silencio deschaba.

 

Y los pedazos representan también una lectura, como así

también la aridez de toda historia quebrada por los ruidos

y el silencio. Todo lo que designa a la realidad es motivo

del poema; terreno, espejo y código de lengua práctica.


















lunes, 9 de noviembre de 2020

Liliana Campazzo

 


Liliana Campazzo  (Buenos Aires, 1959 /vive en El Cóndor)


Fuera de juego, Lago Puelo, Espacio Hudson, 2020.











De "UNO: la que pone la mesa"




IV

 

Bebe café

en cantidades peligrosas

abona vigilias

sueña puentes

arroja bocanadas de aire trunco

en sueños.

 

 

 

 

 

V

 

Estamos rodeados

una polvareda

corta el horizonte

mantener el paso

es un trabajo duro

no se vislumbra

nada

digno

de ser destino

cruzamos el río

donde ya no

vemos

al barquero

todos

a la intemperie

estamos rodeados

las sombras

son

de hierro

forjado

por la mano

misma

que empuñaba

el arma.

                                   

 

 

 

 

VII

 

Hay lugares

parecidos a sótanos

pero no existen

en el espacio físico del mundo

se encuentran o pasan desapercibidos

según el clima o el ánimo de dios

caemos o entramos allí

cuando el borde mismo de la realidad

se hace permeable o se derrite

y lo otro la atraviesa.

Esos sótanos son oscuros

en su interior voces negras

o heladas

nos recuerdan

que nada somos sin la luz.

La luz es la flecha o el pájaro

que sale de tus ojos o de tus manos

cuando en la mesa

hay un pan que no se come

pero se guarda

para el otro

que está en el fondo mismo

ese fondo sin luz

que no es un lugar físico del mundo

y se parece a un sótano

donde el ánimo de dios

nos pone a prueba

y entonces la voz de adentro es la que dice

dios... no existe.

 

 

 

 

 

X

 

Entre el norte y el sur

mi corazón de pensar elije

cortar el camino

saltar

el cerco

arrimar la silla

al borde mismo

acariciar la soga

pero me acuerdo

que hay ropa para tender

las papas en el fuego

tendría que comprar broches

pagar la boleta de la luz

escribir unos poemitas

llamar a mi amigo

hablar de libros

y hacer de cuenta

que nada ha sucedido.

 

 

 

 

 

XVI

 

Nada se puede repartir

con más facilidad que la miseria

hagamos entonces

lo posible

tiremos frazadas en las calles

platos de sopa en los umbrales

zapatos chuecos

agujereados

en los cordones

sillas desfondadas en las veredas

y si se puede

algún libro de poesía

para creer

que no todo está perdido.

 

 

 

 

 

 

De "DOS: las González"

 

 

II

 

Hubo un tiempo

de campo

en que padre volaba

raudo

fumigaba a los tordos

que se nos cruzaban

en las calles del pueblo

nosotras acompasadas de zambas

nos movíamos como reinas

en la chatura de la pampa

éramos tres

mirando los panales

cortando el aire con la frenada

del auto robado

a la siesta

Nos veo ahora tan prolijas

dadoras de manos a chicos

que nos brotan

nos veo ahora

volando

aviones para padre

que nos mira.

 

 

 

 

 

VI

 

Hoy llueve afuera

adentro hace frío

la mano tiembla

cuando aparece

lento

el trazo

de su nombre

se imagina el pueblo

las calles gastadas

la máquina de la municipalidad

las trata mal

los frentes de las casas

sin jardín

los olmos salvajes

destrozando las pocas veredas

la plaza tan fea como siempre

la iglesia allí

hecha de a pedazos

no da ni sombra

todo es rastro

de la huida

ni los chinos

con su arroz

y sus ropas oscuras

ni las ventanas que se robaron

nada

hace que pueda volver

pero

sin embargo

cuando la lluvia

así

como hoy

en mi cabeza

ronda

su cielo

y los chicos

a los gritos

buscando a los vecinos

hace que sienta

que allí

contra la sierra

está mi casa.

 

 

 

 

 

XII

 

Sólo puedo enumerar

las coincidencias entre una y las otras.

Se vierte mucho corazón

en este país que alguien nombró amarillo

dejándolo para siempre encallado

en el otoño.

Mi pensamiento es una página

abierta a un abismo

o quizás es sólo la impresión

de una partitura de dos por cuatro

que mis sentidos confunden con la vida.

 

 

 

 

 

XIII

 

Entre una y las otras las coincidencias

son el gusto por el mar

y cierto tipo

de caricias

que van más allá

del cuerpo.

También se pueden tener en cuenta las miradas

y la forma de decir –qué bueno que ya es suficiente

de este río y de estos gritos–

cuando en realidad nada les alcanza.

 

El origen mágico de los objetos

está relacionado, íntimamente,

con el uso que ellas hacen de ellos

por eso en las tazas blancas de sus casas

el té

tiene la fragancia

de un paso de frontera.

 

 

 

 

 

XIV

 

Abre su boca mientras aspira el humo del último cigarrillo.

Pide a su hermana que cambie el disco

se saca los zapatos

sube a la mesa

y baila.

La otra se sienta con un cuaderno y va tomando notas

el plan será robar un banco

cada una va explicando lento y seguro

la forma de entrar y de salir

las idas y venidas de los cómplices

no alterará el discreto atisbo

de belleza.

La foto del diario debe ser perfecta.

No podrán decir que las chicas eran feas

con sus mejores ropas y sus tetas erguidas

estás muchachas cometerán el crimen.

Por la mañana

en medio de la resaca de la fiesta

cruzarán mensajitos de teléfono

para preguntar si lo de anoche fue en serio.

 

 

 

 

 

De "TRES: no se salva nadie"

 

 

 

I

 

No queda resguardo

ni lugar para apoyar esta cabeza.

En el tallo vegetal

del cuello depositó su beso

la belleza

y de ahí partió.

Queda ahora algo en la voz

o algunos gestos que hace con sus manos

nada

hay en tu sitio.

Desanda la bruma

cae gota ácida

en la memoria.

 

 

 

 

 

II

 

Saliste de tus ropas

no preguntaste por el estado climático del pecho

ni una mano tendiste en la espesura de estos tiempos

mi sonrisa fue el paréntesis

que quedó entre nosotras

suspendido.

Juro no devolverte nunca

más ese libro que me prestaste

para que sientas

como unas golondrinas colitas de tijeras te recortan

de mi foto

para siempre.

 

 

 

 

 

VI

 

En cada vuelta de la calesita

te veo

estás parada allí

esperando

a que me baje

y no te voy a dar el gusto

seguiré montada en esta yegua blanca

tirando ruiditos con la lengua atrás de los dientes

poemitas

melancólicos

hojitas frescas

plantitas nuevas

chasquiditos no más.

 

 

 

 

 

VII

 

Mi perro se parece al perro de Robert Creeley

lo descubrimos con mi amigo poeta Fritz en la foto

de la tapa de su antología.

Hasta allí

llega la semejanza.

Creeley escribía unos poemas magníficos

hablaba del amor que llega quedo

de las viejas maneras de ser hija o mujer o esposa.

Decía la palabra "dulcemente" sin pensar en que las traducciones

cargarían con un adverbio que cambia el clima

 de un verso para siempre

él tenía un perro mejorera más feliz

o comía otros huesos

no sé

yo me siento acá

y escribo

mientras mi perro olisquea

las plantas

y no puedo decir nunca nada que tenga

la consistencia de los restos del azúcar

en el fondo de la taza de café.