Construcción en la noche, Moreno, Ombligo Cuadrado Ediciones, 2019.
Negar al padre
Algo de la poesía publicada recientemente en la Argentina.
Negar al padre
Ioana Catsigyanis (Buenos Aires, 1976 / vive en París)
El paso del equilibrista, Buenos Aires, Huesos de Jibia, 2018.
Llego de madrugada al país de las cimas blancas:
es un bello color el blanco, el de la niebla y la luz,
y en la sala del hospital un rostro femenino se acerca
y me habla dulcemente. ¿Afuera está el mundo?
Me gusta mirar desde adentro
hacia afuera y nunca al revés. Es una ventana que cierro
súbitamente, fragmentos de impresiones ajenas
pueden entrar en las cavidades del sentimiento
y ocuparlo todo, como una transfusión,
el camino intravenoso
es más rápido que el sonido de la voz.
Un sol enorme nos recibe
en el despertar del quirófano. La luz
es el conducto por el que se pasa
de la muerte a la vida, y viceversa.
A lo largo de esta tarde de profunda lluvia
el ojo de quien observa tras la ventana
no sabría discernir
si es la primavera quien adelantó su paso
y tiñó de verde y frescura al árbol
que se sacude en la tormenta helada
o si es el invierno que camina penoso,
como un anciano,
y deja su estela glacial
en la luminosa tarde de abril.
De rodillas, al borde del acantilado, aspiro
el aire feroz del mar en tormenta,
me mareo y me horrorizan
las caras filosas y escarpadas de la roca gigante
que a lo lejos termina arrojándose al mar.
Observa cómo la planta silvestre ofrece flores
sencillas, pero de colores intensos,
y sabiamente amarrada a la roca se deja
abrasar por el sol y sacudir
por el viento a cielo abierto.
A lo lejos pasa una caravana de gitanos, benditos,
algo los lleva –no saben adónde y van–
livianos, gozando del paisaje y del reposo por las noches.
Te despiertas sobre un campo de lirios azules,
la boca salada y el pelo revuelto entre algas,
cerca de un pequeño arroyo,
entre las ramas, un bote amarrado
y alguien que espera, fumando tranquilamente.
Bajo la inmensidad imperdonable de un cielo gris
me escabullo entre el pasto duro como un gusano.
Qué absurdo es el miedo de un ser tan pequeño
y qué enorme la tormenta que está por entregarse
a la tierra seca,
la tormenta sólo preocupada en su propia existencia
en desplegarse, en explotar,
en desembarazarse de su carga,
la tierra espera, sedienta y con los brazos abiertos,
la lluvia voluptuosa
y en el medio, los invisibles gusanos,
que sólo están ahí,
equivocadamente.
¿Qué te asusta de abandonar los párpados
y dejarte llevar río abajo, como una balsa,
hacia la profundidad del bosque?
Un ángel azul se posa al pie de la cama,
luchás entre irte y no perderlo de vista
mientras suaves olas de mar te golpean
incansablemente, ¿será por eso
que las canciones de cuna concluyen
con una forma pueril de amenaza?
Caras desconocidas, objetos brillantes del día
pueblan la habitación transformados en
alimañas y brujas, y un hábito de otro tiempo
te lleva a cerrar los puños mientras los ojos
bajan la guardia. Vencido,
quedás entregado por fin al capricho del viento.
Sobre la ventana una rana vieja
se olvida de sí, de cara a la luna.
Un gong la despierta
en mitad de la noche.
La urgencia de la vida se dejó ver
en el azul de tus labios
para no dejar que se te escape de la boca
el delicado soplo que hay que preservar
entre las cuatro paredes de un cuerpo diminuto.
La carne, la siempre vil carne,
es motivo de sufrimiento
aún en las criaturas más inofensivas,
los dibujos del hospital de niños lo recuerdan.
