jueves, 24 de diciembre de 2020

Rubén Reches

 

Rubén Reches (Buenos Aires, 1949-2018)

Ya no serás lo que no fuiste. Obra poética, Buenos Aires, Ediciones Ruinas Circulares, col. Iluminaciones, 2019.











Moribundo...

Moribundo: antes que vengan a coser tus párpados,
antes que el falso nudo se deshaga en el pañuelo
y que las ondas desaparezcan del agua,
querés repetirte con fuerza –como quien memoriza–
el nombre del lugar en donde estuviste y del que te vas.
 
Pero ya no lográs saber qué fue esa zona
que vos creías tan imperial y populosa
como el país de nada del que, aun viajando, siempre sos ciudadano.
Ante tus ojos ya más de carne que de vidrio
tu única migración se ha reducido a unas palabras empobrecidas y a una pieza.
 
Ahora que vienen a coser tus párpados
podés correr a gusto por toda la tierra de tu memoria,
pero no te basta eso para determinar qué fue esa luz que te parecía sola e infinita,
qué esas estrellas, ese humo, esas dos manos tuyas,
qué ese acordeón y esa madre.
 
Ahora te parece posible encerrar a toda aquella variedad en un frasco;
Ahora te parece que podrías ver todos los mares, todos los árboles y las fiestas
con solo mirar una vez a través de un orificio del diámetro de un clavo
practicado en tu tumba.
 
Pero igual querés gritar de una vez el nombre de la gota de la que empezás a caer,
por un desafío parecido al que hincha las venas
del hombre de nuez y de brazos desnudos,
de pie en ese arrabal de esferas,
que vocifera y vence a otros con palabras;
pero no podés, no podés, moribundo.
 
Incluso ahora que estés muerto, cuando vuelvas
a tu larga costumbre de no ser nada,
en el instante luego del último punto dado a tus párpados,
recordarás, sí, cada uno de tus milenios idos
y tendrás la exacta clarividencia de todo tu inagotable porvenir,
pero este episodio ínfimo de luz aun del pasado se borrará.
 
Y no vas a gritar el nombre de la pintada selva
que –última lágrima o fruta inmensas– todavía pende de tus párpados,
ni te erguirás para el rasguño inesperado al cielo,
en tanto que lo que no sabés nombrar se arranca pausadamente de vos,
desprende de toda tu piel un ala,
y ya no temés que la mariposa esté naciendo,
ya ni la querés nombrar,
ya no sabés, no sabés qué dejás, qué se te va, moribundo.








Una lluvia asombrosa...

                                                                            A Leonardo Moledo

Una lluvia asombrosa acaba de caer. Una lluvia mágica.
Sus gotitas no eran aguas, sino Vallejos.
Cada una tenía la cara y el cuerpo de un Vallejo
envuelto en un minúsculo sobretodo oscuro
y cubierto con un casi microscópico sombrero.
Fue una lluvia, más lenta que las de agua,
de millones de vallejitos que caían sobre la ciudad,
deshaciéndose al llegar al suelo en un "plaf" tristísimo y dulce.

Y dando la mano a sus hilos y a sus sonidos me vine al perdido Buenos Aires;
a este, por donde, irisados e inmortales, andábamos con tristezas así.
Y ahora –¡maravillosa lluvia!–,
es como si estuvieran por llamar a la puerta los amigos viejos
–los dispersos, los muertos–,
y como si la noche de invierno fuese todavía tibia y amiga. 
 







El teléfono de la casa paterna
 
                                 
Acabo de cambiar el aparato telefónico.
 
En la casa de mi infancia,
adonde he vuelto a vivir con mujer e hijos.
 
Desconectado, entre tornillos y pedazos de cable,
el aparato viejo parece esperar en la mesa del comedor
a que se proceda con él a un baño ritual.
 
Y ahí se está, como resto de un antiguo naufragio
que ha vuelto a tierra firme y se ha puesto a secar:
pierde su envoltura de cosa de humano
en el breve rato que necesita cualquier objeto depositado por el mar
para secarse de siglos de errar sumergido.
 
Muy pronto me parece que podría vacilar en decir para qué sirve,
qué fue, si es algo que ya estaba en la casa o si lo acaban de traer,
cuando durante cuarenta años por él llegaban y salían las voces
que tejieron la historia de un continente perdido en el que yo fui hijo,
y mis propios dedos pequeños giraban su disco para llamar a amigos de pantalón corto.
 
