Soy bruja, Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2020.
Algo de la poesía publicada recientemente en la Argentina.
Soy bruja, Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2020.
Denise Fernández (Villa Atuel, San Rafael, 1989 / vive en Buenos Aires)
Mis animales y los que no son míos, Lanús Este, mágicas naranjas, col. Bosque, 2020.
MI PERRO
Mi perro soñó que vivía entre caballos sarnosos que
solo hablaban de amor. Él no estaba del todo a gusto,
así que lo planteó en la asamblea de caballos pero
nadie lo entendía, o quizás él no se hacía entender.
Una yegua que lo miraba vio que nadie lo estaba
escuchando y se enamoró perdida, jodida,
endemoniadamente de mi perro, y con mucha locura
apasionada. ¿Cómo lo sé? No sé, nadie sabe lo que sueña.
EL PERRO QUE NO ES MÍO
El perro que no es mío dice: "¿Puedo enredar mi vida
con la tuya?".
"Pero claro, valiente can", le expreso. Y conseguimos
juntos la felicidad; pero ¿qué es la felicidad? Todo esto
sucede en la mente de mi perro, que es tan celoso.
MI VACA
Me di cuenta de que la amaba porque sentía una cosa
parecida o la misma cosa que cuando miraba a mi perro.
Hoy ya parece una persona. "La música viene de los
establos", dice.
Es un día esperanzador. Cuando muge crece su
importancia como vaca.
LA VACA QUE NO ES MÍA
"Todos tus sentimientos son palabras", dice. ¿Cómo
escapar? En una conversación cualquiera, un hombre
había dicho a mi vaca cómo se abre una tranquera;
y mi vaca lo recordó cuando tenía que recordarlo.
MI PERRO MI VACA Y MI CARACOL CON EL PERRO,
LA VACA Y EL CARACOL QUE NO SON MÍOS
Llego a mi casa y ahí están, echados. Dejen, yo pienso
por ustedes. ¡Qué sola estaría sin pensar!
Yo, craneando un mundo mejor; mis alegorías apenas
si atraviesan la tranquera. Por la noche vienen los
ángeles a beber con pajita los pensamientos que dejo
entre peñascos.
LA MUERTE DE MI PERRO
Mi perro va a morir de viejo.
Si yo fuera un gusano entraría por su lomo como una
sonda de sal. Ser humano es otra cosa. Busco la hilacha
de su respiración y la anudo a otra hilacha y a otra.
Pero este perro no reconoce a una casa. Su amor fue
una tranquera mal cerrada.
Fabiana Jakubowicz (Buenos Aires, 1970)
Como un yuyo brota, Buenos Aires, Niña Pez Ediciones, 2020.
Camposanto
No
tuve tiempo de buscar un camposanto
para
Naranja. Muy rápido se descomponen los cuerpos.
La
vida urge. No tuve tiempo de cavar
en
las honduras. Confieso
la
puse en una bolsa negra de residuos,
brillaba
como un mármol. El camión de basura
era
un carro fúnebre, los muchachos recolectores
abejas
reinas, el motor una canción
de
despedida. La culpa es del tiempo Naranja
es
también el rayo que ataca a las nubes
a
las 5 y media de la tarde
y
las fulmina
Dejé
salir el aire
Dejé salir
el aire de un chorro
Cómo puede ser
que en aire se transforme
una roca
una ballena
un padre
un padre con los ojos secos
un padre con los ojos secos el último
día de su vida
Una llama alcanza al espinillo
y se enciende una hoguera
le ofrendamos
hojarasca y bueyes perdidos hablamos
la lengua del fuego:
payaso pelos locos mugre en las uñas
delantal descosido zapatos chuecos
como un juglar desprolijo chispea
incendia todo
todo destruye amansa el frio ahuyenta a
los leones
Naranja dulce ombligo nos gusta
partirla en ocho gajos con forma
de luna menguante. Nos sentamos
las dos a la mesa
el plato en el medio sorbemos
el jugo mordisqueamos la pulpa
y cuando ya no queda
nada raspamos con los dientes
la parte blanca de la cáscara
arrancamos
hasta lo último de lo que fue
una fruta la matamos y la revivimos
con ese simple ritual. Por eso te pido
cuando sea vieja y vengas a visitarme
traéme naranjas y sentáte
a comer conmigo. Y cuando me muera
mordé lo blanco de la cáscara.
Brilla
entre mis manos
aquel
júbilo regional.
Campo
adentro quién
pagaría
por la fe del hastío
(a
no ser sólo mi padre).
“Más
allá de los sauces
presiento
el milagro”, ha dicho.
El
horizonte suyo de escriba,
la
tinta como pulpa entre las yemas.
¿Él
o quiénes?, ¿quién anunció
y
anotó el hiato del poema?
Entre
un fruto y otro caído el sabor
(cobra
identidad) las pupilas
dilatadas
ante el arpegio
ofrecido
por el viento.
Entonces
aquí sobre la piel,
una
zona-más firme-hecho manjar.
Parecen
harapos sucios
las
ojeras de las madres.
Abro
los ojos y surco
los
tallos, el pueblo imaginado
que
anida el primer hambre.
Creo
temblar en otro idioma
cómplice
del cayupán.
¿Deberá
descender el ave
para
afincar en metáfora?
Duermo
(como antes) sueño.
La
tierra es una boca rota
de
presagios.
Hemos
entallado con piedritas
la
tierra mojada y nuestro afán.
Al
otro lado del viento, la oración
de
la tarde para existir.
¿Oís
la animalidad suelta
de
cada uno? Como si algo nuestro
viniera
desde lejos. Un relincho
entre
varios como conciencia.
Entonces,
un orgullo refulgía
en
las bocas, de pie junto a las crines.
Y
en los niños más salvajes
restaba
el galope fino
en
aquella purísima alegría.
Aproximo
el aire para trazar
la
geografía de este pueblo.
La
plaza de Armas
frente
al campanario de la Catedral.
Las
calles despejadas
hasta
la hora de la mismísima Virgen.
Pero
el ojo de la gesta es inmaduro.
Allá
ese niño de cuclillas
sobre
la otra pared –alardea–
lo
que no alcanza. Sus dos manos
cruzan
malabares a cielo abierto.
Hará
sentir –justo a tiempo–
la
destreza de los palos de diablo.
¿Cómo
pedir ahí, qué hacer de lo otro?
El
niño funámbulo parece trasvasar
–la
espera–
con
sus dedos.
Lo
pequeño avanza de boca en boca.
No
se detiene.
Hermano, cómo pasan los días. Le contabas por teléfono
acerca del calor aquí en el sur a tu amigo de New York.
El sol, seis minutos más tarde que la mañana en que llegaste,
asoma y quema. Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder, lo hizo
dentro de su casa. Pero su hogar fueron sus películas. Creía
que rodar sobre un tema absoluto, sin final, era la única
manera decente de vivir. El sol saldrá mañana siete
minutos más tarde. En el lugar en que estés habrá un refugio.