En la sala de espera me digo que detrás de todo
puede estar escondido un poema, en las agujas,
en el monitor que vigila rítmicamente el pulso,
el aleteo de la vida. Es como estar sentado
al borde de una ruta y esperar algo
en la larga línea del asfalto,
a ver adónde nos lleva. Dar vida es
también entregar a alguien a la muerte;
nunca lo había pensado hasta el momento en
que te vi perder la mirada en el techo,
no puedo explicarte por qué lo hice,
no encontrarás en mí la respuesta.
A la par de tu llanto, hay un niño dentro de mí
que también llora y busca explicaciones imposibles
de cara a sus antepasados, esa manía
de arrojarnos unos a otros a la intemperie,
con apenas un poco de agua para el camino
y un grupo de chicos que te acompaña
riendo,
hasta la salida del pueblo.
Lucas Peralta (Avellaneda, 1977)
Praxis, Buenos Aires, Barnacle, 2020.
VIII
Eso
que alumbra ahí es la palabra y su silencio,
la
piel terrosa que, en el aprisco, desempeña su
toda
potestad de lugar erial, su predominio en
tentativas
asociaciones propias de toda lengua
desplazada
y ya no impuesta. Figuras, entre el
charco
y el matorral, provistas de enunciado y
sentido,
márgenes apelativos como aquello que,
de
consideraciones motivadas, tiene su red de
valor
ahí donde se atreven extraños sonidos a
imaginar
el elemento primero como huella de las
palabras,
sus miembros, sus formas, sus piedras
de
origen y materia.
Imagen
heridora, pliegue de agua profunda que
promulga
las cenizas como ícono de lo ustorio
del
espejo, aquella que, por experiencia, propaga
las
edades de las lenguas naturales.
Territorio
considerado y estructuración temaria.
Fragmentos
tras los cuales, como aquello que de
rápido
viene de la oscuridad, optamos por
revelar
y querer introducir en estos dos discursos
paralelos,
en lo que de común tiene lo epifánico,
en
el mérito inmanente de mirar y ver el lenguaje,
la
acción de los hechos y el sonido y los rostros
que
llegan a la palabra como sudarios, como
amarres,
como términos de valor por los cuatro
rincones
de la tierra.
Solo los rincones contienen al mundo, claman en
silencio ojos, palabras, sonidos inatendidos que
vienen a enunciar lo cerrado y vencido del amparo
de la tierra de nadie, su aridez habitable
desituada.
Reciedumbre donde la mirada encuentra su paradójico
lugar natal sin significado, salmos unidores al ras,
hipótesis de autor definiendo lo poético.
Tal
vez maniobras en el mutismo ambiguo de lo real,
en
lo tácito de quien reclama una nueva luz,
en
lo explícito de los círculos plurales del barro,
en
lo que de verbo le queda al polvo, a los escombros
que
casi se oyen.
I
¿Es un concepto lo real? Entre el silencio y los escombros
las palabras solo alcanzaron a reflejar no poderlo
todo.
El presagio cumplió su mandato por los ríos, aquellos
de
piel barrosa y de pausas que agencian la cuerda
colosal y
arrugada de la tez aguda y melancólica.
Nosotros y la piedad de escribir lo que somos.
Dureza en la aurora y objetos por las noches.
¿Hablar de lo que nos pasa es lo real? Nos arrogamos
lo
anterior de la aurora y toda la construcción del
sujeto,
sesgado e inmóvil. Rostro y río;
máscara como firmeza creada por el aire que mueve
su pecho y que mira por espaldas sumergidas
en el mudo modo de ofrecer labios.
Hilachas guiadas por el ojo. Fuego. Ver la mudez
primera
en los bordes de llamas secas y en las lloviznas de
costado
que solo pueden acompañar estos pasos breves.
La imagen rueda sobre el ruido, y las cosas, al
nombrarlas,
penetran en el fino respiro de la niebla.