Muchas de las escenas centrales de la historia de mi primera familia
se constituyeron a su alrededor y al cabo de un rato se disgregaron,
¡en este caleidoscopio donde cada pedacito de papel es un ser humano!
 
Por él se anunciaron nacimientos de seres que muy pronto iban
                    a decidir exponer sus pechos a las balas de la tierra.
Por él un día mi madre oyó después de cincuenta años
la voz de su hermano soviético que acababa de llegar a Israel
mientras en otra pieza esperaban su turno de hablar tías y tíos.
–Al volver a la pieza cada uno debía transmitir con la mayor fidelidad
las pocas palabras dichas por el hermano mayor que se había
                          quedado en Moscú porque ya era un hombre y
                                                                     optaba por guerrear
mientras el padre rabino y la madre cuyo vientre había dado diez veces a luz
decidían emigrar con todos los hijos que pudieran–.
Por él nos felicitaban por casamientos,
–por el de mi hermano primero, por el mío después–.
En los días que precedieron al de mi hermano,
recuerdo las llamadas a la modista, a la confitería, a todo o que se alquilaba.
Por él dije mis primeras palabras de amor.
El ocultó el temblor, el enrojecimiento, el rostro demudado
y sólo dejó pasar las palabras casi puras.
Por él mi padre anunció la muerte de mi hermano
después de arrancar su tubo de las manos de mi madre
para abreviar un llamado que los sollozos de mamá rota para siempre
podían prolongar hasta la exasperación.
Por él llamé y me llamaron amigos para decirnos, sin disculpas ni preámbulos,
poemas recién terminados o un verso que acabábamos de modificar en algo,
en días en que no dudábamos, –¡y con cuánta razón entonces!–
                                        de la incondicional disponibilidad del otro,
de que al otro ese poema anunciado o ese verso imperfecto
lo habían mantenido en vilo con tanta intensidad como a uno mismo.
Por él circularon conversaciones clandestinas
con sus circunlocuciones y sus claves.
Las de mi hermano comunista primero, y luego, muchos años más
                                              más tarde, las de yo mismo comunista.
 
Finalmente, de los cuatro, fui yo quien lo desconectó.
 
Aunque el balance final de sus días entre nosotros no fue bueno,
lo guardo con respeto junto a las herramientas en la oscuridad de un placard.
 
Al depositarlo, roza levemente un obstáculo y vuelve a sonar su campanilla.
 
No descubro razones para que yo quiera sacarlo alguna vez de donde está,
pero me digo que las manos que un día lo hagan
no tendrán motivo para actuar con extrema delicadeza
y la campanilla sonará de nuevo.
 
Porque él reserva gotas de sonido para cuando yo mismo ya no esté.

 
 
 
 
 
 
En la ferretería
                                              
 
Tras un mostrador,
en el interior de un comercio cuyas lámparas desentierran cosas heladas,
hay un viejo sentado en un banco de mimbre.
 
Su hijo atiende a los clientes casi sin hablarles, con
                           movimientos siempre exactos de sus brazos
que van y vienen entre los estantes y el mostrador por el trayecto más corto.
 
 
Protestaba hasta hace unos meses el viejo:
no fue tratando así a la gente como él fundó ese comercio,
como mantuvo de pie esas piedras en el mundo
durante cincuenta años que parecían un humo hacia todos lados irisado
y son ahora un agua circundada de hueso
en cuya superficie aparece el joven que todavía no habla y ha
            de hablar el idioma de la ciudad a la que trajo su baúl,
que, mirándola desde la puerta del local recién alquilado,
entrecierra sus ojos cegados por el sol,
sin haber dado aún más horas a vender que a barrer.                           
 
No respondía a las protestas el hijo:
no le decía que ya no interesa llamar al cliente por su nombre,
                                            ni invitar con cognac al corredor;        
pero cuando, con una marcha lenta de engrillado,
el padre se arrimaba al comprador y le preguntaba si era nuevo en el barrio
él se acercaba, su voz cubría la del viejo y cerraba con parquedad la venta.
 
Ahora el padre permanece sentado y en silencio desde que llega hasta que se va.
Aprendió lo último que quedaba por saber
y vive adherido a su alma como un animal marino a la piedra.
Y así se está, con la nariz fría, en la primavera de un pueblo del
                                                            distrito de Lvov, en Ucrania.
Tienen dolor, pero no rigidez, sus manos apoyadas en la mesa de roble de la taberna.
Ahí, y en la pequeña plaza de enfrente, y en el espacio de sombra que hay más allá,
era el siglo diecinueve hace diez años.
Una muchacha se acerca desde la vereda a la ventana, lo mira un instante y se aleja.
El sale de la taberna a una calle con un olor a menta que lo
    impregna como si tuviera el nervio olfativo más agudo.
 
