miércoles, 9 de diciembre de 2020

Denise Fernández


Denise Fernández (Villa Atuel, San Rafael, 1989 / vive en Buenos Aires) 

Mis animales y los que no son míos, Lanús Este, mágicas naranjas, col. Bosque, 2020.









MI PERRO


Mi perro soñó que vivía entre caballos sarnosos que

solo hablaban de amor. Él no estaba del todo a gusto,

así que lo planteó en la asamblea de caballos pero

nadie lo entendía, o quizás él no se hacía entender.

Una yegua que lo miraba vio que nadie lo estaba

escuchando y se enamoró perdida, jodida,

endemoniadamente de mi perro, y con mucha locura

apasionada. ¿Cómo lo sé? No sé, nadie sabe lo que sueña.


EL PERRO QUE NO ES MÍO 


El perro que no es mío dice: "¿Puedo enredar mi vida

con la tuya?".

"Pero claro, valiente can", le expreso. Y conseguimos

juntos la felicidad; pero ¿qué es la felicidad? Todo esto

sucede en la mente de mi perro, que es tan celoso.








MI VACA


Me di cuenta de que la amaba porque sentía una cosa

parecida o la misma cosa que cuando miraba a mi perro.

Hoy ya parece una persona. "La música viene de los

establos", dice.

Es un día esperanzador. Cuando muge crece su 

importancia como vaca.


LA VACA QUE NO ES MÍA

"Todos tus sentimientos son palabras", dice. ¿Cómo

escapar? En una conversación cualquiera, un hombre

había dicho a mi vaca cómo se abre una tranquera;

y mi vaca lo recordó cuando tenía que recordarlo.









MI PERRO MI VACA Y MI CARACOL CON EL PERRO,

LA VACA Y EL CARACOL QUE NO SON MÍOS


Llego a mi casa y ahí están, echados. Dejen, yo pienso

por ustedes. ¡Qué sola estaría sin pensar!

Yo, craneando un mundo mejor; mis alegorías apenas

si atraviesan la tranquera. Por la noche vienen los

ángeles a beber con pajita los pensamientos que dejo

entre peñascos.








LA MUERTE DE MI PERRO

Mi perro va a morir de viejo.

Si yo fuera un gusano entraría por su lomo como una

sonda de sal. Ser humano es otra cosa. Busco la hilacha

de su respiración y la anudo a otra hilacha y a otra.

Pero este perro no reconoce a una casa. Su amor fue

una tranquera mal cerrada.

















 





lunes, 7 de diciembre de 2020

Fabiana Jakubowicz


Fabiana Jakubowicz (Buenos Aires, 1970)

Como un yuyo brota, Buenos Aires, Niña Pez Ediciones, 2020. 













Camposanto


No tuve tiempo de buscar un camposanto

para Naranja. Muy rápido se descomponen los cuerpos.

La vida urge. No tuve tiempo de cavar

en las honduras. Confieso

la puse en una bolsa negra de residuos,

brillaba como un mármol. El camión de basura

era un carro fúnebre, los muchachos recolectores

abejas reinas, el motor una canción

de despedida. La culpa es del tiempo Naranja

es también el rayo que ataca a las nubes

a las 5 y media de la tarde

y las fulmina








Dejé salir el aire

 

Dejé salir

el aire de un chorro

 

Cómo puede ser

que en aire  se transforme

una roca

una ballena

un padre

un padre con los ojos secos

un padre con los ojos secos el último día de su vida








 Fogata

 

Una llama alcanza al espinillo

y se enciende una hoguera

le ofrendamos

hojarasca y bueyes perdidos hablamos

la lengua del fuego:

 

payaso pelos locos mugre en las uñas

delantal descosido zapatos chuecos

como un juglar desprolijo chispea incendia todo

todo destruye amansa el frio ahuyenta a los leones








 

Dulce ombligo 


Naranja dulce ombligo nos gusta

partirla en ocho gajos con forma

de luna menguante. Nos sentamos

las dos a la mesa

el plato en el medio sorbemos

el jugo mordisqueamos la pulpa

y cuando ya no queda

nada raspamos con los dientes

la parte blanca de la cáscara arrancamos

hasta lo último de lo que fue

una fruta la matamos y la revivimos

con ese simple ritual. Por eso te pido

cuando sea vieja y vengas a visitarme

traéme naranjas y sentáte

a comer conmigo. Y cuando me muera

mordé lo blanco de la cáscara.





















martes, 1 de diciembre de 2020

Karina Lerman





Karina Lerman (Buenos Aires)

Cayupán, Gobierno Municipal de Las Flores, Concurso Nacional de Cuento y Poesía Adolfo Bioy Casares, 2020.










Brilla entre mis manos

aquel júbilo regional.

Campo adentro quién

pagaría por la fe del hastío

(a no ser sólo mi padre).

 

“Más allá de los sauces

presiento el milagro”, ha dicho.

 

El horizonte suyo de escriba, 

la tinta como pulpa entre las yemas.

¿Él o quiénes?, ¿quién anunció

y anotó el hiato del poema?

 

Entre un fruto y otro caído el sabor

(cobra identidad) las pupilas

dilatadas ante el arpegio

ofrecido por el viento.

Entonces aquí sobre la piel,

una zona-más firme-hecho manjar.

 

 


 

 

 



Parecen harapos sucios

las ojeras de las madres.

 

Abro los ojos y surco

los tallos, el pueblo imaginado

que anida el primer hambre.

Creo temblar en otro idioma

cómplice del cayupán.

 

¿Deberá descender el ave

para afincar en metáfora?