Dijimos problemas y adecuación de la palabra; eso,
y risas cómplices de la comunicación y ya no del
mensaje
escrito. Música o instrumento no ya libre que se
impone a
la ilustración de ciertos registros o la escritura de
signos que
acompañan a la comunidad. Lenguaje como función
referencial
o como búsqueda de aquello que dice mi gente. Lo
decible que
sugiere el hoy; lo que tiene que ser dicho y hace falta.
Configuración donde el espejo habla y caracteriza el
instante;
signo del lenguaje capaz de percibir el momento por
donde
pasan estas imágenes en la intemperie. Es ahí donde se
ponen
en un mismo plano el reflejo y lo reflejado.
Lo intentamos decir con las palabras y lo aturdimos en
el silencio.
Bajarse del espejo y volver a ver si la tiznada
instancia
del segundo mirar acaricia lo inútil de la noche en el
día.
Respiración que rompe los muros de la última pregunta,
aquella que rueda como pedazo incidente, silencioso y
arrugado.
Incidente como una carcajada que comienza con la
saliva
del amanecer en tanto morada de las ruinas de la
lluvia que mira
con ojos conocidos; silencio sin ningún tipo de
adjetivos;
y arrugado como los aplausos que se le colocan al ojo
cerca
de la inauguración de lo oscuro del barro sin métrica.
Insanable sentencia. Así, el fenómeno adquiere
un relieve sintáctico, semántico y fónico.
¿O acaso lo real no reclama tales características?
Los hechos, desgraciadamente, tienen que respetar
procedimientos por fuera del día a día y la plaza
pública.
Así, el barro sin métrica intenta ser academia y así,
una
vez más, fallan las categorías y la retórica poética.
En un lenguaje de intemperie, esplendoroso,
el último seglar vendrá a sanear el peticionario
barboteo
como recado próspero que César Vallejo hendió en su
vaguada.
X
Establecer la base y el plano sonoro. Marcas.
Después, supuestos que enmarcan el qué y el
cómo. Tal vez manchas. O dislocación total
continua que considere al texto y apele a nociones
como término de valor. Algo ahí. Presto, docto
y berreta.
Inerme ante tantas cosas que, como provisto al
disgusto, la adecuación visible marca hechos.
La eficacia como objeto de estudio y lenguaje.
Nada. Proveer como lengua de autor fallas
secundadas y ejercicios como sistema de reglas.
Insisto: Lengua de autor, ajena.Inquirir quién
dice lo que dice.
Asolar lo dicho tanto antes. Antes mesurado
como espina o púa, o como monte o espesura
en inquieto desarreglo de sonidos.Ahora es la
hora de preguntar. Es el tiempo de ver si después
de tanta bulla se erige la fecundia caída.
Hoy hemos sido menos todavía. Hoy oteamos en la
urdimbre acalorada, en el empíreo escombro donde
se labra el recupero. Así vamos juntando. De a poco,
y mucho.
Después, lo mismo. Colegir en la arenga empecinada;
la pérdida, el descenso. Y así un montón de cosas
más.
También el pregón pestífero irrefrenable. Se dice y
no
se puede nombrar. Una y otra vez se dice y los
términos
precisos de realidad textual introducen la extensión
y
el desatino.
Expresar lo poético y explotar lo dialectal.
Emocionarse
por una relación y, luego de descubrir la falsedad
de la
sinécdoque, conformarnos con el argot. Lezama habló
del ocio y a Orfeo se le cayeron sílabas en el
espejismo.
XV
¿Es la poesía la imitación de una acción?
Sigue en curso el hecho de asolar lo dicho tanto
antes.
Antes mesurado como espina o púa, o como monte
o espesura en inquieto desarreglo de sonidos.
La palabra consigo misma es lenguaje en la medida en
que
se sienta como ejemplo inadecuado; como opción
provista
en edificio lírico o en noción instintiva del voseo
de la
plaza pública. Reposa en las calles y se vuelve
mensaje.