 
El hijo deja de mirar al padre para sentir temor por los
                                            trámites de la muerte. Los desconoce.
Sabe que en pocas horas hay que resolverlo todo, decidir
                                cómo se cumplirá con los ritos religiosos.
A su madre marroquí la volcaron en la tierra envuelta en
                                        una sábana, pero su padre es europeo.     
Y en el cementerio insulta a Dios.
 
 
Oye cantar grillos mientras sigue a la muchacha, reteniéndose
porque entre los dos debe haber cierta distancia. Bajo la blusa
negra de dril tiene un cuerpo reumático que avanza y un miedo
de entrañas nuevas. Ella se detiene donde no hay faroles, pero
él se acerca y jamás, ni en cuartos iluminados con lámparas
eléctricas ni en mañanas de sol y nieve, vio con tranquilidad
ese rostro de piel oscura más hermoso que su recuerdo. Ella
le da un paquete, le sonríe, le toma la mano y le dice adiós y
que se cuide en el idioma en que, por ese amor, él ha de
entregarse a miles de soliloquios en calles y años remotos. Se
van para distintos lados. Sabe que no fue por respeto a las
normas de la clandestinidad sino por timidez que no le preguntó
cómo volverla a ver. Querría que su cuerpo grande desapareciera,
en tanto que ahora el cuerpo más bien pequeño de la muchacha
tiene para él resplandores de giganta que hiere.
 
 
El hijo deja de mirar al padre porque va a pensar en la grandeza
                                                          que le vendrá de esa muerte.
Quiere ya para sí los soliloquios y el riesgo de aquellos que, en
                                                 cada cadena de humanos vivos,
                                          están hace más tiempo en el mundo.
Quiere que ya sea su carne la más antigua de una estirpe.
 
 
De repente advierte que en el interior de esa noche inmóvil
su cuerpo tiene la libertad de movimientos del animal desnudo.
¡Ya entiende para qué era ancha la tierra! Da media vuelta
y se lanza a correr junto a la barrera de saúcos.    
         
El hijo mira al padre. Los años arrimaron su piel a la de los
                                           animales más parecidos a piedras.
El arco de esos párpados cerrados se le aparece ahora semejante
                                                                                    al del vientre
y fuerza fríamente al ensueño a imaginar que son aquellos dos
                                                                          pequeñas barrigas;
Después, que el verdadero vientre esconde un ojo.
Prueba su temeridad figurándose bajo las ropas el cuerpo
                                                                redondo que han de lavar.
 
 
Corre llenándose de perfume mientras la silueta de la muchacha
crece a la distancia. El paso de los años lo fue convirtiendo
en un fauno; tuvo esa fama entre los que jugaban al dominó
en su idioma en un café de la ciudad adonde iría a dar y a tener
mujer e hijos. Le resultó fácil aprender las pocas palabras y
gestos con que se obtiene la hora gris que dan las viudas y
las empleadas que llegaron maduras de Europa. Y ahora corre,
no con la agilidad de un muchacho, sino con la de los perros
y los pájaros. ¡Va a saltar sobre los primeros instantes del
amor! ¡La tomará!¡Será feliz y libre! ¡Será feliz y libre!
 
 
 
 
 

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Victoria Palacios

 

Victoria Palacios (Palomar, 1976)

Turbantes, Buenos Aires, Ediciones La Biblioteca, col. miliuna, 2013.












De "Historia de las flores"


Escaleras abajo,

la florería:

las imágenes sacras

se expanden

                                marco de devoción.

Tus dedos separaban

el mijo

en un baile imposible.

Cada dedo,

acróbata de su destino:

deslizar las semillas

hasta encontrar una resonancia,

partirlas a la mitad

hasta encontrar sus vísceras,

limpiar lo subyugado,


palabras

elongadas

sobre el mundo.








No es posible contener

en una vidriera

el pasado de la flor.

Cada día es imprescindible

renovar los ramos

borrar su historia

olvidar su origen.








Esas manos que se nombran,

en su acercamiento al tímpano

aturden mi cabeza.

Presienten lo vedado

que no dejo de oír:








Sobre la medialuna,

que ilumina,

se enmarca el chañar.