 

Duermo (como antes) sueño.

 

La tierra es una boca rota 

de presagios.

 

 


 

 

 


Hemos entallado con piedritas 

la tierra mojada y nuestro afán.

Al otro lado del viento, la oración

de la tarde para existir.

 

 


 

 

 


¿Oís la animalidad suelta

de cada uno? Como si algo nuestro

viniera desde lejos. Un relincho

entre varios como conciencia.

 

Entonces, un orgullo refulgía

en las bocas, de pie junto a las crines.

Y en los niños más salvajes

restaba el galope fino

en aquella purísima alegría.

 

 


 

 

 


Aproximo el aire para trazar

la geografía de este pueblo.

La plaza de Armas

frente al campanario de la Catedral.

Las calles despejadas

hasta la hora de la mismísima Virgen.

 

Pero el ojo de la gesta es inmaduro.

 

Allá ese niño de cuclillas

sobre la otra pared –alardea–

lo que no alcanza. Sus dos manos

cruzan malabares a cielo abierto.

Hará sentir –justo a tiempo–

la destreza de los palos de diablo.

 

¿Cómo pedir ahí, qué hacer de lo otro?

 

El niño funámbulo parece trasvasar

–la espera–

con sus dedos.

Lo pequeño avanza de boca en boca.

No se detiene.

 

 







jueves, 26 de noviembre de 2020

Carina Sedevich

 

Carina Sedevich
(Santa Fe de la Vera Cruz, 1972 / vive en Villa María)


Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder, Neuquén, Tanta Ceniza Editora, 2020.














To my brother Leo


Hermano, cómo pasan los días. Le contabas por teléfono
acerca del calor aquí en el sur a tu amigo de New York.
El sol, seis minutos más tarde que la mañana en que llegaste,
asoma y quema. Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder, lo hizo
dentro de su casa. Pero su hogar fueron sus películas. Creía
que rodar sobre un tema absoluto, sin final, era la única
manera decente de vivir. El sol saldrá mañana siete
minutos más tarde. En el lugar en que estés habrá un refugio.

 







Kárhozat o La condena



El hombre conoce el filo del cuchillo que le raspa la cara
por el sonido espeso y gris. Cae la lluvia sobre el bar
y la mujer que canta dentro tiene el pelo húmedo.
Cada película del húngaro es una caja de música.
Los diálogos son innecesarios, pero en un momento
alguien dice: “todas las historias son de desintegración”.
El protagonista vacía la copa de un trago y yo me ahogo.

 

                       




                                                                    1996


Las imágenes visuales son de una verdad a veces vana.
La mesa de la biblioteca en la que leía por las tardes
era del color del vino tinto, pero el lugar olía a papel seco.
Y el hombre que olía como el barro entre los sauces del río
llegaba siempre hacia las tres. Se parecía a Werner Herzog,
quien afirmó alguna vez que los hechos no pueden dar la clase
de iluminación, el flash extático del que emerge la verdad.

 














 


lunes, 23 de noviembre de 2020

Vanina Santoro

 

Vanina Santoro
(Caseros, 1984)


Niña de viento y tierra, Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2020.













De Yvytu -Viento  



13.

El día que pronuncié las palabras

me brotaron dos llagas en la lengua

para recordarme

que no hay olvido

sin dolor.







17.

Estar atenta a lo minúsculo y lo remoto

a lo que viene de lo profundo

cubrirse de miles de burbujas

camuflarse

sobrevivir.

Ser un insecto bajo el rocío.







19.

                                Todo es inmenso acá,

                       salvo las flores de la orilla.

                                                Tom Maver


                                A Ire


Pequeñísimos cangrejos 

en la palma

buscan el borde de la mano.


Arrullados por el oleaje

corazas de nácar

corren de a uno y por turnos.


Cangrejos ermitaños

sostenidos por el pliegue palmar

que fue vaciado de vida.


En el hueco de una mano

puede caber el mundo.





De Yvy -Tierra



1.

Mi vieja abrió el piso de cemento

del patio alargado del conurbano.

Cavó un hueco profundo

removió la tierra estacionada

y plantó.

Dos años esperó paciente

a que creciera el limonero.

Dos años de plagas malasangre,

hormigas enemigas a muerte

y demasiadas expectativas.

Que no salen, ni uno sale

que ahora no se maduran

que el limonero traspasó

para la casa del vecino

parte de su crecimiento.

Un día de verano el primero de los limones

rebosó de amarillo.

Mi vieja que había cavado

un hueco en el patio de cemento

lo cosechó.

Ahora reposa el primer limón

en una canasta de aopoí.

Trofeo

centro de mesa

envidia del visitante

que observa la obstinación de mi vieja

y un limonero que sobresale airoso

y desafiante

del patio de la casa baja

con techo a dos aguas 

de chapa.







12.

Soy una nena

frente a su abuela María

mis manos sostienen

la lana en infinitas vueltas rojas.

Con la madeja

si levanto un poco los brazos

se hace un rectángulo

por donde puedo mirar

otro mundo.







28.

El pequeño mono tití 

colgado de las alturas 

observa a su madre acostada

en la tierra rojiza

decide bajar de a saltitos

desciende por el tronco rugoso

y cae hacia la nada.

La nada lo sostiene en el silencio

y lo observa

estable en sus brazos.

El mamboretá, testigo de todo, 

se pregunta:

¿la selva es eso que pasa

cuando se cae a la nada?

Mi selva, responde,

es eso que ocurre

entre el vuelo imperceptible de la panambí

y los brazos de mi madre.