Examina el funcionamiento y emplea usuales modelos
de selección. Provee márgenes y desata la lengua de
autor desde el punto de vista de los
formales rendimientos.
Cosas que pasan; espacios, a los ponchazos.
Asimismo,
en donde llovían palabras como manos, se puede
hallar
el fecundo sacrificio y el dolor, el sigilo
penitente, los ásperos augurios y las palabras a
cuentagotas como en todo testimonio. Pedazos,
o lugar erial de coherencia reconocida.
Ajada así la prosa; áridos los ruidos a tener en
cuenta.
Lustre evidente para todo rostro. Máscara desaguada
del lenguaje; imágenes construidas en la pugna de
los
previos e indiscutibles modos que el silencio
deschaba.
Y los pedazos representan también una lectura, como
así
también la aridez de toda historia quebrada por los
ruidos
y el silencio. Todo lo que designa a la realidad es
motivo
del poema; terreno, espejo y código de lengua
práctica.
Liliana Campazzo (Buenos Aires, 1959 /vive en El Cóndor)
Fuera de juego, Lago Puelo, Espacio Hudson, 2020.
IV
Bebe café
en cantidades peligrosas
abona vigilias
sueña puentes
arroja bocanadas de aire trunco
en sueños.
V
Estamos rodeados
una polvareda
corta el horizonte
mantener el paso
es un trabajo duro
no se vislumbra
nada
digno
de ser destino
cruzamos el río
donde ya no
vemos
al barquero
todos
a la intemperie
estamos rodeados
las sombras
son
de hierro
forjado
por la mano
misma
que empuñaba
el arma.
VII
Hay lugares
parecidos a sótanos
pero no existen
en el espacio físico del mundo
se encuentran o pasan
desapercibidos
según el clima o el ánimo de dios
caemos o entramos allí
cuando el borde mismo de la
realidad
se hace permeable o se derrite
y lo otro la atraviesa.
Esos sótanos son oscuros
en su interior voces negras
o heladas
nos recuerdan
que nada somos sin la luz.
La luz es la flecha o el pájaro
que sale de tus ojos o de tus
manos
cuando en la mesa
hay un pan que no se come
pero se guarda
para el otro
que está en el fondo mismo
ese fondo sin luz
que no es un lugar físico del
mundo
y se parece a un sótano
donde el ánimo de dios
nos pone a prueba
y entonces la voz de adentro es
la que dice
dios... no existe.
X
Entre el norte y el sur
mi corazón de pensar elije
cortar el camino
saltar
el cerco
arrimar la silla
al borde mismo
acariciar la soga
pero me acuerdo
que hay ropa para tender
las papas en el fuego
tendría que comprar broches
pagar la boleta de la luz
escribir unos poemitas
llamar a mi amigo
hablar de libros
y hacer de cuenta
que nada ha sucedido.
XVI
Nada se puede repartir
con más facilidad que la miseria
hagamos entonces
lo posible
tiremos frazadas en las calles
platos de sopa en los umbrales
zapatos chuecos
agujereados
en los cordones
sillas desfondadas en las veredas
y si se puede
algún libro de poesía
para creer
que no todo está perdido.
II
Hubo un tiempo
de campo
en que padre volaba
raudo
fumigaba a los tordos
que se nos cruzaban
en las calles del pueblo
nosotras acompasadas de zambas
nos movíamos como reinas
en la chatura de la pampa
éramos tres
mirando los panales
cortando el aire con la frenada
del auto robado
a la siesta
Nos veo ahora tan prolijas
dadoras de manos a chicos
que nos brotan
nos veo ahora
volando
aviones para padre
que nos mira.