La flor del desierto

inmolada

sabe

que es libre

porque no la buscan








Maeterlink, esos zumbidos

no son pájaros,

no es azúcar lo que emana la flor.

Cómo hacer de una imagen sola

el panal

cuando la primavera ha dejado

caer

para sí, irredenta,

su cuidado:

Lo ominoso es

la Oscura corteza

alimentándose del árbol.








Diáspora o metáfora,

el contorno de esos árboles,

-espectroscopias de la frecuenciaagita,

retuerce, sacude

los escombros metonímicos.

En su invasión, ellos

paralizan el reflejo que me doy

sobre las cosas.

El fértil retroceso

del viento, o de los afluentes,

y su bullicio de construcciones,

hace descarga

sobre la casa.

La resta, un fonema

de la música

nunca alcanzada.








Cuando la flor está completa

canta

Cuando la flor está madura

llama a cantar

Cuando la flor está en venta

su polen

cae, cae.





De "De la flor del ciruelo a la flor del cerezo"


No más tulipanes

como paraguas (sólo se permite sublimar

sucesos contingentes).

Estas                             palabras

que se deslizan debajo

del cielo hacia                                 atrás

como hexagramas

que devoran arriba.

Las horas distorsionan (será preciso tomar las burkas),

un pulso que aminora

en cada vibración,

corte transversal, donde el centro, ese negro

turbante,

deja amnésicos

los frutos cubiertos de nieve,

Sin embargo,

es la atrocidad

de la lluvia

desplazando su vestido,

y la exhibición

de lo múltiple

que siempre corroe.








Cada ondulación

abre el estambre.

Uno a otro

dentellean

hacia fuera.

Como en un juego oriental

llamado a fragmentar.

Porque cada separación

es un pistilo que se arroja

desandando la belleza de su aroma.








Interludio

Sin ánimo de repetir,

el mismo río

vacía

sus caudales

en el mismo pueblo,

base de un volcán.

Es la torsión de su final,

su caída

violenta

en el músculo,

la única que puede

inclinar

el vaso

de lo que ha sido olvidado:

pupilas

expectantes

del incendio.








De "Dīwān"



La seducción de la barbarie,

altura musical

donde el atardecer

se desvía y me acerca

a la mínima

contracción de esa sombra

en vuelo.

No es el lenguaje

una sola aproximación

de mi intelecto.

Es el ruido de la papaya

al abrirse,

y su dulzura completa,

lo que hace una torsión

para retenerme

y expulsarme de lo que soy

estando.

Puedo mirar el espacio

construido desde la curva

de esta carnadura,

pero no puedo

acercarme

a la tenacidad de lo arrasado.

Como la semilla

al caer,

mi palabra, al acomodarse

baila,

y al bailar se cuida.

(pero no puedo acercar mi mirada

a la tenacidad de lo arrasado)








Y aún mercancías

las flores hablan

del paso del tiempo

de la belleza en medida

del contenido y su técnica

sin raíz.








De las mujeres y sus pasos sobre Iruya,

la simetría de sus mantas

desplegadas como una sucesión de palabras

para omitir                         una imagen

un modo de decir “constelación”

y un modo de percibirme más acá de la lengua

más acá del cuerpo

donde el mineral es grieta

y lo hundido del caimán

experiencia.

















martes, 22 de diciembre de 2020

Alejandra Bosch


Alejandra Bosch (Santa Fe, 1967 / vive en Arroyo Leyes)

Sabio el pájaro, Villa Mercedes, Deacá, 2020.












1.

Hay una calle principal

en un barrio de la ciudad donde nací

que tiene el mapa del tesoro.

En la superficie, una casa.

Hoy existe allí, un taller de motores

aceite y caños

entre las líneas de tinta

de ese mapa.

Antes, cuando era mi casa

una vida de familia

corría por sus baldosas

esquivando juguetes

puro brillo.


Los domingos por la tarde

mis hermanos hombres

le sacaban lustre a los zapatos

negros con cordones

meta cepillo y betún.

Puro brillo.

Los lunes, él los calzaba y se iba.

Mi padre y sus libros

casa por casa

salía a trabajar

en su Opel celeste

cambiaba días por días

literatura por dinero.

Puro esfuerzo.


Las jaulas habladoras

llenas de pájaros traídos de la isla

corbatitas y loros

fueron después nuestros nidos de tristeza

donde jugábamos

a los territorios recuperados.