VI
Hoy llueve afuera
adentro hace frío
la mano tiembla
cuando aparece
lento
el trazo
de su nombre
se imagina el pueblo
las calles gastadas
la máquina de la municipalidad
las trata mal
los frentes de las casas
sin jardín
los olmos salvajes
destrozando las pocas veredas
la plaza tan fea como siempre
la iglesia allí
hecha de a pedazos
no da ni sombra
todo es rastro
de la huida
ni los chinos
con su arroz
y sus ropas oscuras
ni las ventanas que se robaron
nada
hace que pueda volver
pero
sin embargo
cuando la lluvia
así
como hoy
en mi cabeza
ronda
su cielo
y los chicos
a los gritos
buscando a los vecinos
hace que sienta
que allí
contra la sierra
está mi casa.
XII
Sólo puedo enumerar
las coincidencias entre una y las
otras.
Se vierte mucho corazón
en este país que alguien nombró
amarillo
dejándolo para siempre encallado
en el otoño.
Mi pensamiento es una página
abierta a un abismo
o quizás es sólo la impresión
de una partitura de dos por
cuatro
que mis sentidos confunden con la
vida.
XIII
Entre una y las otras las
coincidencias
son el gusto por el mar
y cierto tipo
de caricias
que van más allá
del cuerpo.
También se pueden tener en cuenta
las miradas
y la forma de decir –qué bueno
que ya es suficiente
de este río y de estos gritos–
cuando en realidad nada les
alcanza.
El origen mágico de los objetos
está relacionado, íntimamente,
con el uso que ellas hacen de
ellos
por eso en las tazas blancas de
sus casas
el té
tiene la fragancia
de un paso de frontera.
XIV
Abre su boca mientras aspira el
humo del último cigarrillo.
Pide a su hermana que cambie el
disco
se saca los zapatos
sube a la mesa
y baila.
La otra se sienta con un cuaderno
y va tomando notas
el plan será robar un banco
cada una va explicando lento y
seguro
la forma de entrar y de salir
las idas y venidas de los
cómplices
no alterará el discreto atisbo
de belleza.
La foto del diario debe ser
perfecta.
No podrán decir que las chicas
eran feas
con sus mejores ropas y sus tetas
erguidas
estás muchachas cometerán el
crimen.
Por la mañana
en medio de la resaca de la
fiesta
cruzarán mensajitos de teléfono
para preguntar si lo de anoche
fue en serio.
I
No queda resguardo
ni lugar para apoyar esta cabeza.
En el tallo vegetal
del cuello depositó su beso
la belleza
y de ahí partió.
Queda ahora algo en la voz
o algunos gestos que hace con sus
manos
nada
hay en tu sitio.
Desanda la bruma
cae gota ácida
en la memoria.
II
Saliste de tus ropas
no preguntaste por el estado
climático del pecho
ni una mano tendiste en la
espesura de estos tiempos
mi sonrisa fue el paréntesis
que quedó entre nosotras
suspendido.
Juro no devolverte nunca
más ese libro que me prestaste
para que sientas
como unas golondrinas colitas de tijeras te recortan
de mi foto
para siempre.
VI
En cada vuelta de la calesita
te veo
estás parada allí
esperando
a que me baje
y no te voy a dar el gusto
seguiré montada en esta yegua
blanca
tirando ruiditos con la lengua
atrás de los dientes
poemitas
melancólicos
hojitas frescas
plantitas nuevas
chasquiditos no más.
VII
Mi perro se parece al perro de
Robert Creeley
lo descubrimos con mi amigo poeta
Fritz en la foto
de la tapa de su antología.
Hasta allí
llega la semejanza.
Creeley escribía unos poemas
magníficos
hablaba del amor que llega quedo
de las viejas maneras de ser hija
o mujer o esposa.
Decía la palabra "dulcemente" sin pensar en que
las traducciones
cargarían con un adverbio que
cambia el clima
de un verso para siempre
él tenía un perro mejorera más
feliz
o comía otros huesos
no sé
yo me siento acá
y escribo
mientras mi perro olisquea
las plantas
y no puedo decir nunca nada que
tenga
la consistencia de los restos del
azúcar
en el fondo de la taza de café.