Niños enjaulados que reían

quebrando sus brazos

entre los fierritos.


Una mañana de febrero

mientras corríamos

del jardín a la mesa de la cocina

los platos blancos

las servilletas floreadas

cuchillo tenedor y cucharita

milanesas y puré

esperábamos su vuelta

corríamos como extraviados

por entre las paredes y la luz

y fue que

la televisión nos regaló

una imagen

por primera vez nítida.


Las chapas celestes retorcidas

construían un nuevo mundo

adentro de la casa y afuera.

Hay un mapa en toda infancia

se vuelve en sueños

se corre igual de extraviados

porque llega el día y todo

vuelve a la nada

porque es así, siempre es igual

para todos.








3.

Doce golpes recibió mi madre

todos, de la mano de un hombre.

La plaza era para correr y esconderse.

Un señor de traje y bastón

ocupó el lugar del hombre de mi vida.


Ella se callaba la boca y escondía

sus ojos tras unos lentes de sol

y las amigas charlaban.

Sentadas en los sillones confortables

alucinando que la risa era posible

discutiendo sobre cigarrillos extranjeros

todo, movimiento de pulseras

sin mirarle la cara.

Los viajes, los vestidos

el primer tapado de piel, suave y costoso

mi mano se acuerda de ese roce

el vino caro y los habanos

nada apaga la mancha de esos golpes.

Maquillaje y mangas largas

y también, largas bocanadas de humo

lentas bolas de humo

en mi cara

de niña curiosa.


Y el hombre del auto celeste cielo

se hizo invencible.







5.
En el barrio San José quedó el edificio
cuando ella murió.
Una mora enorme creció junto a la ventana
del cuarto de mis hermanos.
Un potus subió descontrolado
y ganó los techos.
Atrás, en el jardín
donde vivían
los perros y los pájaros
un limonero generoso
soporta
el peso de tanto abandono.









14.

Los inventarios

no son necesarios.

Sólo las camas nos protegen

de la intemperie

en ellas vivimos para siempre.


Siguiendo la marca del río Colastiné

encontré un lugar

y digo, es mío.

Un hornero hizo su casa arriba

sobre el tanque de agua

una tormenta de viento sur, destruyó

su construcción

y se fue.

Sabio el pájaro.


Otro, no tan sabio

pero sí muy laborioso

corrige el accidente

y sueña con ser propietario

del nido y de la hembra.


Cuando salgo a caminar, mientras atardece

él ya no está

miro hacia el tanque de agua

y lo busco entre la penumbra

lo imagino acomodando su cuerpo

frágil y aerodinámico

soñando recursivo

su eterna felicidad.














 

lunes, 21 de diciembre de 2020

Celeste Diéguez


Celeste Diéguez (Chascomús, 1979 / vive en Buenos Aires)

La canción del amor, Buenos Aires, Tammy Metzler, 2020.












Chicas del 2000

 

Cuando era chica y tenía pesadillas de noche

mi madre me traía té y una bolsa de agua caliente;

la puerta ventana daba al fondo de la casa

más allá estaba la laguna, los juncos

y los pozos de la draga.

 

Cuando era chica era hija única

y mi interior me parecía más apasionante

que cualquier experiencia,

excepto inventar historias, subir a lugares altos

y apretar bailando lento en los asaltos.

 

Cuando era chica quería ser detective

veterinaria y escritora;

leer el mundo como una partitura

huellas digitales o un sistema circulatorio

dentro del cuerpo o en signos sobre una hoja.

 

Cuando era chica me escondía en el pasillo y miraba

las películas de grandes que pasaban a la noche,

mi madre nunca convivió con ningún hombre

ella decía que su libertad valía mucho más que un marido.

Mi padre se borró cuando la hiperinflación,

con una familia ya tenía suficiente;

supe del orgasmo antes del primer beso,

la regla me bajó a los trece.

 

Cuando era chica me gustaban los villanos

y quería ser madre soltera

para no compartir las decisiones

usaba una remera negra que decía Harley Davidson

tenía grandes planes para mi futuro

era fanática de Stephen King

me emborrachaba con Gancia

y otras mezclas asquerosas como Tía María;

los cigarrillos los escondía en el baño de la matiné

que como era en el Club de Pelotas

le decíamos Pelotita’s.

 

Mi educación sentimental estaba mixturada

como la de muchas hermanas de mi generación

mezcla de todas las películas de preparatoria yanquis,

algo intermedio entre Beverly Hills

y Socorro Quinto Año, pero bonaerense;

sentía que los temas de Roxette habían sido escritos para mí

y nos colgábamos unos horribles chupetes

de acrílico del cuello.

Sabíamos de manera fantasiosa un poco del sida

un poco de la merca

y a los homosexuales del pueblo les decían maricones,

las chicas usábamos Impulse, los chicos Axe

y un amigo me hizo un tatuaje

que nunca se supo bien qué era;

yo era chica pero siempre me sentí más grande

andaba con el woofer subido a la máxima potencia.

Cuando fue mi primera vez,

con ese novio fanático de Iron Maiden

hice con el dedo un dibujo en el vidrio de su auto,

mientras pensaba –¿esto era?

 

Con mis amigas nos creíamos chicas del 2000

y la noche del cambio de milenio, con el Falcon de José

chocamos contra un árbol.

Ese día no pasó gran cosa, pero la nueva era

trajo aparejados algunos eventos relevantes;

abrimos un bar con mi vieja que se lo tragó el bardo,

empecé a tocar en una murga, abandoné la militancia

me hice un aborto con pastillas

sin contarle nada al chico con el que me iba los sábados

se murió Rodrigo, el país se prendió fuego

me enamoré de un hombre casado

mi amiga Marie quedó embarazada de Lucía,

me partí un diente y cumplí 21 años.

Será que acaso hoy sueno confesional y autorreferente

como me dijo una vez ese poeta choto que había muerto

pero no se había enterado,

será que si estoy hablando de mis cosas

no tendrían que venir a decidir los otros;

será que sobre el cuerpo y la escritura

siempre hay que reservarse la última palabra.

 

 

 

 

 



Ya no vamos a ser jóvenes nunca más: qué alivio

 

Cuando trato de explicar a alguien lo que me pasa

y veo que el sentido se escurre

y todo se convierte en otra cosa

me acuerdo que nada se puede fijar

nunca se ha podido

¿qué te creías?

 

Concentro mis esfuerzos en tratarme con dulzura

pero llevo encima un hacha plateada y hambrienta

y el filo siempre corta por lo más delgado.

El agua que vemos

encerrada en una botella de plástico

tiene el poder de adaptarse a cualquier envase,

esa parte de mí también soy yo.

Dejo que el sol active una a una las células de mi piel,

mañana comienza una nueva etapa

en mi investigación sobre el amor.

 

La gente que nos rodea

casi nunca sabe de qué estamos hablando

pero no importa y todo sigue su curso;

mostrar y ocultar

el movimiento natural del agua.

Una flor chiquitita

tu olor dulce en un lugar atestado

un recuerdo muy antiguo

que no puedo fijar.

No me caen bien

las personas a las que les caigo demasiado bien.

¿Cómo puede ser que el veneno sea el antídoto?

Si cierro los ojos

vos y yo somos una sola cosa

¿qué te creías?

 
























  

domingo, 20 de diciembre de 2020

Cecilia A. Olguín


Cecilia A. Olguín
(Neuquén, 1976 / vive en Córdoba)


Jardín animal, Buenos Aires, Barnacle, 2020.









 

 

 

 

                    Es a la madera que consume que el fuego le debe el ser fuego; como el bosque, al fuego que lo reduce a las cenizas, le debe el haber dejado de ser un bosque.

Edmond Jabès

 

Patio

 

Desde la periferia crece

aquello que acabará

con la inmovilidad del páramo.

 

El desierto, removido,

avanza hacia un jardín.

 

 


Removido


Las nuevas hojas nacen

con la nervadura al viento.

Sollozan solas.  

 

 


Nervadura

 

La raíz perversa

también florece.

No respeta estación.

 

 


Perversa

 

Desmalezar,

dispositivo vital

ante la ferocidad

de lo arraigado.

 

 


Vital

 

Aquella flor,

la de los labios abiertos,

la que paga la sed.

 

 

 

Abiertos

 

La lluvia en el hibisco

—manantial de colibrí—

no apaga

cualquier sed.

 



Manantial

 

Si ese edén resulta posible

¿Por qué la animal maúlla

con tanta desesperación?

 

 


Desesperación

 

No, la puerta que abre;

tampoco, el marco que hospeda.

El problema residiría

en la imposibilidad de componer

sin sollozos el encuentro.

 

 


Encuentro

 

Una sombra reposa en otra sombra.

Crece lo inasible, feraz

al escondite de la luz.